El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 20
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20: Capítulo 20: Somos Culpable 20: Capítulo 20: Somos Culpable POV de Kael Lanpar Mi mirada estaba completamente clavada en el rostro de mi abuelo, quien, sosteniendo un filete de carne en el tenedor, masticaba sin una pizca de remordimiento por lo que había ocurrido.
Sus ojos mostraban una calma que me resultaba confusa.
El sonido metálico de los cubiertos de los presentes en la mesa resonaba en mis oídos mientras me llevaba la mano al rostro.
Con lentitud, levanté mis dedos temblorosos y toqué el vendaje que me rodeaba la cabeza.
El simple roce me hizo recordar, con una mezcla de miedo y tristeza, el momento en que había perdido el control.
—Kael, se te va a enfriar la comida —dijo mi abuelo, aún masticando—.
Necesitas comer para recuperarte.
Aunque mi estómago rugía con fuerza, aparté el plato hacia adelante y me obligué a pararme.
—La verdad… no tengo hambre —murmuré, rascándome la cabeza—.
Iré a mi cuarto a dormir.
Al darme la vuelta, solo escuché el suspiro cansado de mi abuelo.
No dijo nada.
Simplemente me dejó ir.
—¿Qué le pasa?
—alcancé a oír decir a Airis mientras me alejaba.
Ya fuera del comedor, me apoyé en la pared de cuarzo del pasillo y me deslicé lentamente hasta quedar sentado.
El peso de la preocupación me carcomía por dentro.
Lo único en lo que podía pensar era en el peligro que me había convertido.
Habían pasado dos semanas desde lo ocurrido.
Aunque las heridas físicas de mi descontrol habían sanado, el recuerdo de haber intentado matar a mi hermana y a mi propio abuelo, sin una pizca de emoción, dolía más que cualquier herida.
Alcé la cabeza, apoyándola contra la pared, y quedé absorto en el brillo de la lámpara de cristal que colgaba del techo.
Sus múltiples fragmentos transparentes reflejaban mi rostro… hasta que, entre destellos, vi también el de mi abuelo.
—¿Puedo sentarme contigo?
—preguntó, con firmeza en la voz.
No respondí.
Solo bajé la cabeza, indicando que no me importaba si lo hacía.
Estaba tan perdido en mis pensamientos que no noté cuándo llegó.
—Es duro vivir con una maldición —dijo sin previo aviso.
Lo vi sentarse a mi lado con cierta dificultad, apoyando las manos en el suelo hasta quedar hombro con hombro conmigo.
Escuché su respiración pausada resonar en mi oído; era lo único que se oía en ese momento.
—Me arrepiento de tantas cosas, Kael… —susurró, deteniéndose un instante antes de continuar—.
He cometido tantos errores en mi vida, que ya no sé quién soy realmente.
Giré ligeramente la cabeza.
En sus ojos cansados brillaba algo que llevaba mucho tiempo apagado.
Por alguna razón, me sentía reflejado en él.
Sus palabras me recordaban a mi vida anterior… a los errores que me habían convertido en alguien distinto.
—Detesto esto —dije, recostando mi cabeza en su hombro—.
Tengo miedo de no poder hacer nada.
Sentí cómo apoyaba su cabeza sobre la mía, y luego alzó los brazos, formando un círculo con los dedos.
—De todo lo que he hecho, lo que más lamento… es haberme alejado de tu madre —dijo, con la voz casi sin fuerzas.
Un leve resplandor iluminó su palma.
En medio del aire condensado, el brillo cristalino tomó forma: una pequeña figura apareció flotando ante nosotros.
La sostuvo con delicadeza y la acercó al círculo que había trazado.
—Lo más probable es que tu madre nunca te haya contado esto —continuó, apartando su cabeza para mirarme a los ojos—.
Sé que hay cosas que es mejor olvidar… pero algunas se vuelven reflejos inevitables.
Sus palabras sembraron en mí una mezcla de duda y confusión.
No podía apartar la mirada de sus ojos: en ellos reposaba una tristeza antigua, el cansancio de alguien que lo había perdido todo.
—No eres la primera persona que ha tenido un despertar corrupto —dijo, y su voz se quebró.
Tragó saliva con dificultad, temblando ligeramente.
Era la primera vez que lo veía así.
—Antes de que tú fueras el primer caso en la familia… —intentó decir, pero el llanto lo interrumpió.
Su voz se apagó por completo.
—Ya había existido otro —sus sollozos acompañaron cada palabra—.
Esa fue tu abuela.
A través de sus frases, pude sentir las imágenes cobrar vida.
Cada descripción, cada pausa, transmitía su dolor con una crudeza que me oprimía el pecho.
Mi mente se negaba a aceptar lo que oía, pero sus lágrimas no mentían.
Tuve que enfrentar una verdad que nunca imaginé que mi familia cargara.
Un pecado que ni siquiera yo habría podido soportar.
—Ver a tu madre, aún en su edad más pura, sosteniendo la daga con la que acabó con la vida de su madre… fue algo que no pude soportar —su voz pasó sobre mí como una ráfaga helada.
Había vivido muchas cosas en mi vida pasada.
Horrores imposibles de describir.
El simple hecho de recordarlos me incomodaba, como si aún habitaran en mí, negándose a desaparecer.
Tomé una bocanada de aire, reuniendo las fuerzas que me quedaban para formular la pregunta que no me dejaba en paz.
—Ella… se descontroló, ¿verdad?
—tartamudeé, incapaz de sostener mi voz.
El silencio que siguió fue suficiente para confirmarlo.
Su rostro lo dijo todo.
Por un instante, me vi en el lugar de mi madre, en aquel momento decisivo que cambiaría su vida.
La realidad pareció fragmentarse entre pasado y presente, como si tratara de mostrarme que lo ocurrido no fue un simple arrebato.
En esa visión, observé cómo el poder del despertar corrupto se apoderaba por completo del cuerpo y del alma de mi abuela.
Y entonces entendí.
Comprendí por qué mi madre, aun siendo la hermana del medio, había tomado la decisión final para salvar a las demás.
—Ella las salvó —murmuré sin pensarlo.
De vuelta al presente, vi a mi abuelo incorporarse lentamente.
Se secó las lágrimas con las manos temblorosas.
—Me arrepiento de no haber podido verla a los ojos después de eso —dijo, con la voz más firme—.
La abandoné justo cuando más me necesitaba.
Solté un suspiro y seguí su ejemplo, poniéndome de pie.
Me sujeté el antebrazo vendado con fuerza, intentando detener el temblor.
Durante unos segundos, nos quedamos mirándonos en silencio.
En los ojos del otro había un dolor mutuo, silencioso, pero completamente comprensible.
Mi abuelo me revolvió el cabello con una sonrisa forzada, difícil de sostener.
—No quiero que vuelva a pasar lo mismo —dijo, retirando la mano de mi cabeza—.
No pienso perder a otra persona que amo.
Luego, con un suspiro que sonó más a rendición que a alivio, añadió: —Como sea… eso ya es el pasado.
Anda, disfruta el día.
Mañana seguiremos con tu entrenamiento.
Sin decir más, se marchó.
Lo vi alejarse hasta desaparecer tras la puerta de su oficina.
Un clic metálico indicó que había echado el cerrojo.
Poco después, escuché su llanto amortiguado al otro lado.
Yo solo me aparté, caminando entre mis propias dudas sobre la alfombra roja que cubría el pasillo.
Entonces lo comprendí.
Entendí la actitud de mi madre… y por qué le rogó a mi padre que mi entrenamiento comenzara cuando apenas tenía cuatro años.
No quería que su mundo manchara el mío.
Al cruzar la puerta principal, el día me recibió con su calidez.
El aire abrasador y fresco a la vez me recordó que no vivía en el pasado, sino en un presente… aparentemente mejor.
La gente caminaba tranquila, disfrutando del sol y del aire sereno, como si la paz fuera real.
Una paz que, aunque tal vez falsa, merecía ser admirada.
Los cantos de los pájaros de cristal llenaban el ambiente, creando una armonía que parecía salida de un cuento.
Todos aquí vivimos en la ignorancia, sin comprender el peso del pasado que nuestros antepasados soportaron.
Todo su sufrimiento se transformó en la fuente de nuestra actual felicidad.
—Buenos días —saludé a un anciano que pasaba.
—Muy buenos días, joven príncipe —respondió él, con una sonrisa amable.
Me adentré entre la multitud que llenaba el centro del recinto, escuchando los gritos de los vendedores y percibiendo, a escasos centímetros, el aroma fresco de las frutas en los puestos.
—¡Buenos días, muchachito!
¿Se le ofrece algo?
—me llamó un vendedor—.
¡Hoy estamos de oferta, aproveche el momento!
Metí la mano en el bolsillo y saqué unas monedas de Yenis de Bronce.
Pagué de inmediato una fruta cuyo nombre me resultaba tan exótico como su color: la fruta del dragón carmesí.
—Muchas gracias por su compra, joven —dijo el hombre con amabilidad—.
Que tenga un bonito día.
—Igualmente —respondí, antes de darle otro mordisco a mi fruta.
Caminé un buen rato por el recinto del clan, observando, comparando, recordando.
No podía evitarlo.
Casi todo me remitía a mi pasado.
Las palabras de mi abuelo aún resonaban en mi mente, susurrándome que aprovechara lo que tenía.
Apoyé las manos sobre una roca áspera y me senté en ella, dejando que mi mirada se perdiera en el horizonte.
Aún era de día, y salvo por los pájaros y algunos animales que merodeaban, estaba completamente solo.
Contemplaba el eco de un hogar que había perdido… y que, en otro mundo, había vuelto a tener, a costa de perderlo todo en el anterior.
—¡Maldito fenómeno!
¿Por qué no te largas de una vez?!
—gritó un niño a lo lejos, atrayendo mi atención.
—Al parecer hay pelea —murmuré, bajando la vista hacia el bosque detrás de mí—.
Tres niños… y al parecer están molestando a alguien que conozco.
No soy de meterme en problemas, y menos en mis momentos de reflexión, pero… Entrecerré los ojos, tratando de enfocar mejor la escena.
El viento jugó con una melena roja encendida, y no necesité más: era Airis.
Y estaba furiosa.
Me agaché, recogiendo unas pequeñas piedras del suelo y guardándolas en el bolsillo.
—¡Ya te dije que te vayas, maldita…!
¡Auch!
—gritó uno de los niños, tocándose la mejilla.
—Si no quieres otro, será mejor que te alejes —le advertí mientras me deslizaba por la colina, terminando al lado de Airis.
—No necesitaba tu ayuda —refunfuñó molesta—.
Podía con ellos sola.
Se nota que son débiles.
—No lo dudo —respondí con sarcasmo—.
Pero, ¿quién dijo que pelear era la mejor forma de resolver tus problemas?
Era molesto involucrarme en una pelea de niños que no tenía nada que ver conmigo.
Pero, aunque no me considero un héroe —ni de chiste—, debía evitar que Airis los matara sin querer.
Ahora que lo pienso… podría… No.
¿En qué demonios estoy pensando?
Usarlos como sujetos de entrenamiento no sería buena idea.
Aunque… si las cosas se salían de control, solo los inmovilizaría.
—¿Y tú quién eres?
—preguntó uno de ellos, desafiante—.
¿No sabes que los niños como tú, si se hacen los héroes, terminan mal?
El que habló era el mayor.
Quizás uno o dos años más que yo.
A juzgar por su aura y las partículas mágicas que lo rodeaban, probablemente ya podía manipular algún elemento.
No me intimidaba, pero sí era un riesgo.
Y uno que podría hacer que Airis perdiera el control.
Sin responder, avancé hacia ellos dejando que mi magia astral se manifestara sola.
No podía controlarla, así que debía confiar en que actuara por instinto.
Caminé despacio, con cautela, mirándolos fijamente a los ojos… con la calma letal de un depredador.
Como hacía mi abuelo.
—Jajajaja… ¿en serio crees que nos das miedo?
¿Acaso piensas que tene…?
—el chico se detuvo en seco—.
¿Qué… qué pasa?
¡No puedo moverme!
¡Mis pies!
Barro.
Vaya, eso fue lo que apareció.
La mezcla perfecta entre agua y tierra.
Una trampa simple, pero efectiva.
—¿De qué rama son ustedes?
—pregunté, más por curiosidad que por interés—.
Saben que este tipo de comportamiento está mal visto dentro del clan.
—So… somos de la segunda rama —respondió uno, el que su amigo había llamado Fermín.
—¡No des información, Fermín!
¡No seas tonto!
¡Con eso podrá acusarnos!
—replicó el otro, empapado en sudor.
Para ser sincero, no tenía la menor intención de acusarlos.
Ni siquiera me importaban tanto.
Mucho menos cuando el cobarde de su amigo ya los había dejado solos.
Tan concentrado estaba en ellos que no me di cuenta de que uno logró escapar…
y Airis lo había seguido.
Miré alrededor, intentando rastrear las partículas de maná.
Nada.
Solté un suspiro resignado.
—¿Y tú cómo te llamas?
—preguntó Fermín, curioso.
—Mi nombre es Kael Lanpar —respondí, deshaciendo el hechizo—.
Un gusto conocerlos a ambos.
—Espera… ¿Eres el príncipe?
¿No se supone que deberías estar en Luzarion?
—balbuceó el otro, visiblemente nervioso—.
P-perdón, su majestad.
Soy Hojel, de la tercera rama Astrales.
No pude evitar sonreír.
Primero leve, luego más fuerte… hasta que una carcajada se me escapó sin control.
—Escuchen… no diré nada a nadie.
Vayan a casa, solo no vuelvan a molestar a nadie —dije, limpiándome las lágrimas provocadas por la risa.
Ambos asintieron rápidamente.
Di media vuelta para empezar a caminar, buscando a Airis en el proceso, pero no aparecía por ningún lado… hasta que escuché sus gritos.
Había aprendido a no confiar en nada ni en nadie en este mundo.
No podía bajar la guardia.
Incluso los lugares más seguros podían convertirse en el centro del caos.
Sentí cómo una presencia se acercaba rápidamente al lugar del grito.
No era alguien que conociera, y por el flujo del maná… claramente no tenía buenas intenciones.
Cuando finalmente llegué al origen del sonido, mis pasos se detuvieron por completo.
Delante de mí había tres siluetas conocidas.
Personas que habían estado conmigo a lo largo de esta vida… y que creí no volvería a ver en mucho tiempo.
—¿Papá…?
¿Mamá?
—susurré.
Ellos me oyeron—.
¿Pero qué están haciendo aquí…?
Mai, dime que esto no es un sueño.
Mi hermana negó con la cabeza.
Corrí hacia ellos, pero me detuve en seco justo antes de llegar.
En los brazos de mi madre había una niña pequeña.
Una bebé.
Dormía envuelta en toallas blancas de algodón puro.
—Ma… ¿quién es ella?
—pregunté, confundido, atrapado en un mar de emociones.
—Hijo, ven acá —dijo mi padre antes de abrazarme con fuerza—.
No sabes cuánto te extrañé.
Me pesa tanto no haber estado contigo… perdóname.
Correspondí su abrazo, aunque no podía apartar la vista de la niña.
—¿Esa es… mi hermana?
—dije con dificultad—.
¿Tengo una nueva hermana… y no lo sabía?
Mi madre confirmó mis sospechas con una sonrisa cálida, acercándome con suavidad a la bebé.
Era tan pequeña… tan frágil… —Ella es Alice, tu hermana pequeña —dijo con ternura—.
Esta fue una de las razones por las que no habíamos venido a visitarlos.
Además de la guerra… hubo un pequeño imprevisto.
Al ver su rostro, un recuerdo se apoderó de mí.
Un momento similar, en otra vida.
Yo, siendo un niño, viendo a mi hermana por primera vez.
Mi madre jugando con ella, presentándomela entre risas, diciendo que también se llamaba Alice.
No sé si fue coincidencia, pero con solo mirarla, un dolor profundo me atravesó el pecho.
Le había prometido a mi hermana, en mi vida pasada, protegerla a toda costa.
Esa vez terminé viéndola dentro de un ataúd.
—Hola, pequeña —susurré, acariciando con delicadeza su cabecita—.
Soy tu hermano mayor, Kael.
No me había dado cuenta de que los gritos venían del jardín de la mansión.
Tan perdido estaba en mis pensamientos, que terminé allí, frente a la imagen más inesperada de todas: mi familia reunida otra vez.
Los recuerdos de cómo mi madre se mostraba más cansada últimamente regresaron a mi mente.
Nunca me había dado cuenta de que estaba embarazada.
Era extraño, pero comprensible.
En ese tiempo ni siquiera le prestaba atención a las cosas; los recuerdos de mi antigua vida no me dejaban ver con claridad.
Volteé la mirada hacia Airis, que ahora hacía muecas graciosas a la bebé.
Aún pensaba en lo mal que pudo haber terminado todo si ellos no hubieran llegado.
Aquella presencia que había sentido… desapareció sin dejar rastro.
—¿Qué te pasa, hermanito?
—preguntó Mai, dándome un pequeño golpe en el hombro—.
¿Sigues atónito por la revelación?
—¿Tú ya lo sabías?
—pregunté, sorprendido.
—¡Obvio!
—respondió divertida—.
Yo ya sabía que teníamos una nueva hermana.
—¡¿Quéee?!
—grité—.
¿Por qué siempre soy el último en enterarme de todo en esta familia?
—Porque eras el menor… bueno, eras —dijo en tono burlón—.
Aunque la verdad, creo que a partir de ahora te informarán de más cosas.
Compartimos una sonrisa.
Caminamos juntos un rato, contándonos todo lo que había pasado en nuestra ausencia.
Fue entonces cuando vi a mi abuelo, recostado bajo un árbol.
Nos observaba con tristeza, sin atreverse a acercarse.
Sentí una punzada en el pecho.
A pesar del miedo que me causa el despertar corrupto… no puedo rendirme.
No ahora.
Tengo otra vida que proteger.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.
Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.
Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com