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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 De soldado a mini espía
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17: Capítulo 17: De soldado a mini espía 17: Capítulo 17: De soldado a mini espía POV de Kael Lanpar Los misterios siempre habían sido una sombra constante en mi vida.

Tanto en esta como en la anterior, la verdad parecía ocultarse tras un velo, como si alguien se empeñara en taparme los ojos.

Lo detestaba con todo mi ser.

Había presenciado demasiadas cosas y, aun así, no comprendía nada.

Absolutamente nada.

—¿Te duele?

—preguntó mi hermana, sosteniendo la mano ensangrentada de la pelirroja.

No podía entender quién era aquella niña ni por qué mi hermana la trataba con tanto cariño.

El modo en que le sujetaba la mano y pasaba el algodón con suavidad transmitía un afecto que no lograba descifrar.

Me acomodé en la hierba donde estaba sentado y aparté la vista de ellas.

Dirigí la mirada hacia el anciano que observaba en silencio, sentado a su lado.

El viento movía su cabello haciéndolos danzar con delicadeza, mientras sus ojos permanecían fijos en la herida de la pelirroja, cada vez más cargados de preocupación.

Tras ordenar mis pensamientos, comprendí quién era aquel hombre.

Su rostro estaba ilustrado en uno de los libros de la biblioteca real: el líder de los Astrales.

Luis Astrales, de rango Broker, uno de los seres más poderosos de este mundo.

Mi mirada se quedó anclada en su semblante, intentando descifrar el disfraz que ocultaba.

Su expresión arrugada mostraba preocupación, pero lo que los libros describían de él no coincidía en absoluto con lo que tenía frente a mí.

“Cada persona tiene una razón para ocultar algo”, me repetí en silencio.

No pude continuar reflexionando: un grito desgarrador de la pelirroja me obligó a taparme los oídos.

Su voz retumbó por todo el campo.

Los pájaros huyeron despavoridos, dispersándose en bandadas que mancharon el cielo.

Quise sentir compasión por su dolor, pero era difícil.

Su agresividad no ayudaba; parecía una bestia salvaje atrapada en el cuerpo de una niña pequeña.

—Airis, por favor, no grites —dijo el anciano, masajeándose la sien—.

Aún no entiendo por qué pelearon ustedes dos.

Me puse de pie y caminé hacia ellos, manteniendo distancia de la niña, que me observaba con odio.

—Na cura sore na kata su —habló de repente, señalándome—.

To rei sa ba teo.

Me quedé paralizado, intentando comprender sus palabras.

No lo logré.

Pero en cuanto me sacó la lengua, supe que no eran nada agradables.

Entendía que en este mundo existían muchos idiomas.

El Racing, lengua humana, no era el único.

Tal vez en Noblezia había escuchado variantes, pero aquella lengua no se le parecía en absoluto.

—Fue mi culpa —dije, apoyando la mano en mi pecho—.

Yo la hice caer, por lo tanto me disculpo.

—Claro que fue tu culpa —replicó ella con un deje de furia en la voz.

—Entonces sí sabes hablar Racing —murmuré, sorprendido.

—Claro que lo sé, pendejo —escupió con molestia—.

¿Cómo crees que me comunico?

Tragué saliva, conteniéndome para no responder.

Sabía que discutir sería rebajarme a un nivel infantil.

Estuve tentado, pero no tenía ninguna razón lógica para hacerlo, así que preferí callar, incluso cargando con una culpa que no me pertenecía.

Su expresión de confusión, al verme callar, me arrancó una mueca.

Me recordó a las discusiones con mi hermana en mi vida pasada.

El viento rozó mi rostro y, con un suspiro, me acomodé en el silencio que se había formado.

Era como si el mismo mundo respetara mi luto y me concediera un espacio para respirar.

—Es bueno que hayas heredado la inteligencia de tu madre —dijo el anciano, posando su mano sobre mi cabeza—  Estoy feliz de que mis nietos hayan venido a visitarme.

Aunque sé que no lo hicieron por amor —añadió, con una pizca de dramatismo.

Me quedé procesando sus palabras, observando en su rostro la misma mirada fría que, a veces, se reflejaba en los ojos de mi madre.

—¿Cómo no me di cuenta antes?

—susurré para mí mismo.

—Mayrei, lleva a Airis a su habitación —ordenó entonces—.

Tú quédate, Kael.

Quiero hablar contigo.

Giré la cabeza y vi cómo mi hermana asentía a la orden, tomando la mano de la pelirroja antes de marcharse hacia las puertas que conducían a la entrada del patio.

El rechinar de la madera al cerrarse resonó en el aire.

Volví la mirada hacia el anciano, cuyo rostro ahora parecía una máscara sin emociones.

Con un simple movimiento de su mano, hizo aparecer partículas brillantes en el aire.

La tierra respondió a su mandato y, ante mis ojos, se alzó una silla cristalina, reluciente como si estuviera hecha de cristal eterno.

Se sentó en ella con un suspiro contenido, su mirada fija en mí, cargada de un peso difícil de nombrar.

—Tuviste un despertar corrupto —dijo con voz grave.

El simple eco de esas palabras bastó para que un sudor frío me recorriera la espalda.

Las imágenes de mi mano atravesando el pecho de mi padre regresaron con violencia, desgarrando mi mente como cuchillas.

Me mordí el labio inferior, deseando arrancar esas memorias, bajando la cabeza en un silencio amargo.

—Lamentablemente, sí lo tuve —respondí con apenas un hilo de voz—.

No sé en qué me he metido.

—Claro que no lo sabes —exclamó, poniéndose de pie con brusquedad—.

Desde ese instante te condenaste a ti mismo.

La palabra condena martillaba en mi cabeza, hiriendo más que cualquier golpe físico.

El anciano se alejó hasta un árbol cercano, arrancó dos manzanas y me lanzó una.

La atrapé con torpeza, con las dudas aún oprimiendo mi pecho, mientras él mordía la suya con una calma desconcertante.

—Agradezco a los dioses que hayas venido a mí —dijo con la boca aún llena.

Levantó la mano hacia el cielo, y un proyectil de cristal giró en su palma, vibrando con tal velocidad que cortaba el aire mismo.

—Hay buenas noticias… y otras que no lo son tanto —continuó, masticando todavía.

Su mano descendió lentamente hasta quedar frente a mí.

El proyectil giró con más fuerza, empezando a desprender humo.

El silbido de su energía me heló la sangre.

Alcé los brazos con desesperación, cerrando los ojos con fuerza.

Una ráfaga de viento me azotó el rostro, enredando mi cabello, pero el golpe nunca llegó.

Abrí los párpados con cautela.

Ante mí se alzaba una muralla líquida que atrapaba el proyectil como si el agua misma hubiera decidido obedecer otra voluntad.

—El único problema que tienes ahora es que aún eres un latente —dijo el viejo desde el otro lado de la barrera.

La palabra me atravesó como un cuchillo.

Latente.

En Mayora, no hacía falta explicación: todos sabían lo que significaba.

Los latentes… condenados a escuchar apenas un murmullo de la magia.

Ecos débiles de emociones ajenas, como si la tristeza, la alegría o la ira fueran voces lejanas en medio de una tormenta.

Apenas podían distinguir un aura tenue, un reflejo borroso en agua turbia.

Su control de la energía era un accidente: encender una vela, mover una piedra unos centímetros, arrancar una sola gota de agua del aire.

Magia sin forma.

Instinto puro.

Una llama temblorosa que nunca llegaba a arder.

Me dejé caer de espaldas sobre el césped húmedo, las palmas hundidas en la tierra, mientras la muralla se deshacía en gotas que salpicaron mi rostro.

No podía negarlo: yo no había controlado nada.

Ni siquiera era un mago.

Lo más probable era que los hechizos que había usado en el pasado fueran simples frutos de aquel despertar corrupto.

—Kael, anda a tu habitación —ordenó de repente—.

Mañana te quiero aquí temprano.

Es por tu bien.

Sin ánimos de discutir, me di la vuelta y caminé hacia la casa.

Sin embargo, mientras avanzaba, no podía dejar de pensar en el tono de su voz.

Esa grieta en su interior, esa parte rota que intentaba ocultar… no pasó desapercibida para mí.

Al internarme de nuevo en la mansión, recorrí pasillos interminables, rebosantes de lujos imposibles para esta época.

Cada paso que daba me recordaba la carga que llevaba encima.

Un nudo me apretaba el pecho: ser aún un latente eran muy malas noticias.

Quizás significaba que en el futuro ni siquiera podría tocar la verdadera magia.

Dejé escapar un suspiro de cansancio y frustración, obligándome a mirar a mi alrededor para distraerme.

Candelabros de oro colgaban del techo, enormes ventanales de cristal extraño dejaban pasar la luz, y el mármol blanco del suelo se mezclaba con una piedra que brillaba con un resplandor único.

Nada parecía realmente nuevo… hasta que algo captó mi atención.

En la pared, un mapa se desplegaba como una ilusión.

Grabado sobre el mármol, solo era visible bajo la luz del sol.

Cuando mi sombra lo cubría, desaparecía por completo.

—Vaya… sí que es enorme este continente —murmuré para mí mismo.

Por lo que pude ver, existían cinco reinos en Mayora.

Aunque suene extraño, era la primera vez que contemplaba un mapa de este continente desde que reencarné.

El mapa estaba dividido en cinco grandes dominios que controlaban la mayor parte del territorio, salvo algunas regiones boscosas.

En el norte se extendía Auroria, el reino humano, dueño absoluto de esas tierras heladas.

Más al sur se hallaba Silvarya, el reino élfico, que compartía fronteras con los enanos de Forjador, separadas por una inmensa cadena montañosa.

En la parte más alejada del mapa se encontraba Barkay, un reino formado por una vasta red de pequeñas islas conectadas a un poderoso puerto marítimo.

—Kal, ¿qué te dijo el abuelo?

—interrumpió de pronto la voz de mi hermana.

—Intentó decirme que tengo un gran problema —respondí, girándome hacia ella—.

Pero… ¿Qué te pasó?

Al verla de cerca noté que estaba herida.

Nada grave, pero suficiente para alarmar.

Un hilo de sangre marcaba su rostro.

No entendía cómo había acabado así.

Hacía apenas un momento estaba con nosotros, sin ninguna lesión visible.

—No es nada, Kal.

No te preocupes.

Solo fue entrenamiento —respondió, tosiendo suavemente.

—¿No se supone que ya te habían dado de baja en Alkaster?

¿Por qué sigues entrenando?

—pregunté, preocupado—.

¡Necesitas descansar!

—Sí, estoy de baja, pero… Antes de que pudiera terminar su frase, vi cómo comenzaba a desmayarse.

Logró apoyarse en mí a tiempo.

—Ven, te llevo a tu cuarto.

En serio necesitas descansar —le dije mientras la sostenía.

—Aún no entiendo cómo puedes ser tan maduro con solo cuatro años.

Es raro, incluso para un Lanpar —dijo sonriendo débilmente—.

Gracias por ayudarme, hermanito.

Al mirarla a los ojos, me vi reflejado en ella.

Esa desesperación por ser más fuerte, por sacrificarte sin pensar en ti mismo, creyendo que si te esfuerzas lo suficiente podrás proteger a todos.

Yo también lo pensé una vez… y tuve que aprenderlo a las malas.

Vi cómo mis camaradas caían, cómo aquellos que confiaban en mí se desvanecían, mientras yo seguía creyendo que, si me empujaba un poco más allá, todo se resolvería.

Pero la vida no funciona así.

No todo se trata de entrenamiento, dolor y sacrificio.

Si tienes luz en tu vida, aprovéchala.

No es eterna.

Después de caminar por un gran rato la ayudé a dejarla recostada en su habitación, cerré la puerta con delicadeza para no despertarla y me dirigí hacia mi cuarto.

Camine en silencio por el pasillo viendo a través de la ventana la resplandeciente luz de la luna que ya empezaba a apoderarse del cielo.

—Ya veo… Entonces, la información está verificada al cien por ciento —la voz de mi abuelo me interrumpió de golpe, obligándome a ocultarme instintivamente.

—Si esto es cierto, el reino está peor de lo que creíamos —añadió.

—Totalmente verificada, Lord Luis.

El problema es que no se podrá hacer nada, al menos no en estos momentos tan delicados —respondió una voz desconocida.

Al fondo del pasillo vi a mi abuelo conversando con una figura encapuchada, algo más baja que él.

Por el tono de su voz y la luz de la luna que caía sobre su silueta supe que se trataba de una mujer.

Antes de que pudiera escuchar más, ambos comenzaron a caminar en mi dirección.

La magia astral reaccionó a la situación deformando la pared de mármol y abriendo un pequeño hueco por el que pude entrar.

Me metí rápidamente, alcanzando aún a oír sus voces.

Lo que escuché no contenía alegría alguna; era pura preocupación.

Cada palabra estaba cargada de una angustia densa.

—Los Midorian fueron los responsables de financiar a los rebeldes.

Encontramos a varios de sus ayudantes transfiriendo dinero —dijo la mujer con voz firme.

—¿Xavier ya está enterado de esto?

—preguntó mi abuelo—.

No podremos hacer ningún movimiento, incluso teniendo pruebas.

Los clanes se dividirán en bandos, y luego… la guerra escalará.

Midorian… ¿Qué clase de clan son ellos?

Apenas tenía información sobre ellos.

Incluso los libros e informes que estudié hablaban poco al respecto.

—Si Xavier lo sabe, es porque Alkaster le informó.

Él me envió a entregar esta información… supongo que ahora también soy su mensajera —añadió la voz desconocida, con un leve tono de sarcasmo.

—Tranquila, Lola.

En este juego, todos tenemos un papel importante —respondió mi abuelo con serenidad.

Al escuchar ese nombre, una luz se encendió en mi mente: había otro Broker aquí.

Pero no entendía por qué.

Se suponía que debía estar representando a nuestro reino en otros territorios.

—Sí, sí, como sea —respondió Lola, algo impaciente—.

Me voy ahora mismo.

Aprovecharé la oscuridad de la noche para viajar a Luzarion.

Nos vemos, Luis.

—Cuídate, Lola —dijo mi abuelo, dejando escapar un suspiro antes de que ella se marchara.

Las cosas estaban escalando a otro nivel.

Ahora entendía por qué habían aparecido los Strikers… y por qué mi padre mencionó que llamaría a todas las tropas repartidas fuera del reino humano.

Y ahora que lo pienso… faltan solo dos semanas para mi cumpleaños número cinco.

Cinco años ya en este mundo.

Qué rápido ha pasado todo.

Me alegraría por eso pero siendo sincero ni siquiera en este mundo me dan ganas de festejar mi cumpleaños.

Salí lentamente de mi escondite, viendo cómo la pared se restauraba a su estado original.

Miré de un lado a otro: el pasillo estaba vacío, solo el eco del silencio lo habitaba.

Por algún motivo aún sentía sus emociones flotando en el aire, como si el pasado acabara de respirarse frente a mí.

Cada vez que pensaba que entendía esta magia, me topaba con la misma montaña: la realidad.

No soy nadie en este mundo y, aunque suene loco, para mí eso está bien.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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