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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 Evitar a alguien
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34: Capítulo 34: Evitar a alguien 34: Capítulo 34: Evitar a alguien POV de Kael Lanpar (En la actualidad)  La cabeza de Kessie descansaba sobre mi hombro.

Ambos estábamos apoyados contra el tronco de un viejo árbol, mientras el aburrimiento nos invitaba al sueño.

A pesar del día soleado y del aire limpio que traía perfume a flores silvestres, no podíamos evitar bostezar ante la voz monótona de Dirion.

Recosté la nuca contra la corteza rugosa, dejando que mi mirada se perdiera en el cielo.

Una bandada de aves blancas sobrevolaba el lugar, sus alas cortando el aire con una elegancia que parecía coreografiada.

Cerré los ojos un instante, disfrutando la brisa fresca que acariciaba mi rostro.

—¿Niños, me están escuchando?

—la voz de Dirion me arrancó del adormecimiento.

Abrí los ojos justo para verlo fruncir el ceño.

—No puede ser… ¿he estado hablando solo todo este tiempo?

—masculló sobándose la sien.

Con pereza, me estiré, moviendo con cuidado la cabeza de Kessie, que seguía dormida plácidamente.

Su respiración era tan serena que por un momento dudé si aún respiraba.

—Será mejor que nos levantemos —murmuré—.

El viejo parece estar molesto.

Ella soltó un quejido y se incorporó, frotándose los ojos con lentitud.

—¿Ya terminó de hablar?

—preguntó con voz somnolienta.

Estaba a punto de responderle cuando un silbido cortó el aire.

Me lancé instintivamente hacia un lado justo antes de que una bala comprimida de agua impactara el tronco donde estábamos.

El golpe fue tan potente que la madera crujió, abriéndose un agujero del tamaño de un puño.

—¡¿Estás loco, viejo?!

—grité con furia—.

¡Pudiste haberme matado!

Dirion seguía con la mano extendida, el rostro inexpresivo, aunque una mueca de fastidio cruzaba su cara.

—Casi te doy —dijo con sarcasmo—.

Parece que mi puntería se ha oxidado.

Contuve las ganas de gritarle otra vez.

Inhalé hondo y solté un largo suspiro antes de acercarme.

Con un leve gesto, hice levitar una roca cercana; la acerqué, canalicé maná en ella y, al instante, su superficie se moldeó hasta formar una silla improvisada.

El golpe seco al caer resonó en el claro.

Me senté sin decir una palabra, cruzando los brazos y mirándolo con evidente fastidio.

—Entonces, ¿qué era eso tan importante de lo que estabas hablando?

—pregunté—.

¿O la demostración de homicidio era parte de la lección?

Dirion suspiró, resignado.

—Sé que esto no te interesa, Kael —dijo, haciendo una pausa para mirar a Kessie y hacerle una seña.

Ella se acercó enseguida y se sentó en el suelo, en posición de loto, mientras acomodaba su cabello con gesto distraído.

—Ahora que tengo su atención —prosiguió, tomando una rama del suelo—, quiero que observen esto con atención.

Relajé la respiración y dejé fluir el maná dentro de mí.

Las partículas elementales se hicieron visibles, danzando en el aire como diminutas luciérnagas multicolores, cada una vibrando con su propia tonalidad.

Miré la rama que sostenía Dirion.

En ella podía sentir cómo los elementos principales se entrelazaban, como si la madera reseca aún respirara con la energía del mundo.

—Esto que ven —explicó canalizando su propio maná— proviene del Árbol Sagrado del reino.

Esta pequeña rama conserva su esencia, su conexión con los elementos.

Cuando su energía fluyó en la madera, las partículas comenzaron a brillar con fuerza.

Un resplandor celeste —el aire— fue el primero en manifestarse, seguido del marrón terroso de la tierra y del azul sereno del agua.

—Yo tengo tres elementos —continuó—.

Y mi control sobre ellos es bastante amplio.

El silencio cayó sobre nosotros.

Dirion mantenía su mirada fija en mí, con esa seriedad que siempre me resultaba incómoda.

Kessie carraspeó, intentando aligerar la tensión.

—¿Y qué quieres mostrar, abuelo?

—preguntó girando el rostro hacia mí—.

¿Qué tienen que ver los elementos con Kael?

Dirion se rascó la cabeza, buscando una manera sencilla de explicar lo que claramente no era sencillo.

Por la expresión en su rostro, supe que lo que venía no serían buenas noticias.

—Lo más probable es que conozcas la historia del Guardián Protector del reino —dijo al fin, desviando la mirada hacia los altos árboles que se mecían bajo el viento.

Asentí en silencio.

La curiosidad comenzaba a arder dentro de mí.

—Las raíces de los Árboles Sagrados pasan toda su vida absorbiendo el maná ambiental —continuó con voz serena—.

Cada fibra de su madera, cada hoja que se abre al amanecer, está impregnada con la energía de los elementos que fluyen a su alrededor.

Alzó la mano, mostrando los cinco dedos con una calma casi solemne.

—Un árbol puede soportar los cinco elementos principales gracias a sus raíces, firmes y puras —añadió, cerrando el puño—.

Viento, fuego, tierra, agua y rayo… todos conviven en armonía gracias a su portador.

Se acercó a mí con pasos lentos.

Posó la palma sobre mi cabeza y soltó un suspiro tan pesado que me hizo contener el aliento.

—Kael, tú posees los cinco elementos —dijo, con una seriedad que congeló el aire—.

Pero más que una bendición… es una maldición.

Sus palabras me atravesaron como un cuchillo.

Sentí un vacío abrirse en el centro de mi pecho; el mundo giró, las voces de Kessie y Dirion se deformaron como si vinieran desde un túnel lejano.

El suelo pareció desvanecerse bajo mis pies.

De no ser por Kessie, habría caído en la inconsciencia.

Su mano cálida se apoyó en mi mejilla, acariciándola con suavidad.

Su rostro estaba tan cerca que pude ver el reflejo del miedo en sus ojos azules.

—Kal… ¿estás bien?

—preguntó, mordiéndose el labio inferior.

—Creo que sí… —logré decir con un hilo de voz.

Apreté con delicadeza su muñeca y aparté su mano, frotándome los ojos mientras un sudor frío recorría mi cuerpo.

Respiré hondo, intentando estabilizarme.

—Es normal sentir decepción —intervino Dirion, más calmado—.

Has pasado por un largo camino… y tu despertar corrupto te dejó cicatrices.

Pero esto —añadió, con una leve sonrisa— es solo otro obstáculo.

Uno que superarás, como siempre.

Quise creerle, pero en el fondo sabía que tenía razón por motivos que él no alcanzaba a imaginar.

Lo que me carcomía no era el miedo… sino una frustración muda, una impotencia que me ardía bajo la piel.

—Lo tengo todo —susurré para mí mismo—.

Pero no soy nada.

Bajé la cabeza, evitando su mirada.

Sabía que Dirion solo quería ayudarme, hacerme más fuerte… pero ni todo su poder bastaría para evitar que Matías volviera.

—Anda a descansar, Kael —dijo finalmente—.

Tu mente necesita claridad.

No respondí.

Me di media vuelta y caminé hacia el interior del castillo, sin prestar atención a nadie.

—¡Mocoso, ten más cuidado!

—protestó un sirviente elfo al tropezar conmigo.

Le lancé una mirada cargada de rabia.

Bastó para que retrocediera, tragando saliva antes de apartarse apresurado.

Seguí caminando hasta que el peso en mi pecho me obligó a detenerme.

Me apoyé contra una pared de mármol blanco y me dejé caer, sentado en el suelo frío.

Mis pensamientos se desordenaban, girando sin rumbo.

Apoyé la frente sobre mis rodillas, abrazándome a mí mismo, deseando que el ruido del mundo se apagara.

—¿Está ocupado el lugar?

—preguntó una voz familiar.

Levanté la cabeza.

Kessie estaba allí, sonriendo con esa calidez que siempre rompía mi coraza.

Sin pedir permiso, se sentó a mi lado, apoyando la espalda en la pared y tomando mi mano con suavidad.

—¿Te acuerdas del primer día que llegaste al reino élfico?

—dijo, moviendo sus orejas puntiagudas de arriba a abajo.

Me costó hablar, pero logré forzar una sonrisa.

—Claro que lo recuerdo —respondí con sarcasmo—.

Ese día casi me haces arrestar por los guardias del reino.

Kessie soltó una risita ligera y, con la misma energía impulsiva de siempre, se puso de pie.

Luego tiró de mi mano con firmeza.

—Vamos —dijo sonriendo—.

Quiero mostrarte algo.

Aún tambaleante, me dejé guiar por ella a través del pasillo, mientras la luz del atardecer bañaba las paredes de un oro pálido.

En pocos pasos llegamos a una puerta distinta a cualquier otra.

Las runas que la rodeaban brillaban con vida propia, danzando en el aire como si reconocieran la presencia de alguien.

Kessie extendió la mano y canalizó su maná.

Un sonido metálico resonó al otro lado, y la puerta se abrió lentamente, revelando un interior completamente vacío.

—¿Qué es este lugar?

—pregunté, confundido.

Ella no respondió.

En su lugar, me empujó suavemente hacia adentro y cerró la puerta tras de sí, dedicándome una sonrisa traviesa.

—Kessie, aquí no hay nada —dije, observando las paredes vacías—.

¿Qué intentas mostrarme?

—Solo espera un momento —respondió mientras se dirigía a las ventanas.

Con movimientos ágiles, desató los nudos de las cortinas verdes y las cerró por completo.

La habitación quedó sumida en una oscuridad profunda.

Por instinto, levanté la mano y conjuré una esfera de fuego que iluminó tenuemente el lugar.

Las sombras de nuestros cuerpos se proyectaron enormes sobre las paredes.

Kessie se acercó a mí, tomó mi mano y la cerró con suavidad.

—Lo que te voy a mostrar… no se ve con luz —dijo con una sonrisa divertida.

La esfera se desvaneció, y la oscuridad nos envolvió por completo.

Sentí su respiración cerca de mi oído cuando susurró: —Deja que tu magia astral se manifieste.

Obedecí.

Cerré los ojos y permití que el maná fluyera libremente.

Una ligera aura rojiza comenzó a expandirse desde mi cuerpo, tiñendo el aire con un resplandor cálido.

Frente a mí, el aura blanca de Kessie emergió también, danzando con la mía como dos corrientes que se reconocían.

Durante un instante, no dijimos nada.

Solo nos miramos, en silencio, mientras la energía vibraba entre nosotros.

Y entonces, algo increíble sucedió.

De las paredes comenzaron a brotar venas de luz verde que se extendieron lentamente por cada rincón del cuarto.

Las líneas se entrelazaban con precisión, formando un mapa.

En cuestión de segundos, el lugar se transformó por completo: ante nosotros brillaba la proyección viva del continente de Mayora.

Mis ojos se detuvieron en el norte, donde un nombre grabado con luz resplandecía mostraba mi hogar: Auroria Extendí la mano hacia el techo, intentando tocar la silueta luminosa de mi reino.

En ese gesto simple sentí a mis padres, a mis hermanas… a todo lo que había aceptado perder solo por poder.

—Me gusta ver lo enorme que es este continente —dijo Kessie, recostándose en el suelo con las manos tras la cabeza—.

Somos tan pequeños en un mundo tan inmenso.

Sonreí ante su comentario y me tumbé a su lado.

El frío del suelo se mezcló con la calidez del resplandor verde, y por un momento, todo el peso del mundo pareció desvanecerse.

El mapa flotaba sobre nosotros, respirando, vivo.

Y en ese silencio compartido, la nostalgia me alcanzó.

Me había prometido no convertirme en Matías… pero cada paso que daba para impedir su regreso me empujaba más hacia su sombra.

Esa impotencia de no tener poder… era un veneno que ardía en silencio, invisible, pero constante.

—Amo este mundo —dije sin pensarlo.

Kessie giró el rostro hacia mí.

—Y este mundo te ama a ti —respondió con ternura.

Le devolví una sonrisa cansada, pero sincera.

Luego volví la vista hacia mi reino, observando el brillo que representaba todo lo que ahora amaba.

No quería poder por mí.

Lo quería por ellos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?

Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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