El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capítulo 32 Asesino de reyes
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32: Capítulo 32: Asesino de reyes 32: Capítulo 32: Asesino de reyes POV de Matias Castleboar (Recuerdo del pasado) Caminaba sobre el pavimento empapado por una lluvia que no cesaba, sintiendo cómo todas las miradas se clavaban en mí.
Los rostros de la gente reflejaban horror; se apartaban de mi camino a cada paso que daba.
Nunca quise ser un monstruo ni que las personas me vieran como tal, pero hay momentos en la vida en los que no importa lo que eres, sino lo que haces.
Mi agarre era firme, mi mirada decidida.
No entendía por qué habían intentado matarme ni cuál era su propósito.
El murmullo de la multitud se mezclaba con el goteo de la lluvia, formando un ruido insoportable que me estaba enloqueciendo.
Cada palabra era como una bala atravesando mi pecho sin piedad.
Intenté acallar las voces apretando los dientes y reforzando el agarre de mi mano en el cuello del cadáver que arrastraba sobre la áspera piedra del suelo.
Había dejado tras de mí un camino rojizo, la sangre mezclándose con los charcos que ya no eran transparentes.
Los gritos de terror de quienes alguna vez me habían visto como su héroe me destrozaban por dentro.
Nunca lo había sido, pero me gustaba la idea de que creyeran en mí como un protector.
Solté el cuello destrozado de mi atacante y escuché el golpe sordo de su cuerpo al caer, justo cuando las campanas de la iglesia resonaron al unísono con los estruendos de los rayos que iluminaban el cielo.
De la tormenta descendieron tres figuras, golpeando el suelo con tal fuerza que hicieron temblar la tierra.
Una nube de polvo y humo los envolvió mientras sus siluetas emergían de entre la bruma.
Tragué saliva con dificultad.
Alzando mi espada hacia el cielo, la clavé en el pecho del cadáver, sintiendo la carne ceder bajo el filo.
—Campeón Castleboard, por órdenes del gobierno de Taured, quedas bajo arresto —dijo uno de ellos con una voz tan grave que su densidad me oprimió el pecho.
Levanté los brazos apuntando hacia las tres figuras.
Ellos se tensaron de inmediato, activando sus transmisores y adoptando posiciones de combate.
Entonces, arrodillado sobre la humedad del suelo rocoso y dejando mi espada clavada en mi intento de asesinato, pronuncié unas palabras que sorprendieron a todos: —Me rindo.
Aunque mantenía la cabeza baja, supe que ni ellos ni la multitud alrededor lo tomaron como una victoria.
La confusión los cubría, el silencio los poseía.
No podían creer que estuviera condenando mi destino con tanta facilidad.
Su reacción fue tardía, pero cuando recobraron la compostura no dudaron en arrestarme.
El frío de las esposas metálicas se cerró sobre mis muñecas, arrebatándome la libertad.
La lluvia seguía azotando mi cuerpo cuando, entre mis ojos ya casi cerrados, vi a una niña escondida bajo un alero, abrazada a un peluche.
Sus lágrimas corrían con tanto dolor que no pude sostenerle la mirada.
Aparté el rostro incapaz de soportarlo.
Un golpe seco en la nuca bastó para sumirme en la inconsciencia.
El dolor se desvaneció, pero los pensamientos ardían en mi mente: la culpa, el arrepentimiento.
Los últimos destellos de luz que alcanzaron mi conciencia antes de que la oscuridad se apoderara de mí fueron los de su sonrisa… la que tanto amaba.
POV de Kael Lanpar (Actualidad) El estrépito de la cascada detrás de mí resonó en mi conciencia, arrancándome de un estado de meditación que no había dado frutos.
Aún con los ojos cerrados, atrapado en la oscuridad, no pude evitar pensar en aquel recuerdo que me había invadido sin aviso.
Eran imágenes indescifrables que aparecían de forma misteriosa, imposibles de comprender.
Los fragmentos de la vida pasada de Matías eran una carga, un obstáculo que me impedía avanzar en mi entrenamiento.
Llevaba demasiado tiempo intentando alcanzar la siguiente etapa de mi núcleo… sin éxito.
Suspiré, dejando escapar un largo aliento cargado de frustración.
Abrí los ojos con esfuerzo, sintiendo cómo la luz del sol quemaba mi vista.
Intentando cubrirme el rostro mientras recuperaba la visión, fui acomodándome poco a poco sobre la áspera piedra en la que estaba sentado.
Aquella roca permanecía en medio del lago donde caía la cascada, aislada pero firme.
Cuando mis ojos volvieron a enfocar con claridad, recibí la magnificencia del bosque élfico: una obra de arte viva, donde la vasta vegetación se alzaba como si quisiera tocar los cielos.
Las hojas de los colosales árboles —capaces de igualar en tamaño a una montaña— danzaban con el viento.
Pájaros de plumajes brillantes volaban sobre ellos, descansando entre sus ramas.
Jugueteando con el agua cristalina a mi alrededor, dejé que mi frustración se hundiera en ella.
Moví la mano de un lado a otro, sintiendo cómo la humedad refrescaba mi piel.
—Kael, el tiempo se está agotando —la voz de Vastiar resonó en mi mente—.
Debes regresar ya al reino élfico, tú sabes…
—Sí, lo sé —le respondí mentalmente con un grito que buscaba silenciarlo—.
Lo tengo en cuenta desde hace rato, pero si siguen interrumpiendo mi meditación, más tiempo me tomará avanzar.
En este punto, absolutamente todo era un distractor.
Seguir estancado en la etapa de la Nueva Luna me hacía sentir un fracasado.
Sabía que, si no dominaba el despertar corrupto, pondría en peligro a mi familia.
La idea de que ellos cargaran con el peso de proteger a alguien incapaz de cuidarse a sí mismo era aterradora.
Y mis recuerdos lo confirmaban: había visto morir a demasiadas personas por esa misma debilidad.
Inspirando con calma, suavicé mi respiración y volví a cerrar los ojos.
Crucé las piernas de nuevo, obligando a mi mente a retomar la concentración.
Poco a poco, los sonidos y olores se convirtieron en imágenes claras: el aleteo de las aves, las gotas de agua al caer, el roce de los peces bajo la superficie del lago.
Los frescos aromas de árboles y flores llenaban mi olfato, dibujando la silueta invisible de aquel lugar.
La relajación me envolvió.
Mi cuerpo comenzó a desprenderse de la roca áspera bajo mí, elevándose en esa sensación de quietud.
El viento rozó mi rostro, despeinando algunos mechones de mi cabello.
Entre toda esa concentración, la luna ensangrentada de mi núcleo se iluminó.
Dentro de aquel círculo rojo apareció una luna creciente, pálida al principio, pero que poco a poco ardía con más fuerza.
—Puedo verlo…
—susurré mentalmente.
Estiré el brazo, intentando tocar mi núcleo.
Pero la concentración se quebró: la gravedad me reclamó con violencia.
Caí de golpe, atravesando la fina capa de sangre líquida de mi espacio mental, hundiéndome en aquel océano rojizo.
Burbujas escapaban de mi boca con un grito de frustración.
Apreté los ojos con fuerza y, al abrirlos de nuevo, me encontré otra vez en la realidad.
Un pez extraño me observaba con curiosidad mientras me hundía en el lago.
Agité las manos, nadé hasta la superficie y, al recuperar el aliento, solté un grito más fuerte que antes: —¡Maldita sea!
El eco espantó a medio bosque.
Bandadas enteras de pájaros alzaron el vuelo, huyendo de los árboles.
Cegado por la ira de sentirme un inútil, nadé hasta la orilla y me desplomé sobre la hierba fresca.
El cuerpo empapado pesaba, pero lo peor eran las lágrimas rodando por mi rostro, incapaces de detenerse.
Como si mi propia mente buscara torturarme, la imagen de aquella niña que había visto Matías se entrelazó con mis emociones.
Su dolor se convirtió en el mío.
Sentía que, aunque solo fuera una parte de lo que había sido ese lunático de los recuerdos compartidos, su vida intentaba imponerse sobre la mía, transmitiéndome una tristeza que no me pertenecía.
—Recuerda que tú no eres él —la voz de Vastiar regresó, esta vez como un salvavidas.
Con el cuerpo aún temblando, limpié las lágrimas de mi rostro y me incorporé con dificultad, apoyándome primero en una rodilla antes de lograr ponerme de pie.
—Lo sé, pero a veces es difícil reconocer qué sentimiento es real —solloché, consciente de que Vastiar me escuchaba—.
Mi mente no es capaz de distinguir cuál es mi vida y cuál no.
Él no respondió, pero no era necesario.
Caminé solo a través del extenso bosque, viendo las hojas secas caer a mi alrededor mientras copos de nieve descendían desde el cielo.
El frío calaba en mi piel, quemándome como agujas por seguir empapado.
Me vi obligado a crear una fina capa invisible de calor para no congelarme.
Impulsado por el viento, di un salto enorme hacia el cielo.
La onda expansiva resonó a mi alrededor antes de que cayera sobre las ramas de los árboles, que poco a poco se vestían de blanco.
Sin pensarlo, corrí por aquellas plataformas naturales.
Mi mente guardaba silencio, y solo los gruñidos y cantos de los animales silvestres me acompañaban.
Desde lo alto, un sonido suave interrumpió la calma: los aleteos de un búho.
Al levantar la vista, lo vi descender.
Era un ave blanca, y en su pico traía una carta con mi nombre escrito en ella.
El búho se posó sobre mi hombro.
Le agradecí antes de verlo volar de nuevo hacia la oscuridad.
Me senté en una rama, dejé que mis piernas colgaran al vacío y abrí la carta.
El maná fluyó desde mis dedos, tiñéndolos de un color oscuro.
Al rozar el papel, el sello se rompió, y las palabras comenzaron a proyectarse en el aire como una ilusión.
Carta: Fecha: Año Estelar — XXI Querido hermano: Soy Mayrei.
Hace mucho que no respondes mis cartas, así que decidí enviar a una mensajera, con la esperanza de que esta vez te animes a leer.
Dejando a un lado el resentimiento, quería saber cómo estás y recordarte que pronto será el cumpleaños de Alice.
Aunque no hayas estado presente tanto tiempo en la vida de nuestra hermana pequeña, por petición de ella estás invitado a su celebración.
De mi parte, te envié un pequeño presente al reino élfico.
Aunque estés lejos, sigo preocupándome por ti.
Sé que probablemente estés teniendo dificultades en tu entrenamiento, pero lo que te envié te ayudará mucho.
Es una promesa… y podrás agradecerme luego.
Con amor, Tu hermana mayor.
Había estado tan enfocado en mi entrenamiento que terminé relegando a mi familia a un segundo plano.
No lo había hecho con mala intención, pero tampoco había sido lo correcto.
Una ligera picazón en mis labios se transformó en una sonrisa amarga.
Qué estúpido era: me había obsesionado tanto con obtener poder para protegerlos, que por un instante había olvidado lo más importante… que existían.
Me recompuse, limpié mis lágrimas con la manga de mi camisa y eché a correr con más fuerza hacia el castillo.
La brisa helada golpeaba mi rostro, congelando las lágrimas que seguían cayendo.
Pero dentro de mí, algo se encendía: la fuerza que siempre había necesitado, aquello que más amaba.
Mi familia.
Pronto los vería.
Sabía que era solo cuestión de tiempo antes de volver al reino humano.
Siempre lo había sabido.
Me detuve sobre la rama más alta de un gigantesco árbol.
A la distancia, la capital élfica se alzaba con majestuosidad.
Aun en la oscuridad del anochecer, brillaba imponente.
Las luces de las casas y el resplandor del castillo, que descansaba sobre la montaña gris que dominaba el reino, formaban un espectáculo digno de admirar.
Incluso desde esa distancia podía escuchar el bullicio de los mercaderes y los murmullos del pueblo.
Canalicé maná en mis pies y descendí de la rama, azotado por las ráfagas de viento que intentaban frenar mi caída.
Aterricé con gracia sobre una montaña de hojas secas que amortiguaron el golpe.
Sin detenerme, seguí corriendo, esquivando árboles y animales que salían a interceptarme.
El aullido de los lobos resonó tras de mí.
Varias manadas se unieron a la persecución, hambrientas, queriendo convertirme en su presa.
De no ser por el viento que me impulsaba, ya me habrían alcanzado.
Estos no eran lobos comunes: sus runas brillaban como espejos, y su velocidad era aterradora.
Muy distintos a los que recordaba de la vida de Matías.
Corrí durante largo tiempo hasta que logré despistarlos entre los árboles.
Entonces, frente a mí, aparecieron los dos troncos entrelazados que formaban las puertas de Luzverde, la capital élfica.
Me moví entre las sombras, pasando tras los puestos de venta para no llamar la atención de los pueblerinos.
Todo estaba en calma.
Era extraño… La hostilidad que solía ver en los ojos de la gente había desaparecido, reemplazada por una calidez semejante a la de los humanos en mi propio reino.
Encogiéndome de hombros, corrí por las escaleras que conducían al castillo.
No pude evitar pensar que, al final, aquel odio nunca había sido del todo su culpa.
Era algo hereditario, casi absurdo para ser sincero: un odio transmitido de generación en generación tanto entre humanos como entre elfos.
Podría decirse que era un tipo de cuento común, la clase de historias que los abuelos narraban a sus nietos antes de dormir, recalcando siempre ese rencor mutuo que ambas razas parecían necesitar para sentirse completas.
Al llegar al último escalón de aquellas gruesas escaleras rocosas, pulidas y alumbradas por antorchas a cada lado, alcé la vista y me encontré con el rostro curioso de Kessie.
—Llegaste tarde —me reprochó, encogiéndose de hombros—.
Nunca cumples tus palabras.
Le di una palmada en la espalda y pasé de largo, siguiendo mi camino mientras escuchaba sus pasos detrás de mí.
—Tú no eres mi madre para estar regañándome —dije sin mirarla.
—Sé que no lo soy —exclamó, agarrándome del hombro para detenerme—, pero ahora que estás en el reino, estás bajo la protección de la familia real… y eso me incluye.
La manera arrogante en que se señaló a sí misma me arrancó una sonrisa involuntaria.
Sin decir nada, me acerqué y toqué sus puntiagudas orejas, suaves bajo mis dedos.
—Eres muy molesta —susurré, lo bastante bajo para que solo ella me escuchara.
—Solo me preocupo por ti, idiota —respondió apartando mi mano con brusquedad.
Le di la espalda y continué caminando sobre el mármol que reflejaba nuestras figuras.
Todo el castillo brillaba con una pulcritud resplandeciente.
Estatuas de cuarzo se alzaban entre las escaleras, como guardianes de la entrada al piso superior, sosteniendo lanzas que brillaban bajo la luz de los candelabros de cristal suspendidos en el techo.
Al llegar al pasillo donde estaba mi habitación, me despedí de Kessie con un gesto de la mano antes de abrir la puerta.
La cerré con delicadeza y me dejé resbalar por la gruesa madera hasta sentarme en el suelo, sintiendo cómo el frío del piso se expandía por todo mi cuerpo.
Apoyado contra la puerta, con la mente nublada por un vacío emocional que no entendía, alcancé a ver de reojo cómo las sábanas de mi cama se movían.
Había un bulto en ellas que crecía poco a poco.
Avancé con cautela, procurando que el suelo no rechinara.
Con un movimiento rápido alcé las sábanas, y lo que encontré fue un búho que conocía demasiado bien revolviéndose entre la acolchonada cama.
Era Yako.
Al parecer, el regalo de mi hermana no era otro que el espíritu protector de los Lanpar.
Me acosté a su lado sin despertarlo y nos cubrí con la sábana, a él y a mí, para escapar del frío de la noche.
Afuera, el viento rugía en violentas ventiscas de nieve que golpeaban la ventana con tanta fuerza que la hacían rechinar.
Fijé mi mirada en el techo, perdido en mis pensamientos.
Los sentimientos de Matías regresaron con fuerza, y al cerrar los ojos por unos segundos me vi arrastrado hacia ese recuerdo.
El sonido de las ventiscas se mezcló con la imagen de Matías avanzando entre la tormenta, su cuerpo azotado por el frío.
A través de las pequeñas fisuras de la tela del saco que lo cubría, sus ojos oscuros miraban el camino de tablas que rechinaban bajo sus pies, llevándolo directo a su perdición.
El saco cayó de su rostro y reveló la multitud reunida en la plaza.
En cada par de ojos se reflejaba la guillotina erguida tras él.
Su sonrisa rota se dibujó en medio del estruendo de la gente que pedía su muerte.
Ese sonido lo desgarraba por dentro.
Él lo sabía: aquel día debía morir.
Pero como siempre, nada era lo que parecía.
Con los ojos llenos de lágrimas, su vista se detuvo en una figura peculiar.
Vestida de un rojo intenso, lo observaba con calma.
Y en esa mirada silenciosa estaba la certeza de que ese no sería el final.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del narrador ¿De verdad van a quedarse callados después de lo que acaban de leer?
Vamos, humanos… su silencio pesa más que mis pecados.
Dejen un comentario y díganme qué piensan, así tal vez mi historia no se pierda en el olvido.
– Matias Clastleboard
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com