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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 Sinfonía de muerte
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24: Capítulo 24: Sinfonía de muerte 24: Capítulo 24: Sinfonía de muerte El leve sonido de las trompetas marcó el inicio de un baile melodioso.

Las multitudes, tomadas de las manos, comenzaron a girar al compás de la música.

El pianista acariciaba las teclas con destreza, y cada nota encendía la alegría en los cuerpos que danzaban, celebrando un momento que parecía eterno.

La luz era tenue, pero suficiente para envolver la sala en un resplandor dorado.

Entre las sombras danzantes y los sirvientes que cruzaban con enormes bandejas de plata, se distinguía, al fondo, la figura de un joven.

Vestía un saco negro, elegante y bien ajustado, que combinaba con el porte de quien parecía no pertenecer del todo a aquel lugar.

Aún con la mano en la manija de la puerta, el muchacho observó la escena con una mezcla de asombro y desconcierto.

—¿Dónde estoy?

—susurró, con una voz tan baja que solo su mente pudo oírla.

El eco del silencio le respondió.

A su alrededor, la música siguió fluyendo y las risas cubrieron cualquier intento de comprensión.

Matías.

Ese era su nombre.

Un joven terco, pero brillante, recordado por actos heroicos en un pasado manchado por la tragedia.

Su cuerpo temblaba.

Aun sabiendo dónde estaba, no podía comprender cómo había vuelto a ese lugar.

Levantó la vista, observando sus manos: ya no eran las de su vida actual, sino las de su antiguo yo.

Una rabia fría se encendió en su pecho.

Sus ojos cruzaron la multitud danzante hasta encontrar, al fondo del salón, a una joven sentada en un trono dorado.

Ella lo miraba con la misma intensidad que él le ofrecía.

Sin dudar, Matías se abrió paso entre la gente.

Cada paso era un latido desesperado por respuestas.

Quizás pensaba que sus preguntas quedarían confinadas a su mente, pero cada pensamiento suyo retumbaba en las paredes de mármol, como si el lugar mismo escuchara.

—¿Por qué poseo mi antiguo cuerpo?

—murmuró entre dientes, con el ceño fruncido.

La confusión le nubló los sentidos.

Tan absorto estaba que no vio por dónde caminaba.

Chocó contra un mesero y cayó de espaldas, el golpe resonó junto al sonido metálico del plato rodando por el suelo.

—¿Se encuentra bien, señor?

—preguntó el mesero, atónito.

Matías apenas lo escuchó.

Su mente no lograba procesar lo que ocurría.

Podía moverse, sentir… pero algo dentro de él sabía que aquello no era real.

—¿Cómo pasé de estar en la habitación del hotel… a esto?

—susurró, incrédulo.

Antes de que pudiera pensar con claridad, su cuerpo reaccionó al pánico.

Algo dentro de él recordaba que esa noche no terminaría bien.

Se levantó con brusquedad y comenzó a correr, abriéndose paso entre los bailarines.

Pero ninguno parecía notarlo.

Era como si fuera un fantasma atravesando un recuerdo que no le pertenecía.

Y entonces, ocurrió.

A pesar de correr con todas sus fuerzas, el miedo lo devoró.

No lo logró.

Los músicos intensificaron la melodía, los cuerpos se movieron con más pasión… y el tiempo se agotó.

¡Boom!

Los vidrios estallaron en cámara lenta, fragmentos brillando como estrellas.

Las personas fueron lanzadas por el aire, devoradas por la onda expansiva.

Los candelabros se desplomaron, las paredes se quebraron y el suelo tembló con la furia del desastre.

El estruendo de los escombros ahogó para siempre el eco de la música.

Grietas recorrieron los muros, y los gritos se mezclaron con el polvo… hasta que todo se detuvo.

El mundo se congeló en el instante de la tragedia.

Entre los restos del salón, la joven del trono seguía sentada, imperturbable.

Sus dedos, aún juntos, temblaron levemente después de chasquear.

El tiempo se había detenido.

Desde su punto de vista, podía ver a Matías.

Aquel grito que soltó atravesó el aire inmóvil mientras caía de rodillas, llevándose una mano al pecho.

—Maldita sea… detente.

¡Te lo ordeno, Dextrina… para!

Sin prestar atención a sus palabras, ella avanzó hacia el arrodillado Matías.

Sus pasos eran serenos, casi elegantes, como si flotara sobre el suelo destruido.

Se detuvo frente a él y, con delicadeza, le tomó el rostro entre los dedos, obligándolo a mirarla.

Su voz descendió hasta rozarle el oído, suave como una caricia que quemaba.

—Nos volvemos a ver, cariño.

Te he extrañado tanto.

Los ojos de Matías se llenaron de lágrimas.

Desde lo más profundo de su alma ardía un infierno… no tanto contra ella, sino mas contra su propia raza.

El recuerdo de aquel día maldito —el día en que vio morir a su madre— atravesó su pecho como una espada.

Revivirlo era una tortura, una condena sin fin.

Ella soltó su agarre y dio unos pasos hacia atrás.

El sonido de la respiración entrecortada de un hombre roto llenó la sala.

Dextrina se cubrió los labios con una mano, conteniendo una sonrisa traviesa… hasta que el grito de Matías la alcanzó.

—¡Te mataré, maldita!

Sus palabras hicieron temblar el aire.

Dextrina lo observó recomponerse, y por un instante, algo en su mirada titiló entre la emoción y la compasión.

Entonces, la realidad comenzó a fracturarse.

El aire se quebró, y con él, la atmósfera entera del lugar.

Como un cuadro hecho añicos, los fragmentos del espacio reflejaban distintos recuerdos de Matías: rostros, batallas, promesas incumplidas.

La ira contenida se volvió tangible; el suelo de madera se agrietó aún más y de las rendijas emergieron pequeñas partículas de humo y ceniza.

—Ya fue suficiente —susurró ella.

Dextrina, complacida por lo que había presenciado, chasqueó los dedos mientras observaba al joven lanzarse hacia ella con los ojos encendidos de furia.

El sonido fue leve, pero suficiente.

Todo volvió a su estado original, retrocediendo al instante exacto en que la escena había comenzado.

POV de Kael Lanpar El dolor me invadía por completo.

Sentía la misma impotencia que tantas veces experimenté en mi vida anterior.

Revivir uno de los eventos más traumáticos, volver a repetirlo aunque no quisiera, era simplemente desgarrador.

Podía sentir el poder de esa maldita diosa recorriéndome, dándome fuerzas para ponerle fin a su amargo juego.

Pero antes de que pudiera siquiera activar el poder del Calur, un chasquido me detuvo en seco.

Aun con el deseo de quebrarle los huesos a Dextrina, vi cómo todo volvía a estar como antes.

El tiempo retrocedía, devolviéndome al momento exacto en que abrí la puerta.

Todo a mi alrededor recuperaba su forma original, deshaciendo la tragedia.

La misma música volvió a llenar el ambiente.

Las personas danzaban una vez más, despreocupadas, sin notar mi presencia.

—¡Detente, Dextrina!

—grité, sintiendo mi garganta desgarrarse—.

No voy a caer otra vez en tus juegos.

¿Qué quieres de mí?

Al mirarla, vi cómo esbozaba una sonrisa maliciosa.

Tras un nuevo chasquido, el tiempo se detuvo una vez más.

—Me alegra verte de nuevo, mi campeón —dijo mientras se levantaba lentamente del trono.

Verla solo encendió mi ira.

Una ira que estaba forzándome a contener… por mi bien, y quizás, por el de ella.

Desvié la mirada hacia mi lado derecho y vi a mi madre, congelada en el tiempo, conversando con algunas personas.

Sabía que aquel lugar no era más que una ilusión creada dentro del dominio de la diosa, pero aun así no podía permitir que le hiciera daño, aunque fuera solo un reflejo.

—No siento lo mismo por ti —dije, afilando la mirada mientras comenzaba a rodearla—.

¿Por qué viniste hasta aquí?

—¿Por qué lo dices, querido?

—preguntó ella, y con un gesto de su dedo, la melodía volvió a sonar, como si rebobinara un recuerdo—.

¿Acaso no puedo ver a alguien que quiero?

Posé una mano sobre mis ojos, avergonzado del poder que portaba.

De la sangre que había derramado.

De la fe ciega que alguna vez deposité en los dioses.

Sin responder, tomé la espada de uno de los bailarines.

El metal reflejó la luz de los candelabros al ser alzado, y luego descendió con fuerza, clavándose en el suelo de madera.

El crujido del piso resonó con un eco que me devolvió a la realidad.

—¿Qué es lo que quieres, Dextrina?

—pregunté con un suspiro cansado—.

Hace tiempo que no nos vemos… y apareces de la nada.

Sentí su mano posarse suavemente en mi mejilla, acariciándola con un gesto de ternura que no comprendía.

Intenté apartarla, sujetando su muñeca, pero antes de que pudiera reaccionar, un golpe seco cruzó mi rostro.

El sonido de la cachetada resonó en todo el salón.

Permanecí inmóvil, con la mirada baja, sin entender el motivo.

—Pensé que te alegrarías al verme de nuevo —dijo, cruzándose de brazos—.

Veo que no eres el mismo Matías que conozco.

Apreté la mandíbula y levanté la vista.

Aquella expresión suya parecía un berrinche infantil, y aun así, no podía evitar sentir compasión.

Había algo dentro de mí que llevaba tiempo atormentándome: ciertos recuerdos de mi vida pasada estaban desvaneciéndose, borrados de mi mente como si nunca hubieran existido.

—Hace poco conocí a tu padre —comentó, acercando su frente a la mía—.

No sé por qué fue elegido, pero… Por un momento se detuvo.

Pestañeó varias veces, buscando las palabras adecuadas, hasta que finalmente suspiró.

—En serio… esto es ridículo.

No entiendo cómo siempre terminas siendo tú el centro de todo.

Antes de que pudiera responder, su carcajada quebró el silencio.

—Ni siquiera mis hermanos, que existen desde mucho antes que yo, lo entienden.

Dime, Matías… ¿qué harás ahora?

Cada vez que me ofrecía una elección, la analizaba con frialdad, buscando siempre el camino que me acercara a mi propósito.

Pero… no todo se trata de mí.

Ahora tengo algo más que un sueño: tengo un anhelo que no pienso dejar ir.

Tengo una familia.

Personas a las que amo.

Personas que debo proteger.

Tomé aire, dejando que mi corazón se calmara, permitiendo que mis pensamientos se organizaran.

—Lo que haré ahora… —dije con serenidad— es proteger a los que amo.

—¿Así que decidiste vivir?

—dijo con una voz raramente melancólica—.

Tal vez sí has cambiado un poco.

Me alegro por ti.

Como diosa del destino, ella también era quien controlaba la historia.

Sabía cuál había sido mi pasado… y cuál sería mi futuro.

Pero nunca me lo diría.

No porque no quisiera, sino porque, incluso con todo el conocimiento de los capítulos de la vida de cada ser vivo, le era imposible intervenir directamente.

Por eso me eligió a mí.

A alguien capaz de desafiar el curso del destino.

Una persona dispuesta a hacer cualquier cosa por cumplir su visión.

—Ahora que sabes mi respuesta… —pregunté, apartándome de su rostro—.

¿Qué harás?

Ya no estoy ligado a tu poder.

Soy libre.

Vi cómo sus labios temblaban.

Su cuerpo también.

La sonrisa en su rostro era forzada… y, aun así, transmitía tristeza.

—Sí, ahora eres libre.

Pero solo de mí —respondió con dificultad.

Se dio la vuelta y caminó hacia la misma puerta por la que yo había entrado.

Justo antes de desaparecer, se detuvo.

—Por ahora, disfruta.

Ya te lo merecías.

No tengas miedo de amar.

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, la puerta se cerró.El tiempo volvió a fluir, y los mismos sucesos se repitieron.La música se intensificó.

Y entonces, una vez más… la explosión.

Solté una última lágrima mientras caminaba entre el caos.

Miré a mi madre a los ojos por última vez, tomé la manija de la puerta… y la abrí, cruzando hacia la luz blanca.

Cerré los ojos, siendo absorbido por aquella claridad, sin saber si regresaría a mi hogar… o solo a otro encuentro con la diosa.

Los destellos se desvanecieron.

La luz dejó de cegarme, devolviéndome a la oscuridad de la noche.

Cuando abrí los ojos, comprendí que había vuelto al instante justo antes de cruzar la puerta.

Pude oír, una vez más, los sollozos de Airis.

Dejé escapar un suspiro contenido.

Finalmente estaba en paz.

La noche había vuelto, y los ronquidos de mi abuelo ayudaban a calmar mis temores, devolviéndome la tranquilidad.

Lentamente, me acerqué a la cama de Airis.

Me senté a su lado, tomé un poco de la colcha y le acaricié la cabeza con ternura, intentando calmarla.

—Déjame en paz… —sollozó, aún dormida.

Sabiendo que probablemente estaba soñando, no dije nada.

Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos, dejando que el cansancio me envolviera.

(Al día siguiente) Aun medio dormido, mis oídos captaron una voz difusa que me obligó a abrir los ojos.

Parpadeé varias veces hasta encontrarme con el rostro sonriente de mi abuelo.

—Qué bonitos se ven —dijo con suavidad—.

Si tuviera cómo grabar el momento… Me froté los ojos, intentando adaptarme a la claridad del sol.

Bostecé y me senté al filo de la cama, sintiendo el frío de la madera en mis pies descalzos.

—¿Qué hora es?

—pregunté, todavía adormecido—.

¿Por qué haces tanto ruido tan temprano, abuelo?

—No sé… tal vez porque esto es muy tierno —respondió mientras se alistaba—.

Anda, despierta a la bella durmiente.

Solté un suspiro y me dejé caer de nuevo sobre la cama, solo para sentir un golpe en la cabeza.

Al girarme, vi a Airis sobándose el codo con una mueca de dolor.

Antes de poder disculparme, una almohada impactó contra mi rostro.

No tuve tiempo de reaccionar; instintivamente agarré mi mochila… y, en un segundo, me encontré fuera de la habitación.

La puerta se cerró de golpe tras una patada de Airis.

Acomodé la mochila sobre mi espalda y caminé hacia el balcón del hotel.

El bullicio de los mercaderes llenaba la calle, mezclado con el relincho ocasional de un caballo.

Apoyé los brazos sobre la baranda y dejé que el sol rozara mi piel.

La calidez me reconfortó, pero la confusión seguía ahí.

El viento me azotaba el rostro, y aun así, no podía deshacerme de aquella preocupación.

El hecho de estar olvidando mis recuerdos era aterrador… Como si el cuerpo que habitaba en este mundo estuviera borrando mi pasado, fragmento a fragmento.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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