El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 15
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15: Capítulo 15: Amor de padre 15: Capítulo 15: Amor de padre POV de Kraidir Los ojos me pesaban.
Me costaba mantener la mirada fija en mi hijo, quien aún sostenía mi cabeza sobre sus rodillas mientras derramaba lágrimas nacidas del dolor que yo mismo le había provocado.
Lentamente, mis sentidos comenzaron a apagarse.
Entre jadeos y sonidos entrecortados escuchaba los lamentos y las súplicas de mi familia pidiéndome que no los abandonara.
Mi vista se nubló por completo y, con mis últimas fuerzas, intenté hablar.
Lo que escapó de mi boca no fueron palabras, sino un lamento… el marco de mi último aliento.
Sentí cómo mi cuerpo colapsaba por completo, mientras mi alma se alejaba de aquel cascarón físico que alguna vez había sido mi hogar.
Dejaba atrás mis sueños… y, más doloroso que todo, a mi familia.
En la oscuridad de la muerte, solo me quedaba imaginar cómo mis seres queridos se hundían en el sufrimiento que yo había causado.
Yo fui el responsable de esto —me repetí.
El eco de mi voz retumbó en la negrura, rebotando una y otra vez en mi mente, como si se empeñara en recordarme cada culpa, cada error que me llevó hasta aquí.
Era extraño.
Aunque carecía de cuerpo físico, aún sentía mi conciencia activa.
Mis brazos y piernas respondían a mis órdenes, pero al moverlos solo rozaba un vacío infinito.
Flotaba en la intemperie, incapaz de ver más allá de aquella sofocante negrura.
—Piensa… maldita sea —grité, aunque no sentí mi boca moverse.
Solo mis pensamientos irrumpiendo en mi propia mente—.
Esto no puede ser el final.
Debe haber algo más.
Con un intento desesperado, apreté los ojos con fuerza, buscando aferrarme a la sensación de un cuerpo que ya no me pertenecía, queriendo verlo una vez más.
Algo pareció responder.
Un dolor punzante me atravesó la cabeza, como si la fuerza de mi voluntad rompiera algún límite.
Abrí los ojos de golpe, obligado a parpadear varias veces.
Una luz cegadora me recibió.
Me cubrí la vista con los brazos, incapaz de soportar de inmediato aquella claridad que contrastaba tanto con la oscuridad de la que había salido.
Pestañeé.
Respiré.
Sentí el aire fresco rozar mi piel, escuchando cómo mi propia respiración se entrelazaba con el susurro de una ventisca suave.
Delante de mí se extendía un cielo despejado, sin sol ni nubes, un cuadro etéreo gobernado por sus propias reglas.
Me tomó un tiempo recuperar todos mis sentidos, pero cuando finalmente lo hice, descubrí el lugar en el que me encontraba.
El césped fresco y danzante se extendía por doquier.
Me incorporé lentamente, apoyando las manos sobre la tierra viva.
Una pradera hermosa se alzaba en todas direcciones, infinita, acogedora.
Llevé mis manos al rostro.
Estaban húmedas.
Lágrimas corrían por mis mejillas.
—Hubiera querido traerlos aquí —solloce, con el corazón cargado de una culpa que se negaba a soltarme—.
Este lugar es hermoso… es la paz que ustedes siempre se merecieron, pero que yo nunca les pude dar.
Mis labios temblaban.
Cada palabra era un puñal que ardía en mi pecho, acelerando un corazón ya fatigado.
Le había impuesto una carga a mi hijo que ni yo mismo había podido soportar: cuidar de nuestra familia aun sabiendo que la muerte, tarde o temprano, también los alcanzaría.
Me dejé caer sobre el césped.
Un suspiro escapó de mi cuerpo y de mi alma al mismo tiempo.
Sobre el cielo etéreo, tres aves blancas sobrevolaban con sus alas abiertas hacia un horizonte mejor.
Desde lo alto, una pluma descendió lentamente, mecida por el viento, hasta posarse sobre mi frente.
La tomé con delicadeza.
La observé detenidamente, maravillándome como si toda mi existencia dependiera de aquel instante.
—Veo que ya despertaste, cariño —una voz suave resonó en la distancia—.
¿No crees que es hora de levantarte?
No lograrás nada culpándote por lo que nunca estuvo en tus manos evitar.
Sin muchas fuerzas, giré la cabeza.
No tenía ya nada que perder.
La voz provenía de una figura celestial.
Una mujer resplandeciente, iluminada por un sol invisible, me observaba desde lo alto de una colina con una sonrisa pícara en los labios.
Su cabello dorado ondeaba con el viento mientras descendía con calma.
Con las manos sujetaba su vestido blanco para evitar que se ensuciara con la tierra.
Sus pies descalzos despertaban la tierra.
Con cada paso, de la hierba brotaban flores de colores distintos que tejían un camino a su alrededor, como si el suelo mismo celebrara su llegada.
—Es un gusto conocerlo en persona, señor Van Geast —dijo, y sus ojos brillaron con una felicidad que, por alguna razón, me transmitió paz.
—¿Dónde estoy?
—pregunté con voz cansada.
Una mueca juguetona curvó su rostro; la mueca se rompió en una risa leve e inocente que hizo arrugar sus labios.
A pesar de la culpa que me envolvía, no pude evitar que un cosquilleo empezara a dibujar una sonrisa amarga en mi boca.
—Perdón por preguntar —murmuré—.
Quisiera saber… ¿qué es este lugar?
—Estás en el Vacío —respondió—, en el principio y en el fin de todo.
—Tu alma ha cruzado brechas interdimensionales hasta llegar aquí —continuó—.
Nunca imaginé que el final luciera así.
Creía que morir significaría dejar de existir, desprenderme de todo lo que había sufrido.
Al parecer estaba equivocado: esto no era un final.
Al mirar el rostro de aquella mujer, todavía sonriente, algo en mi entendió que, más que clausurar mi historia, estaba ante un nuevo comienzo.
Su figura empezó a alejarse, y con un gesto leve me indicó que la siguiera.
Sin pensarlo, mi cuerpo se puso en marcha con dificultad; arrastré los pies por la tierra hasta que, poco a poco, cedieron y la alcancé.
Sus palabras brotaban en suaves melodías que llenaban el aire.
Aunque solo tarareaba, sentí que detrás de cada nota se escondía una historia.
Cada matiz en su voz cargaba un sentimiento que, de algún modo, yo comprendía.
—De todas las personas de tu mundo —dijo, haciendo una pausa y girándose para mirarme a los ojos—, tuviste que ser tú quien viniera a mi llamado.
Me tocó el pecho con el dedo índice, dándome un leve empujón.
—Ni siquiera sabes lo que acabas de hacer.
Quise preguntar, pero ella pareció leer mi expresión.
Su voz volvió, clara y serena, y me explicó con calma lo ocurrido durante mi muerte.
Me habló de una decisión tejida por el destino: mi alma había sido escogida para una misión importante.
Una misión que implicaba a mi propio hijo —ese hijo que, después de tanto tiempo a su lado, descubrí que no conocía del todo.
—Pincelada —susurré, recordando.
De la pintura que me había llevado a mi primer recuerdo con la diosa del destino emergí de nuevo al dominio etéreo.
Millares de cuadros colgaban y apoyaban en las paredes del lugar; cada lienzo era un fragmento vivido, un instante atrapado.
En la soledad del Vacío, con el poder que la diosa me había concedido, todo ocurrió tan rápido que apenas pude asimilarlo.
Me senté en el suelo, reposé la cabeza contra un marco y observé, a través de otro cuadro, la nueva vida de mi hijo.
Aunque era solo una pintura que supuestamente no debía alterarse, la veía con claridad: sus llantos, los gritos, el instante exacto en que aceptó que nos había perdido me atravesaron con dolor.
Había desobedecido a una deidad para salvarlo.
Su destino, según las tramas originales, era nacer condenado: su vida terminaría al nacer; nunca tendría futuro.
Pero yo lo cambié.
Usé los mismos poderes celestiales que la diosa me había dado —y que más tarde me reprocharía— en su contra, y así salvé a mi hijo.
Al alterar los hilos del destino, me condené a vivir envuelto en odio.
Me forcé a llevar una máscara que resultaba imposible mantener, la mirada de un dios inmutable, un ser que solo parecía querer observar su sufrimiento.
Aunque sus insultos me destrozaban el alma sin piedad, seguía en pie.
Miraba con una mirada fría y sin emociones, mientras ocultaba un amor paternal que era mi cárcel y mi consuelo a la vez.
— Los quiero, padres — , escuché su voz en el retrato.
Verlo abrazar a otros, a su nueva familia, me partía por dentro.
Pero ya había cumplido con mi deber: al menos le había dado la paz que tanto ansiaba —la paz que, en su vida anterior, jamás tuvo.
Kael Lanpar.
Ese era su nuevo nombre.
Pero siempre sería mi hijo: el único que, en una tierra colapsada por la guerra, supo mostrarme afecto puro, el único que me abrazó con un amor que no conocía de máscaras.
Escuchando solo mis propios sollozos en el silencio sofocante del Vacío, me puse en pie de nuevo, listo para cumplir mi último deber como padre: uno que exigía el sacrificio total.
—Pincelada —dije, con la amargura atrancada en la garganta.
La pintura frente a mí se transformó en un portal dimensional obedeciendo a mi orden.
Mi mente dudó un instante, repitiendo todo lo sucedido a lo largo de ese tiempo, pero el llamado fue más fuerte.
—Mi hijo me necesita —exclamé—.
Con las palabras resonando en mi interior, di un paso adelante.
Sentí cómo cada fibra de mi ser se deshilachaba y atravesaba el tejido de la realidad hasta llegar al lugar donde él estaba.
Aquel niño que una vez sostuve en brazos respiraba con dificultad; sus párpados caían y sus ojos, apagados, lo decían todo.
La chispa de vida que había brillado en ellos se consumía, y el sueño eterno de la muerte se acercaba con intención.
—No, hijo… esto no puede terminar así —susurré, mientras su cuerpo desfallecía en mis brazos.
Volver a sentir ese abrazo que tanto deseaba partió mi corazón.
Veía la agonía en cada pequeño movimiento de su cuerpo débil; en su vida frágil y en su mente hecha trizas.
Había habitado su mente tanto tiempo, había visto su nueva vida a través de sus ojos, que terminé por sentirla como propia.
Sus recuerdos eran cadenas que lo ataban a un sufrimiento que no le correspondía cargar, y sin embargo lo aceptó.
Cada duda, cada pensamiento suyo, encajaba como pieza en un rompecabezas que, al completarse, mostraba la figura de su dolor.
Sabía que mi hora había llegado: el día en que lo dejaría solo para que prosperara en la segunda oportunidad que le había otorgado.
Con esfuerzo levanté el brazo.
Todo temblaba.
Agarré su antebrazo con firmeza y lo posé sobre mi pecho, queriendo retener por un último instante al niño inocente que una vez fue.
La carne se desgarró; su brazo me atravesó.
Las lágrimas brotaron mientras mi cuerpo se desplomaba.
Mi quijada cayó sobre su hombro; me apoyé en él y sentí mi vida abandonarme, deslizándose fuera de este plano.
Aun con los ojos abiertos lo vi una vez más: no era el rostro que recordaba, pero conservaba lo único que jamás olvidaré —era mi hijo, mi primer hijo.
La cálida sangre empapó mi espalda y el suelo me devolvió la misma quietud del primer momento en que morí.
Pero esta vez todo era distinto: lo había salvado.
Me había sacrificado para que algo nuevo naciera en él.
Mis ojos se nublaron; el blanco empezó a tomarlos.
En mis labios se formó, por fin, una sonrisa verdadera, la que siempre debió haber estado ahí.
—Hijo… te amo —murmuré con las últimas fuerzas—.
Siempre lo hice.
No te culpo por nada.
Tus decisiones nacieron del dolor, no de la maldad.
Sabiendo que mi susurro había llegado a sus oídos, me dejé caer en la muerte.
El ardor de desaparecer me consumía como lava, pero aun así no pude borrar esa sonrisa que me acompañó hasta el final.
—Hijo… pronto nos veremos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Este capítulo fue un torbellino de emociones al escribirlo, y me pregunto si también lo sintieron así al leerlo.
¿Qué les dejó Kraidir?
¿Dolor, esperanza, rabia, todo a la vez?
Me encantaría leer sus impresiones en los comentarios: cada palabra suya me ayuda a seguir construyendo este viaje con ustedes.
– Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com