El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Dejarlo todo atrás
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16: Capítulo 16: Dejarlo todo atrás 16: Capítulo 16: Dejarlo todo atrás POV de Kael Lanpar Mi conciencia flotaba en medio de una oscuridad conocida, tan familiar que estaba seguro de que pronto despertaría.
Cada palabra que pensaba rebotaba en ese vacío, repitiéndose una y otra vez, como ecos atrapados en mi cabeza.
El dolor seguía recorriendo todo mi cuerpo.
La pérdida total de maná me había llevado al colapso, como si me hubieran arrebatado algo vital para sobrevivir en este mundo.
Lo aprendí a las malas: aquí el maná no es solo energía, es como un órgano más.
Había drenado todo en tan poco tiempo.
No entendía cómo seguía con vida.
Lo único claro era que mis reservas eran demasiado limitadas.
En medio de aquella oscuridad, sentí cómo el maná regresaba lentamente, extendiéndose por cada rincón de mi cuerpo como si fuese mi propia sangre.
El embriagante retorno de la fuerza me recorrió entero, devolviéndome poco a poco la movilidad.
Dejé escapar un suspiro mental.
Sabía que estaba despertando cuando la tenue luz de un sol atravesó mi visión, cayendo sobre mis párpados aún cerrados.
Con lentitud, volví a adaptarme a la claridad y abrí los ojos.
No estaba en el mismo lugar donde había caído inconsciente.
Me encontraba recostado sobre una hierba fresca que acunaba mi cuerpo como si fuera un lecho improvisado.
Su sola textura me hizo deducir que estaba en un campo… aunque no había sol en el cielo.
Apoyé mis manos en la tierra húmeda y me incorporé, mirando alrededor en busca de la estrella que debía iluminar el paisaje.
No la encontré.
Lo único que se desplegó ante mí fue una vegetación descomunal, árboles interminables que parecían tragarse el horizonte.
El canto de los pájaros posados en las ramas me invitó a caminar.
Avancé hacia lo profundo de aquel bosque sin fin, escuchando el crujir de las ramas bajo mis pies.
Los gruesos troncos apenas dejaban espacio para moverme, obligándome a forzar el paso y rozar mi cuerpo contra la áspera corteza.
Pronto noté algo extraño: los árboles no estaban distribuidos al azar.
Había un patrón en su disposición, uno demasiado exacto para ser natural.
La certeza me golpeó al pisar un charco.
En su reflejo vi unos ojos marrones, apagados y sin vida: los mismos que tuve en mi existencia pasada.
Esa mirada muerta me atravesó el alma.
—Solo en mi propio espacio mental puedo cambiar la apariencia —susurré con cautela—.
Aquí no tengo ningún control.
Apreté los puños y llamé al poder divino de Calur.
Sentí cómo respondía a mi llamado y, al instante, todo el tiempo se congeló.
—Maldición… —gemí, sujetándome la cabeza.
El dolor me perforó el cráneo.
Años sin usar el arma divina me pasaban factura; ya no era capaz de manejarla con naturalidad.
Las venas de mi frente palpitaban con fuerza hasta obligarme a caer de rodillas, clavándolas en la tierra mientras intentaba resistir.
Sabía que era desesperado invocar el poder de Calur sin entender a qué me enfrentaba, pero estar atrapado en un lugar así, sin certeza de poder escapar, me obligaba a hacerlo.
Miré alrededor en busca de respuestas.
Lo único que vi fueron pájaros suspendidos en el aire, inmóviles en un cielo congelado.
Un silencio sepulcral se apoderó de todo.
La calma era tan asfixiante que me arrancaba la cordura.
—Calur… —jadeé, desactivando el control del tiempo.
Apoyándome en una rodilla, me obligué a ponerme en pie.
El mareo era brutal, y tuve que aferrarme a un árbol para no caer, mientras el dolor punzante me seguía taladrando la cabeza.
Si de algo estaba seguro era de que este dominio no pertenecía ni a Dextrina ni a algún dios Pilar.
Otra entidad, menos poderosa, me había traído hasta aquí.
Conocía demasiado bien el poder del Calur y sus limitaciones: aunque era un arma capaz de transferir su energía entre dimensiones, no podía activarse ni usarse en dominios de verdaderos dioses.
Con esa certeza en mente, avancé con pasos pesados, apoyándome en los árboles mientras recuperaba algo de coordinación.
Mis piernas temblaban con cada movimiento, casi sin obedecerme.
A lo lejos, un sonido captó mi atención: la corriente de un lago.
No parecía estar tan alejado.
Cada paso acercaba más aquel murmullo, que resonaba con fuerza en mis oídos.
Mis piernas comenzaron a responder mejor.
Ajusté la mirada entre los huecos de los árboles y distinguí, a pocos metros, un río.
Salí del bosque y me interné en una pradera envuelta en el aroma dulce de flores que danzaban con el viento.
A diferencia del bosque, este lugar parecía más real, más vivo.
Su sola presencia me envolvía en paz, invitándome a quedarme.
—Es hermoso —exclamé sin darme cuenta.
Mientras observaba con detenimiento el paisaje, una nota musical llegó desde la distancia.
No eran palabras, solo silbidos.
Una persona sentada en la orilla del río, con una caña de pescar en las manos, acompañaba el sonido.
No supe quién era; su sombrero de paja ocultaba su rostro.
Me moví con cautela sobre la hierba, preparado para usar el poder del Calur si era necesario.
—¿Qué estás haciendo?
—dijo una voz varonil—.
¿Crees que no te sentí?
La persona no se volteó; solo apartó la cubeta de carnada y me hizo una señal para que me sentara a su lado.
Me quedé inmóvil, dudando si era buena idea arriesgarme.
Sin embargo, parecía no tener malas intenciones.
Avancé lentamente y me senté junto a él, aún tenso.
—Es un bonito lugar —habló sin apartar la vista del río.
Aún cerca de él, no pude reconocerlo… hasta que un leve susurro me reveló su identidad.
—¿Crees que pescaremos algo, hijo?
—esa voz era mi padre—.
El clima está tranquilo, además… Sin pensarlo, me lancé a abrazarlo.
Envolví mis brazos alrededor de él con fuerza, sin querer soltarlo mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas.
Quise hablarle, pedirle perdón, decirle tantas cosas… pero las palabras se ahogaron en mi garganta.
Apreté los dientes, hundí mi cabeza en su hombro intentando controlar un llanto que ya no podía contener.
—Te extrañé tanto, hijo —susurró, con la voz a punto de quebrarse—.
He esperado tanto este momento.
Sus brazos me rodearon con más fuerza, dejando que todo mi dolor fuera consumido por el amor de padre que tanto me faltó en el pasado.
Separándome del abrazo, comprendí que su presencia no era producto de un simple encuentro sentimental.
Los hilos del destino se habían manipulado demasiado para que esto fuera una mera coincidencia.
Aunque sabía que aquel frente a mí no era más que un reflejo efímero, quise seguir abrazándolo, no desperdiciar ni un instante… pero como siempre, no tenía otra opción.
—Padre, yo nunca quise matarte —dije intentando recuperar la compostura—.
Aún no entiendo por qué te sacrificaste, ni por qué usaste esa falsa máscara.
Mientras hablaba, mariposas blancas comenzaron a desprenderse de su cuerpo.
Supe que ya no le quedaba mucho tiempo.
—Hijo… aún no entiendo en lo que te has metido —dijo con la mirada devastada—.
Fuiste capaz de manipular a los dioses, a seres que juegan con las reglas de la existencia.
—Te sentaste en su mismo trono —continuó—, pero al parecer nunca lo soportaron.
Hay tanto que quisiera decirte… Solo con ver sus ojos, entrecerrados en una mezcla de pánico y tristeza, comprendí quién estaba detrás de todo.
Aquella diosa de la historia, la que me había transformado en algo que nunca quise ser, volvía a atormentarme, ahora en otro mundo.
Inconscientemente, al recordar su nombre, me llevé las manos a los ojos, sabiendo que su poder descansaba en mi interior.
—Ella intentó eliminarme —murmuré.
La cabeza agachada de mi padre confirmó mis sospechas.
No hacían falta palabras para entender el peligro que me acechaba.
—Te lo pido, Matías… —su voz se desvanecía—.
Vive.
No te preocupes por eso ahora.
La luz cegadora se esparcía por todo su cuerpo mientras su cabeza, todavía visible, flotaba en medio del paisaje.
Junté mi frente con la suya.
La última vez que lo había hecho fue para una despedida.
Pero más que un final, esto era un nuevo comienzo en mi historia, uno al que llamaría libertad.
—Te lo prometí, padre —susurré, cerrando los ojos—.
Yo viviré… aunque eso conlleve volver a matar dioses.
Supe que lo había perdido al sentir cómo mi mano, que reposaba en su nuca, traspasaba por completo su existencia.
Un sentimiento de abandono y felicidad amarga me envolvió.
Aún con los ojos cerrados, la luz penetró en mí con una intensidad abrumadora.
Estaba volviendo a despertar, pero esta vez ya no era para volverlo a ver a él.
El sonido de los ligeros aleteos de las mariposas fue reemplazado por el canto ensordecedor de los pájaros que anunciaban la mañana.
Mi cuerpo sintió por completo el acogedor plumaje de las almohadas que lo mantenían acostado, invitándome a seguir durmiendo.
Mis ojos, sin embargo, comenzaron a abrirse poco a poco.
Lo primero que vi fueron partículas de polvo iluminadas por la luz resplandeciente del sol.
Sobre la pared de madera pulida colgaba una lámpara que se movía de un lado a otro.
Me acomodé en la cama, apoyando mis manos en el firme colchón para sentarme.
Un ligero dolor recorrió todo mi cuerpo.
Era una chispa, una bienvenida de vuelta a la conciencia.
Era duro admitirlo, pero no podría olvidarlo: aun en otro mundo, él me acompañaba.
Secándome las lágrimas con mis manos, me levanté de la cama.
El frío piso recibió mis pies descalzos y crujió apenas los apoyé.
A juzgar por las plantas que adornaban el lugar y el cuadro familiar colgado frente a mí, estaba en una casa de campo.
Mirando más de cerca, vi a alguien en ese retrato que no reconocí: una mujer de la misma edad que el viejo que abrazaba a mi madre y a mis tías con afecto paternal.
A él lo había visto antes… pero a ella nunca.
Intenté caminar una vez más, pero mi equilibrio era casi nulo.
Por unos momentos estuve a punto de caer al suelo; mis piernas temblaban con un simple movimiento.
No estaba del todo recuperado, pero avancé con pasos lentos hacia la puerta.
Escuché un movimiento ligero al otro lado.
Al estar frente a ella, giré la manilla con dificultad y la abrí.
Detrás estaba mi hermana.
Sus ojos lo decían todo: culpa.
El plato que llevaba en sus manos cayó al suelo, quebrándose, mientras ella comenzaba a temblar como si hubiera visto un fantasma.
—Mai… Antes de que pudiera decir algo más, me envolvió con sus brazos, apretándome con fuerza.
Sus sollozos resonaron en mis oídos.
No supe cuánto tiempo había dormido, pero verla en ese estado me dijo que no había sido poco.
Su cabello desordenado y las marcas bajo sus ojos, señales de noches en vela, lo confirmaban.
—Mai, ¿estás bien?
—pregunté, confundido—.
¿Qué te pasa?
Ella no respondió con palabras, pero su grito lo hizo por ella.
—Perdóname… fue mi culpa —sollozó, apretándome con más fuerza—.
Casi te pierdo.
Soy una estúpida.
Debí haberme quedado contigo.
No quise preguntar más.
Ya sabía a qué se refería: solo despejaba mi duda sobre lo ocurrido durante todo ese tiempo.
Tal vez había estado en coma.
Mantuve nuestro abrazo un rato más, dejando que ella soltara todo su dolor.
Poco a poco se fue tranquilizando, aunque me dolía saber que era causante de aquello.
—Me asustaste, maldito —dijo, secándose las lágrimas con ambas manos—.
Pensé que te había perdido.
—Nunca me perderás, hermana —susurré, elevando la mano para limpiar una lágrima de su rostro.
Al ver cómo volvía a sonreír, solté un suspiro que llevaba conteniendo desde mi encuentro con mi padre.
Durante la caminata, que según sus palabras era una sorpresa, me contó que había estado dormido tres días sin dar señales de despertar.
Los pasillos que recorríamos estaban bañados por la luz cegadora que atravesaba las enormes ventanas.
Detrás de ellas se extendía una pradera hermosa que me hizo recordar dónde había estado antes.
—¿Dónde están nuestros padres?
—pregunté, aunque intuía la respuesta.
—En la capital —respondió con amargura—.
Siguen luchando en el campo de batalla contra los revolucionarios.
Aunque lo esperaba, su confirmación dolía más que cualquier otra cosa.
Desde que nací en este mundo, nunca había podido pasar demasiado tiempo con ellos.
Solo guardaba imágenes borrosas de mis primeros días.
Creí que al renacer conservaría todos mis recuerdos como adulto, pero descubrí que al pasar cierta etapa de la vida, esos recuerdos comenzaban a desvanecerse.
Tan absorto estaba en mis pensamientos que no noté a alguien corriendo a toda velocidad hacia mí.
Instintivamente di un paso adelante, y sentí cómo mi pie era empujado.
Un sonido seco rompió el aire: alguien se había estampado contra el suelo.
Al girar, vi a una chica, quizás de mi edad, frotándose la frente con dolor.
Su cabello rojizo como la fresa caía sobre su rostro, impidiendo reconocerla por completo.
Solo la luz del sol, cayendo sobre ella, revelaba un semblante marcado por la ira.
Supe que estaba en peligro al escuchar cómo su respiración se intensificó.
Miré a mi hermana en busca de una solución; no obtuve respuesta.
Aun viéndola alejarse, tuve que esquivar por instinto el golpe de la niña: el viento rozó mi rostro con tal potencia que lo sentí como un puñetazo.
Pude evitar el impacto, pero aún así salí herido —pensé—, sobándome la mejilla y preguntándome qué clase de niño posee tal poder.
—¿Qué te pasa?
Fue un accidente, no quise hacerte caer —dije con una voz tan infantil que me recordó que seguía siendo un niño en este mundo.
Estuve a punto de sacarle la lengua en un gesto de provocación, pero su mirada me lo impidió: había en ella algo tan frío que por mi bien no lo hice.
Era como ver a un demonio; su pelo parecía arder en fuego y su mirada buscaba venganza contra quien la había lastimado.
Cuando otra vez se lanzó hacia mí, tuve que esquivar saltando hacia un lado con la poca coordinación que aún conservaba.
Su embestida la lanzó contra una ventana; la rompió, y los fragmentos se clavaron en su mano.
Vi cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas, causadas por el dolor de los cristales.
Quise ayudarla, pero no pude; otra vez fui obligado a esquivar, di un salto, esta vez hacia atrás.
Por un instante perdió el equilibrio; fue el momento que aproveché para incapacitarla.
Le agarré las manos con fuerza y la hice caer de nuevo contra el suelo, apoyando mi rodilla en su espalda.
—¿Ahora estás más tranquila?
—dije con una pizca de molestia.
Intenté no lastimarla más.
Su mano sangraba por los fragmentos incrustados, y aunque tenía una actitud monstruosa, conservaba la cara de un ángel: sus labios temblaban y sus sollozos leves me obligaron a soltarla.
Me senté en el suelo y, al fondo del pasillo, vi al hombre que momentos antes había observado en el retrato familiar; esta vez no esbozaba una sonrisa.
—¿Pero qué ha pasado?
—exclamó.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.
Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.
Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.
Tu voz también es parte de este viaje.
—Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com