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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 19

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19: Capítulo 19: Guerrero perfecto 19: Capítulo 19: Guerrero perfecto POV de Kael Lanpar  (Espacio mental) La tranquilidad lo gobernaba todo.

Era una paz cálida y acogedora que me envolvía, permitiéndome guardar silencio en aquel lugar donde todo había llegado a su fin.

Bajo mis pies, mientras avanzaba, la fina capa de agua que cubría el suelo se agitaba suavemente, creando una melodía tenue, semejante al chasquido de una gota al romperse.

No lograba comprender cómo había pasado tanto tiempo desde mi llegada a este mundo.

Cinco años de vida para un niño de mi edad no serían nada… pero para mí, cada instante pesaba distinto.

Apreté el puño, y sentí cómo las púas de la rosa blanca que sostenía se clavaban cada vez más profundo en mi piel.

La sangre brotó y rodó por mi mano hasta tocar el agua, manchándola lentamente.

—Ya ha pasado mucho tiempo… —murmuré con dificultad—.

No sabes cuánto te extraño, padre.

Me costaba apartar la vista de la lápida grisácea que se alzaba ante mí.

En su centro estaba grabado el nombre de un hombre que lo dio todo por mí.

Me arrodillé, apoyando una mano en mi muslo.

El frío del agua humedecía mi pantalón mientras la brisa me acariciaba el rostro con delicadeza, recordándome a él.

Inconscientemente, perdido en mis pensamientos, me mordí el labio inferior.

El leve dolor me devolvió al presente.

Aún sostenía la rosa que me hería.

—Hubiera querido, al menos, pasar este día contigo —susurré mirando su nombre.

Con cuidado, posé la rosa en el suelo, dejándola cerca de la tumba.

Luego hundí mi mano en el agua, dejando que limpiara la sangre.

Dejé escapar un suspiro al retirar la mano ya limpia y apoyarla sobre la fría lápida.

Cerré los ojos.

Sentía cómo la realidad me reclamaba, anunciándome que pronto despertaría.

Relajé la respiración, reconfortado por haber pasado ese día a su lado, aunque sólo fuera un sentimiento.

(Fuera del espacio mental) La oscuridad de mi mente se transformó en claridad: un resplandor dorado que venía del sol colándose por mi ventana.

Me obligué a abrir los ojos con lentitud, mientras los golpes en mi puerta se volvían cada vez más insistentes.

Hoy era “el día”.

Según las viejas tradiciones humanas, era el momento en que tu alma empezaba a ver la verdadera vida.

A diferencia de mi mundo anterior, aquí la adultez no era una palabra que definiera madurez.

Con los peligros constantes, la gente aprendía rápido que esta no era una vida fácil.

El suelo crujió bajo mis pies al levantarme.

Me estiré, intentando despertar mi cuerpo adormecido mientras caminaba hacia la puerta.

Estuve a punto de abrirla, pero los murmullos detrás de ella me hicieron detenerme.

Eran las voces de mi familia.

Apoyé el oído en la puerta lisa, intentando escuchar con más claridad.

Al parecer, lo notaron de inmediato.

—Ya está despierto —murmuró mi abuelo—.

Puedo sentir su aura pegada a la puerta.

A veces olvidaba que los métodos de mi antigua vida ya no servían aquí.

Ser detectado era fácil.

En este mundo, las personas podían sentirte como si fueras aire.

—No creo que vaya a abrir —habló mi hermana.

—Pues entonces —dijo mi abuelo con voz juguetona— lo haremos a la fuerza.

Antes de que pudiera reaccionar, salté hacia un lado.

La puerta de mi habitación salió volando y se estrelló contra mi escritorio, desatando una lluvia de hojas y pergaminos.

La expresión de pánico en el rostro de mi abuelo me hizo frotarme los ojos con molestia.

Sentí cómo una vena palpitaba en mi sien al ver mis notas esparcidas por el suelo.

—¡Feliz cumpleaños, Kael!

—gritaron todos al unísono.

Sus voces fueron suficientes para borrar todo enojo.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro casi sin querer.

—¡Feliz cumpleaños, hermanito!

—exclamó Mai, abrazándome con fuerza—.

¡Cinco años!

De verdad que has crecido demasiado rápido.

—Gracias, Mai —respondí devolviendo el abrazo—.

Aunque… no podía levantarme más tarde.

—No, es un día especial para ti.

Tienes que vivirlo por completo —dijo, estrechándome aún más entre sus brazos.

Luego de varias felicitaciones y abrazos me tocó recibir los regalos de cada uno, estaba sentado en el filo de mi cama viendo la carta que mi hermana me había dado.

En ella, mi nombre reposaba en el centro con un tinte oscuro y elegante.

No era un regalo suyo.

Era una carta de mi padre.

Una carta que ya había visto antes, pero que por algun motivo pesaba en mi corazón.

No quería abrirla.

Tenía demasiadas dudas sobre su contenido.

Pero el simple hecho de que fuera de él me impulsaba a saber.

Con manos temblorosas, rompí el sello con el estampado de la familia real.

Abrí la carta y comencé a leer, palabra por palabra, sintiendo cómo las emociones —tristeza, añoranza, vacío— se deslizaban por mi cuerpo.

Carta: Para mi querido hijo, Lo más probable es que me odies.

Y lo entiendo.

Debes tener muchos recuerdos míos… sin mí.

Recuerdos vacíos, de un amor que no supe darte.

No voy a justificarme, hijo.

Eso sería lo más fácil.

Solo quiero que sepas que te amo.

Que siempre he querido que no te falte nada.

Puede que haya fallado en eso… pero tienes a tu hermana, a tus abuelos, y una familia que te ama con todo el corazón.

A lo largo de la vida, perderás personas.

Amas a algunas, admiras a otras.

Pero todas, de algún modo, te marcarán.

Kal… este mundo es cruel para quienes solo saben ver el dolor.

Pero quienes aprenden a mirar más allá descubren que todo, absolutamente todo, tiene un propósito.

Te amo, hijo.

Que la distancia no borre lo que siento.

Que mi ausencia no se interprete como olvido.

Estoy contigo, aunque no lo parezca.

Atentamente, Tu padre.

Al terminar de leer, mis manos apretaban la carta con fuerza, intentando detener las lágrimas que ya corrían por mis mejillas y caían sobre las letras, volviéndolas casi ilegibles.

Los humanos no vivimos lo suficiente para comprender del todo nuestro dolor.

Pero sí lo suficiente para malinterpretarlo… y eso nos impide vivir como realmente deseábamos.

Yo tuve que vivir dos vidas para entenderlo.

—Él te extraña mucho, Kal —dijo mi hermana con pesar—.

Yo también quisiera que todos estuviéramos juntos.

Al sentir cómo juntaba su cabeza con la mía, no pude evitar abrazarla, dejando que mis sentimientos se calmaran poco a poco.

Aún con la cabeza apoyada en su hombro, vi a mi abuelo, que seguía intentando ordenar el desastre que había causado.

Me dedicó una sonrisa forzada antes de acercarse a nosotros.

—Este es mi regalo —dijo, sacando una navaja de su bolsillo.

—Si tu madre pregunta quién te la dio —añadió con un brillo travieso en los ojos— ni se te ocurra decir que fui yo.

—Te lo prometo, abuelo.

No diré nada —respondí entre risas, tomando el arma mientras me soltaba del abrazo.

En serio… ¿mi madre da tanto miedo como para que su propio padre no se atreva a contradecirla?

Me quedé un momento viendo mi reflejo en la hoja de la navaja, absorto en su brillo, hasta que la voz de mi abuelo me sacó de mis pensamientos.

—Bueno, ya tuviste tus regalos y tus felicitaciones —dijo, estirándose—.

Es hora de que tu prueba comience.

Estuve tentado a preguntar de qué tipo de prueba se trataba, pero al parecer mi abuelo me leyó el pensamiento.

Solo soltó una pequeña risa antes de hacerme una seña para que lo siguiera.

Sin decir nada más, caminamos junto a los demás hacia el enorme patio de la casa, adaptado como un centro de combate.

Una cúpula transparente cubría gran parte del patio.

En su interior, múltiples runas mágicas danzaban en patrones armoniosos, como estrellas vivas.

Antes de poder pensar más en qué variación de magia había creado ese campo, sentí cómo mi abuelo me arrastraba con fuerza del brazo.

—Este tipo de pruebas varía según el líder del clan que las tome —dijo mientras seguía llevándome al interior.

Al cruzar la cúpula, sentí cómo mi cuerpo era arrancado de la realidad.

Las fibras de mi ser parecían disolverse y reconstruirse en otro lugar.

El impacto me lanzó al suelo, dejándome sin aliento.

Tuve que apoyar las manos contra la tierra áspera del centro de combate, intentando contener con la otra la sensación de vomitar que me dominaba.

El suelo estaba frío, áspero, y olía a hierro y sudor.

—Al ser yo quien verá de qué eres capaz —continuó mi abuelo tras una breve pausa— tendrás que luchar conmigo por tu vida.

Aun en el suelo, me obligué a ponerme de pie.

En su rostro había una sonrisa macabra, una máscara que pedía sangre.

—Por fin muestras tu verdadero rostro… —susurré para mí mismo— sombra de la muerte.

Me costaba mantenerme erguido.

Mi cuerpo se balanceaba de un lado a otro, incapaz de sostener la coordinación.

Apreté los puños con fuerza, intentando que la adrenalina me librara del mareo.

Si quería salir, aunque fuera un poco ileso de este lugar, debía estar al cien por ciento.

—¡Estoy listo!

—grité con las fuerzas que aún me quedaban.

Al escuchar mis palabras, vi cómo la energía astral empezaba a recorrer cada rincón del cuerpo de mi abuelo.

El aire se tensó, la tierra tembló levemente y su aura quedó expuesta, un espectáculo visible para todos los presentes.

Delante de mí ya no estaba un anciano cansado.

Lo que tenía enfrente era un demonio que no dudaría en matar si fuera necesario.

—Impresionante es el aura del Dominante… —murmuró mi hermana desde lejos, sin apartar la vista.

Yo sabía que mis probabilidades de supervivencia eran nulas.

De no ser su nieto, me habría matado en un segundo.

Sin perder tiempo, me puse en posición de combate, alzando la guardia hacia mi rostro y dejando libre una mano para atacar.

—Cuando des la señal, Mayrei, empezamos.

Deja tu asombro a un lado.

Esto, al parecer, se pondrá interesante —rugió mi abuelo, la adrenalina recorriéndole el cuerpo.

—Sí… perdón —dijo ella antes de gritar—: ¡Uno… dos… tres!

Apreté la mandíbula con fuerza.

En ese instante, la silueta de mi abuelo desapareció en el viento, dejando tras de sí una nube de polvo.

Mi cuerpo reaccionó por instinto: escuché cómo el aire se cortaba y me agaché justo a tiempo para ver su patada pasar de largo, golpeando el vacío donde yo estaba un segundo antes.

La velocidad con la que me atacó era absurda.

Al recomponerme, lo vi correr alrededor de mí, creando varias versiones de sí mismo, ilusiones que se movían como espectros.

Sin tiempo para procesar cuál era el real, sentí un impacto brutal en mi brazo.

Un puñetazo directo me mandó a volar, y al momento supe que parte de mis huesos se había roto.

Mientras descendía, maldije mi suerte: de la tierra emergían múltiples púas de cristal dirigidas hacia mí.

Tuve que sacrificar una de mis manos para salvarme, empujándome contra una de las puntas.

La carne se desgarró.

El dolor era indescriptible, un fuego que me nublaba la vista.

Mi cuerpo me pedía a gritos defenderme, pero la verdad es que no podía.

Aún suspendido en el aire, apenas logré colocar las manos para proteger mi rostro.

Arriba, la sombra de mi abuelo se cernía sobre mí, y su puñetazo impactó de lleno en mi caja torácica.

El choque me lanzó contra el suelo.

Una nube de polvo se alzó a mi alrededor y escupí una bocanada de sangre, sintiendo cómo cada fragmento de mi esqueleto flotaba roto en un cuerpo destrozado.

Ya ni siquiera era capaz de ver con claridad.

Mis ojos se nublaban, pero aún distinguí la figura de mi abuelo cayendo con gracia hacia el suelo, sin una pizca de preocupación en el rostro.

Estaba perdiendo la conciencia.

Todo se volvió negro.

Hasta el canto de los pájaros y los gritos de pánico de mi hermana se convirtieron en ecos lejanos.

—¡Maldita sea!

¿Qué hiciste?

—gritó ella— ¡Es solo un niño!

Tras esas palabras, escuché un golpe, algo como una bofetada.

Estuve a punto de quedarme inconsciente de no ser porque mi cuerpo reaccionó.

—Mayrei, te ruego que te vayas… —la voz de mi abuelo llegó, leve y grave— él ya despertó.

Sentí cómo mi cuerpo se despegaba del suelo, levantándose de manera escalofriante.

Mis heridas comenzaron a cerrarse en cuestión de instantes, sanando como si nunca hubieran existido.

Al abrir los ojos lo vi todo.

El pánico estaba grabado en el rostro de mi abuelo, que colocaba a Mayrei detrás de él en un gesto protector mientras, al mismo tiempo, creaba en su mano una lanza resplandeciente.

La punta del arma brilló bajo el sol, captando por un instante mi atención… hasta que un estallido de velocidad me hizo parpadear.

De pronto ya no estaban donde creía.

Sin darme cuenta, había terminado detrás de ellos.

En mi mano, una enorme bola de fuego se formaba por puro instinto.

Sin pensar, la lancé hacia ambos.

Un estruendo sacudió la cúpula.

La nube de humo se disipó lentamente, revelando a un soldado hecho de cristal oscuro que cubría a Mayrei con su cuerpo.

—Kael… sé que sigues ahí —habló el soldado con voz grave—.

No creas que esto lo hago por maldad.

Irónicamente, ni siquiera estaba pensando.

Era como estar en un estado en el que las emociones y el alma desaparecen, dejando solo un cascarón vacío actuando por su propia voluntad.

Podía verlo todo.

Podía pensar.

Pero no podía actuar… y, de alguna manera, tampoco quería hacerlo.

Di un paso al frente.

El suelo se resquebrajó bajo mis pies, abriéndose en enormes grietas con cada avance.

La sed de sangre recorría mi cuerpo, exigiendo matar.

Antes de poder hacer cualquier cosa, me detuve al notar que mis brazos y piernas no respondían.

De la cúpula emergían cadenas transparentes que apresaban cada extremidad, clavándome al suelo.

—Puede que esto no suene como una prueba —dijo mi abuelo, caminando hacia mí— pero si no aprendes a contener tu despertar corrupto, nunca podrás ser feliz.

Al tenerlo frente a mí, sentí cómo mi cuerpo me pedía morderlo, como un animal salvaje sin control.

Me levanté con furia, queriendo alcanzarlo, solo para ser devuelto al suelo por las cadenas.

—Eres tú contra tu realidad —añadió, tomándome la barbilla y obligándome a mirarlo—.

Yo confío en ti.

Por un instante, sus palabras encendieron algo en mí.

Sentí cómo mi conciencia regresaba y mis emociones se arraigaban de nuevo en mi ser.

Retomé el control de mi cuerpo, jadeante.

Intenté hablar, pedir ayuda.

El dolor de recuperar mi cuerpo era insoportable.

Antes de poder pronunciar palabra, mi mente colapsó.

Mis ojos se cerraron y, esta vez, no sentí nada.

Solo quedó el vacío, llevándome a un sueño profundo mientras, por un instante, escuchaba la voz rota de mi abuelo.

—Descansa, Kal —susurró—.

Este fue el mejor regalo que pude darte.

“Maldito viejo… casi me matas.” Me sentía hecho pedazos, pero ya no podía decir nada.

Quise maldecirlo, pero al final me quedé dormido.

No soportaba más el dolor.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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