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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 Dos mundos diferentes
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26: Capítulo 26: Dos mundos diferentes 26: Capítulo 26: Dos mundos diferentes POV de Airis  Me costaba avanzar entre los escombros de las construcciones que alguna vez se alzaron en la tierra santa de Samtist.

Cada paso levantaba polvo y ceniza, pero mis ojos no se apartaban de la persona que caminaba delante de mí.

El olor a carne podrida impregnaba el aire, haciéndolo tan espeso que hasta respirar se volvía un esfuerzo.

Aun con toda la devastación que veía a mi alrededor, mi mente solo podía centrarse en Kael.

Él caminaba junto a Luis, hablando en voz baja, con un tono que parecía arrastrar el peso del mundo.

—¿Este lugar era importante?

—preguntó Kael, su voz sonó apagada—.

¿Quién hizo esto?

Por un momento reinó el silencio.

Las hojas secas danzaron en el aire hasta que Luis se detuvo, exhalando un suspiro cansado.

Frente a nosotros, una ruina se erguía como el esqueleto de un pasado glorioso.

—Samtist era nuestra ciudad más importante —dijo, sin emoción aparente—.

No era la que más aportaba al reino, ni en oro ni en agricultura… pero era el corazón de nuestra fe.

Se agachó, tomando un fragmento de piedra entre sus manos.

Lo sostuvo con cuidado, como si temiera romper los recuerdos que aún dormían en él.

—Nuestra gente siempre tuvo esperanza en este lugar por lo que representaba —continuó, acariciando el áspero trozo de muro—.

Los humanos siempre necesitamos algo más grande en lo que creer.

Como si las palabras de Luis hubieran conmovido al cielo, las primeras gotas comenzaron a caer.

La lluvia descendió sobre nosotros, silenciosa al principio, hasta volverse un lamento constante.

Los cuervos, que picoteaban los cuerpos incinerados, alzaron vuelo entre graznidos, buscando refugio entre los árboles.

Mordí mi labio inferior, conteniendo la nausea y la tristeza, y seguí caminando entre el barro que ya comenzaba a formarse.

A lo lejos, el sonido de una campana oxidada rompió el silencio.

Su tañido metálico, irregular, se sentía como el eco de un alma que aún no aceptaba su final.

Entre los escombros, algo llamó mi atención: una mano humana sobresalía de entre las rocas, rígida, aún aferrada a una fotografía.

Me acerqué lentamente y separé los dedos fríos para liberar la imagen.

No sé si fue la lluvia o mis propias lágrimas lo que cayó sobre el papel, pero sentí un nudo en el pecho al ver la escena: un padre sonriendo mientras sostenía a su hija en brazos.

Apreté la mandíbula.

El dolor me quemaba desde dentro, recordándome lo que es estar sola.

Han pasado cuatro años desde que lo perdí todo… y aun así, el vacío no se ha ido.

Intenté no pensar, no recordar, pero al cerrar los ojos mi mente me arrastró al pasado… a aquel día que desearía haber olvidado.

(Recuerdo) La misma lluvia caía del cielo, como si el mundo llorara junto a nosotros.

El golpeteo de las gotas sobre el techo se mezclaba con los gritos lejanos de familias que imploraban una clemencia que jamás llegaría.

A través de la niebla de mis lágrimas, alcancé a ver a mi padre abrazándome con fuerza.

Sus brazos me rodeaban, temblorosos, como si soltarme significara condenarse.

—Airis, hija… te amo, mi pequeña —susurró conteniendo el llanto—.

No quiero perderte.

Sentí sus manos heladas apoyarse en mis hombros.

Su mirada me dijo adiós antes que sus labios lo hicieran.

Hubiera querido quedarme allí, en ese instante, para siempre.

Ser su hija, su esperanza, su razón.

En aquel entonces, ya había tenido mi despertar.

Podía ver los sentimientos de las personas, y los de mi padre eran como pequeñas luces blancas flotando en el aire… cada una mostraba un rostro distinto suyo: tristeza, fe, dolor, amor.

Y las que más brillaban eran las del miedo y la desesperación.

El sonido de pasos chapoteando en el barro me devolvió a la realidad.

Supe entonces que el final había llegado.

Pero no para mí… sino para él.

Sentí como unos brazos alzaban mi pequeño en el aire sosteniéndome mientras veía la figura de mi padre alejarse.

Patalee hice un berrinche intentando zafarme del agarre de quien me sostenía, solo para darme cuenta que mi padre no estaba no reacionaba.

—Luis, cuida de mi pequeña —pidió con voz temblorosa, tratando de mostrarse firme—.

Protégela… yo ya no podré hacerlo.

Mis ojos se abrieron de par en par cuando lo vi sacar una katana de una caja de madera pulida.

La hoja relucía bajo la lluvia.

Pude ver mi reflejo en ella: una niña llorando, temblando… mientras su padre inhalaba profundamente y levantaba el arma al cielo.

Lo vi acercarse una vez más.

Me besó en la frente, con ese calor que parecía prometer un mañana, y luego se marchó.

Dio unos pasos hacia el caos… y, antes de desaparecer entre la lluvia, me miró por última vez.

Sus labios se curvaron en un adiós silencioso.

(Fin del recuerdo)  Mis mejillas, aún hinchadas por el llanto, sintieron cómo una lágrima solitaria se deslizaba hasta caer en un charco.

El agua tembló, distorsionando mi reflejo.

Apreté los ojos con fuerza y me limpié el rostro con el brazo, obligándome a regresar a la realidad.

Los gritos lejanos de Luis me sacaron del trance.

Mis dedos temblorosos dejaron caer la fotografía, y me aparté del lugar, sintiendo cómo el dolor seguía recorriendo mi cuerpo como un veneno lento.

Sacudí la cabeza, recordándome a mí misma que él no volvería.

Mi padre ahora era solo eso: un recuerdo… uno que ya no pertenecía a este mundo.

Por más que me doliera, debía dejarlo ir.

Tras varios pasos, salimos de Samtist.

Los árboles inmensos del bosque élfico se alzaron de nuevo ante nosotros, verdes y silenciosos.

La lluvia cesó de repente, y el sol rompió las nubes, dibujando en el cielo un arcoíris brillante que resplandecía en el cielo.

—Niños —exclamó Luis, girando el rostro hacia nosotros—.

Quédense aquí, juntos.

Pase lo que pase, no se separen.

Su mirada se endureció.

—Hay algo que no me está gustando… —murmuró mientras su armadura de cristal se materializaba, fragmento a fragmento, cubriendo su cuerpo con un resplandor etéreo.

Kael y yo asentimos.

Nos juntamos espalda con espalda, sintiendo el calor del otro como la única certeza en medio del miedo.

Aún no me había recuperado del recuerdo, y sin embargo el pánico volvió a invadirme.

Mi visión se distorsionó, y las auras comenzaron a manifestarse a mi alrededor: luces vivas, pulsantes, que mostraban el alma de cada ser cercano.

Y entre ellas… reconocí las mismas tonalidades oscuras, los mismos tonos carmesí que pertenecían a los enmascarados que habían masacrado a mi gente.

Tragué saliva con dificultad, viendo cómo Luis se desvanecía entre los árboles.

Su armadura se fundía con el entorno, camuflándose entre los reflejos verdes y plateados del bosque.

—¿Te sientes bien?

—susurró Kael, su voz serena contrastando con el temblor de mis manos.

—Sí, idiota —respondí, más por reflejo que por convicción—.

¿Por qué lo preguntas?

—Estás temblando —dijo, entrelazando su mano con la mía—.

Quédate tranquila.

Nada malo va a pasar.

Somos fuertes, ¿verdad?

Apoyé mi nuca sobre su hombro y apreté su mano con más fuerza.

En ese instante, sentí la misma protección que alguna vez me brindó mi padre.

A veces odiaba ser una Acrona.

Tener una conexión tan profunda con la magia astral era más una maldición que un don.

Percibir el mundo de manera tan intensa… cada emoción, cada pensamiento, cada fragmento de vida, se volvía abrumador.

El viento agitaba las hojas.

Los pájaros cantaban.

Entre esos sonidos, sentí algo.

Una presencia que se acercaba.

No era Luis.

El aura de esa figura era caótica, alterada… un torbellino de odio y sangre.

Sus partículas rojas lo delataban.

Las mismas que había visto en Kael… aunque en él, esas luces se debatían entre dos mundos distintos, como si dos almas lucharan por un cuerpo que no pertenecía a ninguno de los dos.

—Tengo un mal presentimiento… —susurré, alzando la mano y formando una esfera de fuego.

No fui lo bastante rápida para entender lo que pasaba, Kael me empujó con fuerza.

Un destello metálico cortó el aire y una cuchilla se clavó en su mano izquierda.

Caí sobre el césped.

Vi cómo la sangre brotaba de su palma mientras su expresión se contraía por el dolor.

Mi mente se quedó en blanco.

Solo pude observar cómo un hilo invisible arrancaba la cuchilla de su carne… y la devolvía a toda velocidad hacia su dueño.

—¡Mierda!

—gritó Kael, arrodillado, aferrándose a la mano que sangraba—.

¡Maldita sea, Airis!

¡Corre!

—Entra en el bosque y busca… —intentó decir, pero su voz se cortó.

Otra cuchilla atravesó su pecho.

Lo vi escupir sangre mientras me miraba a los ojos… con dolor y suplicando ayuda.

Sin pensarlo, levanté un muro de tierra entre nosotros.

La barrera emergió con un golpe sordo, haciendo que los animales huyeran despavoridos.

El hedor de la sangre se mezcló con el metal en el aire.

Tomé a Kael en brazos y corté el hilo de maná que sujetaba la cuchilla clavada en su costado.

Su piel estaba fría; sus ojos ya no eran el verde esmeralda que conocía.

Ahora la pupila se perdía en un marrón oscuro, un color que parecía contener secretos que nunca me había contado.

—¿Dónde están los pequeños niños?

—entonó el atacante desde las sombras, con una burla afilada—.

¿Nadie les dijo que es peligroso jugar solos en el bosque?

La voz resonó entre los árboles y un temblor recorrió el suelo.

La figura descendía, saliendo de su escondite con paso lento, satisfecha por el miedo que provocaba.

Mi mente se nubló por un segundo.

El mundo se redujo a Kael en mis brazos y al latido débil de su cuerpo.

No podía permitir que muriera.

Le quité la daga de la cintura con manos que no dejaban de temblar.

La desenfundé rápido y la imbuyé con mi electricidad; pequeñas chispas comenzaron a recorrer el metal y un silbido agudo se elevó entre las hojas.

El bosque pareció tensarse.

Sabía que la pelea que venía no era un juego: era vida o muerte.

Apretando el mango con todas mis fuerzas, recordé porque mi padre me había salvado.

—Resiste, Kael… —le susurré, llevándole la mano a la mejilla—.

No me dejes.

La ironía mordió mi garganta: lloraba por alguien que llevaba en su sangre la historia de quienes masacraron a mi raza.

Pero ahora no importaban linajes ni odios; solo importaba él.

Inhalé profundo.

La electricidad se despertó en mi interior y recorrió mis brazos como una corriente viva.

No era mi elemento más fuerte, pero era el que podía controlar con más certeza en ese momento.

Hundí los pies en la tierra, sintiendo cómo el suelo vibraba bajo mi poder.

Con un estallido de velocidad, me impulsé hacia las ramas, saltando entre ellas como un relámpago hasta quedar sobre la línea de visión del atacante.

Lo rodeé con movimientos decididos, la daga en alto vibrando con energía azulada.

—Qué lindo jueguito, pequeña —dijo con una sonrisa despectiva—.

Pero, ¿en serio crees que con eso podrás ganarme?

Al observarlo más de cerca, me di cuenta de que era un maldito cazarrecompensas.

La verdadera pregunta era… ¿quién lo había enviado?

¿Y a cuál de los dos venía a capturar?

De la punta de mis dedos brotaron destellos eléctricos.

Con cada paso, la energía se moldeaba en púas relampagueantes, listas para atravesar carne y hueso.

Mi ataque cortó el aire con un silbido mortal.

A escasos centímetros de su cuello, el hombre levantó las manos y el viento obedeció.

La corriente giró con fuerza, desviando mis púas y devolviéndomelas con el doble de potencia.

Una de ellas impactó en la rama donde estaba parada.

El crujido fue suficiente para obligarme a saltar al suelo.

Quedé frente a él, cara a cara con el maniático.

—¿Quién te mandó?

—pregunté, tratando de ganar tiempo.

—¿Qué te importa?

—respondió con una sonrisa burlona—.

¿Acaso no te enseñaron a cerrar la boca?

Desde que lo vi manipular el viento, supe que no podría vencerlo a distancia.

Mi única opción era el combate cuerpo a cuerpo.

De mi brazo surgió un látigo eléctrico que se enredó como una serpiente viva a lo largo de mi antebrazo.

En la otra mano empuñé la daga de Kael, su acero negro chispeando con un resplandor azul.

Los ojos del enemigo destellaban con un brillo depravado.

Desplegué el látigo con un chasquido que rasgó el aire y lo lancé hacia él para abrir espacio.

Luego solté la daga, canalizando el maná de fuego del ambiente.

Una esfera ígnea cobró forma entre mi mano libre.

El cazarrecompensas esquivaba cada ataque con agilidad salvaje, disfrutando del combate como si fuera un juego.

Pero entonces, bajó la guardia… y yo no dudé.

Alcé el brazo, apuntando directo a su pecho, y liberé una ráfaga de fuego.

El estallido arrasó medio bosque, envolviéndolo todo en llamas.

Por un instante, creí haberlo logrado.

Pero la ilusión se desmoronó cuando lo vi salir de entre los árboles calcinados, tosiendo mientras se limpiaba la sangre del rostro.

—Eres una molestia, pequeña —dijo, sacudiéndose el polvo del uniforme chamuscado—.

Tienes suerte de ser mercancía.

Si no, ya estarías muerta.

Sonreí con travesura al notar el movimiento entre la maleza.

Una manada de lobos, alterados por el fuego y el ruido, se abalanzó hacia nosotros.

Detrás de ellos, criaturas mágicas del bosque despertaban, furiosas por la agresión en su territorio.

Caí de rodillas, jadeando, mientras las bestias pasaban a mi lado rumbo a su presa.

Por un momento pensé que había ganado.

Me incorporé lentamente… hasta que lo vi.

Los animales comenzaron a volar por los aires, despedidos como muñecos de trapo por una corriente brutal de viento.

Sus cuerpos golpeaban los troncos con un sonido sordo y seco.

—Debo admitir que fue una buena jugada —gritó el cazador, sosteniendo a un lobo por el cuello—.

Usar la defensa natural del bosque élfico… solo a un genio se le ocurriría.

—Ahora entiendo por qué te quieren —añadió con una sonrisa torcida.

Giré la cabeza… y el miedo me paralizó.

Un escalofrío recorrió cada fibra de mi cuerpo.

No era por el cazarrecompensas.

Era por Kael.

Su silueta emergió de entre las sombras, rompiendo la barrera del sonido.

La onda expansiva me lanzó al suelo.

Con cada paso que daba, la naturaleza moría.

Las flores se marchitaban, los árboles ennegrecían, y el aire se llenaba de un hedor metálico a muerte.

—¿Qué demonios…?

—murmuró el cazarrecompensas, esquivando las garras negras que brotaban de Kael—.

¡Yo ya te había matado!

No tuve tiempo de reaccionar.

Kael lo atrapó por el cuello y lo alzó como si no pesara nada.

Su figura se elevaba entre las brasas y el humo, envuelta en oscuridad y violencia.

Alzó una mano al aire, y el fuego que aún ardía en el bosque se curvó hacia él, obediente, como si el propio infierno respondiera a su llamado.

Las llamas fueron absorbidas por su cuerpo y canalizadas en la mano con la que sostenía al cazarrecompensas.

—Gente como tú me causa asco —dijo.

Su voz sonó distorsionada, como si dos almas hablaran al mismo tiempo: una humana… y otra que ya no lo era.

El fuego acumulado se transfirió al cuerpo del enemigo.

Este comenzó a hincharse como un odre de carne, mientras la sangre ardiente se escapaba por sus ojos, nariz y boca.

Con lo poco que le quedaba de fuerza, lo escuché susurrar, casi inaudible: —Eres… un maldito monstruo.

No eres humano.

Kael acercó su rostro al del moribundo y le susurró al oído: —¿Y quién dijo que los humanos no somos monstruos?

Sus palabras me helaron la sangre.

Intenté arrastrarme por el suelo, hundiendo las manos en la tierra húmeda, buscando alejarme de él… de eso que ya no era Kael.

Entonces, el cuerpo del cazador explotó.

La carne se dispersó en mil pedazos, cubriendo el bosque con una lluvia de sangre y vísceras.

El hedor a hierro y humo quemado me envolvió.

Mis manos, mis piernas… incluso mi mente se negaban a responder.

Solo mi vista seguía funcionando.

Y con ella lo vi: Kael caminando hacia mí.

Su figura estaba envuelta en una neblina oscura que devoraba la luz, ocultando el aura que antes reconocía como suya.

—Ka… Kael… soy yo… Airis —balbuceé, temblando—.

No quiero morir… Él se detuvo frente a mí.

Sus pupilas se contrajeron, y en un parpadeo se tornaron completamente blancas.

El silencio fue absoluto antes de que su cuerpo cayera al suelo con un golpe seco.

Aún temblando, sentí cómo mi conciencia se desvanecía.

El mundo se volvió borroso mientras la frescura del suelo me envolvía.

Y antes de perder el sentido, solo pude pensar… que el verdadero monstruo no había sido él.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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