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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 25

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25: Capítulo 25: Conexión 25: Capítulo 25: Conexión POV de Kael Lanpar El olor a alcohol y sudor hacía que el aire se volviera asfixiante, casi imposible de respirar.

El eco de los gritos, las risas y los murmullos se mezclaba con el sonido de copas chocando, llenando cada rincón del lugar.

Tapándome la nariz con la manga de mi camisa, seguí avanzando entre la multitud de cuerpos consumidos por la embriaguez.

Tuve que detenerme al ver cómo uno de ellos, más borracho que los demás, se desplomaba al suelo con un golpe seco.

—Jajajaja… maldito cobarde —comentó alguien con voz pastosa—.

No resiste ni una pizca de este delicioso elixir.

Rodeé el cuerpo inconsciente del hombre mientras las risas crecían a mi alrededor.

El comentario había encendido a la multitud, que alzó sus copas al aire.

El estruendo del vidrio chocando llegó a mis oídos, y sin pensarlo, agarré la mano de Airis, que avanzaba detrás de mí.

—Será mejor que nos apuremos —susurré, tirando suavemente de ella.

—No necesitaba tu ayuda —murmuró, desviando la mirada—, pero…

igualmente, gracias.

Con cada paso, el crujido de la madera bajo mis pies me recordaba lo viejo que era aquel lugar, más de lo que aparentaba.

Luis había dicho que debíamos venir a buscar a un conocido, pero entre tanta gente perdida en sus vasos, no veía a nadie que valiera la pena.

Solté la mano de Airis y me acerqué a mi abuelo, tirando levemente de su capa para llamar su atención.

—¿Todo bien, Kael?

—preguntó sin mirarme—.

Sé que este sitio no es bonito, pero necesito ver a alguien.

Resignado a no obtener más respuesta, seguí caminando junto a Airis, cruzando entre mesas y miradas pesadas.

Unos pasos después, mi abuelo se detuvo y nos hizo una señal para que tomáramos asiento junto a un hombre extraño.

Me acomodé frente a él.

Tenía los codos apoyados en la mesa y una mirada apagada, como si el cansancio del mundo se hubiera acumulado en sus ojos.

Mi abuelo arrastró la silla con un chirrido y se sentó a su lado.

El hombre, al notar que ya estábamos todos, se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa.

Luego alzó una mano con gesto lento, llamando a una sirvienta.

—Señor, ¿qué se le ofrece?

—preguntó ella con una sonrisa amable—.

Hoy tenemos de todo en el menú.

El hombre dejó escapar un suspiro.

—Lo que todos están tomando —dijo con voz monótona—.

Dos cervezas…

y dos vasos de agua.

La muchacha asintió y se marchó, murmurando algo al oído del cantinero.

Poco después regresó con el pedido, moviéndose con la agilidad de quien lleva años entre borrachos.

Mientras colocaba los vasos sobre la mesa, no pude evitar observar su rostro.

Había algo en su mirada… algo que no me daba buena espina.

—Entonces, Luis —dijo el hombre, sin apartar su vista de mi abuelo—, ¿para qué has venido?

¿Y por qué traer a tu nieto aquí?

Me atraganté con el agua y tosí con fuerza.

¿Cómo sabía quién era yo?

Llevaba la capucha baja, apenas se veía mi rostro.

No había forma de que pudiera reconocerme.

—No tenía dónde dejarlos —respondió mi abuelo con un suspiro cansado—.

¿Tienes la información que te pedí?

El hombre asintió y dejó caer un pergamino sobre la mesa.

El sonido seco del golpe resonó entre nosotros.

Mi abuelo lo tomó con disimulo y lo guardó en su bolso.

Entonces, con la mano libre, comenzó a concentrar energía.

Vi cómo las partículas del aire se condensaban, dando forma a una estaca de cristal.

Antes de que pudiera decir algo, se levantó bruscamente y lanzó el hechizo directo hacia el cantinero.

El impacto fue inmediato.

El crujido de huesos quebrados me heló la sangre.

En cuestión de segundos, la taberna entera se levantó contra nosotros.

Aquellos que antes reían y brindaban ahora empuñaban armas, rodeándonos con rostros endurecidos.

El brillo de sus hojas reflejaba la luz temblorosa del candelabro sobre nuestras cabezas.

Entonces, un silbido cortó el aire.

El hombre se volvió a poner su sombrero, moviendo las manos con precisión.

Los vasos sobre la mesa comenzaron a deformarse, transformándose en flechas transparentes.

El estallido de cristal rompió la cadena del candelabro, que cayó con un estruendo sobre nuestros atacantes.

Los gritos se mezclaron con el rugido de las llamas.

El fuego se extendió con rapidez, devorando el alcohol derramado.

El humo llenó el aire, ahogando los últimos sonidos de la taberna.

El calor del fuego se pegó a mi piel como si quisiera borrar lo que acababa de ver.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí el brazo de mi abuelo rodear mi cintura.

En un instante me levantó, llevándome entre llamas hacia una salida improvisada.

El aire me ardía en los pulmones, pero lo único que sentía era el pulso acelerado de mi abuelo al sostenerme.

Detrás de nosotros, el hombre del sombrero manipulaba el fuego con un solo movimiento de su mano.

Una esfera incandescente se formó ante él y se estrelló contra la pared, abriendo una abertura que nos mostró la luz de la mañana.

Sintiendo el balanceo de los brazos de mi abuelo miré atrás, viendo como solo quedaban el eco de las copas rotas…

y el olor a fuego que no era del lugar, sino de nosotros mismos.

Con rapidez, mi abuelo se movió entre las llamas, sosteniéndome con más fuerza mientras escapábamos del lugar.

El calor abrasaba el aire, y el humo hacía que me ardieran los ojos.

El sol nos recibió con una claridad que contrastaba con la oscuridad del incendio.

Afuera, los murmullos de los pueblerinos formaban un caos de miedo y confusión.

Algunos observaban sin entender lo ocurrido, otros corrían con cubos de agua mientras uno que otro mago conjuraba hechizos para apagar el fuego.

—No sientas pena por ellos —escuché decir a mi abuelo, su voz grave entre el crepitar de las brasas—.

Quienes estaban en la taberna eran asesinos.

Gente que no merecía perdón.

Sus palabras me helaron más que el aire.

Cuando me soltó, quedé de pie sin saber si lo que habíamos hecho era correcto.

El llanto de una mujer, arrodillada junto al cuerpo de una de las víctimas, me atravesó el pecho como una lanza.

Aún podía sentir el calor de las llamas detrás de mí.

Comencé a caminar, arrastrado por el ruido de los gritos y la desesperación de quienes intentaban rescatar a los suyos entre las ruinas ardientes.

—¡Suban rápido!

—ordenó el hombre del sombrero, con voz firme—.

Samtist no está tan lejos.

Llegaremos antes del anochecer.

Aún aturdido, sentí un leve empujón de Airis.

Me tomó de la mano con un suspiro silencioso y me guió hacia los caballos.

Ella subió junto al hombre del sombrero, mientras yo, tembloroso, me aferraba a la cintura de mi abuelo.

El corcel relinchó; el sonido del látigo cortó el aire y, en un solo impulso, nos alejamos galopando del caos.

Recosté mi cabeza sobre la espalda de mi abuelo, sintiendo el leve vaivén del caballo y el viento golpeando mi rostro.

No pude evitar pensar en las decisiones cuestionables que había tomado en el pasado.

En aquel entonces no comprendía la magnitud de mis actos.

Sabía que estaban mal, pero aun así seguía órdenes, actuando como un ciego que avanza guiado por voces que no le pertenecen.

Es doloroso descubrir que todo lo que hiciste alguna vez estuvo equivocado.

Ahora, viendo con más claridad, solo me quedaba convivir con el peso del arrepentimiento.

Los árboles pasaban veloces a nuestro alrededor, y a medida que nos adentrábamos más en el bosque, el sonido de los pájaros se mezclaba con el susurro del viento.

Cerré los ojos lentamente, dejando que la oscuridad dentro de mi mente me envolviera.

Mi respiración se calmó.

Cuando menos lo noté, ya estaba dormido.

Mi mente seguía pensando… pero mi cuerpo había dejado de existir.

(Lugar desconocido) Flotaba en medio de un vacío sin color.

Todo era etéreo, sin forma ni sustancia, como si el mundo se hubiera desvanecido.

El eco de mis pensamientos rebotaba en aquel espacio, liberando mi voz fuera de mi mente.

Cada palabra que emergía de mí sonaba cargada de tristeza.

Era como un mar cuyas olas se agitaban desde las profundidades, rompiendo la calma y distorsionando la paz.

Solté un suspiro mental, intentando dejar atrás todo.

Solo quería silencio.

Pero ni siquiera eso me fue concedido.

Una luz cegadora irrumpió de pronto.

En cuestión de segundos, el vacío se llenó de un resplandor tenue que comenzó a dar forma al espacio.

Abrí los ojos con dificultad.

La luz era insoportable, pero poco a poco sentí mi cuerpo materializarse de nuevo.

Mis extremidades temblaban, volviendo a moverse una por una.

Aun con la vista borrosa, distinguí una sombra frente a mí.

Cuando mis ojos lograron enfocar, vi algo que me paralizó: un enorme ojo flotante observándome directamente.

Apoyé las manos sobre el suelo etéreo, sintiendo un frío punzante recorrer mi piel.

Me arrastré hacia atrás, preso de un miedo inexplicable que me envolvía.

—Yo te conozco —resonó una voz grave en todo el lugar—.

Tú me conoces.

El sonido reverberó dentro de mi mente.

Caí de rodillas, cubriéndome los oídos mientras el eco me atravesaba como cuchillas invisibles.

—Tú eres yo —dijo la voz, con un matiz de sorpresa.

El dolor aumentó.

Sentí un líquido cálido brotar de mis oídos y caer al suelo.

Cuando lo vi teñirse de rojo, comprendí que era mi sangre.

Apreté los dientes, intentando resistir mientras el gigantesco ojo pestañeaba lentamente, su pupila contrayéndose hasta volverse una hendidura vertical.

—Pronto nos veremos —añadió la voz, cada vez más lejana.

Mi cuerpo ya no soportaba el dolor.

Todo falló.

Sentí cómo la gravedad me reclamaba y, en un instante, mi cabeza golpeó el suelo.

El impacto apagó mi visión.

No sabría describir la sensación que vino después.

Era como si hubiera dejado de existir.

Mi alma flotaba sobre mi cuerpo, observándolo con terror.

Verme vacío, como un cascarón sin vida, me heló el alma.

Cuando no pude soportarlo más, dejé escapar un grito silencioso… y aquel grito me devolvió.

Una luz me cegó de nuevo.

Mi alma fue arrastrada hacia mi cuerpo, desgarrándose y unificándose con cada fibra de mi ser.

(En la realidad) El resplandor se desvaneció.

Abrí los ojos de golpe y sentí el fresco césped envolver mi cuerpo.

Me incorporé con brusquedad, jadeando.

El sudor corría por mi piel como si acabara de despertar de una pesadilla demasiado real.

Al abrir los ojos, me encontré rodeado por un bosque.

Desde las copas de los árboles, el canto de los pájaros tejía una melodía serena que contrastaba con el caos del que había despertado.

El olor dulce de las flores me envolvía.

Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo se sintió en calma.

Había vuelto a la realidad.

—Veo que ya despertaste, mocoso —dijo una voz grave.

Giré la cabeza.

A unos metros, el hombre del sombrero descansaba apoyado contra el tronco de un árbol, masticando un tallo de trigo entre los dientes.

—¿Dónde está mi abuelo?

—pregunté, sobándome la cabeza con dolor—.

¿Qué hacemos aquí?

Por un momento, no respondió.

Se limitó a exhalar con calma, acomodándose mientras el viento movía su cabello oscuro de un lado a otro.

El silencio se adueñó del lugar.

Luego, en palabras que apenas pude escuchar, su voz quebrada se mezcló con el murmullo del viento.

—Tu abuelo fue a inspeccionar el área —dijo finalmente, señalando hacia el horizonte—.

Y sobre qué hacemos aquí…

este lugar es Samtist.

O lo que queda de él.

Seguí la dirección de su dedo y lo que vi me dejó sin aliento.

Frente a nosotros se extendía un pueblo en ruinas.

Las cenizas danzaban en el aire como una neblina gris, y el olor a madera quemada aún impregnaba el ambiente.

Las casas estaban reducidas a esqueletos de carbón.

Entre los restos calcinados, los cuervos se alimentaban de cuerpos ennegrecidos que alguna vez fueron personas.

No pude pronunciar palabra.

Intenté levantarme, pero mis brazos temblaban.

Apoyé las manos en la hierba húmeda y noté un peso extraño sobre mis piernas.

Al mirar hacia abajo, vi a Airis dormida, recostada sobre mí.

Su respiración era tranquila, casi imperceptible.

El contraste entre su calma y la devastación a nuestro alrededor me desarmó.

Golpeé levemente mi cabeza contra la roca detrás de mí y, con una leve sonrisa cansada, acaricié el cabello de Airis, dejando que siguiera descansando.

—¿Quién eres?

—pregunté en voz baja—.

¿Por qué estás ayudando a mi abuelo?

—Soy de tu clan, niño —respondió el hombre del sombrero, con tono firme—.

Vengo de la segunda rama de los Astrales.

Mi nombre es Murai Astrales.

Antes de que pudiera decir algo más, un sonido seco retumbó entre los árboles.

El viento cambió.

Las hojas comenzaron a agitarse justo antes de que una figura descendiera desde lo alto.

Era mi abuelo.

Cayó con una elegancia que solo los años de experiencia podían otorgar.

El aire giró a su alrededor amortiguando su caída, y las hojas secas se alzaron en un torbellino cuando sus pies tocaron tierra.

El impacto despertó a Airis, quien abrió los ojos de golpe.

Desorientada, se frotó los párpados y trató de incorporarse, sin entender del todo dónde estaba.

—Niños, a levantarse —ordenó mi abuelo con voz firme—.

Hay que seguir con el viaje.

Obedecimos sin discutir.

Airis y yo nos incorporamos con lentitud, sacudiendo el polvo y el sueño de encima mientras nos alistábamos para continuar el camino.

Caminé junto a ella hacia donde estaba mi abuelo, pero al mirar atrás noté que Murai no nos seguía.

—¿Ya no nos vas a acompañar?

—pregunté con cierto cansancio en la voz.

Murai respondió con una sonrisa leve.

Apoyó una mano en su rodilla y, con algo de esfuerzo, se puso de pie.

Luego se acercó hasta nosotros.

Sin decir una palabra, estrechó la mano de mi abuelo.

Entre ambos hubo una mirada que no necesitó palabras: respeto, comprensión… y despedida.

Después se agachó hasta quedar a mi altura, mirándome directo a los ojos.

—Creo que hasta aquí llega mi camino —dijo con serenidad—.

Lo que te espera será un viaje duro.

Muy duro.

Sus brazos me rodearon en un abrazo cálido, inesperado.

Sentí el peso de su experiencia en ese gesto, como si intentara transmitirme algo más que consuelo.

Acercó su boca a mi oído y, en un susurro que apenas pude oír, murmuró: —No eres el único que tuvo un despertar corrupto… —su voz tembló, cargada de tristeza—.

Nuestra alma se contamina con facilidad… por culpa de lo que sentimos.

Guardó silencio por un instante antes de añadir, con un tono más firme: —Solo queda en nosotros decidir el camino correcto.

Se separó del abrazo y revolvió suavemente el cabello de Airis, provocando que ella soltara una risa nerviosa.

Luego, con un movimiento ágil, montó su caballo.

Nos miró por última vez.

Aquella sonrisa que nos dedicó tenía un brillo melancólico, casi resignado.

El látigo cortó el aire.

El caballo relinchó y comenzó a galopar.

Las pezuñas golpearon la tierra levantando una mezcla de polvo y ceniza que se desvanecía tras él.

Su figura desapareció entre los árboles, fundiéndose con el horizonte.

Me quedé observando hasta que ya no pude verlo.

Entonces comprendí sus palabras.

Había sentido su aura… la misma energía oscura que fluía dentro de mí desde aquel “despertar corrupto”.

Si ese era el destino que me aguardaba —convertirme en un cascarón vacío, devorado por mi propia oscuridad—, haría todo lo posible por evitarlo.

Mordí con fuerza mi labio inferior, saboreando el gusto metálico de la sangre.

Sin decir nada más, caminé junto a mi abuelo.

Juntos, nos internamos en las ruinas de Samtist.

Fuera lo que fuera que me estaba ocurriendo, debía encontrar una solución… y lo haría.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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