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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 Una sola alma
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28: Capítulo 28: Una sola alma 28: Capítulo 28: Una sola alma POV de Kael Lanpar El silencio reinaba absoluto, un eco interminable que se aferraba a cada rincón, recordándome todo lo que había vivido para terminar aquí.

Mis ojos se clavaron en la figura frente a mí: imponente, de porte severo y cuerpo marcado por cicatrices que contaban más historias que cualquier palabra.

Me observaba con un asco tan puro que parecía impregnar el aire.

Su rostro arrugado y su cabello canoso hablaban de una antigüedad que trascendía planos y eras.

Una ceja se alzó.

Su desdén se transformó en una curiosidad gélida mientras cruzaba los brazos.

—¿Para qué viniste aquí si no vas a hablar?

—su voz áspera sonó tan firme que casi quebró el silencio.

Solté la manija de la puerta que aun sostenía.

Me aclaré la garganta y di un paso hacia él.

Ni siquiera se movió.

—Sé que mi presencia aquí no es bienvenida —dije, midiendo cada palabra—.

Entiendo el resentimiento que sienten hacia mi sangre.

Lo que hicieron mis antepasados fue una deshonra.

Una carcajada cortó mis palabras.

Su sonrisa se torció con crueldad mientras se limpiaba las lágrimas que le provocaba la risa.

—Es raro escuchar palabras tan tranquilas de alguien con un pasado tan sangriento —se burló.

Alzó una mano y chasqueó los dedos.

El sonido retumbó, profundo y vibrante, como si desgarrara la realidad.

El suelo tembló.

Un viento glacial recorrió el lugar, congelando cuanto tocaba.

Los candelabros, los pilares, incluso las figuras humanas, se transformaron en estatuas de hielo tan puras que parecían eternas.

Mi aliento se volvió visible, una nube danzando en el aire helado.

Y sin embargo… no sentía frío.

—Es normal —dijo Vastiar, interrumpiendo mis pensamientos—.

Nada de esto es real.

Son recuerdos.

—¿Recuerdos?

—susurré, sintiendo un vacío abrirse paso en mi mente.

Miré a mi alrededor.

Fragmentos borrosos de imágenes intentaron surgir, pero se desvanecieron antes de tomar forma.

—¿Qué acabas de hacer?

—pregunté, apretando los puños—.

¿Por qué no puedo recordarlo?

—Imposible… hace apenas unos minutos sabía en qué parte de mi pasado estaba —murmuré, con la rabia trepando en mi voz.

Vastiar dio un paso al frente.

Su suspiro resonó en el lugar.

—No te confundas, niño —dijo con voz cortante—.

Aunque mi presencia aquí parezca real, esto no es más que una manifestación de tus pensamientos.

Desvié la mirada.

Tenía razón.

Este lugar era un rompecabezas de mi propia mente.

—Quisiera saber algo —dije, sin mirarlo a los ojos—.

¿Cómo sabes de mi reencarnación?

El silencio respondió.

Cuando alcé la vista, su expresión había cambiado.

Sonreía con una calma tan perturbadora que me heló la sangre.

Retrocedí, tropezando hasta caer al suelo mientras su sombra se extendía sobre mí.

El dolor fue fugaz, apenas un destello antes de que mis ojos captaran los primeros copos de nieve cayendo desde el cielo.

Descendían lentamente en todas direcciones, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para presenciarlo.

A mi alrededor, un leve crujido resonó; las figuras de hielo comenzaron a resquebrajarse, desmoronándose en diminutos fragmentos que se dispersaban como polvo cristalino.

Apoyé las manos sobre el suelo y descubrí que me hallaba sobre un lago infinito, cubierto por una fina capa de agua que reflejaba un cielo sin color.

La humedad se adhería a mi piel, pero al retirar las manos… no estaban mojadas.

—Matías Castleboard —dijo Vastiar, arrodillándose a mi altura—.

Ése eres tú.

Asentí, mientras un dolor agudo me atravesaba la cabeza, punzante, insistente.

—Siendo sincero… no sé qué sentir por ti —añadió con una tristeza tan genuina que me desarmó—.

No eres ni el reencarnado… ni el destinado.

Mis músculos se tensaron.

Sentí el alma congelarse dentro de mí.

—Solo eres un fragmento del titiritero —susurró Vastiar, y su voz me desgarró por dentro.

Mi mente quedó en blanco, buscando desesperadamente lógica donde no la había.

Las piernas me fallaron.

Caí de rodillas, hasta que el suelo helado recibió el peso de mi cuerpo.

Vastiar volvió a hablar, aunque su voz sonaba lejana, casi espectral: —Eres la parte más inocente de un monstruo —dijo, más bajo—.

Lo que ves no son tus recuerdos, sino los retratos de otra persona… de una parte del alma que no te pertenece.

Hizo una pausa.

Su mirada se endureció.

—De la verdadera alma del pecador que tú crees ser.

Un dolor invisible me desgarró el pecho.

No podía verlo, pero lo sentía, como si algo estuviera arrancándome el corazón con crueldad.

Había tantas cosas que no comprendía desde mi pelea con el Profeta… pero por primera vez, todo comenzaba a tener sentido.

La lógica era inútil.

Aquella sensación durante mi última batalla —ese instante en que mi conciencia despertó— cobraba ahora un significado distinto.

—Esto… esto es imposible —tartamudeé, temblando—.

¡Maldita sea!

¿Crees que soy tan fácil de manipular?

—¡Niño, cálmate!

—rugió Vastiar—.

No gano nada manipulándote.

Viniste a este lugar sagrado a buscar respuestas… no consuelo.

Sus palabras me atravesaron.

La adrenalina recorrió mi cuerpo; los músculos se tensaron, la mandíbula dolía.

Algo dentro de mí estaba a punto de romperse.

Entonces ocurrió.

Una avalancha de recuerdos me golpeó con la fuerza de un tsunami.

Eran memorias que jamás supe que existían.

Vi a la persona que creía ser: sujetando del cuello a lo que parecía un dios.

Luego, caminando sin remordimientos sobre un mar de sangre y cadáveres, empuñando su arma antes de alzarla al cielo.

—¡Muchacho, reacciona!

—gritó Vastiar, sacudiéndome con fuerza.

Pero mis ojos ya no veían la realidad.

Me encontraba dentro del recuerdo: aún servía al Profeta, sosteniendo entre mis dedos una cadena oscura, la de un reloj de bolsillo que brillaba con la intensidad del sol.

El sonido marcó las doce.

Un repique metálico estalló en mi cabeza, seguido de una ola de sensaciones insoportables.

Sentí cómo me arrancaban un ojo.

Cómo mi cuerpo ardía, consumido por un fuego que no era físico, sino espiritual.

La culpa.

El miedo.

El odio.

Todo se mezclaba, amplificándose hasta desbordar mi conciencia.

Perdía el control… no solo de mi mente, sino también de mi alma.

Me estaba desmoronando.

—Este es… el Ojo de Luna —susurró la voz del Profeta dentro de mi cabeza.

Cuando abrí los ojos, la realidad me tragó.

Mi cuerpo fue absorbido por la capa de agua que me sostenía.

Alcancé a ver el rostro de Vastiar alejándose.

Una burbuja escapó de mis labios antes de que todo se hundiera en la oscuridad.

No sabía si era mi imaginación… o si mi mente estaba creando una barrera para protegerse del colapso.

Solo sentía que flotaba.

Solo.

Abandonado en un océano que me mostraba la cruel mentira de una segunda oportunidad.

En aquel mar infinito que parecía envolver toda la existencia, me sentía vacío.

No me ahogaba, pero me faltaba el aire cada vez que pensaba en quién era.

Me estaba matando lentamente, ahogado en mi propio dolor.

Observé las burbujas escapar de mi boca: pesadas, lentas, tan tristes como mi respiración.

Ya ni siquiera quería seguir adelante.

Me había rendido.

Cerré los ojos.

Solo quería abandonar mis pensamientos.

Sentía mis fuerzas desvanecerse… mi cuerpo hundirse más y más en aquel océano de culpa y arrepentimiento.

—¿Ya te rendiste?

¿Así de fácil?

—una voz profunda resonó en todas direcciones, arrancándome del silencio.

—¿Qué…?

—alcancé a murmurar, aturdido.

De repente, una mano gigantesca emergió de las sombras y me atrapó con brutal fuerza, arrancándome del fondo de mis pensamientos.

El agua me soltó de golpe.

La oscuridad retrocedió apenas lo suficiente para dejar pasar un rayo de claridad.

Me encontré en un vasto recinto envuelto en penumbra.

La luz se filtraba a través de vitrales medievales, proyectando tonos escarlata y azul sobre el suelo de mármol agrietado.

Intenté liberarme, pero al mirar con atención comprendí la naturaleza de mi captor.

Aquella mano no era humana.

Era parte de una estatua colosal, tallada en piedra corroída por el tiempo, con grietas que rezumaban moho y polvo ancestral.

—Calur… — escuche, apenas audible, pero con un poder tan antiguo que erizó cada fibra de mi ser.

El mundo se distorsionó por un instante.

Sentí cómo mi perspectiva giraba y se fragmentaba, hasta que todo se rompió.

(Cambio de perspectiva) Tragó saliva.

Reconoció al instante a quien tenía frente a él: una sombra del creador… aquel que lo había traído a este mundo.

—¡Maldita sea, suéltame!

—rugió, pero su voz se perdió en el eco del lugar.

El hombre en el trono oscuro ni siquiera pestañeó.

Lo observaba desde las alturas con una serenidad tan terrible que el aire parecía temerle.

En sus ojos ardía un odio primigenio, capaz de borrar continentes.

Y aun así… ese odio parecía justificado.

Con un solo movimiento, el agarre de la estatua se desmoronó.

El fragmento cayó al suelo con un golpe seco que resonó por toda la sala.

El dolor fue inmediato.

Sintió sus piernas quebrarse bajo su peso; juraría haber oído el crujir de mis huesos como ramas secas bajo un pie.

—¡Ahhh!

—grito el fragmento, escupiendo sangre—.

¡Te juro que te voy a matar!

—Eso no lo dudo —susurró la figura, con una voz baja, melancólica—.

El fragmento, apenas consciente, comenzó a arrastrarme, dejando un rastro oscuro tras de él.

Sus uñas, rotas y ensangrentadas, se clavaban en la piedra con cada intento.

Solo el rencor lo mantenía vivo.

La figura no lo detuvo.

Solo lo observó.

Y cuando llegó a sus pies, lo miró una última vez.

En sus ojos ya no había furia… solo un cansancio infinito, una pena más antigua que ambos.

Entonces el fragmento lo entendió.

Había cometido su peor error.

El pie del ser que más odiaba descendió con lentitud, presionando su cabeza contra el suelo.

El fragmento sentía cómo la piedra se teñía de su propia sangre.

—Calur… —susurró la figura, invocando un nombre que no pertenecía a este mundo.

(Cambio de perspectiva) El odio que sentía por Matías era inhumano.

Tan visceral que apenas podía pensar.

Pero lo peor no era el dolor… era la impotencia.

Sentí cómo mi cabeza era aplastada contra el suelo, mi boca besando el frío de la piedra empapada en sangre.

El silencio se volvió insoportable.

Cada respiración era un recordatorio de mi fracaso.

—Patético —susurró, aumentando la presión—.

No digno de vivir.

Esas palabras encendieron algo en mí.

Una rabia inhumana surgió desde lo más profundo de mi alma.

Mi cuerpo tembló, pero intenté ponerme de pie, negándome a aceptar aquel final.

Apoyé las manos en el suelo áspero.

Sentí mis músculos desgarrarse mientras alzaba la cabeza.

Me mordí el labio inferior; el sabor metálico de la sangre me recorrió la boca.

No estaba dispuesto a desperdiciar ese dolor.

Al levantar la vista, vi confusión en el rostro de Matías.

No entendía cómo podía seguir de pie.

Un aura oscura, densa y palpitante, me envolvía, distorsionando el aire a mi alrededor.

Retrocedió unos pasos, recomponiéndose al instante, con la mirada fija en mí.

Sentí la magia astral del despertar corrupto recorrerme las venas, vibrando con una energía salvaje que rozaba la locura.

Era embriagadora.

Intoxicante… casi placentera.

Los huesos de mis piernas —antes destrozadas— comenzaron a unirse con un crujido inquietante.

El dolor fue reemplazado por una fuerza indescriptible.

El suelo tembló bajo mis pies.

Grietas se abrieron en todas direcciones, levantando fragmentos de piedra que flotaron en el aire, como si el mundo mismo se estuviera desmoronando.

Me impulsé sobre una de aquellas rocas, exhalando vapor por la boca, y en un parpadeo salí disparado hacia él.

El aire silbó al ser cortado por mi velocidad.

Aparecí frente a Matías y descargué un golpe directo a su estómago.

El impacto fue brutal; su cuerpo voló por los aires, estrellándose contra la pared del fondo.

Los escombros lo sepultaron bajo toneladas de piedra.

Sonreí.

Una sonrisa cargada de satisfacción… y de dolor.

Escupí sangre.

Sentí un ardor punzante recorrerme el torso: mi propia estructura ósea se quebraba desde dentro, justo donde lo había golpeado.

Mi respiración se volvió irregular.

Algo no estaba bien..

De entre los escombros, Matías emergió lentamente.

Tenía una sonrisa serena, como si todo hubiera salido según su plan.

Entonces lo vi: un corte en su frente, idéntico al mío.

El pánico me recorrió.

Matías levantó una mano al cielo.

El aire se deformó, condensándose en una espada oscura, forjada de sombra pura.

La hoja absorbía la luz, devorando la existencia misma.

Su mano se cerró con firmeza sobre el mango, y sin vacilar, dirigió la punta hacia su pecho.

—¡No!

—grité, saltando hacia él.

Fue inútil.

La espada atravesó su carne… y el dolor me alcanzó al instante.

Un grito mudo se escapó de mis labios mientras caía.

Golpeé el suelo, jadeando, sintiendo cómo la conexión que nos unía desgarraba cada fibra de mi ser.

Matías avanzó entre las sombras.

La espada seguía incrustada en su pecho, pero no mostraba dolor alguno.

Su mirada era tan serena… que helaba el alma.

Extendió una mano y me tomó del cuello de la camisa, levantándome con facilidad inhumana.

Su rostro quedó a centímetros del mío.

Su voz fue un susurro helado: —Aún no es momento de que venga a reclamar este cuerpo —dijo con una calma que dolía—.

Disfruta el tiempo que te queda.

Me soltó.

Caí de nuevo al vacío, y el agua me recibió como una tumba líquida.

Su rostro se desvaneció entre las ondas; sus ojos, vidriosos y cansados, cargaban una tristeza que me desgarró el alma.

—Perdóname por lo que te hice —murmuró, con un sollozo que quebró todo dentro de mí.

Comencé a ahogarme.

El aire se escapaba de mis pulmones, la presión me aplastaba el pecho.

Mi mente se nubló.

Apreté los ojos con fuerza.

Quería despertar.

Quería escapar de ese sufrimiento.

Entonces una voz familiar irrumpió, vibrante y desesperada: —¡Maldita sea, niño!

—era Vastiar.

Reuní las pocas fuerzas que me quedaban.

Con lágrimas corriendo por mi rostro, apenas logré susurrar: —Ayúdame, Vastiar… mátame.

Ya no lo soporto… —¡Nogata Zero!

—gritó con toda su alma.

De pronto, una calma extraña me envolvió.

Un destello profundo cruzó mi visión, obligándome a abrir los ojos.

Ahí estaba Vastiar, mirándome con preocupación, jadeante, el sudor resbalando por su frente.

—Gracias… —murmuré entre sollozos—.

Gracias, Vastiar.

Como un niño perdido, me acurruqué.

Mi cuerpo temblaba, vacío… roto por dentro.

—¿Qué maldito sello te puso ese demonio?

—jadeó Vastiar—.

Me drenó todo el maná… No podía moverme.

Ni pensar.

Era como si mi mente se hubiera apagado.

Entonces las voces comenzaron a resonar en mi cabeza.

—Hijo… no eres culpable de nada —susurraron mis padres—.

Aun si caes, la vida sigue siendo un regalo.

Aprovecha cada segundo.

—Y recuerda —añadieron mis madres—, tu historia te pertenece.

Eres tú quien decide cómo escribirla.

Sus palabras atravesaron el silencio que me asfixiaba.

¿Cómo se empieza desde cero cuando ni siquiera sabes quién eres?

¿Cómo se sigue viviendo con recuerdos que no te pertenecen?

Respiré hondo.

Tragando saliva, obligué a mi cuerpo a levantarse.

Mis piernas temblaban, mi pecho ardía… pero lo hice igual.

—¿Por qué me ayudaste?

—pregunté con la voz quebrada—.

No ganabas nada… salvo el placer de verme sufrir.

Avancé tambaleante hacia Vastiar.

Cada paso era un desafío contra mi propia existencia.

—¿Qué clase de demonio envía una parte de sí mismo a otro mundo… sin esperar algo a cambio?

—susurré.

—No dejaré que vuelva —continué—.

Este cuerpo… es mío.

Yo soy el reencarnado, no él.

En el fondo sabía la verdad.

Mis palabras eran solo una máscara.

El peso me venció.

Mis rodillas cedieron, y la oscuridad se cerró sobre mí.

Y antes de caer, comprendí lo que más temía: siempre he estado solo.

Sumido en la oscuridad de mi conciencia, una voz leve despertó algo en mí, algo que creía muerto.

—Nadie que busque redención está verdaderamente solo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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