El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 Muertos entre nosotros
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22: Capítulo 22: Muertos entre nosotros 22: Capítulo 22: Muertos entre nosotros POV de Lola Schmerzklan Mientras más corría, la adrenalina recorría cada fibra de mi cuerpo.
Las ansias de pelear se encendían con cada paso, acompañadas por los relámpagos que brotaban de mi armadura eléctrica, creando un espectáculo luminoso que desgarraba la oscuridad de la noche.
Atravesé el bosque rumbo a Luzarion, con la mente perdida en la estupidez de esta guerra y en cómo todo había terminado tan mal.
Con un salto violento desgarré la tierra bajo mis pies y me impulsé hacia el cielo.
Desde lo alto, flotando entre las sombras y el viento, pude ver a lo lejos la capital envuelta en llamas.
Una sonrisa torcida se dibujó en mis labios.
El desastre que se extendía ante mis ojos era casi hermoso; cada rincón del campo de batalla brillaba bajo el fulgor de los hechizos que chocaban entre sí, haciendo temblar la tierra como si el mundo mismo respirara dolor.
—Solo me fui un rato… y este maldito reino ya casi ha caído —susurré, dejando escapar una risa seca antes de que la gravedad me reclamara de nuevo.
Maniobrando el aire con gracia, descendí como un trueno.
El impacto sacudió el bosque entero y dejó un cráter humeante a mis pies.
El estruendo ahuyentó a los depredadores nocturnos, esos cazadores silenciosos que se ocultan en la oscuridad.
Aún recordando las palabras de Luis, escuché los gritos lejanos de los soldados.
El choque del metal me guio, avisándome que estaba cerca del caos.
Y entonces, al atravesar los últimos árboles, lo vi todo.
Desde el acantilado en el que me encontraba, observé el infierno desplegarse ante mis ojos: magos invocando fuego, alzando la tierra, creando tornados que lanzaban cuerpos al aire como muñecos de trapo.
Apreté los puños conteniendo la ira.
La magia astral se deslizó por mis venas, brindándome el embriagante poder familiar de mi elemento.
Los rayos a mi alrededor se oscurecieron, transformándose en sombras eléctricas: tan hermosas como letales.
Di un paso hacia el vacío y me dejé caer.
Mi mente estaba en blanco, solo mis ojos seguían a los enemigos.
El olor metálico de la sangre me envolvía mientras el aire cortaba mi rostro.
Un instante antes del impacto, mi cuerpo se deshizo en pura electricidad.
Caí como un rayo.
El suelo se partió bajo mis pies, la tierra se había carbonizado y, sin perder tiempo, me lancé al combate.
En mi brazo, la energía se materializó en una capa de relámpagos oscuros.
—¡Sigan atacando!
¡Este maldito reinado caerá!
¡Por los—AAHHH!
—gritó un soldado enemigo antes de que mi ataque atravesara su pecho.
La sangre caliente cubrió mi brazo aún cargado con miles de voltios, robándole el alma en un parpadeo.
—¿Quién sigue?
—pregunté con una sonrisa apenas visible, al ver que cientos de soldados me rodeaban—.
Parece que tendré muchos valientes esta noche.
Desenfundé mis dagas con rapidez.
El pulso de la energía recorrió mis manos mientras el mundo se ralentizaba.
En un solo movimiento desaparecí, dejando un eco eléctrico tras de mí.
El siguiente sonido fue el de cuerpos cayendo.
Mis dagas habían atravesado gargantas antes de que ellos siquiera pudieran gritar.
—¡Maldita!
¡Lo pagarás!
—rugió uno, invocando un enorme mazo de piedra.
—Qué lindo juguete —susurré, esquivando su torpe golpe.
Su arma golpeó el suelo sin alcanzarme.
Me lancé contra él, cortando la extremidad con la que sostenía el mazo.
Antes de que pudiera gritar, una flecha silbó en el aire y se clavó en su cráneo, haciéndolo caer de espaldas con un golpe seco.
—¿No crees que estás siendo un poco psicópata?
—escuché una voz conocida.
—No lo creo —respondí, limpiando la sangre de mis dagas con la manga—.
Además, Boro, sabes que hago mi trabajo como mejor me parece.
Me giré para ver el rostro de mi viejo amigo y, tras él, el espectáculo del ejército retomando el control del campo de batalla.
El temblor de la tierra seguía bajo mis pies cuando me acerqué y posé una mano en su hombro.
—¿Cuántas bajas hemos tenido hasta ahora?
—pregunté con un suspiro—.
Luis me envió para recopilar información sobre lo que ocurre en la capital.
—Las bajas han sido mínimas —respondió, haciendo chispear un relámpago en su mano—.
Desde que llegaron los Jinetes del Apocalipsis y los refuerzos, la balanza se inclinó a nuestro favor… Antes de terminar de hablar, lanzó un rayo hacia un grupo de enemigos, incinerándolos al instante.
Pude ver cómo sus cuerpos esqueléticos caían al suelo, solo para ser aplastados después por la pata de un enorme elefante de guerra.
—Si todo va según lo planeado —dijo con serenidad—, esto terminará esta noche.
Sabía que sus palabras no podían ser del todo ciertas.
Negué con la cabeza y di un salto, aferrándome a una soga que colgaba del elefante que avanzaba directo hacia el corazón de la batalla.
Balanceándome con fuerza, ascendí hasta la montura del animal y me coloqué junto al jinete.
Canalicé maná en mi voz y rugí.
Un grito de guerra que resonó en todo el campo, despertando la moral de nuestros soldados, que alzaron sus armas con renovado fervor.
La noche transcurrió entre gritos desgarradores y vítores de gloria.
Algunos lloraban por los caídos, otros celebraban nuestra victoria.
Mis ojos observaron durante horas cómo la sangre se mezclaba con la tierra, cómo cada ataque reclamaba más vidas.
Y cuando el amanecer finalmente rompió el horizonte, apoyé mi cabeza en mis brazos y vi cómo la luz dorada comenzaba a iluminar el campo de batalla.
La capital había sido devuelta a su gente: aquellos que, generación tras generación, habían depositado su fe en este reino.
Por fin podían confirmar que su lealtad no había sido en vano.
—¡Que viva el reino de los Lanpar!
¡Que viva el santo reino humano!
—gritó alguien, y pronto el coro se extendió entre las multitudes reunidas en las puertas de Luzarion.
Nos recibieron con aplausos, lágrimas y cánticos casi religiosos.
Sintiendo el galope de mi caballo, intenté recomponerme, queriendo mostrar firmeza ante mi gente.
—Gracias por salvarnos, diosa del rayo —dijo una anciana, tomando mi capa con manos temblorosas—.
Aún vive la fe… aún vive el reino.
Que Dios la bendiga.
Le respondí con una sonrisa sincera, desmontando del corcel para tomar sus manos con cuidado.
—Esta guerra no se habría ganado sin su esperanza en nosotros —le dije con suavidad—.
Todos aquí luchamos por lo que amamos.
Tras despedirme de los ciudadanos que tanto amaba, partí junto a Boro hacia la sala de reuniones, donde los demás generales nos esperaban.
Mientras sujetaba la soga de mi caballo para guiarlo, mis ojos recorrieron el paisaje devastado: casas reducidas a escombros, calles cubiertas de cráteres, cuerpos apilados bajo el polvo.
Era un escenario infernal.
Pero nada me dolió tanto como lo que vi a continuación.
Clavada en una cruz, una mujer yacía en completo abandono.
Su cuerpo putrefacto desprendía un olor tan nauseabundo que atraía a los carroñeros, los cuales arrancaban trozos de carne con sus picos.
Solté la soga del caballo y creé un arco de electricidad.
Tensé la cuerda con un hilo de maná y dejé que la flecha de energía impactara en los pájaros, eliminándolos en un destello de luz.
—¿Ella es Lilia?
—pregunté sin pensarlo.
—Sí —respondió Boro sin mirarme—.
Era la sirvienta de tu protegido.
Nadie sabe quién acabó con ella.
La amargura y la culpa se enredaron en mi pecho al escuchar el nombre de Kael.
Era irónico: siendo su protectora, jamás había estado realmente presente en su vida.
Lo único que me consolaba era pensar que, quizá, él nunca me necesitó.
Seguimos caminando en silencio hasta llegar a una tienda improvisada que servía como sala de mando.
Boro se adelantó y levantó la cortina, dejándome pasar primero con un gesto de respeto.
Dentro, el ambiente olía a sudor, humo y victoria.
—Vaya, pero si son las hermanas de cristal —susurré, acomodándome una flor que una niña me había regalado al llegar a la ciudad.
Tomé asiento en la mesa de madera donde todos estaban reunidos, dejando mis dagas sobre la superficie pulida antes de deslizarme en la silla, exhausta.
—¡Lola!
—gritó una de ellas con alegría—.
¡Años sin verte!
¿Cómo has estado?
—Hola, Géminis —respondí con una leve sonrisa—.
Cuánto tiempo… De verdad que has crecido mucho.
Géminis era una de las hijas de Luis, la menor para ser exacta.
La que se mantenía en silencio, con expresión severa y mirada firme, era Maya: la mayor de las hermanas Astrales.
Líder del poderío de los Astrales, futura jefa de clan y una de las personas más fuertes de todo el continente.
—Veo que no te ha ido muy bien estos días —comenté, mirándola directo a los ojos—.
Dime, Maya, ¿hay algo que te moleste?
—Broker Lola, le pediré de favor que se tome las cosas con seriedad —exclamó, dejando su casco sobre la mesa con un golpe seco—.
Lo que vivimos esta noche casi termina en catástrofe.
Mordí mi labio inferior, conteniendo el impulso de responder.
Finalmente tomé una postura más formal, apoyando los codos sobre la mesa y guardando silencio.
—Muy bien —dijo Maya, con su voz firme y templada—.
Si todos ya están presentes, daré inicio a esta reunión.
Nada de lo que se hable aquí debe salir de este lugar.
¿Entendido?
Todos asentimos.
La tensión era palpable; sabíamos que lo que venía no sería fácil de digerir.
Según los informes de Alkaster y las fuerzas samurái, aquello contra lo que habíamos luchado… no eran humanos.
Los cuerpos recuperados fueron analizados en la morgue, y los resultados eran, por decirlo poco, inquietantes.
Eran copias de anteriores enemigos.
Repeticiones exactas de sí mismos.
Cada cadáver compartía la misma estructura, las mismas heridas, los mismos patrones mágicos.
Como si hubieran sido… clonados.
—Lo que acabas de decir cambia por completo el panorama de la situación —gruñó Boro, golpeando la mesa con el puño—.
¡Esto no tiene explicación!
¡No la tiene!
Su voz retumbó en la tienda como un trueno contenido.
—¡Están muertos!
—añadió, con los ojos abiertos de incredulidad—.
Sus cuerpos fueron calcinados en la morgue.
¡Los vi con mis propios ojos!
—Tienes toda la razón para estar molesto —respondió Maya con serenidad, aunque su mandíbula estaba tensa—.
Pero aunque la información sea confusa, las pruebas son irrefutables.
Intenté intervenir, buscando una explicación racional, pero la voz de Maya se adelantó con tono autoritario.
—Broker Lola —dijo, mirándome con determinación—, estarás a cargo de la investigación.
Puedes llevar contigo a cualquier mago que consideres necesario.
Asentí sin decir palabra.
Arrastré lentamente mi silla hacia atrás y me puse de pie.
—Maya, tú y yo sabemos que no son muertos —dije, dándoles la espalda—.
Esto es una pérdida de tiempo.
Ya tengo algunas sospechas sobre lo que está ocurriendo.
No esperé respuesta.
Salí de la tienda y me recibió la nevada.
Los copos caían en silencio, cubriendo los restos del campo con una blancura engañosa.
El frío me rodeó en un abrazo amargo, así que activé una pizca de maná para calentarme.
Iba a seguir caminando cuando un sonido detrás de mí me detuvo: alguien había aterrizado con fuerza en la nieve.
—No sabía que ya estabas recuperado, pequeño —dije sin girarme—.
Necesito que entregues una carta para Xavier.
Al no recibir respuesta, me di la vuelta.
Frente a mí estaba un adolescente rubio, encapuchado, con una máscara de león que ocultaba por completo su rostro.
Su presencia imponía un silencio natural, casi felino.
—Dile a tu tío que esta carta va dirigida a Kael —le indiqué, entregándole el sobre—.
Y ponte en contacto con los médicos en el campo.
Serás mis ojos y mis oídos.
Asintió con decisión.
Un segundo después, el viento se arremolinó a su alrededor, consumiendo su figura hasta desvanecerla en el aire.
Solté un suspiro cansado y retomé mi marcha.
La neblina cubría el horizonte, pero mi mente estaba más nublada que el cielo.
Había viejos traidores moviéndose de nuevo, yo sabía con absoluta certeza quiénes eran.
Los malditos Midorian no descansarán hasta derrocar el reinado de los Lanpar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.
Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.
Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com