El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 21
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21: Capítulo 21: Diferente tipo de mago 21: Capítulo 21: Diferente tipo de mago POV de Kael Lanpar Hubiera deseado pasar más tiempo con mi familia sin tener que preocuparme por los problemas que cargaba.
Estaba sentado junto a mi hermana en la rama de un árbol, escuchando cómo mis padres discutían una vez más sobre la forma de ayudarme con mi magia.
—No entiendo del todo —exclamó mi padre—.
Kael no podrá utilizar magia.
Debajo de nosotros observé cómo se apoyaba en el tronco del árbol donde estábamos sentados.
Luego alzó la cabeza, dejando escapar una sonrisa al vernos.
—Es complicado decir lo que tiene Kael —habló mi abuelo, acercándose a él—.
Tanto su núcleo como su maná están en función, pero…
—No puede moldear el maná a su voluntad —interrumpió mi madre, terminando la frase.
Dejé escapar un suspiro pesado al escuchar aquella dura verdad.
Era cierto: no podía moldear el maná como quería, y eso me quitaba gran parte de mi arsenal mágico.
Era cruel admitirlo, pero en estos momentos era alguien sumamente débil comparado con otros de mi edad que ya habían tenido su despertar.
Apoyé las manos en la rama rugosa y dejé que mi cuerpo cayera del árbol, terminando por aterrizar junto a mi padre.
Flexioné las piernas para amortiguar la caída.
—Hay algo que aún no entiendo —dijo mi padre, desviando la mirada hacia mí—.
El hecho de que Kael no pueda moldear el maná no resuelve la incógnita de cómo es capaz de crear hechizos.
Me quedé un rato mirándolo, mientras sus ojos buscaban en los míos la respuesta a su duda.
El lugar quedó en un absoluto silencio, uno en el que solo se oían los aleteos de los pájaros que surcaban el aire helado.
Las hojas empezaban a caer de los árboles, que ya habían perdido el color de vida que los distinguía antes.
El invierno se acercaba, y mientras más pasaba el tiempo, mis opciones se agotaban.
El leve quejido de mi abuelo resonó en el lugar, rompiendo la calma y atrayendo la atención de todos.
—Se podría decir que la conjuración de los hechizos se debe a un estado de frenesí —murmuró, aún pensativo.
Lo vi moverse de un lado a otro, intentando explicar su teoría, la única que tenía.
—Creería que, en cierta medida, el despertar corrupto toma posesión de su cuerpo —continuó, señalándome— Solo que, a diferencia de otros portadores, tú tienes cierto control, aunque sea mínimo, sobre tus acciones.
Antes de que pudiéramos seguir discutiendo, el llanto de Alice interrumpió la charla.
El sonido seco de mi hermana al bajar de la rama llegó a mis oídos.
Caminó hacia mi madre, intentando ayudarla a calmar a mi hermana pequeña.
—Esto será mejor discutirlo otro día —dijo mi madre, meciendo a Alice en sus brazos.
Me acerqué a mi padre mientras ellas se adentraban en la casa, y me dejé caer a su lado.
El césped fresco me recibió con suavidad.
Mi padre siguió mi ejemplo, dejándose resbalar por la corteza del árbol hasta quedar sentado junto a mí.
—¿Qué tal va tu entrenamiento?
—preguntó sin mirarme—.
Escuché que has avanzado con la espada.
—Me ha estado yendo bien —respondí, acomodándome en mi sitio—.
Mi abuelo dice que he alcanzado un nivel muy superior al promedio.
La voz de mi padre sonaba cada vez más cansada, como si los mismos días absorbieran la fuerza de su alma.
Ya no tenía la misma energía de un rey, ni el brillo que solía inspirar respeto.
Sabía que tanto él como mi abuelo ocultaban algo más grande que la guerra contra los revolucionarios.
Ese semblante apagado que compartían confirmaba mis sospechas.
Queriendo apartar mis pensamientos, me levanté con brusquedad, quedando frente a mi padre.
—Entonces… ¿quieres ver qué tanto he avanzado?
—dije con una sonrisa desafiante—.
No creo que nos haga mal un pequeño duelo.
Vi cómo sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice al aceptar mi duelo.
Luego alzó una mano, pidiéndome ayuda para levantarse.
Apreté sus dedos con ambas manos, usando toda mi fuerza para ponerlo de pie.
Aun siendo un niño en este mundo, poseía una voluntad que tal vez nadie más tenía.
Quizás ya no contaba con mi antigua fuerza, ni con el poder divino que alguna vez corrió por mis venas… pero si algo me quedaba además de mi conciencia, eran las ganas de seguir luchando.
Esta vez, por un nuevo propósito.
El crujido del cuello de mi padre, acompañado por una sonrisa satisfecha, me indicó que ya estaba listo.
—Abuelo, ¿puedes ser el juez?
—pregunté, viendo cómo su expresión cambiaba.
—Sí, claro que puedo serlo —respondió con un tono más animado—.
Será un duelo de tres puntos.
Golpes limpios, no al rostro.
Atrapé en el aire la funda de la espada que mi abuelo me lanzó.
La desenfundé, quedando absorto en el brillo del metal.
Mi reflejo mostraba una sonrisa falsa, un intento débil de ocultar mis dudas.
Balanceé la espada de un lado a otro, cortando el aire mientras intentaba acostumbrarme a su peso, un poco mayor al que podía manejar.
Coloqué la hoja frente a mi rostro y hundí los pies en el suelo, adoptando una postura firme.
—La batalla comenzará cuando la hoja toque el suelo —anunció mi abuelo, soltándola de su mano.
Nuestras miradas se cruzaron.
Ambos aguardábamos el inicio con una serenidad que solo los veteranos sabían sostener.
Cuando la hoja descendió por completo, nos lanzamos el uno contra el otro.
Las espadas chocaron, y el sonido metálico resonó en mis oídos, trayendo recuerdos que hubiera preferido enterrar.
(Recuerdo del pasado) Aquel día fue cuando perdí la lealtad de mi mejor amigo.
Lo quería tanto… que no fui capaz de hacerle daño.
Entre las chispas del choque de nuestras espadas, vi su rostro decepcionado mirarme con tristeza.
En sus ojos se reflejaba una culpa que, en aquel tiempo, no pude comprender.
Apliqué más fuerza y logré desviar su defensa.
Aproveché el impulso para darle una patada en el estómago que lo hizo retroceder.
—Aún estás a tiempo para arrepentirte —grité, sintiendo las gotas de lluvia deslizarse por mi rostro—.
No me hagas esto, Marcois.
Su respuesta nunca llegó.
Se abalanzó sobre mí una vez más, proyectando una ira tan intensa que el mismo cielo respondió con el estruendo de un rayo.
La tierra se desgarró con el impacto de la electricidad, obligándonos a retroceder.
Mi respiración era pesada.
Sabía que podía matarlo con un solo movimiento… pero no podía hacerlo.
Al escuchar el chapoteo del barro bajo sus pies, alcé mi espada una vez más e hice una finta que no logró bloquear.
En ese instante tuve el camino libre para cortarle el cuello… pero no lo hice.
A diferencia de mí, él no dudó.
Su golpe fue certero.
El poder que la diosa del destino me había otorgado se fragmentó en mil pedazos.
Caí de rodillas.
Sentí la humedad del lodo manchar mi ropa.
Llevé una mano a mi rostro, tocando mi ojo… y comprendí que estaba sangrando.
—Solo déjame ir —escuché su voz, quebrada—.
No quiero… no puedo matarte.
Resignado, lo dejé partir.
Sentí mi cuerpo colapsar por la ruptura de mi poder y caí sobre el barro, cubriéndome por completo.
La inconsciencia me reclamaba, pero aun así clavé mis uñas en la tierra, intentando arrastrarme hacia él.
Lo vi alejarse cada vez más… hasta que finalmente desapareció.
(Fin del recuerdo) Apreté los ojos con fuerza, sintiendo aún el peso de la espada.
Mi padre me empujó hacia atrás y apenas pude resistir, perdido en el golpe mental del recuerdo.
Sin tiempo para recuperarme, retiré la espada en un movimiento rápido y me agaché, esquivando el corte que pasó rozándome.
Con un tajo horizontal dirigido a su talón, golpeé la capa de maná que protegía su cuerpo deteniendome en el último segundo.
—Vaya, hijo… eso fue sorprendente —dijo soltando su espada y acercándose a mí—.
Fue un movimiento limpio y perfectamente calculado.
—De verdad me tomaste por sorpresa —añadió con una sonrisa.
Solté también mi arma, escuchando el golpe seco al tocar el suelo.
Mi padre me revolvió el cabello con una ternura que no necesitaba palabras.
Entre sus mejillas resbalaban lágrimas que no pude ignorar… lágrimas que hablaban del orgullo, del miedo, y de todo aquello que él nunca se atrevería a decirme.
Quise preguntar el motivo de su llanto, pero al final no pude.
Lo vi arrodillarse a mi altura, como solía hacerlo, y decirme entre sollozos: —No sabes cuánto me alegra verte crecer… te amo, hijo.
El calor de sus brazos rodeándome me reconfortó.
Me dejé llevar por el momento y lo abracé, cerrando los ojos unos segundos.
Al volver a abrirlos, me separé lentamente y le devolví una sonrisa que él correspondió con una felicidad renovada.
—Iré a pasear un rato por el recinto —dije con voz infantil—.
¿Quieres que te traiga algo del centro?
—No, gracias, hijo.
Anda, disfruta del día —respondió acercándose a mi abuelo—.
Me quedaré un rato más aquí.
Tú ve y diviértete, pero no regreses tarde.
Asentí con la cabeza y me di media vuelta, caminando hacia la puerta de entrada de la casa.
A lo lejos, escuché los leves susurros de su conversación.
—Algún día, aunque el destino se niegue, Kael será un gran rey —dijo la voz lejana de mi padre.
Sonreí por sus palabras mientras cerraba la puerta detrás de mí.
Caminé por los pasillos bañados por la luz del sol.
El resplandor que se filtraba por las ventanas era más que simple iluminación: su calor tocaba mi piel, llenándome de la energía que necesitaba.
Marcois, amigo mío —pensé—.
Sé que en el pasado no tomé las mejores decisiones, pero te prometo que ahora intentaré hacer lo correcto, como tú siempre quisiste que hiciera.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras el sonido de mis zapatos resonaba en el piso.
Giré por un pasillo y seguí corriendo.
Ya cerca de la salida, me detuve en seco.
La puerta se abrió y, antes de que pudiera reaccionar, Airis entró.
Ambos terminamos cayendo al suelo: me había tropezado con mis propios pies, que no se coordinaron a tiempo.
—¡¿Pero qué te pasa?!
—gritó en mi oído—.
¡Nunca miras por dónde caminas!
Aún adolorido por la caída, me reincorporé apoyándome en la puerta.
—Lo siento —dije, extendiéndole la mano—.
Creo que no reaccioné a tiempo.
Airis me observó con un rostro molesto durante unos segundos, hasta que al final aceptó mi ayuda.
Estuve a punto de marcharme después de levantarla, pero sentí su mano sujetándome por la camisa, deteniéndome en proceso.
Giré la cabeza y encontré sus ojos grisáceos.
Al notar que la miraba, apartó la vista, soltó la tela y se sobó el rostro con vergüenza.
—Pu… ¿puedes… quieres venir a pasear conmigo?
—tartamudeó, intentando sonar casual.
Verla juguetear con su cabello me hizo reír.
Era la primera vez que mostraba una faceta distinta a la de la niña siempre enojada.
Me di la vuelta, alejándome unos pasos hasta quedar frente a la salida.
El cielo despejado se extendía sobre mí, cruzado por bandadas de pájaros que migraban hacia otras partes del continente.
—¿Qué estás esperando?
—dije dándole la espalda—.
¿A dónde quieres ir?
No respondió, pero al escuchar sus pasos detrás de mí supe que debía seguirla.
La observé caminar con calma, marcando el ritmo con cada paso.
Caminamos un buen rato por las calles del recinto, rodeados de miembros del clan.
Todos lucían alegres, y sus conversaciones hablaban de prosperidad y esperanza.
En sus palabras no había rastro de temor por la guerra que asolaba el reino humano.
Era como si los Astrales no se preocuparan por nada de lo que sucedía fuera de sus fronteras.
Al cruzar el puente que conectaba con la otra parte del recinto, me detuve a mirar el río que fluía bajo nosotros.
Me apoyé en las vallas de cristal y observé los peces nadando en el agua.
—¿Por qué aceptaste venir conmigo?
—preguntó Airis—.
Nunca nos hemos llevado bien… y aun así, viniste.
La vi apoyar la cabeza sobre sus brazos, que descansaban sobre la baranda.
Su rostro mostraba tristeza.
—No sé por qué me odias —respondí—.
Tal vez tengas tus razones… pero yo no te odio.
No tuve tiempo de decir más.
Una bola de agua me golpeó de lleno, empapándome por completo.
El viento frío me azotó el cuerpo, y me abracé a mí mismo intentando recuperar algo de calor.
Al ver el rostro de Airis, pude notar cómo reía por primera vez.
Su sonrisa mostraba una inocencia infantil que, por un instante, me hizo olvidar que me estaba muriendo de frío.
Sacando mi lado más niño, mi magia astral reaccionó por pura voluntad.
Del río se levantaron varias bolas de agua que flotaron en el aire antes de ser disparadas hacia Airis.
Sin poder reaccionar, fue golpeada de lleno por el hechizo, quedando completamente empapada y sintiendo de inmediato el mismo frío que me calaba los huesos.
Al verme reír, no pudo soportar la derrota y se abalanzó hacia mí, solo para terminar en el suelo por un movimiento mío que surgió por instinto.
Antes de que su rostro tocara la madera del puente, la sujeté del cuello del abrigo que llevaba, ayudándola a ponerse de pie.
—Te prometo que no quería mojarte —dije entre risas—.
Aún no tengo control sobre los hechizos.
—Eso no fue divertido —murmuró con leve molestia.
Creando una pequeña esfera de fuego en mi mano, me acerqué a ella, compartiendo parte del calor que el sol ya no nos brindaba, opacado por las nubes.
Juntos caminamos de regreso a la casa en un silencio incómodo, hasta que decidí romperlo.
Había una duda que llevaba tiempo sin dejarme en paz, y quizás ahora, por fin, podía ser respondida.
Me detuve y la miré directamente a los ojos, reuniendo el valor necesario para preguntar: —¿Por qué vives en el recinto de los Astrales?
Temí que mi pregunta le molestara, pero me sorprendió verla agachar la cabeza antes de responder con voz suave: —No tengo familia.
La tuya es la más cercana que tengo.
Quise consolarla, pero me detuve al escuchar lo que añadió: —Es irónico que viva con los causantes de la extinción de mi raza…
pero solo tu sangre es la culpable.
Sentí el peso de sus palabras golpeándome con fuerza, junto con los recuerdos de todas aquellas personas que alguna vez intentaron hacerme daño.
Comprendí, entonces, a quiénes se refería.
—Fueron los Lanpar…
—susurré sin pensarlo.
Ver cómo las lágrimas comenzaban a formarse en los ojos de Airis me impulsó a acercarme y abrazarla.
Caminé hacia ella lentamente, hasta rodearla con mis brazos.
Sentí su cabeza apoyarse en mi hombro, humedeciendo mi camisa con sus lágrimas.
Mientras la abrazaba, mi mente no dejaba de preguntarse qué había hecho mi clan para acabar con una raza entera.
Empecé a dudar quién era el verdadero villano en esta guerra.
Aunque los métodos de los revolucionarios fueran injustificables, no podía ignorar la causa que los movía: derrocar al reinado de los Lanpar.
Tragué saliva con dificultad al recordar las palabras de Alfin, que en el pasado no había tomado en serio: “Nuestro linaje es uno entre muchos demonios encarnados en promesas y sangre.” Acariciando la cabeza de Airis con delicadeza, no pude evitar sentir cómo mi propio pasado volvía a envolverme, recordándome aquello que siempre había temido.
Lo que más duele…
es descubrir que las personas que siempre te acompañaron fueron, en realidad, los verdaderos enemigos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.
Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.
Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com