El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 Lazos de sangre
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Capítulo 23: Lazos de sangre 23: Capítulo 23: Lazos de sangre POV de Kael Lanpar Me costaba tragar saliva, incluso mientras estaba envuelto en los brazos de mis padres.
Aun en medio de ese cálido abrazo, las palabras de Airis seguían resonando en mi mente.
Su confesión sobre lo que habían hecho los Lanpar me dejó un vacío mental que aún no lograba comprender del todo.
Apoyé la cabeza en el hombro de mi madre y, detrás de ella, vi a Airis.
Desde que me contó lo ocurrido con su raza, su rostro no había dejado de estar ensombrecido, como si la tristeza misma la envolviera.
Amaba profundamente a mis padres.
Incluso acepté sin dudar la decisión de mi abuelo, quien les rogó llevarme a un viaje de entrenamiento.
Sentí la brisa rozarme el rostro y quise soltarme del abrazo, pero mi madre me detuvo con suavidad.
—Prométeme que mandarás cartas todos los días —dijo, apretando mi cuerpo con más fuerza, como si quisiera retener también mi alma.
—Sí, mamá, te lo prometo —respondí con una pequeña sonrisa—.
Te escribiré todos los días… pero, ¿me puedes soltar?
Ella deshizo el agarre a regañadientes, secándose las lágrimas antes de dejarme libre.
Me dirigí hacia mi abuelo, que ya me esperaba en la puerta del recinto junto a Airis.
Casi llegaba cuando la voz grave de mi padre me hizo detenerme.
—Hijo, espera un momento —exclamó, sacando una carta de su bolsillo—.
Esto es para ti.
La envió alguien que no conoces, pero estoy seguro de que te caerá bien.
Me acerqué y tomé la carta.
En la superficie, mi nombre estaba escrito con una tinta oscura que emanaba un leve resplandor de maná.
Dejé escapar un suspiro y la guardé en mi bolsillo, sintiendo cómo una vibración mágica me recorría los dedos al tocar el sello.
Esto es curioso… Este tipo de maná ya lo había sentido antes.
Las partículas eran distintas a las de los elementos comunes, y tampoco parecían subelementales.
Cada una tenía su propio color, su propia frecuencia.
Este maná, en particular, desprendía fragmentos blancos apenas visibles, como si una energía protectora envolviera la carta.
—¡Kael!
¡No tenemos todo el día!
—gritó mi abuelo desde la distancia—.
El camino es largo y la noche se acerca.
¡Apúrate!
—Sí, ya voy… —murmuré, sintiendo el cansancio en mi voz.
Al girarme, les dediqué una sonrisa a mis padres, una que me resultó demasiado difícil de mantener.
Era horrible tener que fingir emociones confusas.
Los amaba, sí, pero me aterraban los secretos que ocultaban.
—¡Adiós a todos!
¡Nos vemos pronto!
—grité, echando a correr hacia mi abuelo y Airis.
Con cada paso, los recuerdos de mi despertar corrupto me golpeaban con más fuerza.
Recordé aquella breve discusión entre mi padre y mi abuelo, antes de que él golpeara la mesa con firmeza y dijera que ya sabía a dónde debía llevarme.
—Ya te habías tardado —dijo Airis con ligera molestia—.
Eres un llorón.
—Lo que tú digas, pelirroja —respondí mientras la sobrepasaba, dirigiéndome hacia mi abuelo.
Cada paso me costaba respirar; retomar el aire después de pensar demasiado era una tarea imposible.
—¿Ahora sí podrías decirme a dónde vamos?
—pregunté caminando a su lado—.
¿Tienes algún plan de entrenamiento o…?
—Menos preguntas, Kael —interrumpió con voz firme—.
Es una aventura, así que no hay destino fijo.
Disfruta el día y mira a tu alrededor.
Guardé silencio, agachando la cabeza con resignación.
Intenté distraerme pateando una roca en el camino, pero no funcionó.
No podía dejar de pensar en el motivo que llevó a los Lanpar a masacrar una raza entera.
Caminamos durante un largo rato, hablando de cualquier cosa.
Conversaciones simples, huecas, que apenas servían para que el viaje no se sintiera eterno.
—Odio los secretos —susurré, aunque sabía que mi abuelo me escuchaba.
—¿Por qué lo dices?
—respondió sin girarse—.
¿En qué te has metido ahora, Kael?
—En nada, la verdad —dije, apartando la mirada—.
Lo mismo de siempre: muerte sin ningún sentido.
Al escuchar su suspiro, lo vi alejarse acelerando el paso, mientras dejaba que parte de mi magia astral me envolviera.
Una pequeña corriente giró a mi alrededor, formando un minitornado bajo mis pies.
Me sentía como un payaso.
Podía usar la magia astral, sí, pero como un mago callejero solo era capaz de crear trucos baratos.
Pequeñas ilusiones que apenas mostraban un reflejo de lo que esa magia realmente podía lograr.
—Cuando dé la señal, quiero que corran con todas sus fuerzas —ordenó mi abuelo con firmeza—.
Estamos por cruzar la frontera hacia el Reino Élfico.
No debemos llamar la atención.
¿Entendido?
Tanto Airis como yo asentimos, preparándonos.
El silencio del bosque se tensó un instante antes de quebrarse con el grito de mi abuelo.
—¡Corran!
Sin pensarlo, salimos disparados.
Nuestros cuerpos se confundían con los árboles, y las ramas servían de plataformas para avanzar con mayor velocidad.
Éramos sombras entre hojas, viento entre raíces.
Si algo lograba distraerme de mis pensamientos, era la belleza que nos rodeaba.
A pesar de conocer la naturaleza hostil de este mundo, no podía evitar admirar sus paisajes.
Cada rincón parecía tener un propósito.
Cada forma, cada color, cada sonido… todo coexistía con un significado.
Era como si la naturaleza misma susurrara una verdad olvidada sobre el ciclo de la vida, una que también gobernó mi antiguo mundo… antes de que lo destruyéramos con nuestras propias manos.
Antes de que todo lo verde desapareciera, dejando solo polvo donde una vez hubo vida.
A pesar de la velocidad con la que avanzábamos, mis reflejos me permitieron notar algo entre los huecos que dejaban las hojas al agitarse: una manada de lobos corría paralela a nosotros.
Sus cuerpos estaban cubiertos de runas antiguas que brillaban con intensidad.
Se movían en perfecta armonía, acompañando nuestro recorrido desde la tierra, mientras que sobre las nubes, gigantes aves blancas danzaban con el viento.
—¡En cinco minutos llegamos a nuestro destino!
—gritó mi abuelo desde el frente—.
¡Sigan corriendo y no se rindan!
Airis aceleró hasta colocarse a su lado.
Mi abuelo me lanzó una señal para que hiciera lo mismo.
Obedecí sin dudar.
Fue entonces cuando la manada se desvió, dispersándose entre los árboles, como si su tarea hubiese terminado.
—¿Por qué el maná aquí es más abundante que en nuestro reino?
—pregunté, aún en movimiento.
—Esa es la razón por la que estamos corriendo —respondió, acelerando el paso—.
Intentamos evitar al ser que protege este lugar.
El guardián que duerme en el Bosque Élfico no distingue entre aliado o enemigo… solo protege a sus creadores.
Al escuchar su voz recordé una historia que mis padres me contaron cuando apenas tenía un año.
En aquel tiempo la creí un simple cuento.
Según sus relatos, durante la era de guerra los elfos, cuya conexión con el maná y la vida era absoluta, decidieron crear otro tipo de existencia.
Una creación que nació del sacrificio de sus propias almas, dando forma a un ser celestial que se convirtió en el protector de su hogar.
Las palabras de mi abuelo confirmaban aquella historia.
Y más aún lo hacía lo que sentía al estar aquí: era como si miles de presencias invisibles rozaran mi cuerpo, intentando reconocer quién era.
Tan absorto estaba en mis pensamientos que no me di cuenta del claro que se abría entre las ramas.
Frente a nosotros se alzaba una pequeña ciudad bañada por la luz del sol.
Su brillo era tan puro que parecía sacada de un sueño.
Majestuosa.
Viva.
—Niños, bienvenidos a Elquairas —anunció mi abuelo al descender de los árboles—.
Nuestra principal ciudad comercial con los otros reinos.
Aterricé justo a su lado, flexionando las rodillas para suavizar la caída.
Cuando alcé la vista, lo que vi me dejó sin aliento.
No existía otra forma de describirlo más que esa: la verdadera definición de diversidad.
En las calles caminaban lado a lado humanos, elfos y una raza de baja estatura que reconocí de inmediato, por pura intuición: enanos.
—¿Nunca habías visto a otras razas?
—preguntó Airis, empujándome con el hombro—.
¿Ya te olvidaste de que yo no soy humana, tonto?
Creí que ya habíamos superado la fase de odio… me dije a mí mismo mientras me sobaba el hombro, intentando recuperar la cordura después de ver algo que, hasta hace poco, solo existía en los libros de fantasía.
Entre más descubro de este mundo, más lejos me siento de comprenderlo.
A veces me pregunto si realmente tiene un final… o si es un ciclo infinito de misterios.
Sacudí la cabeza para despejar mis pensamientos y me uní a la caminata junto a Airis y mi abuelo.
Ninguno de los dos compartía mi emoción.
Era lógico: no provenían de un mundo como el mío, uno donde la crueldad humana había devastado todo.
Mientras avanzábamos entre la multitud, algo empezó a incomodarme, más allá de los olores exóticos en el aire y el sonido metálico de los pasos de los soldados.
Por alguna extraña razón, no entendía nada de lo que la gente decía.
Incluso las palabras humanas sonaban distorsionadas, incomprensibles para mis oídos.
—Frere Gray no sagne yo Tori… —era solo una de las tantas frases que escuchaba a mi alrededor.
—Oye, abuelo —pregunté, girando un poco la cabeza—.
¿Tú entiendes lo que están diciendo?
—Claro que no, Kael.
No hablo élfico —respondió mientras se rascaba la barba—.
Pero, por sus expresiones, diría que están discutiendo.
Miré hacia el grupo de elfos que estaba en un bar y vi cómo uno lanzaba un vaso de cerveza al otro.
Seguí caminando, ignorando los gritos que resonaban detrás de mí.
—¿Y ellos entienden lo que decimos nosotros?
—susurré, esquivando a un par de personas.
—Algunos sí, otros tal vez no —respondió mi abuelo en voz baja—.
Hablamos en Racing, el idioma continental.
Es la lengua común entre razas y reinos.
—¿Y todos lo conocen?
—pregunté.
—No todos —añadió—, pero es la única lengua que permite entendernos entre tantas diferentes.
Se detuvo frente a un mercader de fruta: un humano con ropas desgastadas pero una expresión amable.
—Vi core nasga der frute granxe.
Uta caro no gata —dijo con naturalidad.
El hombre le ofreció una fruta brillante a cambio de unos Yenis.
—Pero… ¿no que no hablabas otro idioma?
—exclamé, confundido.
—Está hablando en el idioma natal humano —interrumpió Airis, lanzándome una naranja con desdén—.
De verdad, no sabes nada… Claro que no sé nada.
Pasé de estar encerrado en un castillo a recorrer un continente completamente desconocido.
Ni siquiera sabía que el Racing no era el idioma original de los humanos.
Terminé la naranja y seguimos caminando sin rumbo por las calles de aquella pequeña ciudad.
A diferencia de Luzarion y el recinto de los Astrales, este lugar estaba más transitado por carruajes que por personas.
Distintas bestias mágicas tiraban de los transportes.
Tuve que apartarme cuando una de ellas resopló cerca de mi oído.
—¡Ten más cuidado, mocoso!
—gritó el conductor.
Vi pasar un enorme oso de pelaje blanco que arrastraba el carruaje y, tras soltar un suspiro, me reuní de nuevo con mi grupo.
A pocos pasos encontramos un hotel que parecía estar en sus últimos días.
Sus muros se sostenían por costumbre, más viejos que las tradiciones del mundo mismo.
—Niños, los dejo libres.
Vayan a explorar —dijo mi abuelo antes de entrar al edificio—.
Tengo que ver a un viejo amigo antes de continuar.
Estén juntos… y no se pierdan.
Sus palabras me dejaron un poco confundido.
Me giré hacia Airis buscando una respuesta.
—Oye, ¿a dónde se supone que vas?
—pregunté al ver que se alejaba.
—Lo sé —respondió sin detenerse—.
Luis dijo que no nos separemos, pero quiero explorar por mi cuenta.
Nunca salí del recinto.
Esta es mi oportunidad.
Nos vemos.
Acepté en silencio que me había quedado solo.
Pasé varias horas caminando sin rumbo, observando, escuchando, aprendiendo.
Una habilidad que arrastraba desde mi vida pasada era captar información a través de las conversaciones.
Es una técnica básica, pero efectiva.
Muchos sueltan sus secretos sin darse cuenta.
Otros hablan más de lo que deberían sin quererlo.
Yo aprendí a las malas que es mejor cerrar la boca.
Una palabra mal dicha puede costarte la vida… o la de alguien que amas.
Ahora me encontraba frente a una estatua colosal en el centro de la ciudad.
Su presencia era imponente, casi divina.
El aura que emanaba era tan poderosa que parecía realmente bendecida por una deidad.
Toqué el grabado tallado a sus pies.
La historia que contaba era una que muchos guerreros antiguos conocían.
Yo recién la estaba descubriendo.
Escritura de la estatua: “Aquí, entre el metal fundido y la corona de diamantes, yace el símbolo de quien alguna vez trajo paz al mundo: Macie Orouh, líder, guerra y esperanza.
Si aún hay gente que cree… vale la pena seguir luchando.” —Macie Orouh Muchos citan frases de personas sabias para buscar consuelo.
Pero yo nunca había visto a alguien hablar desde el corazón con el verdadero deseo de ayudar a los demás.
—Vaya… aquí estás —la voz era de Airis—.
Te estaba buscando.
No encontré nada increíble en este lugar.
Todo es igual al recinto Astrales.
—¿Tú sabías de ella?
—pregunté, sin apartar la mirada de la estatua—.
¿Quién era?
—Con que aquí estaba la estatua… pensé que era un mito, pero es real —dijo, colocándose a mi lado—.
Ella fue la razón por la que no existen guerras entre clanes… y una de las fundadoras del Reino Humano.
—Será mejor ir con el viejo.
De seguro ya terminó de hablar —dije, empezando a caminar mientras ella me seguía en silencio.
Tras varios minutos, llegamos nuevamente al hotel ruinoso.
Desde la distancia logré ver a mi abuelo hablando con una figura encapuchada.
Llevaba una máscara de lobo dorado y sostenía algo importante en las manos.
—¡Escóndete!
—le dije a Airis, empujándola contra una pared—.
No digas nada.
Solo escucha.
—¿Qué te pasa?
¿En serio crees que…?
Antes de que terminara de hablar, le tapé la boca con una mano y usé mi magia de viento para amplificar los sonidos.
Tenía que escuchar bien lo que se decía.
—Muchas gracias por el mapa.
De parte de los Astrales, no hay más información que dar —dijo mi abuelo, tomando el mapa sellado con el emblema de los Lanpar—.
Que Xavier se entere de lo que está pasando.
¿Entendido?
—Entendido, Lord Luis.
Estamos a sus órdenes… y a las del Reino —respondió el encapuchado antes de desvanecerse entre las sombras del atardecer.
Ese era un soldado de Alkaster.
Qué raro que viniera desde tan lejos solo para terminar aquí.
Se supone que ellos solo actúan en momentos importantes, no como mensajeros de servicio exprés.
—¡Ayyy, mierda!
¿Por qué me muerdes?
—grité, agarrándome la mano con dolor—.
¡¿Yo qué te hice para que me ataques?!
—¿En serio crees que no se dio cuenta de que lo estábamos espiando?
¿Qué clase de mago crees que es él?
—exclamó Airis, dejando escapar parte de su aura mágica—.
Es un Broker, Kael.
Piensa por una vez en tu vida.
Demasiado agresiva para su edad.
Casi me arranca la mano.
Nunca pensé que uno de mis acompañantes terminaría siendo… medio loca.
Después de salir de nuestro escondite, fuimos directo hacia mi abuelo, quien nos condujo a un hotel mucho más decente, en buenas condiciones.
Al parecer, por fin podríamos descansar tras un día largo y agotador.
Durante todo el camino, mi abuelo no dijo ni una palabra.
Eso me inquietó.
Tal vez era porque sabía que lo habíamos estado espiando.
O tal vez… las noticias que trajo aquel encapuchado no eran buenas.
Pero esa cara no era de alivio ni de paz.
Era preocupación pura.
—Ayyy… por fin una cama —dijo Airis, dejándose caer sobre el colchón.
—Agresiva… —susurré, para luego acostarme en mi propia cama, aunque mi mente seguía trabajando.
No podía dejar de pensar en la posibilidad de que algo hubiera ocurrido en la capital.
Otro ataque, tal vez.
Además, aún me perseguía la duda de lo que me estaba ocultando mi padre.
—Solo pido estar equivocado en lo que pienso —murmuré entre bostezos.
Ese fue mi último pensamiento antes de rendirme al sueño.
Cerré los ojos un momento, sintiendo cómo la oscuridad y el cansancio me envolvían…
hasta que, en cuestión de segundos, me levanté con miedo.
Un sudor helado recorrió mi cuerpo.
Escuché una voz que pensé nunca volver a oír.
A pesar de su calidez, no podía dejar de temblar.
—Campeón Castleboard… Matías, despierta, cariño —dijo la voz.
Pensé que estaba soñando.
¿Una pesadilla?
Tal vez.
Pero era tan real que podía sentirla a mi lado.
Abrí los ojos de golpe y me incorporé bruscamente, con la respiración agitada.
Sentía que formaba parte de un lugar que no comprendía.
Estaba vivo… pero también muerto.
Un vacío conocido me envolvía.
Me bajé de la cama.
El frío del suelo heló mis pies y estremeció todo mi cuerpo.
Algo no andaba bien.
Podía oír los sollozos de Airis a lo lejos, pero ahora mismo eso no me importaba.
La música… Lo que sonaba allá afuera era una de las últimas sinfonías que escuché con ella.
Antes de que su cuerpo terminara aplastado… bañado en sangre… y yo, cargando con otra culpa más.
Empecé a caminar hacia la puerta.
La luna me acompañaba, y con cada paso que daba, su luz se intensificaba, cegándome.
Agarré la manija.
Mis manos temblaban.
Sabía que lo que iba a ver… no iba a gustarme.
Abrí la puerta por completo.
Y entonces la vi.
Dextrina.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.
Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.
Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com