El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 18
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18: Capítulo 18: Verdugo 18: Capítulo 18: Verdugo POV de Matías Castleboard (Recuerdo) Odiaba siempre estos momentos.
Tener el arma en la mano con los dedos temblorosos, mientras la mente dudaba si dejar caer la espada sería un alivio o una condena.
Aquella incertidumbre me quemaba en el fondo del pecho.
Era incapaz de sostener la mirada del hombre que sabía que su vida estaba en mis manos; él sabía que yo era la última persona que vería antes de morir.
Aparté los ojos; no podía soportar ver su llanto.
No podía entender el ¿por qué?
Siempre me culpaba por haberme ofrecido a esto.
Por poner como prioridad castigar a otros cuyo pasado ni siquiera conocía.
Aun así, sintiendo ese dolor, me colocaba en el final: me ponía la máscara del falso dios que decide quién vive y quién no.
A los ojos de mis seguidores, era un líder.
Alguien capaz de tomar decisiones con firmeza, justo en sus acciones.
Tal vez lo creían porque no quedaba otra opción en un mundo devastado por la propia humanidad.
O quizá solo me veían como una brújula: el que da dirección.
Su guía.
Su protector.
Aquel que nunca retrocedería.
Pero tener que matar a uno de los tuyos… —Por favor… te lo suplico, Matías.
Yo no traicioné a la insurgencia —dijo.
Su voz resonó borrosa en mi cabeza—.
Tú me conoces.
Tengo una familia.
No me dejes… ¿Qué harías tú si en tus manos no estuviera solo el respeto de los tuyos, sino también el posible futuro de algo mejor?
¿Tal vez un lugar digno para descansar…?
Los gritos de la gente me devolvieron a la realidad.
Cada palabra que salía de sus bocas no buscaba salvarlo; buscaba hundirlo más.
Querían aplastar la vida de un hombre que no eligió nacer en una de las peores épocas.
—¡Gente de Alkemist!
—grité, incapaz de soportar mis propias palabras—.
¡Nosotros no somos bestias!
¡Somos humanos, y los humanos cometen errores!
—Así que repito… —dudé; no quería formular la pregunta porque ya sabía la respuesta.
Pero tenía que intentarlo—.
¿Le daremos una segunda oportunidad a este hombre, o condenaremos su vida?
La respuesta no tardó en llegar.
Todos los presentes en el enorme coliseo —ese lugar que alguna vez perteneció a una de las naciones más antiguas— hablaron con una sola voz: —¡Que muera!
¡No hay perdón para un traidor!
—fue el primer grito.
Luego vinieron los demás, uno tras otro.
Sentí cómo sus voces vibraban en el aire, tal que el mismo cielo pareció responder a su llamado.
El sol se apagó, opacado por nubes que reclamaron lo que antes fue un día claro.
En cuestión de segundos, la lluvia comenzó a caer, golpeando mi rostro y tratando de ocultar mi llanto.
Sabiendo que la decisión estaba tomada, apreté con más fuerza el mango de mi espada.
Miré por última vez a los ojos del hombre y vi su vida pasar en un instante.
El viento se cortó cuando bajé la espada.
Luego, mi rostro, humedecido por la lluvia, se manchó con el chorro de sangre que brotó de su cuello.
Su cabeza rodó por el suelo hasta alcanzar mis pies.
Di unos pasos hacia atrás, inconscientemente, horrorizado por esos ojos aún abiertos que me miraban con dolor.
Los aplausos y vítores retumbaron como tambores de una victoria falsa y, con ello, la lucidez volvió.
No habíamos ganado nada.
La muerte no trae justicia, sólo más muerte.
Un ciclo vicioso que nuestra mente se niega a romper.
El apego al dolor nos obliga a repetir los mismos actos una y otra vez, sin darnos cuenta del daño que nos hacemos.
Alcé la espada hacia el cielo; un rayo respondió con un estruendo.
Quise fingir convicción, pero sabía que no la tenía.
Sin decir nada, salí del coliseo acompañado por los aplausos que resonaban a mis espaldas.
Tenía la frente alta, pero el alma hecha pedazos.
Nunca quise ser un asesino.
Minutos después, caminando por los pasillos lujosos del coliseo —repletos de pinturas y objetos bañados en oro— me encontré con Marcois.
Él estaba concentrado frente a una pintura en la pared.
—Es incomprensible cómo nos rebajamos: de ver cosas hermosas a disfrutar la muerte de una persona —dijo sin mirarme.
Frente a él, colgada en la pared, reposaba una pintura que antes fue famosa.
La Noche Estrellada yacía cubierta de polvo, pero aun así conservaba un deslumbrante resplandor.
A pesar de que la pintura ya no desprendía los mismos tonos brillantes que tuvo en el pasado, su ambiente aún mantenía esa sensación de paz.
Era una prueba silenciosa de que aquellos paisajes que alguna vez conocimos no volverían a existir.
—La gente ha dejado de ver con los ojos —dije, poniéndome a su lado—.
Ahora solo se guían por el odio… es lo único que les queda.
Escuché el leve suspiro de Marcois, que rebotó en las paredes de piedra, y comencé a caminar junto a él.
En pocos pasos, la iluminación de las antorchas y el eco relajante del silencio fueron reemplazados por murmullos y la tenue luz del sol filtrándose entre las nubes.
Alkemist era nuestra base principal.
Totalmente bajo control de la insurgencia, se había convertido en un punto estratégico en el continente desértico de Europa.
Una ventaja brutal contra nuestros enemigos.
Las calles que antes fueron símbolo de modernidad y futuro habían retrocedido en el tiempo, convertidas ahora en senderos de roca áspera recorridos por soldados armados con hierro y madera.
Los que no seguían al Profeta venían a refugiarse aquí.
Creían que el líder al que llamaban “el Gran Liberal” era distinto al Profeta… pero se equivocaban.
Yo también jugaba por mi causa.
No era maldad, era ideología.
No compartía sus pensamientos, y por eso los confrontaba.
—¡Campeón Castleboard!
—exclamó un ciudadano al pasar—.
¡Gracias por poner a ese traidor en su lugar!
Sonreí con una mueca amarga, sintiendo el peso de sostenerla.
El frío de la lluvia me envolvía, haciéndome cada vez más difícil mantenerme en pie.
—Por más que te duela, te necesitamos ahora —dijo Marcois, apoyando una mano en mi hombro—, ya sabes que la gente del Continente Hundido juega más con la regla del astuto.
—Deja esos pensamientos por un rato —añadió, dándome un pequeño golpe en el hombro—.
Tienes que estar al cien por ciento.
La información que recibiremos es crucial.
El tiempo nos cambió.
Las condiciones nos deformaron.
Aun así, seguimos llamándonos humanos… personas con cordura, con algo de piedad.
Tragué saliva con dificultad y coloqué la mano sobre la manecilla de la puerta, sujetándola con esfuerzo mientras la abría.
—Vaya, vaya… pero si es el campeón Matías Castleboard en persona —dijo uno de los presentes con burla—.
Un placer verlo, su majestad.
Me han contado muchas cosas bonitas de usted —añadió, haciendo una pequeña reverencia mientras se reía.
—No es momento para chistes —hablé sin emoción alguna—.
¿Tienen lo que les pedí?
—Por supuesto —respondió otra voz, lanzándome una carpeta a las manos—.
Nosotros nunca fallamos.
A lo largo de lo que quedaba del mundo, en cada rincón aún habitado, teníamos informantes.
Gente que trabajaba para nosotros, por nuestra causa.
Por un propósito.
—Les agradezco la información —dije, sin levantar la vista del sobre.
Las letras rojas en la portada gritaban “CLASIFICADO”.
—¿Y nuestro pago?
Ya sabes que nada es gratis —preguntó uno de ellos, con tono firme.
Bastó una mirada a Marcois para que supiera qué hacer.
Ellos entendieron mi gesto y salieron junto a él con sonrisas pintadas en el rostro.
Al quedarme solo, abrí el documento.
En la primera página, algo que tanto había esperado y temido a la vez: Plan Ciclo Lunar.
La humanidad ya había perdido desde el principio.
No volveríamos a ser lo que fuimos; nos habíamos convertido en monstruos.
POV de Kael Lanpar Abrí los ojos, saliendo del trance en que me había sumido ese recuerdo.
Me costó recuperar el equilibrio; estaba mareado, temblando.
De pie frente a un viejo escritorio, miraba una imagen dentro de un pergamino sellado como clasificado.
Hubiera deseado no haberlo visto nunca.
Mis manos no pudieron sostenerlo más y el pergamino rodó al suelo.
Estaba invadido por el frío del horror.
La imagen era clara: quien alguna vez me cuidó en la infancia, desde que llegué a este mundo… yacía muerta.
Como si de una obra de arte macabra se tratara, el cuerpo de Lilia estaba colgado en una cruz.
Crucificada, su piel quemada, la sangre rodando por la madera, expuesta en el centro de la capital.
No podía sacarla de mi mente.
Era como si hubiera vivido su sufrimiento en carne propia.
Podía oír sus gritos, suplicando piedad.
Igual que el traidor, igual que tantos otros.
Pasé pocos años con ella, pero siempre le tuve cariño.
Tenía padres enfermos a quienes cuidar… y un sueño que nunca pudo cumplir.
Tenía una sonrisa que nunca se apagaba, y que, aun en su muerte, seguía brillando en su rostro.
Pensé que al entrar en la oficina de mi abuelo encontraría información sobre el paradero de Alfin o sobre la situación actual en Auroria.
Pero, entre tantos libros y documentos esparcidos sobre el escritorio, escogí justo el peor.
Uno que mostraba una verdad imposible de ignorar.
Me agaché con dificultad para recoger el pergamino.
Le di una rápida ojeada, confiando en mi memoria entrenada para absorber cada palabra.
Lo más duro de leerlo fue intentar aceptar aquella palabra que se repetía como una sentencia, marcada en grande sobre lo que parecía ser su hoja de vida.
Deceso.
Eso era todo.
Un adiós sin más.
Tan absorto estaba en mis pensamientos que no sentí la presencia detrás de mí.
Di un paso hacia atrás; la madera crujió bajo mis pies justo antes de que chocara con algo… o alguien.
—Vaya, qué travieso.
Ya veo que no eres tan maduro como aparentas —dijo una voz familiar.
Era la de mi abuelo—.
Eso es bueno.
Aún te queda infancia por vivir… Sin pensarlo, quizá por instinto, me lancé a abrazarlo con fuerza.
Las lágrimas rodaron por mi rostro sin control.
Aun teniendo la mente de un adulto, me resultaba imposible contener los sentimientos de mi cuerpo infantil; el dolor se transmitía de forma más pura, más intensa… y no podía soportarlo.
Sentí la mano de mi abuelo acariciar mi cabeza con dulzura.
—La vida es frágil, Kal —susurró con voz cansada—.
Uno nunca sabe cuándo llega su final.
Solo nos queda vivir el día a día, aunque eso signifique sufrir por ello —añadió, apartándome del abrazo.
Se arrodilló a mi altura, mirándome con ternura.
Sus ojos firmes me traspasaron el alma.
Colocó las manos sobre mis mejillas y, por un momento, el silencio llenó la habitación.
Solo nuestras respiraciones daban sonido al lugar.
—Anda a buscar a tu hermana —dijo, dejando escapar un suspiro—.
Pero no creas que te escaparás de esto.
Estás castigado.
Me sequé el rostro con el dorso de la mano, dejando que el cosquilleo de mis labios se transformara en una sonrisa compartida.
Mi hermana me había dicho que nos veríamos en la fuente del centro del recinto.
Ese se había convertido en nuestro punto de encuentro… ahora pasábamos más tiempo paseando que entrenando.
Y era algo que agradecía.
Sé que el entrenamiento es importante —más para mí—, pero… también quiero aprovechar lo que tengo.
Intentando no parecer que había estado llorando, salí por las puertas de la casa de mis abuelos.
Fui recibido por la luz cálida del sol y el canto matutino de los pájaros de cristal que sobrevolaban el cielo.
Aun así, me sigue sorprendiendo lo extraño que puede ser este mundo.
Es curioso: con todo lo que he visto, nada debería parecerme raro… y, sin embargo… —Buenos días, señora —saludé con una gran sonrisa.
—Buenos días, príncipe —respondió con amabilidad.
Todavía me cuesta creer que la gente aquí sea tan amable.
A diferencia de otros clanes humanos, los Astrales ven a todos por igual.
Esa es su visión: nadie es más ni menos que otro.
Solo somos nombres distintos compartiendo el mismo mundo.
Lo irónico es que esta sangre está dividida en múltiples ramas.
Aún no entiendo bien cómo funciona, pero por lo que he visto, nadie es considerado superior ni inferior a otro.
Inhalé el aire fresco del día y me dejé llevar por el ambiente.
A lo lejos, distinguí a mi hermana… y, al parecer, también estaba Airis.
No la reconocí al principio por la capucha, pero esa expresión amargada la delataba al instante.
—¡Hola!
—grité, alzando la mano—.
Llegué a tiempo… creo.
—Solo unos minutos más tarde, hermanito —dijo con su sonrisa entre dulce y regañona—.
¿Qué estabas haciendo?
¡Dijimos una hora fija, ¿sabías?!
No sé de qué se queja si ella es igual… o peor.
No creo que sepa lo que significa “puntualidad”.
—Estaba con el abuelo, conversando algunas cosas —respondí, rascándome la cabeza—.
Y bueno… ¿a dónde vamos?
Ella no respondió.
Solo comenzó a caminar, haciendo una seña a Airis y a mí para que la siguiéramos.
Con cada paso que dábamos, nos adentrábamos más en el bosque del recinto, pasando por varias zonas transitadas y llenas de vida.
El grito de los mercaderes nos acompañó al entrar en el centro del lugar, solo para ser eclipsado por el sonido metálico que provenía de las academias.
Las casas eran una mezcla perfecta entre madera, piedra y cristal, adornadas con lámparas naturales que también funcionaban como sellos.
Los Astrales habían aprendido a capturar la luz del sol en cristales que ellos mismos creaban, utilizándola durante la noche como iluminación.
Era un sistema básico, pero efectivo.
—Es muy ecológico este lugar… —comenté, al ver cristales brotar del suelo como flores protectoras decorando el paisaje.
—¿Eco… qué acabas de decir, Kael?
—preguntó mi hermana, arqueando una ceja.
Estaba pensando en voz alta — me repliqué — ni siquiera me di cuenta de que se me había escapado una palabra mental.
—Nada… solo que es interesante pensar que este cristal funcione como defensa natural —dije, desviando el tema.
—Es una de las ventajas de tener un subelemento conectivo —intervino Airis por primera vez, con su tono afilado—.
Veo que no eres muy inteligente.
¿Por qué siempre quiere discutir?
Cada vez que hay paz y tranquilidad, aparece ella para molestarme.
Dejándome llevar por mi estado actual, permití que mi niñez se apoderara de mi mente y, por una vez, decidí seguirle el juego.
—Gracias por la información, Airis —dije con sarcasmo—.
La tendré en cuenta la próxima vez que te pregunte.
Ella giró la cabeza con una mirada enojada, solo para luego tropezar con una rama de un árbol.
Rápidamente, antes de que su cuerpo tocara el suelo, la sujeté de la camisa con fuerza.
—Luego me lo puedes agradecer —murmuré con dificultad, sintiendo su peso jalándome hacia ella.
La vi reincorporarse, apartando mi mano con disgusto mientras su rostro, levemente sonrojado, evitaba mi mirada.
—Bueno, llegamos —dijo Mai—.
Este lugar es sagrado para nuestra familia, así que, aunque no quieran… por favor, tengan un poco de respeto.
Aún sonriendo por lo ocurrido, alcé la vista y vi algo que solo podía describir como hermoso.
Tal vez en mi mundo los cementerios eran escalofriantes, pero este… Este era un lugar donde cualquiera podía descansar en paz.
Un enorme lago con una fina capa de agua se extendía ante nosotros.
Permitía caminar tranquilamente entre miles de lápidas en forma de rocas talladas en cristal transparente.
En cada una, nombres grabados… miles de ellos.
—Es un cementerio, ¿verdad?
—pregunté al aire, con un nudo en la garganta—.
¿Por qué hay tanta gente aquí?
—Es el campo primaveral, el descanso de nuestros caídos —respondió Mai, con tono sereno—.
Y sobre la gente… la misma historia de siempre: un derramamiento de sangre masivo.
Al oír sus palabras, empecé a dudar si los clanes y razas que conocía eran realmente los únicos… o si alguna vez existieron otros, olvidados por el tiempo.
—Airis… ¿te puedo hacer una pregunta?
—dije, sin mirarla.
—¿Ahora qué quieres?
—respondió, posando su mirada sobre mi rostro.
—¿Cuánto tuviste que perder para tener esa mirada?
—pregunté, mientras observaba las lápidas.
Al no escuchar respuesta, supe que lo había perdido todo.
Sus leves sollozos, aquellos que intentó cubrir, llegaron a mis oídos.
Ahora comprendía por qué mi abuelo me había dicho que tuviera empatía con Airis.
Ella había sido una víctima más de la vida.
Tiempo después, regresamos a casa.
Cada uno por su lado.
Yo, por mi parte, me dirigí directamente a entrenar.
Necesitaba enfocar mi mente en algo.
No quería ser un latente; tenía miedo de convertirme en una carga.
Mañana es mi cumpleaños.
Por lo que escuché, tendré algún tipo de prueba.
Es como un rito de bienvenida a la verdadera vida, o algo así me dijo mi abuelo.
No sabía lo que me esperaba al día siguiente… pero ya no podía dar marcha atrás.
Había empezado a amar esta vida demasiado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.
Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.
Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com