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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 29

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29: Capítulo 29: Aprender a vivir 29: Capítulo 29: Aprender a vivir POV de Kael Lanpar No sabía cuánto tiempo había pasado.

Hundido en la oscuridad de mi mente, apenas alcanzaba a sentir cómo, poco a poco, la conciencia regresaba.

Un dolor agudo, casi insoportable, atravesó mi pecho, sacudiendo las paredes de mi mente como un trueno interno.

Lentamente, con el cuerpo tan rígido que parecía haberse convertido en piedra, logré abrir los ojos.

Me encontré rodeado por un vacío silencioso, un lugar sin vida ni color.

Aún podía sentir el ardor de la espada que aquel bastardo había clavado en su pecho.

El fuego seguía ahí, quemando como si la herida se negara a cerrarse.

Intenté moverme, rodando sobre el suelo helado hasta quedar boca abajo.

No podía dejar de pensar cómo era que estaba tan anclado a él para sentir los mismos daños de su cuerpo.

Dejé escapar un suspiro al pensar en la idea de que termine por ser derrotado por mi mismo.

Reuní fuerzas para intentar incorporarme, pero mis brazos no respondieron.

El simple intento de sostener mi propio peso hizo que mis extremidades temblaran.

Estaba destrozado.

Mi cuerpo, mi mente y mi espíritu se negaban a seguir.

Maldita sea, muévete, gruñí en mi mente.

El sabor metálico de la sangre inundó mi boca cuando me mordí el labio inferior.

Las palmas de mis manos, apoyadas sobre una superficie áspera, comenzaron a arder por el esfuerzo.

Levántate —susurró una voz—.

¿No habías dicho que querías vivir?

El eco de aquellas palabras me sacudió.

Sentí una chispa recorrerme, una energía que me obligó a moverme.

Con dificultad, conseguí arrodillarme.

Mis ojos buscaron el rostro del bastardo frente a mí.

No mostraba emoción alguna, solo una leve sombra de decepción en la mirada.

—Tú…

¿qué haces aquí?

—grité, y mi voz resonó en todo aquel vacío—.

¡Se supone que ya había vuelto a mi mundo!

Su ceja se arqueó apenas.

Cruzó los brazos antes de responder.

—¿Tu mundo…?

Este no es tu mundo, fragmento.

—Su voz me golpeó como un látigo—.

No olvides que tuve que sacrificar una vida para enviarte aquí.

Mis puños se cerraron con fuerza.

La rabia me recorrió como un torrente.

Me lancé hacia él sin pensar.

El aire cortó mi rostro al avanzar, pero antes de alcanzarlo, algo me arrastró de nuevo al suelo.

Mi mejilla se estrelló contra la superficie rocosa.

Intenté moverme, pero las cadenas me detuvieron con un sonido metálico que vibró en el vacío.

El sonido metálico que resonaba como eco incesante en el lugar cada vez que movía alguna parte de mi cuerpo me indicaba que estaba encadenado.

Era como una bestia encadenada.

Sentía el fuego en mis venas, una furia que amenazaba con consumirlo todo.

No podía soportar ver su rostro inmutable, carente de cualquier rastro de culpa.

—Jajajajaja…

¿Crees que este es tu cuerpo?

—reí con amargura, la voz quebrada por el odio—.

¡Yo soy el reencarnado!

—continué, tensando la mandíbula—.

Tú no eres nadie para decirme quién soy.

Él se agachó hasta quedar a mi altura.

Su mano se posó sobre mi cabeza, tirando de mi cabello hasta obligarme a mirarlo de frente.

Su respiración rozó mi piel.

Estábamos a escasos centímetros, y aun así no podía moverme.

Un frío desconocido me paralizó, algo que solo podía llamar miedo.

—Pensé que querías matarme —susurró con una sonrisa antes de soltarme.

Cuando se alejó unos pasos, el control volvió a mi cuerpo… solo para que un dolor visceral me atravesara el estómago.

Caí de rodillas, vomitando sin entender qué me estaba ocurriendo.

Era un vacío interno, algo que devoraba desde dentro.

Me limpié la boca y, tambaleante, me puse de pie apoyando una mano sobre mi rodilla.

Lo miré de nuevo, directamente a los ojos.

—Antes de que hagas cualquier cosa… —dijo, y su voz se cortó.

Un silencio sepulcral cubrió aquel plano de oscuridad.

Cerró los ojos con fuerza.

Cuando los volvió a abrir, el color castaño de sus pupilas había desaparecido, reemplazado por un resplandeciente verde esmeralda: el brillo del Calur.

Impotente ante la escena, me vi obligado a observar cómo la realidad se retorcía ante mis ojos.

El espacio se fracturó en brechas suspendidas en el aire, grietas que reflejaban imágenes en constante movimiento.

Era como mirar retratos vivientes, fragmentos de historias que no reconocía como mías.

En una de ellas, se desplegaba un futuro casi perfecto.

Podía escuchar los vítores del pueblo, incluso sentir el calor del sol rozar mi piel.

Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla al ver a mis padres, ya ancianos, caminar a mi lado hacia un balcón donde millones de personas nos esperaban.

Las banderas de cada raza de Mayora ondeaban con orgullo, el aire vibraba con el estruendo de los escudos siendo golpeados al unísono.

Era el sonido de la victoria.

—¿No crees que es un digno futuro?

—dijo, alzando su mano hacia el aire como si pudiera tocar la visión—.

Es lo que ambos anhelamos… pero que nunca tendremos.

Sentí mis labios temblar, al borde de quebrarse.

Cuando lo miré, vi que él también lloraba.

Su mano apretaba su pecho, justo sobre el corazón.

El tiempo pareció detenerse.

Vi sus labios moverse lentamente, formando palabras que apenas pude entender.

—Demuéstrame que hay otro camino —susurró, tan débil que apenas fue un eco.

Cuando terminó de hablar, el brillo en sus ojos se intensificó.

La oscuridad que nos rodeaba comenzó a desvanecerse, reemplazada por una luz cegadora.

Me cubrí los ojos, incapaz de soportar la intensidad.

Sentí cómo mi cuerpo se desvanecía, transportado hacia otro lugar.

(En la realidad) No podía ver nada, solo sentir cómo cada fibra de mi ser era arrancada y reconstruida.

Esa sensación… era la señal de que estaba regresando.

La luz se fue apagando poco a poco, dejando tras de sí una oscuridad cálida.

Mis párpados pesaban, y un cansancio ajeno a todo lo vivido me envolvía.

—Buenos días, Kael —la voz distorsionada de Vastiar retumbó en mis oídos—.

Veo que ya despertaste.

Mi mente aún intentaba reorganizar los sonidos.Por alguna razón era extraño volver a sentir la presencia de alguien más.

Parpadeé varias veces.

Todo a mi alrededor se veía borroso, como si el color se hubiese drenado del mundo.

—¿Cuánto tiempo estuve dormido?

—pregunté, frotándome los ojos.

—Te mentiría si te lo dijera —respondió con serenidad—.

Aquí no existen las horas ni los minutos.

El tiempo… carece de sentido.

Suspiré, resignado, antes de continuar: —Entonces dime… ¿qué pasó mientras dormía?

Vastiar guardó silencio.

Sus ojos se perdieron por un instante antes de responder: —Será mejor que lo veas por ti mismo.

—Su voz bajó hasta convertirse en un murmullo—.

Intenta ingresar a tu espacio mental.

(Espacio mental) Cerré los ojos, dejando que mi respiración se estabilizara.

Mi cuerpo se relajó, y mis sentidos se expandieron más allá de lo físico.

Un escalofrío recorrió mi espalda al percibir sonidos que antes eran imperceptibles: el latido de mi corazón, el flujo de la sangre corriendo por mis venas.

Era aterrador… y fascinante.

Una leve sonrisa curvó mis labios al ver, frente a mí, una cascada cristalina caer con calma.

A su lado, la tumba de mi padre descansaba en silencio.

—¿Qué se supone que es esto?

—pregunté al aire—.

¿Cómo apareció aquí?

El eco solitario de mi voz resonó en aquel espacio infinito… hasta que otra voz rompió el silencio.

—Esta es tu cascada de maná —dijo Vastiar con asombro—.

Es… inmensa.

Me giré rápidamente, buscando su origen.

Lo vi de pie, cerca de la cascada, observando el agua con una mezcla de curiosidad y respeto.

Él extendió una mano hacia la corriente.

La humedad se elevó como bruma y pareció fundirse con su piel.

—Esto se siente… extraño —dije, notando un leve cosquilleo recorrer mi cuerpo.

Vastiar soltó una risa breve antes de mirarme con una expresión paternal, una que me recordó dolorosamente a mi padre.

—Claro que se siente extraño —respondió, con una gota de sudor corriendo por su frente—.

Te estaba drenando un poco de maná.

Me quedé mudo por un segundo, intentando procesar lo que había dicho, antes de fruncir el ceño con visible molestia.

Él lo notó enseguida… y sonrió.

—¿Qué es lo que te da tanta risa?

—musité con un dejo de enojo—.

Eres un ladrón de… Antes de que pudiera terminar, sentí un leve golpe en la cabeza que me obligó a callar.

Me llevé la mano al lugar del impacto, sobándolo mientras veía el rostro divertido de Vastiar, quien no podía contener la risa.

—¿Ya te olvidaste que tuve que usar todo mi maná para romper ese sello?

—dijo, señalando hacia mi corazón—.

Gracias a mí, eres libre.

Mi voz se apagó por un instante.

Alcé una ceja, sin entender del todo a qué se refería.

—¿Libre?

—repliqué, todavía sobándome la cabeza—.

¿A qué te refieres con eso?

Vastiar se acercó lentamente hasta quedar frente a mí.

Su mano se posó con firmeza sobre mi pecho, justo donde latía mi corazón.

Inhaló profundamente antes de hablar.

—Ya eres un mago —dijo con solemnidad—.

Pasaste de ser un latente… a un ser que siente.

Sus palabras resonaron dentro de mí.

Por un instante, la imagen del rostro de Matías cruzó mis pensamientos, trayendo consigo su voz: “Hazme cambiar de opinión.

Muéstrame otro camino.” No entendía del todo su significado, pero el simple hecho de recordarlo hizo temblar mis manos.

Había algo en mi interior que se negaba a aceptar esa nueva realidad.

Tomé la muñeca de Vastiar con suavidad, apartando su mano de mi pecho mientras retrocedía un par de pasos.

Intenté controlar mi respiración, pero era inútil.

El miedo me estaba devorando por dentro.

Miedo a estar indefenso.

Miedo a no ser nadie.

—Tu creador te dejó destrozado —dijo Vastiar, rompiendo mis pensamientos—.

Pero yo creo… que eres más real de lo que imaginas.

Sus ojos se suavizaron.

—No eres solo un fragmento —añadió—.

Eres un ser vivo.

Puedes sentir… y eso te hace existir.

No supe por qué, pero sus palabras me golpearon en lo más profundo.

Sentí las lágrimas correr por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.

Gotas puras, sinceras, que nacían de algo más allá del dolor.

Antes de darme cuenta, ya estaba llorando.

Mis labios temblaban, mis sollozos llenaban el aire.

—Solo quiero ser feliz… quiero vivir —susurré, la voz quebrada.

A través del velo de mis lágrimas, vi cómo el cuerpo de Vastiar comenzaba a brillar.

Una luz extraña emanaba de su piel, aumentando con cada segundo.

—Veo que ya llegó mi tiempo —dijo con una mueca entre aceptación y tristeza, observando cómo el brillo ascendía por sus brazos.

Reuní las fuerzas que me quedaban y corrí hacia él.

—¿Qué te está pasando?

—pregunté, confundido y con el corazón latiendo con fuerza.

Vastiar me miró con calma.

—No todo es para siempre, muchacho —respondió, con una leve sonrisa cansada—.

Al destruir el sello que llevabas dentro, acorté mi tiempo en el plano mortal.

Las piezas encajaron de golpe.

Un sentimiento de culpa me recorrió el pecho.

Me había aprovechado de él, aunque nunca fue mi intención.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—susurré, apenas conteniendo el temblor en mi voz.

Guardó silencio.

El ambiente se volvió pesado, casi sagrado.

Solo después de unos segundos respondió, cruzándose de brazos.

—¿Conoces lo que es un pacto de sangre?

—preguntó con seriedad.

Sus palabras despertaron viejos recuerdos.

Durante mis días en el castillo, cuando aún entrenaba con Alfin, solía escabullirme a la oficina de mi padre.

Leía cuanto libro encontraba sobre magia y su naturaleza.

En una de esas incursiones secretas, había descubierto uno que hablaba de los pactos de sangre.

Decía que no eran simples acuerdos entre personas, sino lazos eternos entre almas: promesas selladas más allá de la vida.

—Sí, he leído sobre eso —respondí con cautela—.

Pero… ¿qué tiene que ver conmigo?

Vastiar me observó con una mezcla de tristeza y esperanza.

—No te obligaré a aceptarlo —dijo con voz grave—.

Pero si lo haces… te juro que no te arrepentirás.

Hizo una pausa, respiró hondo, y continuó: —Airis, esa niña con la que viajas… es descendiente mía.

Lleva el linaje Iceheart en sus venas.

Además de tu abuelo, no tiene a nadie más.

Por eso te pido… que te conviertas en su protector.

Y que… —Acepto tu petición —interrumpí, con firmeza.

Su rostro se congeló.

La sorpresa fue inmediata, genuina.

No esperaba que respondiera tan rápido.

—¿En… en serio lo dices?

—tartamudeó, como si no creyera lo que oía.

—No tengo una razón para negarme —dije con una sonrisa—.

Le debo una familia.

Mientras sonreía, cerré los ojos por un instante.

Entonces, sin previo aviso, sentí un leve golpe en el hombro.

—¿Y eso por qué fue?

—pregunté con una mueca de dolor.

—¿Qué clase de insinuación es esa?

—replicó Vastiar, con una sonrisa burlona en los labios.

Tardé unos segundos en comprender lo que acababa de decir.

El calor subió de golpe a mi rostro; mis palabras, tan sinceras, habían sido fácilmente malinterpretadas.

Antes de poder aclarar la situación, Vastiar me envolvió en un abrazo fuerte, casi desesperado, como si acabara de reencontrar una esperanza que llevaba siglos perdida.

—Gracias, Kael… en serio, gracias —susurró, la voz al borde del llanto—.

Prométeme que la protegerás.

Que siempre estarás a su lado.

Después del dolor llega la revelación.

Y, tarde o temprano, uno termina aprendiendo —de buena o mala forma— a vivir con ella.

Tenía dos caminos frente a mí: quedarme allí, encogido, lamentando haber sido manipulado… O levantarme y usar esta oportunidad para demostrar que otro camino era posible.

No el que destruyó un mundo entero, sino el que estaba dispuesto a reconstruirlo.

No sabía lo que me deparaba el futuro, pero algo dentro de mí ardía con claridad.

No dejaría que nada de esto se desperdiciara.

Tenía el poder… y la voluntad para cambiar.

(En la actualidad) Apreté el mango del arma que sostenía.

La daga brillaba con la luz del sol que se filtraba entre los árboles; su filo parecía respirar, arder con un fuego feroz y protector.

En su hoja había una inscripción que siempre me recordaría por qué elegí este camino: Armonius —traducción al Racing: Aquel que eligió existir.

Tras varios minutos junto a Vastiar, el ritual concluyó.

Mi sangre selló la promesa, atando mi propósito a su destino.

Al salir del santuario, me encontré con Airis y mi abuelo.

Sus rostros reflejaban una mezcla de preocupación y curiosidad.

No tuve tiempo de explicar lo ocurrido.

Algo estaba pasando.

Tuvimos que movernos con rapidez entre los árboles, abriéndonos paso entre raíces y hojas que parecían susurrar advertencias.

Vi cómo Airis y mi abuelo se adelantaban entre la espesura.

Miré una última vez la daga que llevaba en la mano; el alma atrapada en su interior brillaba con un carmesí sombrío.

Era el testigo de mi primera promesa en este mundo.

—¡Kael, apúrate!

¡No tenemos todo el día!

—gritó mi abuelo desde adelante.

Suspiré.

Activé la magia astral, mezclando viento y electricidad.

En un parpadeo, ya estaba a su lado, listo para enfrentar lo que viniera.

Durante el trayecto hacia el recinto, cruzamos cada rincón del bosque élfico.

Las ramas se mecían sobre nosotros como si nos observaran, y la tierra vibraba bajo nuestros pasos.

—¡Atención, muchachos!

—gritó mi abuelo—.

¡Ya estamos llegando!

El eco de su voz se expandió por el bosque, despertando tanto a los animales de cristal como a los gólems de cuarzo oscuro.

Ambos reaccionaron a nuestra presencia con un rugido profundo que resonó en las raíces.

Desde las alturas, pude ver cómo colosos antiguos emergían del suelo, levantando la tierra a su alrededor.

Sus cuerpos, cubiertos de enredaderas y grietas, exhalaban poder.

Eran los guardianes del hogar de los Astrales… y habían despertado.

—¿Por qué hay tanta seguridad activa?

—susurré, más para mí que para los demás.

—Por la misma razón por la que tuvimos que volver tan de repente —respondió mi abuelo con tono grave—.

El día llegó.

Y hay que estar listos para cualquier cosa.

Airis y mi abuelo descendieron de las ramas, aterrizando frente a la entrada del recinto.

Allí esperaban mis padres… y mis hermanas.

Bajé junto a ellos.

El aire era denso, cargado de energía.

El césped bajo mis pies vibraba con vida, como si el bosque mismo respirara con nosotros.

Lo primero que me recibió fue la mirada endurecida de mi padre.

No había odio en sus ojos, pero sí una desesperación cuidadosamente disfrazada de firmeza.

—¿Encontraste la información que te pedí?

—preguntó con severidad.

—¿No crees que sería mejor hablar de esto en privado?

—replicó mi abuelo, visiblemente molesto—.

Es información confidencial, y tú lo sabes.

—En menos de quince horas comenzará la Cumbre de los Reinos —insistió mi padre—.

No tenemos tiempo para formalidades, Luis.

Mi abuelo exhaló un largo suspiro.

Cerró los ojos por un momento, y cuando volvió a hablar, su voz se volvió grave, casi temblorosa.

—Los cuerpos que estaban enterrados en Samtist… —hizo una pausa, respiró hondo— ya no descansan bajo tierra.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

El mundo de The Last Breath está lleno de secretos, mapas ocultos y promesas que aún no han sido reveladas.

Cada detalle del lore tiene un propósito, y me encantaría saber qué teorías o preguntas te ha despertado este capítulo.

Tu opinión ayuda a dar más vida a la historia.

— Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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