El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 30
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30: Capítulo 30: Ruptura 30: Capítulo 30: Ruptura POV de Kael Lanpar (Minutos antes del viaje al Palacio de las Nieves) Caminaba junto a mi hermana rumbo al carruaje que nos llevaría hacia nuestro destino, en la frontera entre Auroria y Vetraya —el antiguo nombre del reino de Acrona—..
Aun así, por más que intentaba ignorarlo, no podía desprenderme de esa sensación inquietante de que algo saldría mal.
—Te ves muy pensativo, hermanito —dijo Mayrei, dándome un ligero golpe en el hombro—.
Anímate, todo saldrá bien.
Ya lo verás.
—Ojalá pudiera creerte —susurré para mi mismo —.
Pero los recuerdos de un hombre que lo perdió todo y se volvió un monstruo me enseñaron que las palabras… muchas veces solo son eso.
Palabras.
Bajé la cabeza, atrapado por la imagen del otro yo, aquel que se había hundido en la oscuridad.
Solo pensar en él hacía que un frío visceral trepara desde mis pies hasta mi columna, estremeciéndome hasta la respiración.
—¡Maldición, mi sombrero!
—exclamó, cuando una ráfaga de viento se lo arrebató y lo hizo rodar sobre la alfombra roja que decoraba el suelo.
—Yo lo iré a buscar —dije, retrocediendo unos pasos—.
Dile a padre que ya voy.
Ella asintió y siguió caminando.
Yo, en cambio, dejé escapar un suspiro que llevaba tiempo conteniendo.
—Ni siquiera sé cómo sigo cuerdo —murmuré.
Con un leve movimiento del dedo índice, invoqué una corriente de viento.
El sombrero se elevó suavemente, flotando como una pluma invisible hasta caer en mi mano.
Lo sacudí distraídamente, perdido en mis pensamientos, sin notar la presencia frente a mí… hasta que escuché su voz.
—Entonces… ¿te irás sin despedirte?
—dijo Airis, su tono lleno de reproche—.
¿No se suponía que éramos amigos?
No pude evitar sonreír al verla.
Esa actitud orgullosa, esa forma tan suya de ocultar el dolor detrás de una máscara de seguridad… era algo que admiraba profundamente.
Ella era una de las razones por las que aún no me había rendido.
Verla sonreír después de perder a toda su raza, de presenciar la muerte de su padre frente a sus ojos… y aun así seguir de pie, era un faro en medio de mi oscuridad.
—¿Q-qué haces?
—balbuceó, sorprendida, cuando me acerqué a abrazarla.
—Te voy a extrañar —dije con voz temblorosa, abrazándola con fuerza—.
Cuídate… y prométeme que seguiremos hablando.
Aunque sea una carta al mes.
Supe que mis palabras habían llegado a su corazón cuando sentí cómo me devolvía el abrazo.
No quería soltarme.
Sus lágrimas empapaban mi traje formal mientras su cabeza descansaba en mi hombro.
—También te voy a extrañar —susurró entre sollozos—.
¡Maldito…!
¿Por qué hiciste que empezara a quererte… solo para luego abandonarme?
Por un instante, sentí cómo mi corazón se resquebrajaba.
Había creado un lazo con ella, uno real, que no necesitaba de los recuerdos de una vida pasada para existir.
Ella fue mi primera amiga.
Le había prometido a Vastiar que nunca la abandonaría; era parte del pacto de sangre.
Sabía que más allá del deber, era una promesa del alma.
Aun así, también tenía un compromiso con mi familia.
Y como miembro de la realeza, teníamos responsabilidades que iban más allá de nuestros deseos.
(En la actualidad) Dejé caer la cabeza hacia atrás, hundiéndome en la suavidad del asiento del carruaje.
Cerré los ojos y respiré hondo, dejando escapar un suspiro cargado de incertidumbre.
Antes de partir, le había hecho una petición a mi padre: que Airis viajara junto al Striker Boro en un entrenamiento especial, con la posibilidad de convertirse en su futura sucesora… en caso de que él muriera.
Además de mantenerla protegida, eso le permitiría fortalecerse y aprender a depender solo de sí misma.
Una leve sonrisa se formó en mis labios al imaginarla en el futuro.
Si ya ahora, siendo tan joven, dominaba la magia astral con semejante maestría… ¿Quién podría detenerla cuando creciera?
—Por favor, sus majestades… bajen —dijo un sirviente mientras abría la puerta del carruaje—.
Bienvenidos al Palacio de las Nieves.
Uno a uno descendimos, y lo primero que nos envolvió fue la visión de un palacio imposible: una fortaleza erguida completamente en cristal mágico.
Brillaba con un fulgor helado, tan transparente y puro que parecía respirar con la luz del amanecer.
Era un recurso único, forjado únicamente por la familia Astrales, los únicos capaces —y autorizados— para comerciarlo.
—Es incluso más grande que el castillo de Auroria —murmuré, dejando que mi mirada se perdiera entre las torres relucientes.
—Fue construido para la protección y la defensa —respondió mi padre, revolviéndome el cabello con una sonrisa leve—.
Es, si no el más seguro, uno de los lugares más protegidos de todo el reino.
Sus palabras cobraban más peso cuando observé las runas de sellado que recorrían la base del palacio, brillando como venas de luz bajo el cristal.
Pilares etéreos sostenían un escudo mágico que envolvía toda la estructura, y en cada pasillo podía verse el movimiento constante de soldados y magos de rango Destroya.
—¡Maldición, ten más cuidado!
—gritó un invitado, agachando la cabeza cuando un búho blanco descendió en picada.
Sus antenas vibraban al aterrizar con un batir de alas que levantó una nevada de polvo gélido.
—Veo que te interesan las criaturas mágicas —dijo mi hermana con una sonrisa traviesa—.
Esa criatura es un Búho Lunar, originario de nuestro reino.
Había visto bestias mágicas antes, pero parecía que cada día el mundo encontraba nuevas formas de sorprenderme.
Este reino respiraba vida, poder… y peligro.
Retrocedí un paso cuando un cuervo descomunal bajó desde el cielo.
En su espalda cargaba una caja de madera adornada con sellos.
De su interior descendieron nobles de rostro elegante y mirada arrogante.
Mi estómago se revolvió al notar la cicatriz que cruzaba el ojo del ave.
De su herida emanaba un hedor leve, casi imperceptible, pero lo bastante nauseabundo para helarme la piel.
Sacudí la cabeza y seguí a mis padres hacia el interior.
Si por fuera el palacio era impresionante, por dentro rozaba lo irreal.
El aire estaba perfumado con flores invernales.
Los muros, cubiertos de retratos en movimiento, mostraban recuerdos de antiguas coronaciones que se repetían en un ciclo eterno.
Podía ver como cerca de los candelabros de cristal flotaban músicos etéreos, tocando una melodía cristalina que vibraba en el pecho como un eco de otro mundo.
Por un momento, quise creer que nada malo podría ocurrir en un lugar así.
Pero esa sensación incómoda seguía aferrada a mi pecho, obstinada, como una sombra.
—¡Alfin!
—gritó mi hermana, corriendo hacia un grupo de adolescentes—.
¿Ya te recuperaste?
¿Cómo has estado?
Quise seguirla y saludar a mi joven maestro, pero la mano de mi madre se cerró sobre mi muñeca, firme.
Su contacto me ancló al suelo.
Aun así, me alivió ver que Alfin estaba mejor que la última vez que lo vi… aunque aquella cicatriz cerca del ojo contaba otra historia.
—¿En serio ya quieres escaparte, Kal?
—preguntó mi madre, frunciendo el ceño—.
Te has estado comportando muy raro últimamente.
¿Estás bien?
Era normal que se preocupara.
Tenía apenas cinco años, pero mi rostro cargaba un cansancio que ningún niño debería conocer.
Mis ojos, a veces, parecían de alguien que había vivido demasiado.
—Sí, madre.
Todo está bien —respondí con una sonrisa débil—.
Solo quería saludar a Alfin.
Me alegra saber que ya se recuperó.
Ella suspiró, me besó la frente y acarició mi cabello con ternura.
—Te prometo que después de la reunión podrás saludarlo —susurró—.
Hasta entonces, acompáñanos.
¿De acuerdo?
—Entendido… —dije, bajando la mirada.
Seguimos avanzando.
Mi padre llevaba en brazos a mi hermanita bebé, envuelta en un manto blanco que parecía tejido de nieve.
Era un momento solemne, pero mi mente seguía inquieta.
—Sus majestades, es un honor tenerlos de regreso —dijo una voz firme.
Era Nova.
Su presencia irradiaba la misma seguridad de siempre—.
Y es un gusto verlo de nuevo, joven príncipe.
—Nova, es bueno verte —respondí con sinceridad.
Saber que él, nuestro guardia real y protector de mi familia, seguía con vida me dio un pequeño respiro.
Caminamos entre mesas de cuarzo blanco cubiertas por manteles rojos, mientras los nobles se levantaban para hacer reverencias medidas.
Todo estaba dispuesto con una perfección casi opresiva.
—Al parecer, aquí se toman muy en serio la etiqueta —pensé, observando los trajes blancos con bordes carmesí.
Eran idénticos al mío.
—Vaya… entonces ahí están —dijo mi padre de repente, con la voz grave y solemne que usaba solo en los momentos importantes.
Al seguir la mirada de mi padre, los vi.
En una mesa al fondo del salón, destacaban varias figuras imponentes, riendo y alzando copas mientras el licor corría como un río dorado.
Por las coronas que reposaban sobre sus cabezas y la majestuosidad de sus atuendos, no había duda de quiénes eran.
El primero, de piernas cruzadas y barba trenzada, bebía con el entusiasmo de un dios enano.
Era Máximo Quinto, rey de las montañas de Forjador.
Su baja estatura y la robustez de sus brazos lo delataban incluso sin su corona.
A su lado, con una elegancia que parecía natural incluso en medio de aquel bullicio, se encontraba Darknight, el rey élfico, junto a su familia.
Las orejas puntiagudas y los ojos serenos eran una firma imposible de ignorar.
—Vaya, Xavier… con que por fin te dignas a aparecer —bromeó el rey enano, levantando su copa—.
Ya pensábamos que nos abandonarías, dejándonos a solas con todo este vino.
—Jamás haría algo así —replicó mi padre, sonriendo con un deje de ironía—.
Tú sabes lo importante que es el trago… Y sé que tú no puedes vivir sin mí.
Las risas estallaron.
Darknight se levantó, extendiendo los brazos.
—¡Xavier, viejo amigo!
—dijo con voz cálida, abrazándolo con fuerza—.
Veo que ya tienes un heredero… y que no has perdido el tiempo con tu esposa.
A pesar de sus títulos, ambos reyes tenían un carisma desarmante.
Entre bromas y recuerdos compartidos, el ambiente se volvió más ligero.
Una parte de mí no pudo evitar sonreír.
Después de todo, incluso entre reyes, seguían siendo humanos.
—Él es mi heredero —dijo mi padre, señalándome con orgullo—.
Kael Lanpar, futuro rey del Reino Humano y próximo líder de la Casa Lanpar.
—Creo que tiene la misma edad que mi hija —comentó Darknight, buscando entre los suyos—.
Kessie, ven a saludar.
De detrás de su majestuosa capa emergió una niña pequeña.
Su cabello gris claro reflejaba la luz de los candelabros, y sus ojos, de un azul marino profundo, se clavaron en los míos como si intentaran leerme el alma.
—Es un poco tímida —dijo la reina élfica, Miranda, con una sonrisa amable—.
Me encantaría que nuestros hijos fueran buenos amigos.
—Sería maravilloso —respondió mi madre con ternura—.
Sería como vernos a nosotros de niños… compartiendo el pasado, mientras ellos son nuestro futuro.
Las conversaciones continuaron entre copas que chocaban y carcajadas que resonaban bajo el techo de cristal.
El rey enano comenzó a relatar sus hazañas de guerra, exagerando tanto sus gestos que casi derramaba el vino.
Yo, mientras tanto, empezaba a cabecear de aburrimiento.
La hija de los Lankerman, sentada frente a mí, tampoco decía una palabra.
El esplendor inicial del lugar empezaba a desvanecerse en una niebla de cansancio.
—Madre —susurró Kessie con voz suave—, ¿puedo ir a pasear por el palacio?
—Claro, amor —respondió Miranda—.
Striker Ameria, acompaña a la princesa Kessie.
Protégela en todo momento.
La Striker asintió sin decir palabra.
Ambas se alejaron con pasos silenciosos hacia los jardines exteriores, donde el aire nocturno traía el eco de las risas de otros niños.
—Kal, ¿no quisieras ir con Kessie?
—preguntó Miranda con amabilidad—.
Te veo aburrido rodeado de estos borrachos.
—¿Cómo que borrachos?
—protestó Máximo entre carcajadas—.
¡La cerveza es vida!
Me acomodé en mi silla, suspirando.
—La verdad, preferiría quedarme un rato aquí —respondí, tomando un libro que descansaba sobre la mesa—.
Quiero acompañar a mi familia.
El brillo en los ojos de Miranda se apagó apenas un instante.
Su voz, tenue como un murmullo, alcanzó mis oídos y me provocó un ligero remordimiento.
—Kessie no tiene muchos amigos —susurró—.
Esperaba que tú pudieras ser uno de ellos.
Apreté los labios, intentando ignorar la punzada de culpa.
Desde antes, algo me había llamado la atención sobre los Strikers.
No se sentían.
No respiraban.
Eran sombras vivientes.
Solo aparecían cuando sus reyes lo ordenaban.
Fascinante, sí… pero también inquietante.
Entre el bullicio, mis ojos se posaron en la Striker que se alejaba con la princesa.
Su aura titiló.
Las partículas que la rodeaban cambiaron de tono, volviéndose rojizas.
Un matiz violento.
Antinatural.
Gracias a mi poco dominio de la magia astral, podía sentir las emociones.
Y lo que emanaba de esa figura no era protección… sino malicia.
—Mejor salgo un rato a jugar —dije, bajándome de la silla con calma fingida—.
Ya me aburrí del libro.
Luego regreso.
—Está bien, Kael —dijo mi madre—.
Si pasa algo, busca a Nova o a tu hermana.
Asentí y comencé a abrirme paso entre la multitud, manteniendo la vista pegada a Kessie y a su escolta.
—Paso ráfaga —susurré, imitando la técnica de Alfin.
Mi versión era torpe, imperfecta: suficiente para acelerar mis pasos y volverlos una mancha rápida, pero con menos alcance y un precio alto en mi cuerpo; cada impulso me dejaba más exhausto que el anterior.
—¡Tenga más cuidado, joven príncipe!
—me reprendió un mesero al atrapar un plato que casi choco—.
—Perdón, señor —respondí, recuperando el equilibrio y acelerando el ritmo—.
Fue mi culpa.
¿Cómo podía ocurrir algo así en un lugar supuesto a ser impenetrable?
pensé, notando cómo a mi alrededor emergían presencias con auras envenenadas.
No todas seguían el mismo patrón: algunas parecían manejadas, vacías, como si sus almas hubieran sido sustituidas por algo frío.
Tal vez debería habérselo dicho a mis padres.
O a Nova.
A alguien.
Pero ¿quién creería a un niño?
Especialmente a uno que aún tenía que aprender a respirar en su propia vida.
Con cada paso la luz menguaba.
Entré en un ala del palacio donde la luna apenas se filtraba; las ventanas dejaban pasar sombras, no reflejos.
El frío olía a hierro y a eco antiguo.
—Esto… parece otra dimensión —murmuré, recordando la extrañeza que sentí la primera vez que crucé hacia el reino Acrona.
Saqué Sombrío Carmesí, la daga con el alma de Vastiar anclada a su acero.
Las runas de fuego infernal grabadas en la hoja se encendieron a mi toque, lanzando llamas anaranjadas que apenas rasgaban la penumbra.
La luz era insuficiente; el silencio, demasiado denso.
Y lo más aterrador: estaba solo.
Si algo fallaba aquí, no habría segundas oportunidades.
La cobardía me recorrió como un escalofrío: recuerdo de vidas pasadas, aviso de muerte.
Pero la niña en peligro no era solo una princesa; era la hija de un amigo de mi padre.
No podía permitirme fallar.
Tragué saliva.
Apreté la empuñadura hasta que los nudillos me dolieron.
La adrenalina se asentó en cada fibra de mi cuerpo.
Sabía, en lo más hondo, que algo estaba a punto de romperse.
Un silbido agudo partió el aire.
Giré como un resorte.
En cámara lenta, una aguja rozó mi mejilla y me arrancó un hilo de sangre.
Si no hubiera reaccionado, habría sido letal.
—No vine por ti, mocoso —dijo una voz femenina, burlona—.
¿Qué hace el heredero de los Lanpar aquí?
La voz parecía venir de todas partes y de ninguna; me rodeaba como eco fragmentado.
Me mareó la imposibilidad de ubicarla.
—¡Eres una traidora!
—rugí—.
¿Traicionas a tus reyes?
¿Qué pretendes con la niña?
¿¡Matarla!?
—Hmm… también eres un bocazas —replicó, antes de lanzar otra lluvia de agujas.
Las agujas vinieron de distintos ángulos.
Con un movimiento forzado conjuré una cúpula giratoria de viento; las puntas rebotaron contra ella y salieron despedidas.
Por un instante creí haber ganado terreno.
—¡Maldito mocoso!
—escuché detrás de mí, lleno de rabia.
Un salto hacia atrás me salvó de la siguiente ola.
Mis reflejos me mantuvieron con vida, pero sabía que no podía confiar en ellos por mucho tiempo.
Tenía recuerdos de otra vida, sí, pero mi cuerpo aquí era el de un niño: poderoso en potencial, torpe en experiencia.
Ella era una Striker; la diferencia entre nosotros era abismal.
En un abrir y cerrar de ojos su mano se cerró sobre mi cuello.
Me estrelló contra la pared con una fuerza que me dejó sin aliento.
Sentí cómo sangre caliente se filtraba por la comisura de mis labios; el dolor creció, punzante.
No me dio tiempo para recomponerme.
Me alzó y me estampó con una rodilla en el estómago; el aire fue arrancado de mis pulmones y mi cuerpo se lanzó contra el suelo.
Sombrío Carmesí saltó de mi mano y quedó fuera de mi alcance.
—¡Ayúdenme, por favor!
—los sollozos de Kessie cortaron el asalto—.
¡Tengo miedo!
¡Alguien, por favor… ayúdeme!
Me estremecí.
Mis brazos temblaban cuando, con esfuerzo, me incorporé.
Gateé hasta la daga como si cada centímetro fuera una batalla.
La recuperación fue lenta, pero la necesidad me obligó.
—Paso ráfaga… —susurré entre jadeos—.
—Kael, antes de que hagas algo imprudente… escúchame —una voz familiar resonó en mi mente.
Era Vastiar.
—No tengo tiempo para explicarte cómo puedo comunicarme contigo —continuó, su tono grave y cortante—.
Pero si quieres sobrevivir… haz exactamente lo que te digo.
Di: Destrucción continental.
El aire se congeló.
Todo pareció detenerse, incluso el ritmo frenético de mi corazón.
La Striker se quedó inmóvil, aún sosteniendo el saco donde mantenía a Kessie.
La miré, analizando cada posibilidad, cada salida… y comprendí que no tenía otra opción.
Confiar en Vastiar no parecía una mala idea.
—Destrucción… continental —pronuncié con dificultad, la voz cargada de dolor y fuego contenido.
El mundo ardió.
Una llama abrasadora brotó de Sombrío Carmesí, recorriendo mi brazo hasta fundirse con mi maná.
La energía rugió dentro de mí como una bestia despierta.
Sentí mis huesos vibrar, mi piel quemar, y aun así… sonreí.
Hundí los pies en el suelo, agrietando la piedra bajo mí.
El aire se partió en dos cuando me lancé hacia ella.
La Striker intentó imitar mi movimiento, pero era demasiado tarde.
Alcé el brazo envuelto en fuego infernal y lo dejé caer con toda mi fuerza.
El impacto resonó como un trueno.
Sentí mi puño hundirse en su abdomen; escuché el crujir seco de sus costillas.
La mujer salió despedida, atravesando un ventanal de cristal y arrasando con varias paredes antes de desaparecer entre los escombros.
Sin perder un segundo, extendí los brazos y atrapé el saco que caía.
Kessie gritó, pero logré amortiguar la caída y bajarla con cuidado hasta el suelo.
Mi pecho ardía.
La respiración era un fuego desbocado.
El aire olía a hierro, polvo y sangre.
El pasillo comenzó a llenarse de voces y pasos apresurados.
No era por mí.
No por la pelea.
Había algo más.
Algo peor.
Avancé con dificultad, arrastrando los pies.
Kessie, temblorosa, se aferró a mi brazo con desesperación, intentando sostenerme.
Seguimos el murmullo creciente hasta llegar al origen del tumulto.
Y allí lo vi.
Sobre el mármol helado, bañado en un charco oscuro y espeso, yacía el cuerpo del representante élfico.
Su túnica ceremonial empapada de rojo, su rostro irreconocible.
El silencio se hizo absoluto.
Los ojos de mi padre y del rey elfo se cruzaron, y en ese instante lo comprendí sin necesidad de palabras.
Esto no eran simples malas noticias.
Era el inicio de una tragedia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del Autor (Capítulo actualizado: esta es una muestra de la versión reescrita para Amazon) Con mucha alegría, quiero anunciar que el proceso de reescritura del Volumen 1: Redención ha llegado a su fin.
Ha sido un viaje intenso, lleno de crecimiento, aprendizaje y emociones, pero al fin puedo decir que la primera parte de The Last Breath: From Death to Meaning está completa.
A partir de ahora, la historia continuará con el Volumen 2, sin pausas, siguiendo el camino que Kael y los demás han abierto.
Me encantaría saber qué les ha parecido este primer volumen: qué sintieron, qué teorías tienen… y qué esperan del siguiente paso en esta historia.
Gracias por acompañarme hasta aquí.
— Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com