El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 31
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31: Capítulo 31: Sacrificio 31: Capítulo 31: Sacrificio POV de Kael Lanpar La oscuridad lo cubría todo.
Era lo único que mis ojos lograban captar en aquella inmensidad sin forma, sin alma… tal vez sin existencia.
Por alguna extraña razón, sentía mi cuerpo diferente.
Mis brazos y piernas, antes pequeños por mi edad, se habían alargado.
La figura que poseía ahora se asemejaba a la de un adulto.
Mis sentidos también habían cambiado.
Incluso la manera en que percibía las cosas era distinta.
Una fatiga que no me pertenecía recorrió mi cuerpo, como si arrastrara un cansancio ajeno.
Intenté detenerme al darme cuenta que estaba caminando inconscientemente, sin éxito alguno, avanzando hacia un lugar desconocido.
No tenía control de mí mismo.
Mientras más me adentraba en la oscuridad, una luz cegadora comenzó a surgir.
Al fondo del espacio etéreo, una silueta me aguardaba.
Un ser de luz.
Que me recordó a Kraidir, vestía ropas de un blanco puro que opacaban la penumbra.
Entre sus dedos colgaba una balanza.
Antes de poder acercarme a la imponente figura divina, mi cuerpo se detuvo.
Recuperé la movilidad, pero descubrí con horror que no tenía forma.
Podía sentir mis extremidades, sentir mis pasos… pero era incapaz de verlos.
El ángel me observó.
En sus ojos habitaba una mezcla de compasión y tristeza que me confundió.
Sus labios temblaban, y la balanza en su mano parecía demasiado pesada para sostener.
De pronto, de sus ojos comenzó a brotar sangre.
Con un gesto vacilante, alzó la mano hacia mí, señalándome… o al menos eso creí.
Dos figuras blancas, encapuchadas, surgieron de la oscuridad restante.
En sus manos llevaban bandejas de oro reluciente.
Su andar era elegante, perfectamente sincronizado.
En cuestión de segundos se situaron a cada lado del ser de luz, que ya ni siquiera podía mantenerse en pie.
—Este es el fuego del alma y de la vida del amor —anunció una de ellas—.
Pereció amando y creció odiando.
Mis ojos se abrieron con espanto al ver el contenido de la bandeja.
Un corazón, aún latiendo.
—¿Pero qué es esto?
—susurré incrédulo, mientras las lágrimas del ángel se intensificaban.
La segunda figura habló con una voz tan aterradora que resonó en todo el lugar.
—Estas son las llamas de una falsa ilusión y redención.
Sus promesas dejaron de cumplirse, muriendo en la decepción y el dolor.
La bandeja se alzó, revelando otro corazón que latía con menos fuerza.
Los encapuchados tomaron ambos corazones y los colocaron en la balanza, elevándolos como si quisieran mostrarlos al mundo.
—Estos son los componentes de vida de una madre y un padre —declararon al unísono—.
Aquí yacen, siendo juzgados por desilusión: Xavier Lanpar y Mabel Astrales.
No podía comprender lo que acababan de decirme.
Estaba viendo, frente a mis propios ojos, los corazones aún vivos de mis padres.
No lo resistí.
Caí de rodillas y vomité sobre el suelo etéreo, llevándome las manos al pecho con desesperación, como si pudiera negar lo evidente.
Mi ilusión se quebró al alzar la vista.
Los encapuchados revelaron sus rostros: carecían de ojos, sus bocas estaban cosidas… pero bajo aquella máscara grotesca se asomaron los rasgos verdaderos de mis padres.
—No… esto no puede ser real —grité con todas mis fuerzas—.
¡Ustedes no están muertos, siguen conmigo!
—No, Kael… ya no lo están —respondió el ángel.
Su rostro se transformó en el mío—.
Nosotros los condenamos.
Fuimos sus verdugos.
—Perdóname… —añadió, mientras alzaba la balanza todavía más alto.
Inmóvil en el suelo, vi cómo aquel ángel que me imitaba perdía la cabeza, que rodó hasta caer ante mí.
Sus labios aún murmuraban: —Perdónenme… (En la realidad) —¡Nooooo!
El grito brotó desde lo más profundo de mi alma.
Desperté sudando, cada gota recorriendo mi piel pálida por el terror.
Parpadeé con fuerza y abrí los ojos.
Estaba en mi cuarto.
Todo había sido una pesadilla.
Mi cuerpo temblaba aún, pero poco a poco comenzó a calmarse.
Me cubrí el rostro con las manos, intentando borrar las imágenes que me perseguían.
El calor abrasante del sol que entraba por la ventana calentaba mi espalda desnuda, devolviendo a mi cuerpo su color habitual.
Ya habían pasado dos años desde que, junto a mis padres, decidí dejar nuestra tierra para venir aquí.
Y aun después de tanto tiempo, su ausencia seguía aterrorizándome.
No era la primera vez que soñaba con sus muertes.
Se repetía una y otra vez, como una película interminable.
Cada escena distinta, pero siempre con el mismo desenlace.
—Joven Kael, lo esperan en el patio de entrenamiento —anunció una voz al otro lado de la puerta—.
Usted sabe que Lord… —Ya lo sé, ya desperté —interrumpí a la sirvienta, sentándome en el filo de la cama.
Al escuchar sus pasos alejarse, solté un suspiro contenido que me estaba matando.
Todavía no lograba aceptar cómo mi vida había cambiado tan de repente.
Abandoné mi reino para vivir en tierras lejanas, convertido en una simple moneda de intercambio, en una promesa viviente de paz entre dos razas que se odiaban a muerte.
Aunque había sido mi decisión, aún dudaba si fue la correcta.
Los recuerdos de aquel día volvieron a mi mente, revelando el porqué de mi sacrificio.
(Dos años antes) Los gritos y maldiciones resonaban en toda la sala.
La tensión era palpable en cada rostro de los reunidos en torno a la enorme mesa del consejo humano.
En un extremo estaba mi padre; en el otro, el rey de los elfos.
Ambos discutían con vehemencia.
Cada bando intentaba calmar, sin éxito, la furia de sus aliados.
Todos buscaban culpar a la otra raza, arrojándose la responsabilidad por la muerte del representante élfico como un arma.
—¿Y qué demonios hacen los niños aquí?
—vociferó mi abuelo, golpeando la mesa con fuerza—.
¿Acaso quieres usar a mi nieto como excusa para la traición de tu Striker, Darknight?
—¡Padre!
—replicó mi madre, dándole un golpe en el hombro—.
No estamos aquí para pelear, sino para encontrar una solución.
Darknight no está acusando a Kael.
Me sentía fuera de lugar.
Tenía los recuerdos de Matías, recuerdos que me decían que ya había presenciado una escena similar… pero aun así no sabía cómo actuar.
Sentado en una silla enorme —el doble de mi tamaño—, observaba en silencio, mientras Kessie jugueteaba con mi cabello.
Todo se estaba calentando demasiado.
Los Strikers, Boro y su contraparte élfico, se miraban con odio.
Entre sus manos danzaban chispas de rayo y ráfagas de viento, hechizos listos para ser lanzados al mínimo descuido.
—Mi hija y el hijo de Xavier están aquí por un único motivo: fueron los únicos presentes durante el ataque de la Striker Ameria —declaró Darknight, con una mirada afilada dirigida a mi abuelo.
Mi abuelo agitó las manos con resignación.
Pero fue la voz firme de mi padre la que puso fin al caos.
—¡Cállense todos!
—rugió—.
Este no es momento de mancharse las manos con sangre, ¿entendido?
El silencio volvió a gobernar la sala.
Uno a uno, los presentes se sentaron de nuevo, más calmados, temerosos de despertar otra vez la ira de mi padre.
Giré la cabeza hacia Kessie.
Su pequeño cuerpo aún temblaba por la conmoción y los gritos.
Trataba de distraerse jugueteando con mi cabello, como si quisiera borrar lo sucedido.
Verla así me dio la fuerza que necesitaba para hablar.
Desde lo más profundo de mi pecho surgió aquella voz, grave e imponente, la misma que podía arrodillar a cualquiera.
—La Striker Ameria trabajaba para alguien más —dije con firmeza—.
No estaba bajo las órdenes de ninguno de los aquí presentes.
Señalé a Kessie.
—Su objetivo era matarnos a los dos.
No dudó en lastimarla… ni en intentar acabar conmigo.
El silencio se extendió, denso, mientras todos meditaban mis palabras.
Si era cierto, significaba que existía un traidor externo aún más peligroso, oculto en las sombras.
—¿Cómo podemos confiar en las simples palabras de un mocoso?
—rugió un soldado élfico, desenvainando su espada—.
Su majestad, esto es una… No alcanzó a terminar.
El aura de mis padres cayó sobre él como un muro invisible, obligándolo a arrodillarse, temblando de miedo.
—Si intentas poner un dedo sobre mi hijo… —amenazó mi madre, con los ojos encendidos de furia— juro que tu cabeza rodará por la fría tierra de las tumbas de tus familiares.
El aire se volvió sofocante, cargado de odio, al punto de que yo mismo apenas podía respirar.
Mi padre posó una mano sobre su hombro para calmarla, y poco a poco la atmósfera letal se disipó.
Inhalé con fuerza, recuperando el oxígeno perdido.
Los demás lo hicieron también, agradecidos de que aquel poder abrumador se hubiera retirado.
—Yo le creo al niño —dijo una voz inesperada—.
Las heridas que ambos traen lo confirman.
Ninguno de nosotros estuvo allí, por lo que no podemos negar su testimonio.
—¡Hasta que usas algo de cerebro, Dirion!
—escupió mi abuelo con desprecio—.
Esto deja claro que el secuestro de la princesa élfica nada tiene que ver con nosotros.
—¿Quién es él?
—pregunté, viendo al anciano que acababa de hablar.
—Es mi abuelo… —murmuró Kessie, encogida de miedo—.
El ex rey de nuestro reino.
Y… creo que no le cae muy bien al tuyo.
La mirada que intercambiaban los dos viejos era la de una enemistad tallada con los años.
Las cicatrices en sus rostros hablaban de batallas pasadas… y quizá de pérdidas que nunca sanaron.
(En la actualidad) Ese día fui yo quien dio la cara para calmar la situación.
No lo hice buscando poder, aunque eso fue lo que terminó ofreciéndose.
Lo más probable es que mi abuelo nunca me perdone por aquella elección… pero, ¿qué otra opción tenía?
Era eso, o arrastrar a nuestro reino a una guerra inútil que solo empeoraría el caos que ya existía con los revolucionarios.
Terminé de vestirme y ajusté el mago de sombrío carmesí a mi cintura.
Otro día de entrenamiento me esperaba.
Con un impulso de viento bajo mis pies, corrí ágilmente por los pasillos del castillo élfico.
Esquivaba sirvientes y soldados, todos con esa misma mirada de odio que me había perseguido desde el primer día.
—Algún día estos elfos te matarán antes de que te des cuenta —susurró Vastiar en mi mente, con tono irónico—.
Deberías ser más cauteloso.
—Eso no va a pasar —respondí mentalmente—.
Estoy bajo el cuidado del rey élfico.
Sus órdenes pesan más que cualquier resentimiento.
Vastiar no volvió a hablar.
Había cumplido su papel: recordarme un peligro que ya conocía demasiado bien.
Al bajar las inmensas escaleras hacia el patio —o mejor dicho, el huerto de Dirion—, una esfera de agua me golpeó de lleno en la cara, deteniéndome en seco en el último escalón.
—¿Qué te he dicho sobre la importancia del tiempo?
—gruñó Dirion, con evidente molestia—.
Kael, debes tomarte tu entrenamiento más en serio.
Dejé escapar un suspiro, con las gotas de agua escurriendo por mi rostro empapado.
Hice una mueca: este viejo ya no me dejaba descansar ni un segundo.
Con un chasquido de dedos, invoqué una ligera ventisca.
El aire me acarició la piel, secando gran parte del agua, mientras avanzaba hacia mi maestro.
—Me quedé dormido —admití, siguiéndolo—.
No he podido descansar bien últimamente.
El anciano, con esas orejas puntiagudas que siempre me parecieron extrañas, soltó una sonrisa maliciosa.
La misma que solía mostrar antes de recordarme cada tormento de su infernal entrenamiento.
Al pasar por la enorme entrada del patio, fuimos recibidos por la suave luz del sol que iluminaba el lugar.
El aire estaba impregnado de frescura, acompañado por las plantas y los animales silvestres que descansaban en armonía.
En una roca al fondo, sentada en posición de loto, se encontraba Kessie, más concentrada de lo normal.
A su alrededor, múltiples elementos que identifiqué como agua, tierra y viento danzaban de forma equilibrada, como si respondieran a su voluntad.
Ella había crecido mucho, y con ello cambió también parte de esa mentalidad reservada y tímida que la caracterizaba.
Lo malo es que, últimamente, se había vuelto una auténtica molestia.
—Bueno, ya que llegaste tarde y el tiempo se me está acabando, tendremos una pequeña pelea —exclamó Dirion, quitándose la túnica que llevaba.
—¿No crees que es muy temprano para esto?
—repliqué.
Él no respondió.
Su silencio fue la confirmación de que no tenía otra opción.
De pronto, las enormes raíces de los árboles que rodeaban la zona comenzaron a alzarse, encerrándonos en una cúpula viva de ramas y hojas que aislaba al exterior de cualquier ataque.
La luz del sol se filtraba apenas en débiles haces, dejando un ambiente sombrío, iluminado solo por destellos que se colaban entre los huecos.
—Muy bien, Kael, demuéstrame que ya no eres un inútil —dijo el viejo con burla—.
No voy a tener piedad.
—Yo tampoco —susurré para mí mismo.
La magia recorrió mi cuerpo desde las venas hasta el cerebro, envolviéndome en ese poder adictivo que despertaba mis canales de maná.
Con un leve movimiento, me puse en posición de combate, inclinando la cabeza hacia adelante, esperando el momento justo para atacar.
El suelo tembló, dándome la señal.
Sin pensarlo, activé Paso Ráfaga y salté hacia atrás, esquivando las raíces que emergían como cuchillas para cortarme.
Al aterrizar, salí disparado contra Dirion, que me observaba con descaro, como si supiera cada paso que daría.
A mi alrededor, el viento comenzó a condensarse en picos que fueron lanzados a una velocidad aterradora.
Sin embargo, antes de alcanzarlo, las raíces los interceptaron.
Me vi obligado a barrerme sobre el césped al casi ser arrastrado por un látigo de lianas que surgió de la nada.
Al recomponerme, seguí avanzando.
Desenvainé a Sombrío Carmesí, apuntando hacia adelante y utilizando su filo para cortar dos brazos de raíces que intentaban atraparme.
—¡Destrucción continental!
—grité.
El poder ancestral recorrió mi arma, forjada en base a una promesa inquebrantable, y se extendió hasta envolver todo mi brazo.
Las llamas carmesí se fundieron con mi piel, liberando un calor que vaporizó gran parte de las raíces, consumiendo incluso la cúpula que nos mantenía encerrados.
Estaba a punto de alcanzar a Dirion cuando sentí un golpe en la espalda.
Mi objetivo ya no estaba ahí.
Sonreí con amargura al ver cómo la figura delante de mí se desvanecía con el viento.
Un simple truco había bastado para derrotarme.
—¿Qué clase de magia es esa?
—pregunté, jadeando por el esfuerzo—.
¿Desde cuándo puedes crear ilusiones con el viento?
—Desde que la magia astral puede ser moldeada, Kael —respondió con decepción, sacudiendo la cabeza—.
¿Cuándo aprenderás que nunca debes confiarte?
—Creo que nunca lo hará —intervino una voz femenina.
Al girar la vista, vi a Kessie, que acababa de terminar su entrenamiento.
Sus ojos cansados y el ligero temblor en su cuerpo lo dejaban claro.
Se sentó a mi lado con una leve sonrisa compartida, igual de agotada, aunque lo suyo había sido un esfuerzo más mental que físico.
Así habían pasado dos años desde que llegué a este lugar, cambiando mi vida por completo en la búsqueda de aquello que deseaba alcanzar.
Aún en mi mente podía ver el rostro de Matías.
Su sola presencia en los recuerdos compartidos alteraba mi interior.
Sabía que pronto volvería, y aunque no quisiera perder tiempo en la ambición del poder, la situación actual me lo exigía.
No era el único que se preparaba.
Las tropas de cada reino de Mayora se organizaban, levantando campamentos en tierras de nadie y desembarcando ejércitos.
Todos presentían lo mismo: una guerra se avecinaba… aunque aún nadie sabía contra qué enemigo.
Y yo… si quiero proteger la felicidad de quienes me rodean, debo seguir con esa mentalidad de búsqueda de poder, aunque sepa que no es el mejor camino.
Por mis padres.
Por mi nueva familia.
Sacrificaré lo que el pasado no pudo dar: mi propia alma, a cambio de la vida de los demás.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del Autor: Sé que esperaban el capítulo ayer, pero decidí tomarme un poco más de tiempo para darles un inicio del Volumen 2 a la altura.
Este capítulo marca un nuevo comienzo para la historia: las promesas, los lazos y los sacrificios de Kael empiezan a tener un peso mayor que nunca.
Lo que viene será más intenso, más profundo y, espero, inolvidable.
Me encantaría leer sus comentarios, teorías y emociones sobre este inicio.
Su apoyo y sus palabras son el motor que impulsa esta aventura tanto como mi propia inspiración.
Gracias por seguir aquí, y prepárense: el camino de The Last Breath apenas empieza a oscurecerse.
– Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com