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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 33

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33: Capítulo 33: Consecuencias 33: Capítulo 33: Consecuencias POV de Matías Castleboard Sentía cómo la humedad del ambiente se adhería a mi piel, helando cada respiración en el gélido aire de aquel día.

La lluvia seguía cayendo, una sinfonía de gotas que golpeaban el suelo sin descanso.

Su murmullo no lograba ocultar el clamor del pueblo que exigía mi muerte.

—¡Ciudadanos!

¡Esto es un recordatorio de lo que sucede con quienes desobedecen las reglas!

—gritó uno de los campeones.

Su voz se apagó y, acto seguido, me obligaron a arrodillarme.

El frío de la madera traspasó mis rodillas, recorriendo todo mi cuerpo hasta hacerlo temblar.

Apreté los puños con rabia al ver cómo la cuerda era jalada hacia abajo, levantando la cuchilla de la guillotina que aguardaba ansiosa por devorar mi cuello.

—¿Alguna última palabra?

—dijo el mismo campeón, tomándome del cabello con desprecio—.

No eres nadie.

Antes de poder responder, su puño se estrelló contra mi rostro.

Sentí el calor expandirse por mi mejilla mientras apretaba la mandíbula, conteniendo el dolor.

Aturdido, alcé la vista y, entre la multitud, distinguí una silueta familiar: una mujer vestida completamente de rojo.

Sus labios se movieron con lentitud.

Las palabras brotaron de su boca como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

—Acaba con todos —susurró con una sonrisa macabra—.

Muestra el poder que te di.

Solo con oír su voz, mi cuerpo reaccionó.

Sentí el poder recorrer mis venas, embriagador y salvaje, como una tormenta contenida.

—Este es tu final —rió el campeón.

El silbido del aire cortado anunció el descenso de la cuchilla.

Cerré los ojos con fuerza.

En el vacío, sentí que el universo se concentraba dentro de mí.

Un trueno estalló sobre el cielo, estremeciendo el mundo.

Abrí los ojos.

Las gotas de lluvia permanecían suspendidas en el aire, y en ellas vi mi reflejo: mi pupila, antes marrón, ahora brillaba con un resplandor esmeralda.

La fuerza divina recorría mi existencia.

El tiempo se había detenido; podía ver incluso el rayo congelado en el cielo, extendiéndose como una vena de luz.

Con esfuerzo, separé mi cuello de la helada madera y apoyé una mano sobre mi muslo para incorporarme.

—Este es el poder de la diosa de la historia… —susurré—.

El Ojo de Dios, aquel que controla los hilos del tiempo: Calur.

Me llevé una mano al rostro, aún desorientado, mientras mis ojos exploraban la quietud del mundo.

Cuervos inmóviles flotaban en el aire, congelados en pleno vuelo, esperando mi muerte para poder alimentarse.

Tan absorto estaba en aquel espectáculo que no noté el dolor agudo que comenzaba a golpear mi cabeza.

Las venas de mi sien latían con furia, y, sin poder resistirlo, caí de rodillas.

El poder se desvanecía, y el tiempo volvió a su cauce.

La lluvia volvió a azotar el suelo con fuerza, y los murmullos se transformaron en gritos de asombro.

Detrás de mí, la cuchilla cayó con estrépito, clavándose en la madera vacía donde mi cuello había estado segundos antes.

Esbocé una sonrisa maliciosa.

El campeón retrocedió, chocando con su compañero; el miedo había sustituido su arrogancia.

—Pe… pero… ¿cómo?

—balbuceó, desenvainando su espada con torpeza—.

¿Cómo escapaste?

Respiré hondo y lo observé.

Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el arma.

Un parpadeo bastó.

Mi figura desapareció de su vista, reemplazada por una nube de polvo que se alzó con la lluvia.

Cuando el campeón intentó reaccionar, ya tenía mi brazo cruzado sobre su cuello.

Acerqué su cabeza a mi boca hasta que mi voz fue apenas un hilo entre el caos.

—Es la última vez que me golpeas —susurré en su oído.

Lo sentí tragar saliva, inmóvil, consciente del peso de mis palabras Lo solté lentamente, retrocediendo con las manos alzadas mientras los otros campeones apuntaban sus espadas hacia mi cuello.

El frío del metal rozó mi piel, una sensación que ya conocía demasiado bien.

Bajé una mano con calma y señalé hacia su compañero.

Todos giraron al mismo tiempo, solo para verlo llevarse las manos al cuello mientras un hilo de sangre escapaba entre sus dedos.

El cuerpo cayó al suelo con un golpe seco.

El silencio se extendió, y el piso de madera se tiñó de rojo.

Sin decir una palabra, avancé hacia ellos.

Me arrodillé y tomé la espada que yacía en el suelo, su empuñadura aún tibia por la sangre ajena.

Al incorporarme, la balanceé con firmeza.

El filo cortó el aire, dejando un zumbido metálico que se fundió con el repiqueteo de la lluvia.

Frente a mí, los dos campeones restantes adoptaron posición de combate.

Sus cuerpos se tensaron, las armas listas para recibir mi carga.

—¿Por qué este mundo es tan cruel…?

—susurré al aire.

Sus rostros se tiñeron de confusión, pero el instinto los obligó a reaccionar cuando mi ataque descendió con furia.

El estruendo del choque metálico resonó en toda la plaza, acompañado por los gritos de horror de la multitud que comenzaba a huir.

La fuerza del impacto los arrastró hacia atrás, obligándolos a unir fuerzas para contenerme.

Cerré y abrí los ojos una vez más.

Sentí un líquido cálido recorrer mi rostro: la sangre, suspendida en el aire, incapaz de caer, decorando mi máscara como una pintura grotesca.

Giré la espada y, con un movimiento veloz, me deslicé a sus espaldas.

El filo atravesó el silencio antes que la carne.

El tiempo volvió a fluir.

Los gritos ahogados se mezclaron con el sonido húmedo de la muerte.

Sus cuerpos cayeron, cubiertos por charcos de su propia sangre.

Exhalé un suspiro que nació desde el fondo de mi alma.

No era este el final que había buscado.

Yo solo quería unirme a mi familia en el más allá… acabar con este dolor de una vez por todas.

Pero entonces, ella apareció.

Dextrina.

Mis ojos recorrieron el lugar con cansancio, intentando hallar algún rastro de la diosa del destino.

Nada.

Ni una sombra.

Con rabia, clavé la espada en el suelo de madera.

El crujido retumbó bajo mis pies, mezclándose con el murmullo lejano de la lluvia.

—Campeón Castleboard —una voz fría y autoritaria resonó a mi espalda—.

Es un placer conocerte.

Giré con calma.

Una multitud de soldados me rodeaba, las puntas de sus lanzas brillando bajo la lluvia.

Entre ellos, un hombre se destacaba.

No por su armadura, sino por la serenidad que emanaba.

En su cintura descansaba una espada tan magnífica que no necesitaba ser desenvainada para imponer respeto.

La calma en su mirada decía más que mil palabras.

Y la corona de oro sobre su cabeza confirmaba su poder.

—Hubiera querido conocerte en otras circunstancias —dijo, observando los cuerpos sin vida a mi alrededor—.

Pero, viendo tu estado… será mejor que te calmes.

Su tono encendió algo dentro de mí.

Mi mirada se afiló.

La ira volvió a latir en mis venas, ansiosa por ser liberada contra aquel hombre.

Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, mi cuerpo se paralizó.

Una presencia abrumadora llenó el aire.

—Campeón Marcois —ordenó el hombre con tranquilidad—, manda a dormir a nuestro invitado.

Antes de poder reaccionar, una figura apareció frente a mí.

Un joven de cabello largo, su mirada tan fría como el acero.

Con un solo golpe en la nuca, todo se volvió oscuro.

Mi conciencia se apagó, cayendo en los brazos del propio joven que me había derribado.

Aun inconsciente, mi mente seguía despierta, buscando respuestas.

¿Por qué había venido aquí en primer lugar?

Viajar desde Alemania hasta Taured solo para morir… no había sido la mejor idea.

Pero la alternativa era peor: ser consumido lentamente por la radiación.

En el fondo, no buscaba la muerte… sino el reencuentro.

Con mis padres.

Con mi hermana.

Solo pensar en ellos me desgarraba el pecho.

La última en partir fue mi hermana pequeña.

Incluso en su muerte, sonrió, deseándome lo mejor… cuando yo era el que más deseaba irme.

No soportaba la carga de haberlos visto morir.

De ver cómo mi mundo era arrasado por el fuego del odio y la guerra.

—Al parecer sigue dormido… —una voz distorsionada irrumpió en mi mente, rompiendo el silencio del recuerdo.

El dolor volvió a recorrer mi cuerpo, obligándome a despertar.

Mi conciencia emergió entre la confusión.

El aire olía a hierro y madera vieja.

La oscuridad me rodeaba, y el eco lejano de pasos marcaba el inicio de algo peor.

Cuando mi vista se aclaró, noté que estaba separado del joven por una serie de barrotes de acero.

Intenté incorporarme, pero una fuerza invisible me lanzó de nuevo al suelo.

Una correa metálica me oprimía el cuello, robándome el aire con cada intento de respirar.

—¿Dónde estoy?

—pregunté sin energía—.

¿Por qué no me mataron de una vez?

El joven no respondió.

El silencio llenó la celda, interrumpido solo por una leve risa.

Se recostó contra los barrotes, dándome la espalda con desdén.

—¿Matarte?

—repitió con voz tranquila—.

Eres útil.

Y ahora mismo… no nos sirve tu muerte.

Apoyé la espalda contra la pared de roca, sintiendo el dolor punzante en el cuello.

—¿Cuántos años tienes?

—pregunté de repente.

El joven giró la cabeza, desconcertado, y una sonrisa divertida se dibujó en su rostro.

—¿En serio estás preguntando eso… en esta situación?

—respondió entre risas.

Su actitud era distinta a la de antes.

Más relajada, casi humana.

Comprendí que no era mucho mayor que yo.

—Tengo diecisiete —dijo finalmente, cruzando las piernas—.

¿Y tú?

—Creo que tengo tu edad —murmuré, forzando una mueca—.

Hace tiempo que perdí la noción de mi vida.

Una carcajada escapó de su boca.

Aun con el peso del dolor en mi pecho, me permití sonreír.

Sentí un leve cosquilleo en los labios que pronto se transformó en una risa compartida.

Hacía años que no reía así.

—¿Cómo puedes olvidar tu edad?

—se burló, limpiándose las lágrimas del rostro.

Me golpeé suavemente la cabeza contra la pared.

—Cuando ya no tienes razones para vivir —susurré—, dejas de ver sentido en contar los días.

Durante un rato hablamos sin rumbo, solo para distraernos del peso de la realidad.

No quería recordar a mi familia.

No quería volver a ese dolor.

A pesar del hedor a humedad, del hierro oxidado y de la sangre seca en el suelo, hubo algo extrañamente humano en esa conversación.

Por un instante, la oscuridad fue un poco menos densa.

—Creo que nuestra charla ha terminado —dijo Marcois poniéndose de pie.

El eco metálico de pasos resonó en el pasillo.

Un grupo de soldados se acercaba, escoltando a la misma figura que antes había ordenado noquearme.

—Veo que has hecho un nuevo amigo, Marcois —dijo la voz con firmeza.

Marcois asintió y adoptó una postura rígida, colocándose tras él.

—Me alegra ver que eres más humano de lo que cuentan —añadió el hombre, observándome con curiosidad.

Con un gesto sutil, ordenó que abrieran la celda.

Los soldados entraron, liberándome de la correa metálica y desatando las cuerdas que inmovilizaban mis muñecas.

—¿No temes que te mate?

—pregunté, frotándome las manos adoloridas.

—Antes de que tu cerebro procesara el movimiento —respondió con una calma amenazante—, ya estarías muerto.

Me obligaron a levantarme.

Dos soldados me sujetaron de los brazos y me llevaron fuera de la celda hasta colocarse frente a él.

—Mi nombre es Leonard Kaiser —dijo, colocando una mano sobre su pecho—.

Pero puedes llamarme Profeta.

Tras su orden, los soldados se retiraron.

Fui forzado a caminar junto a él y a Marcois a través de los pasillos.

Al salir del calabozo, la luz me cegó por un momento.

Era de día.

El sol atravesaba las nubes con un brillo casi divino, iluminando la capital de Taured.

Era como si el mismo cielo bañara con misericordia cada rincón del reino.

El pasillo que recorríamos era majestuoso: mármol pulido, estandartes dorados, y el eco solemne de nuestros pasos.

Me sorprendía ver cómo, después del caos, el comercio y la vida volvían a su cauce.

—Nunca había visto algo como esto —dijo el Profeta, apoyando los brazos en un muro de piedra—.

Solíamos ser gobierno… y ahora, hemos vuelto a los reinos.

Suspiró, con la mirada perdida en la ciudad.

—En lugar de avanzar, retrocedimos en el tiempo —añadió con pesar, indicándome que siguiera caminando.

Asentí y me mantuve a su lado, mientras Marcois caminaba detrás de nosotros, con una sonrisa apenas contenida.

Nuestra caminata se desarrolló entre el silencio, solo interrumpido por las palabras del Profeta.

Parecía querer conocer cada rincón de mi historia, cada sombra y cada herida.

Más que curiosidad, era como si buscara confirmar algo… algo que ya sabía demasiado bien.

—Entonces, estuviste trabajando para los Castleboard durante un tiempo —preguntó de pronto, deteniéndose en seco.

Tragué saliva con dificultad.

Ese nombre trajo consigo un torrente de recuerdos que preferiría haber dejado enterrados.

El peso de mi madre entre mis brazos, la sangre tibia de mi padre corriendo por mis manos, los gritos, el fuego… todo volvió con un dolor punzante, casi físico.

—Tu verdadero apellido es Van Geast —dijo observándome con atención—.

¿Por qué cambiarlo por el de tus amos?

Bajé la cabeza, intentando esconder la tristeza que me desbordaba.

—Había alguien a quien amaba en esa familia —respondí con voz quebrada—.

Le prometí formar una familia con ella… pero al final solo me llevé una parte de su alma conmigo.

El Profeta levantó mi barbilla con suavidad, obligándome a mirarlo a los ojos.

Su mirada, lejos de ser fría, tenía una comprensión que desarmaba.

Por un instante, sentí una calma extraña, casi paternal.

Antes de que pudiera decir algo más, tomó mi mano y me condujo por el pasillo.

Con cada paso, risas infantiles comenzaron a llenar el aire, un sonido tan puro que contrastaba con la oscuridad que traía dentro.

Al final del corredor, una abertura dejaba pasar la luz del sol.

Los rayos se derramaban sobre el mármol como un río dorado.

Más allá, se extendía una pradera inmensa, salpicada de flores y árboles.

Allí jugaban decenas de niños, sus risas danzaban con el viento.

Sus sonrisas eran frágiles, casi sagradas.

Eran la encarnación de algo que yo había perdido hacía mucho: la inocencia.

—A estas alturas ya conoces la regla de esta vida —dijo el Profeta mirando a los niños con una sonrisa melancólica—.

La inocencia no sobrevive a la guerra.

Sus palabras me atravesaron.

Por un momento, regresé a aquella finca con mis padres, corriendo bajo el sol, sin miedo, sin pérdidas.

Perdido en mis pensamientos, no noté al niño que se había acercado.

Me observaba con curiosidad, con esos ojos limpios que parecen ver más allá de lo visible.

—¿Por qué estás llorando?

—preguntó, secando mis mejillas con sus pequeñas manos.

—No es nada, pequeño —le respondí forzando una sonrisa—.

Solo… polvo en los ojos.

El niño rió y corrió de nuevo hacia sus amigos.

Yo, en cambio, me quedé quieto, mirando cómo una hoja blanca caía lentamente de un árbol.

La atrapé entre mis dedos.

Era tan viva, tan pura, que sentí una punzada de deseo por proteger todo lo que representaba.

—Vale la pena sacrificarse por esto —dijo el Profeta, su voz firme pero serena—.

¿Tú qué crees, Campeón Castleboard?

Giré para mirarlo.

Su figura estaba bañada por la luz del sol, con la mano extendida hacia mí.

Era una invitación silenciosa.

Un pacto.

Un nuevo propósito.

Me mordí el labio, recordando el rostro de quien alguna vez me mostró que el mundo aún podía ser bello.

Y entonces, sin dudar más, extendí mi mano.

El Profeta sonrió.

Sabía que el camino sería imposible, pero también sabía que esta vez no lucharía por mí… sino por lo que aún merecía ser salvado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor “Gracias por seguir leyendo incluso durante esta pausa.

Preparé este capítulo con el corazón — y lo que viene marcará un nuevo rumbo para The Last Breath.” -Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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