Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 27

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 Arreglar algo inexistente
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

27: Capítulo 27: Arreglar algo inexistente 27: Capítulo 27: Arreglar algo inexistente POV de Kael Lanpar Un sudor frío recorrió todo mi cuerpo.

Mi conciencia, todavía atrapada en la oscuridad del dolor, me advirtió que había despertado.

Mi pecho subía y bajaba con violencia; el recuerdo de lo ocurrido me golpeó con cada imagen, color y sentimiento.

Todo volvió de golpe.

Cerré los ojos con fuerza, temeroso de lo que podía haber pasado en mi ausencia.

Al apoyar las manos sobre el suelo, sentí la frescura de la hierba.

Hundí mis uñas en la tierra húmeda y me incorporé con torpeza.

La humedad me cubría las palmas mientras mis ojos, aún nublados, recorrían el lugar.

Estaba en un sitio oscuro y solitario.

Las paredes de madera que me rodeaban eran irregulares, y el eco de mis pensamientos rebotaba en ellas como si el propio árbol susurrara mis temores.

Me costó entender dónde estaba, hasta que vi, a través de un pequeño agujero, la luz pálida filtrarse desde fuera.

Estaba dentro del tronco hueco de un árbol.

Apreté los puños.

La sangre me latía con fuerza en las venas solo de imaginar que algo le hubiera pasado a Airis por mi imprudencia.

Mientras seguía sumido en mis pensamientos, el sonido distante de la lluvia golpeando el exterior fue interrumpido por un leve chapoteo: un paso sobre un charco.

Giré la cabeza lentamente.

Entre la cortina de lluvia, vi el rostro de Airis.

Sus ojos estaban vidriosos.

—Kal… despertaste —sollozó, avanzando hacia mí.

Gran parte de su cabello, empapado, le cubría la mirada.

No sabía si lo que caía por sus mejillas era la lluvia o sus lágrimas.

Cuando llegó hasta mí, su cuerpo tembloroso se aferró al mío.

Su abrazo fue tan cálido como doloroso.

Podía sentir su desesperación temblar en mis brazos.

—Pensé que te había perdido —susurró, apretándome con más fuerza—.

¿Por qué… por qué me salvaste?

No sabía cómo responder.

Apenas tenía fuerzas para hablar.

—Eres mi amiga —murmuré, apoyando mi cabeza en su hombro—.

Cuando alguien te importa… haces lo que sea por ayudarlo.

Mis palabras no lograron calmarla.

Su llanto seguía resonando dentro del árbol, como si cada sollozo golpeara las paredes de mi mente.

Me partía el alma.

Con cuidado, la separé del abrazo.

Le limpié las lágrimas con la manga de mi camisa y tragué saliva, dudando si debía preguntar.

Mis manos, aún apoyadas en sus hombros, temblaban.

—Airis… —dije al fin, intentando mantener la voz firme—, dime qué fue lo que pasó.

¿Dónde está el cazarrecompensas?

Su expresión cambió.

El horror en su rostro fue suficiente para entender la respuesta.

Bajé la mirada.

Mis manos estaban manchadas de un rojo seco.

Pequeños destellos borrosos, como memorias aún vivas, manchaban mi mente.

Sentí un vacío helado extenderse en mi interior.

Recordé el momento.

La presión en mi mano, el cuello del enemigo cediendo… y luego, la explosión.

Su cuerpo desintegrándose, la sangre tiñendo mi rostro.

El contacto de la mano de Airis sobre mi mejilla me sacó del recuerdo.

Retrocedí de golpe, arrastrándome hacia atrás, hundiendo los pies en la tierra.

—Aléjate de mí —dije con la voz quebrada—.

No quiero hacerte daño.

—No fue tu culpa —susurró ella, su voz apenas audible bajo la lluvia—.

No eras tú en ese momento.

El despertar corrupto se apoderó de tu cuerpo.

Sus palabras se expandieron por el interior del árbol hueco, repetidas por el eco, como si el propio bosque intentara convencerme.

—Si no fue mi culpa… —murmuré, temblando—, ¿por qué estabas herida?

El sonido de una bofetada cortó el aire.

El golpe me ardió en la mejilla.

Aturdido, la miré sin entender.

Pero su mirada no era de rabia, sino de dolor.

—Kael… somos niños —gritó, agarrando con fuerza el cuello de mi camisa—.

¡No tenemos la culpa de que este maldito mundo sea tan corrupto!

Sus manos temblaban, su voz se quebraba, pero aun así siguió.

—No controlamos nada en esta vida… —añadió, con los ojos llenos de lágrimas—.

Ni siquiera los adultos saben controlarse.

Por un instante, un sonido seco se apoderó del lugar.

Me quedé mirando el rostro de Airis, aún enrojecido por el llanto.

Vi cómo nuestro aliento, congelado en el aire, se desvanecía entre las ventiscas que se filtraban por la entrada del árbol.

El frío de aquel día nos cubría por completo, como una sombra invisible.

Sin decir nada, me quité el buzo que llevaba puesto.

Mis ojos no se apartaban de la nariz roja de Airis, que temblaba igual que su cuerpo.

—Toma —le dije, extendiéndole la prenda—.

Está haciendo mucho frío afuera.

¿Dónde se supone que está Luis?

Apoyé un brazo sobre la rodilla y me levanté con dificultad, avanzando hacia la salida del tronco.

Entre las ramas húmedas distinguí una figura moviéndose con velocidad.

Ajusté la vista hasta reconocerlo: era mi abuelo.

Cubierto por las hojas, me observaba con una mezcla de cansancio y calma.

Escuché un golpe seco cuando descendió de la rama y caminó hacia nosotros con pasos tranquilos.

—Tenemos que seguir avanzando —ordenó, despeinándome con una mano—.

Supongo que Airis ya te contó lo que hiciste.

El reflejo de mis lágrimas en sus pupilas me hizo darme cuenta de que estaba llorando.

Pasé una mano por mi rostro para limpiarlas, asentí en silencio y me agaché a recoger mis cosas del suelo.

Al tomar la mochila, un suspiro escapó de mis labios.

Había olvidado algo importante.

Mis recuerdos, difusos o fragmentados, me anclaban a una identidad que no era del todo mía.

Había vuelto a nacer, y aun así… seguía olvidando que solo era un niño.

Activé mi magia astral.

Sentí la lluvia empaparme, el viento arremolinarse bajo mis pies, levantando partículas de agua a mi alrededor.

Di un salto impulsado por el aire y me dejé caer entre las ramas del bosque.

Desde allí, comencé a correr, apoyándo mis pies en las plataformas naturales que el entorno ofrecía.

Cada paso me mantenía atento a Airis.

Recordar la batalla, ver cómo ella me había protegido, me provocó una sonrisa sincera, una que me picó en los labios antes de nacer.

Era extraño… pero hermoso.

Inhalé una bocanada profunda al escuchar el canto de las aves ocultas en las copas.

Por un instante, sentí calma.

—Acabamos de llegar —dijo mi abuelo con tono firme—.

Desde este momento, quiero que sigan al pie de la letra mis indicaciones.

Esta tierra es asesina… y castiga a los intrusos.

Sus palabras me recorrieron como un escalofrío.

Había leído sobre la completa aniquilación de la raza Acrona.

Su historia había sido falsificada, convertida en leyenda.

Tras lo que me había contado Airis de lo que pasó con su raza cuando salimos a pasear, la historia de lo ocurrido me intrigó.

Este lugar fue rebautizado como tierra sagrada: un nombre hipócrita, un homenaje torcido a los que fueron masacrados sin piedad.

Lo más cruel de todo era que, aunque sus cuerpos habían muerto, la tierra que absorbió su sangre seguía viva.

Y clamaba venganza.

Lo hacía buscando unir a sus asesinos… al mismo montón de tumbas.

—Kael, necesito que suprimas tu maná tanto como puedas —ordenó mi abuelo—.

Airis, bienvenida a casa.

El maná que me rodeaba comenzó a disiparse lentamente, flotando en el aire como un conjunto de luces diminutas.

Desvié mi mirada hacia Airis.

La vi descender desde las alturas y aterrizar frente a un gran arco de piedra cubierto de grabados extraños.

No necesitaba que dijera nada.

Su temblor, su vacilación al dar un paso… lo decían todo.

Estaba al borde del llanto.

Bajé de la rama.

Apenas toqué el suelo, lo sentí diferente: tierra muerta.

Un viento cargado de cenizas y muerte me envolvió, como si me reconociera, como si me diera la bienvenida… al olvido.

—Tranquila —le dije, tomando su mano—.

Entraré contigo.

No me importa si las almas de tus antepasados desean mi muerte.

—No es gracioso, Kael —respondió, apretando mi mano con fuerza—.

Pero gracias por acompañarme.

Avanzamos juntos.

Al cruzar el umbral, una capa blanca nos envolvió.

No era una barrera mágica, sino algo más… una ilusión.

Un velo entre mundos.

Apenas dimos un paso dentro, lo sentí: una presencia.

Cada fibra de mi cuerpo era observada, analizada, despojada.

Y, lo peor, esa cosa había encontrado lo que buscaba.

Parpadeé varias veces, cegado por una luz sofocante.

Cuando mis ojos se acostumbraron, lo único que vi fue… muerte.

Un reino en ruinas se alzaba frente a mí, cubierto de fuego y sangre seca.

Las casas, reducidas a escombros.

El suelo estaba carbonizado.

Fragmentos de vidrio roto cubrían las calles, reflejando la luz gris como si fueran una decoración macabra.

A cada paso, las tumbas se multiplicaban; cientos de ellas marcaban los límites de lo que alguna vez fue una ciudad.

Ahora, solo quedaba un cementerio.

El aire cargaba todavía el hedor de los cadáveres, un olor rancio, casi tangible, que se negaba a abandonar el lugar.

Era una cicatriz abierta en la historia.

—Airis… pe-perdón —tartamudeé, mirándola a los ojos—.

Yo no sabía que esto… —No importa —me interrumpió con voz cortante—.

Por más que duela… no volverán, Kael.

Las lágrimas no sirven de nada.

Y tampoco tus disculpas.

Poco después de cruzar el umbral, mi abuelo apareció tras nosotros, emergiendo de la puerta dimensional.

Su expresión era una mezcla de repulsión y fastidio, seguramente por la misma sensación sofocante que me había golpeado al entrar.

—Maldita sea, esto va en contra de mis derechos —masculló, abrazándose a sí mismo con dramatismo, como si aquel gesto pudiera protegerlo del aire envenenado del lugar.

Enseguida recuperó la compostura, como si nada hubiera pasado.

—Muy bien, niños, es hora de avanzar —dijo, sacando de su anillo interdimensional el mapa que le había entregado el soldado de Alkaster.

Comenzamos a caminar en dirección al centro del reino.

Con cada paso, el paisaje se volvía más oscuro… más muerto… más sangriento.

Como si la tierra misma nos suplicara que nos marcháramos.

Y, sin embargo, no podíamos.

Había algo que nos observaba.

Una presencia helada recorrió mi espalda, susurrándome con el aliento de los muertos.

Era como si miles de fantasmas marcharan tras de mí, arrastrando un odio ancestral.

El tipo de odio que solo crece cuando la justicia nunca llega.

Un odio que busca venganza… contra quien lleva el linaje de los culpables.

—Necesito tu ayuda, Airis —dijo mi abuelo, su voz repentinamente más seria—.

Hay cosas aquí que solo responden a la sangre de sus antiguos habitantes.

—Lo entiendo —respondió ella con determinación, desenvainando la daga que colgaba de mi cintura—.

Solo la sangre Acrona puede revelar los secretos de una vida perdida.

Frente a nosotros, una figura humanoide se erguía en medio de la plaza.

Era una estatua, o al menos lo había sido.

Entre sus manos sostenía un corazón petrificado, tan antiguo que las plantas brotaban de sus cráteres.

Airis colocó la punta de la daga sobre su dedo meñique y se hizo un pequeño corte.

De la herida brotaron unas gotas de sangre que cayeron, una a una, sobre la piedra.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

El silencio era tan profundo que llegué a pensar que todo había sido en vano.

Entonces, un crujido seco atravesó el aire.

El corazón comenzó a resquebrajarse.

Fragmentos de piedra se desprendieron, dejando al descubierto un corazón verdadero… uno que no estaba muerto, sino dormido.

El suelo tembló bajo nuestros pies.

Desde algún lugar lejano, sonaron campanas.

Campanadas lentas, pesadas, sepulcrales.

Cada eco parecía despertar algo que nunca debió abrir los ojos.

La figura se partió por la mitad, revelando en su interior una escalera antigua que descendía hacia las entrañas del reino.

—Parecen venas… —murmuré, tocando los conductos que se iluminaban con un resplandor rojizo y palpitante.

Las velas esparcidas por las calles se encendieron al unísono, ardiendo con un fuego carmesí.

Y como si el reino intentara recordar lo que alguna vez fue, los edificios comenzaron a recuperar su forma, su estructura… pero teñidos por la tragedia.

—Kael —dijo mi abuelo con tono grave—.

Sigamos.

Sé que esto te duele, pero debes entenderlo: no es tu culpa.

Las decisiones de tus antepasados no son las tuyas.

Asentí en silencio, respiré hondo y me giré para seguirlos.

Comencé a descender por la escalera en espiral.

A cada lado, estatuas de piedra sostenían antorchas que lloraban sangre; gotas oscuras resbalaban por sus rostros, como si el propio arte sufriera al custodiar aquel lugar maldito.

—¿A dónde se supone que vamos?

—pregunté con cautela.

—Eso me gustaría saber a mí —murmuró Airis, mordiéndose el labio inferior—.

¿Para qué vinimos aquí en primer lugar?

—Sé que este sitio no te trae buenos recuerdos, Airis —respondió mi abuelo, con un tono que mezclaba respeto y firmeza—.

Pero si queremos ayudar a Kael… esta es la única solución.

Seguimos descendiendo, aunque sentía que el tiempo mismo se había distorsionado.

Como si cada segundo en aquel lugar pesara más que una hora.

Tras lo que pareció una eternidad, vislumbré al fin una puerta que bloqueaba el paso.

Estaba decorada con cráneos humanos, colocados con una precisión ritual que sólo podía inspirar miedo.

—Es hora, Kael —dijo mi abuelo con voz firme—.

A partir de aquí tendrás que seguir solo.

Nuestra magia astral podría interferir con la realidad que estás por presenciar.

Hizo una pausa antes de continuar: —Esto es algo personal.

Una vez que la realidad comience a distorsionarse… sabrás que ha llegado el momento de conocer la verdad.

—No entiendo qué se supone que debo hacer —dije, con evidente confusión—.

Nunca me explicaste nada.

—Confiar en ti —intervino Airis, mientras abría la puerta frente a nosotros—.

Los Acrona eran capaces de entrar en sí mismos… incluso en los demás.

Sus palabras, en lugar de darme seguridad, solo sembraron más dudas.

Ya había vivido demasiado, tanto en esta vida como en la anterior.

¿Conocerme a mí mismo?

¿Otra vez?

Fui Matías Castleboard, eso lo recuerdo con total claridad.

Lo único difuso en mi mente… son mis recuerdos.

Con el corazón latiendo con fuerza, di un paso al frente.

Crucé el umbral de la sala, sintiendo cómo un miedo profundo se apoderaba de mí.

No era un miedo común… era ancestral.

Una emoción cruda, auténtica.

Un terror que no debería conocer alguien que, en esta vida, apenas tenía cinco años.

El sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas fue seco, definitivo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y por un instante dudé si realmente quería continuar.

Por alguna razón, ese lugar me provocaba miedo de verdad.

No miedo por lo que había… sino por lo que podía despertar en mí.

En cuestión de segundos, las palabras de mi abuelo cobraron sentido.

El cuarto oscuro, iluminado apenas por velas que formaban un símbolo extraño en el suelo, comenzó a cambiar.

Las paredes se deformaban, como si la realidad misma se reescribiera frente a mis ojos… hasta que todo se desvaneció.

Frente a mí estaba Marcois sonriendo.

Reconocí el momento: justo cuando mi yo del pasado juraba lealtad al imperio y prometía seguir al Profeta.

Pero algo era diferente.

No podía moverme.

No podía controlar mi cuerpo.

Estaba viendo todo desde la perspectiva de Matías, pero no era él… solo un espectador atrapado en su conciencia.

—Desde hoy eres un hijo del Imperio —dijo el Profeta con solemnidad—.

Protegerás y servirás nuestra causa.

Lo más importante… conservarás tu inocencia.

Mi yo del pasado asintió, aún arrodillado.

Luego apoyó una mano en su rodilla y se levantó con lentitud.

Cuando abrió la puerta para salir, lo que apareció ante él fue un vacío blanco, completamente etéreo.

Giré la cabeza.

Todo estaba suspendido en el tiempo.

El rostro del Profeta permanecía inmóvil, y las partículas de polvo flotaban en el aire, congeladas.

El silencio era absoluto.

Entonces, una voz desconocida lo rompió todo.

—Además de ser un Lanpar, eres un reencarnado.

No perteneces a este mundo… ni a este lugar.

La voz era grave, ajena, y provenía justo detrás de mí.

De forma instintiva, moví el cuerpo de Matías, como si por un instante hubiera recuperado el control.

Dirigí mi vista hacia el origen de aquella presencia.

Era una sombra.

—¿Quién se supone que eres tú?

—pregunté con firmeza—.

¿Cómo sabes sobre mi reencarnación?

¿Y qué haces dentro de mis recuerdos?

—Por desgracia… me tocó conocerte —respondió la sombra con frialdad—.

Pero ya que estás aquí por petición de alguien de mi sangre, intentaré no ser agresivo.

Hizo una breve pausa.

Su tono no era amenazante, pero tampoco amable.

—Mi nombre es Vastiar Iceheart.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo