El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 2
- Inicio
- Todas las novelas
- El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Pactos Celestiales
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo 2: Pactos Celestiales 2: Capítulo 2: Pactos Celestiales POV de Matías Castleboard ¿Qué sentido tuvo mi muerte?
Una de las pocas preguntas que surgieron en mi mente mientras caía en la inconsciencia fue el significado de cada una de mis acciones.
Buscaba una respuesta clara, pero lo único que encontraba era una frase que se repetía con crueldad: todo fue en vano… A pesar de saber lo que era sentir que toda tu vida fue una basura sin un final feliz, el dolor ya no era mío.
Ya no lo sentía.
Pero tampoco había paz.
Solo pensamientos…
pensamientos aferrados a mis fracasos.
No veo nada — susurré en mi propia mente — ¿Dónde estoy?
Ah, cierto.
Yo morí.
En ese momento, lo único que deseaba era que el silencio llenara el lugar.
Solo quería descansar… después de tanto tiempo rogando por una paz que siempre fue una mentira.
Algunos dicen que, al morir, uno ve una luz.
Yo no veo nada.
Es como si mi conciencia flotara sola en un abismo sin fin.
Sin cuerpo.
Sin forma.
Si es que a esto se le puede llamar conciencia… Lo único que podía hacer era pensar.
Y eso era justamente lo que hacía: pensar en cómo todo terminó así.
Primero, la tranquilidad se quebró.
Una frágil verdad que todos ignoraban colapsó, y nadie estuvo preparado para lo que vendría.
Supieron que era el fin al ver cómo las estrellas eran reemplazadas por misiles que arrancaban pedazos del cielo.
El sonido de las trompetas anunciaba la guerra.
Era una melodía amarga que describía un dolor apenas comenzando para una generación que creció al lado de la muerte.
Si en algo tuvo razón Oppenheimer, fue en decir que la Cuarta Guerra Mundial se pelearía con palos y piedras… porque habríamos destruido el futuro y regresado al pasado.
A partir de ahí todo se fue por la borda.
Porque los humanos somos así: tan inteligentes… pero al mismo tiempo tan ingenuos.
El Profeta… ese bastardo.
No tenía un transmisor que lo hiciera inmortal ni uno capaz de alterar la realidad.
En realidad, no tenía transmisor alguno.
Solo nos manipuló.
Manipular.
Esa palabra pesa.
Porque yo… yo no fui mejor que él.
Hice lo mismo.
Lo hice por conveniencia.
Por proteger a los míos, como le prometí a mi padre.
¿Cuántas vidas tuve que arrebatar para darme cuenta del daño que estaba causando?
¿Por qué…?
¿Por qué los humanos solo aprendemos a través del dolor?
Aún recuerdo a aquella familia.
Me rogaron piedad.
Los ojos de sus hijos brillaban con lágrimas.
La madre me miró con resignación…
y, aun así, nunca me miró con odio.
Yo…
solo seguía órdenes.
Mierda.
No sé en qué momento ocurrió.
Estaba tan hundido en mis pensamientos que no me di cuenta de que había empezado a llorar.
Fue entonces cuando vi mis propias lágrimas…
y, por primera vez desde mi muerte, vi también mi cuerpo.
Un destello tenue, suave, casi etéreo, comenzó a formarse a mi alrededor, como si me revelara una verdad que no me atrevía a aceptar.
Vaya…
al final sí que hay luz al final del túnel, murmuré, sintiendo mis labios moverse, como si me estuviera acostumbrando a hablar de nuevo.
Mis manos fueron lo primero en aparecer.
Ya no estaban manchadas de sangre, sino limpias… como si el peso de todas las almas que cargué hubiese desaparecido.
Como si, en este lugar, me hubieran perdonado.
Luego aparecieron mis piernas: firmes, fuertes, listas para seguir caminando.
Y entonces lo supe.
Estaba volviendo.
No a la vida…
pero sí a algo.
Algo más allá de mi entendimiento.
Solo sabía que ya quería ser libre.
Cuando tomé conciencia del lugar, mi cabeza estalló en preguntas.
Todo era blanco.
Tan pacífico.
Había mariposas danzando en el aire, un sol brillante que no quemaba, y una tranquilidad que me envolvía como una manta tibia, recordándome a mi infancia.
No había ruido.
No había guerra.
Solo…
silencio.
¿Es este el cielo o el limbo?
—pregunté al vacío, esperando una respuesta que sabía que quizás nunca llegaría—.
¿Dónde se supone que me encuentro?
—Este no es el cielo, Matías.
Tampoco el limbo.
Y sinceramente… dudo que te lo merezcas.
Una voz surgió a mis espaldas.
Imponente.
Profunda.
Llena de un poder que me hizo girar de inmediato y ponerme en guardia, aunque ni siquiera sabía por qué… si ya estaba muerto.
Al mirar, me encontré con una figura humanoide.
Vestía como un guerrero antiguo, pero lo más desconcertante era que su cuerpo, su ropa, incluso su aura… todo en él era blanco.
No blanco como la luz.
Blanco como el vacío.
Como el silencio.
Al contrario.
Sentí paz.
Una sensación de familiaridad tan intensa que mis brazos bajaron por sí solos, como si mi cuerpo reconociera a alguien… que siempre estuvo ahí.
Que, por alguna razón inexplicable, me invitaba a abrazarlo.
Mi alma estaba rota.
Mi voz, apenas un susurro: —¿Quién eres?
La figura me observó durante unos segundos, con una mirada tan profunda que parecía atravesar el tejido de mi vida entera.
Luego habló, con una voz serena, pero cargada de autoridad.
—Mi nombre es Kraidir.
Bienvenido al Vacío: el principio y el fin de toda la creación.
El Vacío.
Mi mente se retorció tratando de entender.
Esto no tiene sentido, pensé.
Quizás era porque ya había muerto… y en mi ignorancia, creía que perder era algo distinto.
Pero esto… esto no se parecía a nada de lo que nos enseñaron.
Si mi deducción era correcta, estaba frente a algo… más allá de lo humano.
¿Una deidad?
¿Una distinta a las otras?
Y si lo era… ¿qué quería de mí?
Me aclaré la garganta.
Hablé con cautela, eligiendo cada palabra como si pudiera costarme la eternidad: —Por tu apariencia… y tus palabras —dije despacio— deduzco que no eres humano.
Y si nuestras viejas creencias tienen algo de cierto… me atrevería a decir que eres una deidad.
Él sonrió.
Pero no fue una sonrisa divina, inalcanzable…fue humana.
Cálida.
Casi paternal.
Más humana que muchas de las que vi en vida.
—En parte, tienes razón —respondió con calma—.
Soy lo que los mortales llaman una deidad.
Y sé que tienes muchas preguntas… sobre dónde estás, por qué estás aquí, y qué es lo que viene después.
—Como te dije antes… estás en el Vacío —continuó, con voz omnisciente, mientras se acercaba lentamente—.
Tómalo como una transición hacia algo más grande.
No entendía por qué, pero empecé a temblar.
No era miedo.
No era frío.
Era algo más profundo.
Una reacción visceral, que ni yo podía explicar.
Intenté hablar, decir algo… cualquier cosa pero las palabras se ahogaron en mi garganta.
Cuando estuvo justo frente a mí, su expresión cambió.
Ya no era la de un dios impasible.
Era una mirada… compasiva.
Como si entendiera todo el dolor que llevaba dentro.
Como si pudiera ver el tormento que me causaba una vida que nunca pedí.
—Matías… estoy aquí por una sola razón.
Y esa razón… eres tú.
Todos estos años de sufrimiento, todos tus gritos internos pidiendo que se detuviera… Han llegado a su fin.
O eso creí… hasta que escuché ese maldito nombre.
Dextrina.
Esa diosa.
Un relámpago de rabia recorrió mi cuerpo.
Mi único ojo se tensó con furia, y sin darme cuenta, mi mano fue directa a su cuello.
—¡¿Conoces a Dextrina?!
¡Respóndeme!
—grité, apretando con ira.
Pero por más fuerza que ejerciera… él no mostraba ni dolor ni resistencia.
Solo suspiró.
Su serenidad me intimidó más que cualquier amenaza.
Y luego, con un simple movimiento, apartó mi brazo como si fuera aire.
—Sí.
La conozco —dijo con calma, mientras ponía una mano sobre mi hombro—.
Ella fue quien me envió aquí.
Y con eso, se responde por qué estás en este lugar.
Chasqueó los dedos.
Una silla apareció de la nada, tallada en un estilo antiguo y elegante.
Me hizo una seña para que me sentara.
Estaba claro que lo que venía… era una historia larga.
Dextrina.
La diosa que me otorgó el transmisor.
La diosa del tiempo y la historia.
Aquella que me prometió que, con ese poder, podría proteger a todos pero que, al final… solo trajo más dolor.
Respiré hondo, quería escuchar y el porqué entender.
Así que me dejé caer en la silla, cansado.
—Habla.
No te interrumpiré —murmuré, apoyando los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.
Kraidir asintió con seriedad.
—Como te dije… Dextrina me envió, Matías — habló con seriedad — Tu futuro es incierto.
Ni siquiera los dioses comprenden completamente lo que eres.
Levanté la vista, frunciendo el ceño para luego preguntar: ¿Cómo que no saben lo que soy?
Kraidir me miró directo a los ojos.
—Porque hiciste algo que nadie debía hacer —continuó, con una mirada seria—.
Alteraste el destino de tu mundo.
Lograste la paz… cuando no estaba escrita.
—¿Lo que estás tratando de decir es que… mis acciones hicieron algo que a los dioses no les pareció correcto?
¿O simplemente… no les pareció entretenido?
—apreté los puños, temblando de rabia.
Yo sabía cómo eran los dioses.
Falsos salvadores.
Kraidir asintió, mirándome como si esperara que estallara.
—Si quieres tomarlo así… estás en lo cierto —respondió, colmando mi paciencia y mi cordura.
Y sí.
Lo hice.
Me reí.
Pero no fue una risa normal.
Fue una carcajada vacía, rota… como un eco de todo lo que había perdido.
Me reí como un loco, como un hombre que ya no tenía nada que perder.
Entonces pateé la silla con violencia.
La vi desaparecer como si nunca hubiera estado ahí, como si solo hubiera sido una ilusión.
—¡Así que los dioses creen que la humanidad es un juego, ¿no?!
—grité, perdiendo el control—.
¡Maldita sea… ahora verán lo que es jugar de verdad!
Sin pensarlo, mi ojo sangró, y el Calur —mi transmisor— se activó por puro instinto.
Kraidir no se movió.
Ni un solo músculo.
—Será mejor que desactives tu reliquia, Matías —exclamó con calma—.
Eso no sirve aquí.
Y menos… contra mí.
En este lugar, no tienes poder.
Apreté los dientes.
La rabia me carcomía por dentro.
Pero lo sabía… No podía hacer nada.
Nada más que hablar.
Gritar.
Maldecir.
—¿Y qué van a hacer los dioses?
¿Volverme a matar?
—grité, mirándolo con fuego en los ojos—.
¡Como si eso me importara ya!
Si conoces a Dextrina… entonces debes saberlo: ¡No me queda nada!
Lo señalé con el dedo, como si él fuera el culpable de todo.
Pero, en el fondo, sabía que no lo era.
Ya ni lágrimas me quedaban.
Ni fuerza.
Solo vacío.
Kraidir me miró con una tristeza que no era de lástima.
Era como si de verdad me conociera, viéndolo en el fondo mi frágil alma .
Mis piernas no aguantaron más.
Caí al suelo, sintiendo el golpe seco contra la materia etérea que rodeaba aquel lugar.
Boca arriba, perdido en un sitio que no era sitio.
Sin nadie.
Sin sueños.
Sin rumbo.
—Los dioses… decidieron algo sobre ti —dijo con voz suave.
Quise ignorarlo, quise comportarme como un niño haciendo un berrinche, pero… algo en mí sabía que lo que iba a decir era importante.
—¿Y qué… qué decidieron?
—pregunté, sin ganas.
Kraidir se arrodilló a mi lado.
Apoyó una rodilla en el suelo, y luego extendió una mano hacia mí, sin apartar la mirada.
—Vas a renacer, Matías —dijo, encendiendo una chispa en lo más profundo de mi alma—.
Tendrás una segunda oportunidad.
Abrí los ojos de golpe, incrédulo.
—¿Espera… qué acabas de decir?
—dije, reincorporándome de inmediato—.
¿Segunda oportunidad?
Él asintió.
Pero esta vez… no pude leer su rostro.
Ya no parecía el mismo.
Era como si una máscara hubiera cubierto su expresión.
Todo lo que hice en mi vida anterior fue luchar.
Proteger a los míos.
Buscar esa libertad que todo ser humano anhela… Y ahora, el destino me ponía esto enfrente: Una nueva oportunidad.
Tal vez… una mejor vida.
Alcé la mirada para buscar a Kraidir, pero ya no estaba.
Había desaparecido…como si nunca hubiera estado allí.
Otra vez… estaba solo.
Mi mente intentó convencerme de que todo había sido una alucinación.
Quiso disfrazar la imagen de Kraidir como una proyección, un sueño, un invento del alma rota que aún se aferraba a algo.
Pero en el fondo… en lo más profundo de mi corazón, sabía la verdad.
Sabía que todo era real.
Y que sus palabras… también lo eran.
Y sin darme cuenta, el cansancio me invadió.
Me sentí débil otra vez, un agotamiento profundo, ancestral, surgido desde lo más hondo del alma, comenzó a cubrir todo mi cuerpo como una manta inevitable.
Mis ojos se cerraron lentamente.
Pero esta vez… No pensando en el final, sino en un comienzo.
Era extraño.
Pero después de tanto tiempo, sentí algo que creía perdido: Esperanza.
Todo volvió a oscurecerse.
Y mi conciencia colapsó.
Caí dormido… flotando en un espacio más allá de la existencia misma.Como si nunca hubiera existido.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por leer este capítulo.
Si te gustó, me encantaría leer tu comentario.
¡Tu opinión le da vida a esta historia!
Además, The Last Breath se está preparando para su lanzamiento en Amazon con capítulos extra, revisión completa e ilustraciones exclusivas.
Este es solo el comienzo.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com