El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 Decisiones inesperadas
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35: Capítulo 35: Decisiones inesperadas 35: Capítulo 35: Decisiones inesperadas POV de Kael Lanpar El murmullo de los pueblerinos resonaba en todo el centro de comercio de la capital.
Las conversaciones, cargadas de prejuicio, se entremezclaban con el bullicio del mercado.
Palabras hirientes hacia la raza humana escapaban de los labios de los elfos, quienes —como de costumbre— no desperdiciaban la oportunidad de expresar su desprecio cuando yo estaba cerca.
Mantuve la cabeza baja, ajustándome la capucha oscura mientras caminaba junto a Dirion por las calles de adoquines húmedos.
—No hagas caso a lo que dicen, muchacho —gruñó el viejo, con voz áspera—.
No saben distinguir entre un enemigo y un aliado.
Obedeciendo, me quité la capucha.
El aire fresco rozó mi rostro, moviendo mi cabello de un lado a otro.
Al levantar la mirada, la belleza del reino me golpeó: tan perfecta, tan viva… y, aun así, incapaz de ocultar la hostilidad de sus habitantes.
Era difícil vivir en un lugar donde no perteneces.
Más aún cuando nadie quiere que estés ahí.
A medida que nos adentrábamos en el corazón de la capital, una sinfonía de olores inundó el aire.
El aroma del pan y la madera húmeda flotaba en el aire, disfrazando la hostilidad con belleza.
—¿A dónde me estás llevando, Dirion?
—pregunté, acelerando el paso—.
Nos estamos alejando del castillo.
—Solo camina, Kael —suspiró—.
No te diré nada.
Acéptalo.
Fruncí el ceño.
Era inútil insistir.
A regañadientes, guardé silencio.
Alcé la mirada y me encontré con una escena que parecía salida de un sueño.
En lo alto, enormes estructuras se alzaban entre las ramas de los árboles.
Las casas del centro, hechas de roca y barro, daban paso a otras construidas sobre los troncos vivos, conectadas entre sí por puentes y escaleras talladas en la propia madera.
Los elfos caminaban con tranquilidad de un árbol a otro, portando canastos llenos de frutas o flores.
Todo el lugar parecía respirar en sincronía con la naturaleza.
De pronto, algo cayó desde uno de los puentes: una fruta.
Sin pensarlo, me moví con agilidad y la atrapé antes de que tocara el suelo.
—¡Maldito mocoso, devuélveme la fruta!
—gritó un elfo desde las alturas.
Miré el fruto en mi mano y, justo cuando mi estómago rugió, le lancé una mueca antes de seguir caminando junto a Dirion.
El bosque y la ciudad se fundían en una armonía casi mágica.
Las aves sobrevolaban los techos de paja, utilizando las casas como nidos.
Cada rincón parecía diseñado para convivir con la vida misma.
—He hablado con tu padre —interrumpió Dirion mis pensamientos—.
Tus vacaciones se han adelantado.
Pronto podrás volver al reino humano.
Sus palabras encendieron algo dentro de mí: una chispa de emoción que se extendió por todo el entorno.
Aún no comprendía del todo mi despertar, pero ver cómo mis emociones alteraban el mundo a mi alrededor era…
fascinante.
Con cada paso, flores de colores emergían tras mis huellas, iluminando el césped con un brillo esmeralda.
Recordé entonces el rostro de Airis la imagen de su sonrisa llegó a mi mente haciendo viajar brevemente al pasado.
Sentí un cosquilleo en los labios.
No podía negar que la extrañaba.
Después de todo, ella había sido mi primera amiga.
Subí sobre un tronco caído que servía de puente improvisado.
Manteniendo el equilibrio, miré debajo de mí: el río fluía con serenidad, dejando ver los peces que nadaban al ritmo de la corriente.
Salté al otro lado, sintiendo la tierra húmeda bajo mis pies.
—Kael, cuando yo te diga que te detengas… lo harás.
¿Entendido?
—dijo Dirion, poniéndose tenso de repente.
Asentí, concentrándome.
Clavé los pies en la tierra y dejé que la energía astral recorriera mi cuerpo.
El mundo se transformó ante mis ojos.
A través de los arbustos y el cielo, las auras de los animales se revelaron.
Brillaban como constelaciones vivas, cada una con sus colores y patrones, moviéndose con calma, respirando la misma magia que habitaba dentro de mí.
Al agudizar mis sentidos, capté cómo algo se acercaba a máxima velocidad.
Sus pisadas hacían temblar la tierra, espantando a casi todos los animales del entorno.
Por puro instinto, concentré las partículas celestes del viento, condensándolas hasta formar una espada transparente que vibraba entre mis manos.
A lo lejos, los árboles comenzaron a caer uno tras otro.
Apreté los dientes con fuerza, preparándome.
—Niño, quédate detrás de mí —rugió Dirion, posicionándose para el combate.
Obedecí, retrocediendo unos pasos.
Desde el suelo, gigantescas raíces emergieron rodeando a Dirion como si el bosque mismo acudiera a protegerlo.
El aire se volvió denso.
Mis respiraciones eran cortas, y el sudor frío me recorrió la espalda.
De pronto, los pasos cesaron.
Un silencio sepulcral envolvió el lugar.
Cerré los ojos y dejé que mi percepción astral se expandiera.
Entre la oscuridad, distinguí partículas rojas formando la silueta de una bestia enorme que nos rodeaba en sigilo.
Sin dudarlo, apreté el mango de mi espada y giré el brazo hacia atrás, acumulando viento.
Tire mi arma con toda mi fuerza.
El impacto fue limpio; el sonido del filo cortando carne confirmó mi acierto.
—¡Maldito mocoso, te dije que a mi orden!
—gritó Dirion.
No alcancé a responder.
El rugido del monstruo me atravesó los huesos.
No sabía si atacaba por instinto o por miedo, pero el cuerpo se movió antes que la mente.
La tierra tembló cuando una criatura gigantesca salió de la espesura: un oso de tamaño colosal, con mi espada incrustada en su cuello ensangrentado.
Dirion no dudó.
Extendió sus manos y las raíces se lanzaron hacia el monstruo, intentando inmovilizarlo.
Yo también reaccioné: levanté trozos de tierra y los transformé en proyectiles que golpearon al animal con fuerza haciendo retroceder.
—¡Kael, deja de atacarlo!
—vociferó Dirion—.
¡Solo lo estás enfureciendo más!
Tenía razón.
Las raíces fueron destrozadas con un simple zarpazo.
Los ojos del oso pasaron de azul a un rojo brillante, y su rugido sacudió las hojas del bosque.
Cavó el suelo con sus garras y se lanzó hacia mí.
Cada paso que daba abría cráteres.
Al verlo elevar una garra para partirme en dos, levanté una estaca de tierra detrás de mí, dispuesto a empalarlo en el momento exacto.
Pero entonces, un silbido metálico cortó el aire.
Una lanza atravesó el cuello del oso, derribándolo al instante.
Su cuerpo cayó con un golpe seco que hizo temblar el suelo.
Confundido, seguí el hilo de maná blanco que conectaba la lanza hasta una rama elevada.
Allí estaba ella.
Una mujer de cabello azulado, mecida por el viento y bañada por la luz del sol.
Me miraba con una expresión seria mientras tensaba una cuerda mágica unida al arma.
En un solo movimiento, se impulsó hacia el cadáver del oso, arrancó su lanza y la alzó hacia el cielo antes de volver a clavarla con precisión quirúrgica.
—Lord Dirion, usted y su invitado humano han cometido un crimen —dijo con voz fría—.
Han alterado la balanza del orden natural.
Sentí la mirada furiosa del viejo clavarse en mí.
Luego suspiró, resignado.
—Pedimos disculpas por nuestros actos —respondió con amargura—.
No era nuestra intención matar a una bestia mágica.
La mujer saltó del cuerpo del oso, flexionando las rodillas al aterrizar.
Caminó hacia mí en silencio sin apartar la vista, su mandíbula tensa, su mirada cortante.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura mientras ella metía una mano en el bolsillo.
Quise decir algo, pero no me salió voz.
Entonces, sus labios se curvaron en una sonrisa… y rompió a reír.
—Debiste ver tu cara —dijo entre carcajadas—, te pusiste pálido.
Desconcertado, vi cómo sacaba de su bolsillo una pequeña flor, que me tendió con una sonrisa aún traviesa.
Apreté el regalo entre mis manos, fingiendo una sonrisa.
Aún no entendía cómo ella podía cambiar de humor tan rápido.
—Siendo sincera, niño —dijo entre risas, secándose las lágrimas—, por un momento pensé que te arrodillarías a suplicarme clemencia.
Intenté responder, pero la voz de Dirion me interrumpió.
Se acercó, apoyó una mano en mi hombro y habló con calma: —Será mejor que sigamos caminando.
En el viaje tendrán tiempo de conocerse mejor.
Asentí en silencio y continué caminando detrás de ellos, aunque sentía la mirada de la mujer fija sobre mí.
Me cubrí el rostro con las manos, avergonzado.
Había actuado sin pensar, poniendo en peligro a Dirion.
—Ese maldito de Matías tenía razón… —murmuré para mí mismo—.
Solo soy una parte de él: comparto sus recuerdos, pero no su experiencia.
No era la primera vez que alguien pedía disculpas por mis errores.
Aún con el rostro cubierto, choqué contra algo.
Al alzar la vista, me encontré con el rostro sonriente de la mujer.
Sus orejas puntiagudas se movían arriba y abajo, como si estuviera divertida de verme.
—¿Tengo algo en la cara?
—pregunté, incómodo—.
¿Por qué me estás mirando así?
Ella soltó una risa ligera antes de cambiar súbitamente su expresión.
—Acabas de herir a una bestia mágica —dijo con voz firme—.
Eso es un delito.
—No fue mi intención… —susurré, bajando la mirada—.
Actué por puro instinto.
Ella suspiró, hizo un gesto para que me acercara y, cuando estuve lo bastante cerca, me miró con curiosidad.
—Eres el primer humano que veo en mi vida —dijo, ladeando la cabeza—.
Pensé que su raza era diferente, pero veo que les da igual la vida.
Sus palabras me atravesaron.
Sentí un nudo en la garganta, y las imágenes distorsionadas del pasado de Matías invadieron mi mente: su dolor, su culpa, su sangre.
El aire a mi alrededor se volvió frío.
No podía moverme.
Entonces, sentí los brazos de la mujer rodeando mi cuello.
Apoyó su cabeza en mi hombro y, en un susurro cálido, dijo: —Eres solo un niño.
No tienes la culpa de nada.
Haces lo que ves, aprendes de lo que vives.
Cuando se apartó, se unió a Dirion sin mirar atrás.
Inspiré hondo, tratando de recuperar la calma, y los seguí entre los troncos húmedos y los charcos dejados por la lluvia.
Después de atravesar una zona más despejada del bosque, el terreno se abrió, revelando una construcción enorme.
Varias personas portaban armas y entrenaban en el patio.
—La mejor manera que encontré para que entrenaras —dijo Dirion sin girarse— fue que te unieras a los aventureros.
Me detuve, sorprendido.
—Kael, te presento a tu líder de escuadrón —añadió, señalando a la mujer que nos acompañaba—.
Ella es Aiza Midoriya.
Giré lentamente la cabeza hacia ella.
Seguía sonriendo, con esa expresión que no sabía si era burla o simpatía.
El sonido del metal chocando a lo lejos llenó el aire.
Intenté procesar todo, buscando respuestas.
Dirion entendió mi confusión y dijo: —Te explicaré todo dentro.
Fue una decisión de tus padres también.
Sin añadir más, caminó hacia una cabaña robusta que sostenía un cartel de madera: Gremio de Aventureros.
Lo seguí, atravesando hojas secas que crujían bajo nuestros pasos.
Afuera, algunos elfos entrenaban con precisión impecable, controlando el flujo elemental con una facilidad que me provocó cierta envidia.
Poseía los cinco elementos principales, y aun así seguía atascado siendo un Ranked el rango más bajo.
Ni siquiera podía avanzar un nivel.
Era frustrante.
Al entrar en la cabaña, un olor a sudor y sangre me golpeó con fuerza.
Me tapé la nariz, intentando soportarlo.
La madera crujió bajo mis botas, y al levantar la vista, noté las miradas de todos los presentes.
Odio, desprecio… y, en unos pocos, una leve curiosidad.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?
Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.
Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.
-Eterna Pluma
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