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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Capítulo 37 Caído en desgracia
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37: Capítulo 37: Caído en desgracia 37: Capítulo 37: Caído en desgracia POV de Kael Lanpar (Dos años atrás) Apoyé la mano en el cristal de la ventana y lo empujé lentamente, dejando que el aire fresco de la mañana inundara la cabina.

Desde aquella altura podía ver cómo las nubes comenzaban a cubrir la majestuosidad de mi reino.

El castillo fue lo último que alcancé a distinguir antes de que se perdiera entre la neblina.

Solté un suspiro.

Sabía que ya no había vuelta atrás.

Aquella decisión era por mi bien… y por el de ellos.

Un cosquilleo recorrió mis labios al pensar en mi familia.

Una sonrisa se formó sin que pudiera evitarlo, cálida como la luz del sol que me rozaba el rostro.

Todo era hermoso desde las alturas.

Los pájaros volaban en formación sobre extensos campos verdes salpicados de árboles que se mecían con el viento.

Me aparté de la ventana y la cerré, acomodándome en el asiento mientras la cabina se sacudía con suavidad.

Había pensado que viajar por tierra sería más fácil, pero los elfos tenían otras ideas.

No me quejaba: volar sobre el lomo de una criatura tan majestuosa era, en parte, un sueño cumplido… aunque el mareo no era precisamente un detalle agradable.

—¿Cómo te sientes, Kael?

—preguntó Darknight, cruzándose de piernas frente a mí—.

Veo que es tu primera vez volando sobre un ave.

Asentí, recostando la cabeza en el respaldo.

—Es una sensación extraña —admití, aún con el estómago revuelto—.

Pero supongo que podré acostumbrarme.

Darknight sonrió con calma y sacó de su bolsillo una hoja de tonos cambiantes; cada fibra destellaba un color distinto, como si respirara luz.

—Esto calmará un poco el malestar —dijo, extendiéndomela—.

El aroma de la Avella Citra ayuda a relajar la mente.

Tomé la hoja con cuidado y la acerqué a mi nariz.

Su fragancia dulce se esparció por mis sentidos, disipando las náuseas… aunque, al mismo tiempo, un agradable sopor comenzó a invadirme.

—Será mejor que descanses, Kael —dijo con una voz cálida, casi paternal—.

Este viaje será largo.

Obedecí.

Cerré los ojos, dejando escapar un bostezo.

El aroma se volvió más intenso.

De pronto, el viento desapareció… y con él, el mundo entero.

Mi respiración se volvió lenta y tranquila; podía sentir cómo mi pecho subía y bajaba con cada inhalación.

Aun dormido mi mente no dejaba de moverse.

Cuando una leve luz se filtró entre las sombras, supe que había despertado… en otro lugar.

(Espacio Mental) Con pereza me froté los ojos y los abrí con lentitud.

Todo estaba borroso al principio, pero poco a poco las formas comenzaron a definirse.

Frente a mí estaba Vastiar, observándome con esa mirada severa que nunca lograba ignorar.

Me estiré, notando la rugosidad del árbol contra el que había estado recostado.

A lo lejos, el sonido del agua fluyendo en mi cascada de maná llenaba el lugar con un murmullo armonioso.

—¿Por qué te ves tan molesto?

—pregunté, rascándome la cabeza.

Antes de obtener respuesta, sentí un golpecito en la cabeza.

Apreté los dientes, llevándome la mano al lugar del impacto.

—¡Auch!

—gruñí, masajeando la zona—.

¿Y ahora por qué me golpeas?

—Lo primero que me prometiste —respondió con el ceño fruncido— fue no abandonar a Airis.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que has hecho: dejarla a su suerte.

—¿De qué estás hablando?

—repliqué con voz infantil, cruzándome de brazos—.

¡No la dejé a su suerte!

Vastiar bufó, se cruzó de brazos y luego se dejó caer al suelo, sentándose en posición de loto.

Recordé por qué había querido verlo y me senté a su lado, arrancando una hoja blanca del árbol que nos daba sombra.

—¿Podrías explicarme cómo es que estás en mi espacio mental?

—pregunté, incrédulo—.

Se supone que tú… ya habías… —No he muerto aún —me interrumpió, alzando la voz con un toque de irritación—.

¿Ya quieres matarme, niño?

Apoyé las manos sobre el suelo etéreo y dejé escapar una breve risa, alzando la mirada hacia el cielo de mi espacio mental.

En aquella inmensidad pura, la luna sangrante —símbolo de mi despertar corrupto— derramaba una luz tenue que caía como un velo sobre la cascada de maná.

El contraste entre ambos elementos hacía que el lugar pareciera respirar junto a mí.

—Me alegra que estés aquí, Vastiar —murmuré, con un tono más apagado de lo que pretendía—.

Todavía no me acostumbro a estar solo en este sitio.

Me puse de pie con cierta dificultad y caminé hacia la tumba de mi padre, siguiendo el eco de mis recuerdos.

Era extraño cómo el dolor podía entrelazarse con la ternura.

Había perdido a alguien que amaba… pero también sabía, en lo más profundo, que su partida había sido necesaria.

Me arrodillé frente a la piedra donde su nombre estaba grabado.

Al posarle la mano, el frío áspero de la superficie subió por mis dedos.

Una sonrisa amarga se asomó en mis labios.

Suspiré… justo antes de que Vastiar interrumpiera mis pensamientos.

—¿Tienes alguna idea de cómo funciona este lugar?

—preguntó con voz monótona.

Volteé hacia él y lo vi analizando cada rincón del espacio mental como si estuviera diseccionando sus capas.

—No lo entiendo del todo, pero… —busqué las palabras— sé que lo que existe aquí está hecho a partir de lo que he vivido.

—Es como una proyección de mis experiencias —añadí, incorporándome y apoyando las manos sobre mis rodillas.

Vastiar mantuvo la vista perdida un momento más antes de volver a hablar.

—En parte tienes razón —dijo con serenidad—.

Tienes una idea aproximada de cómo funciona, pero no de lo que realmente es.

Una chispa de curiosidad despertó en mí.

Siempre había creído que este lugar no era más que mi conciencia flotando en el vacío de los sueños.

Pero, a juzgar por su tono, había algo que me estaba perdiendo.

—¿A qué te refieres?

—pregunté.

Vastiar colocó una mano firme sobre mi hombro.

—Es difícil de digerir, muchacho —advirtió—.

Este lugar es tu núcleo.

Fruncí el ceño, desconcertado.

—El espacio mental es un lienzo que se va pintando con el tiempo —continuó—.

Cada vivencia, cada aprendizaje, cada herida… todo se plasma aquí.

Alzó un dedo hacia la luna sangrante.

—Pero el núcleo… el núcleo es el pincel —explicó—.

Esa luna de sangre, esa cascada de maná, tu tipo de despertar… todo eso nace de tu esencia.

Este lugar no solo refleja tu alma: es moldeado por ella.

Al escuchar su palabra lo entendí.

Mi alma no era solo la que habitaba este lugar… también era la artista que lo daba forma.

Una verdad que ya había comenzado a sospechar, pero que ahora tenía peso y nombre.

Aun mientras lo procesaba, sentí cómo mi conciencia empezaba a subir a la superficie.

El viaje estaba terminando.

Ya habíamos llegado al reino élfico.

Suspiré y extendí la mano hacia Vastiar.

Él la tomó sin resistencia, sabiendo exactamente lo que ocurría.

—Espero que esto te sirva de algo —dijo con una calma casi paternal.

Le devolví una última sonrisa.

El sonido de la cascada se desvaneció detrás de mí, reemplazado poco a poco por leves murmullos.

(Fuera del espacio mental) Aún con los ojos cerrados, noté cómo la luz matutina atravesaba mis párpados.

Voces borrosas llegaron a mí, difusas al principio.

—Kael, ya llegamos.

Levántate —la voz familiar de Darknight me obligó a despertar.

Me froté los párpados, dejando que la vista se adaptara, y lo primero que observé fue el rostro del rey élfico.

Inhalé profundamente para despejarme.

Me incorporé con torpeza, apoyando una mano en la pared de madera de la cabina para mantenerme en pie.

Todavía estaba medio dormido, y mis movimientos eran inestables.

Darknight lo notó y, sin advertencia alguna, me levantó en brazos y me acomodó sobre su espalda.

Solté un pequeño jadeo de sorpresa.

No tuve opción: crucé mis brazos alrededor de su cuello y apoyé la cabeza en su hombro mientras el conductor abría la puerta de la cabina.

Descendimos juntos y fuimos recibidos por un contingente de guardias reales.

Todos portaban lanzas de acero oscuro y formaban una línea perfecta a ambos lados, abriendo el camino para nuestra llegada.

Bienvenido a su hogar, su majestad —dijo el conductor, quitándose el sombrero mientras hacía una reverencia.

Era imposible no maravillarse con lo que tenía frente a mí.

Había leído incontables descripciones sobre los paisajes de cada reino, pero verlos con mis propios ojos era una experiencia completamente distinta.

En lo alto, enormes criaturas aladas surcaban el cielo.

Sus colas largas se mecían detrás de ellas, y su plumaje relucía bajo la luz del sol como si estuviera tejido con fragmentos de auroras.

A diferencia de Auroria, este reino estaba dividido en distritos flotantes.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, gigantescos trozos de tierra se elevaban suspendidos en el aire, como si una fuerza invisible los sostuviera.

Desde mi posición podía observar a los pueblerinos cruzar de un distrito a otro por medio de puentes de madera oscura que se mecían suavemente con el viento, balanceándose sobre el abismo.

Es bueno estar de vuelta en casa —exclamó Darknight—.

Veo que nada ha cambiado.

Con una lentitud casi ceremonial, Darknight se arrodilló para que pudiera descender de su espalda y volver al suelo.

Una gota de sudor resbaló por mi frente al notar las miradas tensas de los guardias.

No entendía qué ocurría hasta que susurraron entre ellos.

Canalicé maná hacia mis sentidos, y el mundo pareció volverse más lento.

A lo lejos podía escuchar la corriente suave de un río, el murmullo de las hojas agitadas por la brisa y hasta el crujir de las armas al ser aferradas con nerviosismo.

El rey se acaba de arrodillar —susurró uno, apretando el arma con fuerza—.

Qué deshonra.

Hice una mueca.

No veía nada malo en el gesto de Darknight, pero comprendía por qué ellos lo interpretaban como algo impropio.

En este mundo, ser un rey cargaba un peso que iba más allá del poder.

Era símbolo, orgullo y tradición.

Mientras caminábamos, acompañados por el ritmo metálico de los pasos de los guerreros, un pensamiento persistente comenzó a inquietarme.

Si las familias principales de los tres grandes reinos habían sido los fundadores de sus propias naciones, ¿por qué esa historia no se aplicaba a los Lanpar?

No era un pensamiento brillante, pero era inevitable compararnos.

A diferencia de los Lankerman, fundadores elfos, o los Quintos, pilares del reino enano, la familia Lanpar tenía muchas menos generaciones en el poder.

El pasado del reino humano había sido borrado o manipulado con el tiempo.

Ni siquiera en la biblioteca real encontré registros claros que explicaran aquella ausencia histórica.

Estás muy pensativo, Kael —dijo Darknight, sacándome de mis cavilaciones—.

Le prometí a tu padre que te cuidaría como a mi propia familia, y cumpliré esa promesa.

Su mirada cálida tuvo el efecto de disipar mis dudas, al menos por el momento.

Caminamos durante varios minutos por la capital élfica, avanzando por el centro comercial donde los pueblerinos ofrecían mercancías desde sus puestos.

Los gritos entusiastas de los vendedores llenaban el aire, pero se apaciguaron en cuanto los guardias reales avanzaron, marcando nuestro paso con su imponente presencia.

La multitud se agolpó a los costados del camino, ansiosa por ver quién pasaba, y cuando reconocieron a su rey estallaron en vítores y alabanzas.

Incapaces de acercarse más por la barrera de soldados, muchos se conformaron con rozar la capa de Darknight como si eso bastara para recibir una bendición.

Recordaba, gracias a las palabras de mi padre, que la monarquía en este mundo se heredaba a través de lo que llamaban sangre dorada.

Los reyes eran vistos como dioses; los Strikers, como heraldos de destrucción; y los magos, la primera línea de defensa contra cualquier amenaza.

De pronto, mi cuerpo se movió por puro instinto.

Un tomate pasó rozando mi mejilla, lanzado por uno de los elfos del gentío.

Los guardias reaccionaron al instante, inmovilizándolo contra el suelo mientras sus gritos resonaban entre los puestos.

Nosotros nos alejábamos, pero su voz cargada de odio nos alcanzó.

Tu sangre está llena de asesinos —gritó el elfo—.

¡Mataste a los nuestros!

Un nudo helado se formó en mi estómago.

La atmósfera cambió en segundos: los vítores dirigidos al rey se transformaron en insultos hacia mí, hacia mi raza… hacia mi familia.

Con mis sentidos elevados pude ver cómo las auras de los presentes se alteraban al sentir mi presencia.

Era un odio visceral, casi instintivo.

Antes de que los guardias pudieran reaccionar, un mago se lanzó hacia nosotros, conjurando en su mano una bala comprimida de agua que vibraba con rapidez.

Esta vez mis reflejos no fueron suficientes.

De no ser por Darknight, habría terminado gravemente herido.

Mi respiración estaba agitada.

Darknight me había sujetado con fuerza, apartándome del ataque con una velocidad abrumadora.

¿Estás bien, Kael?

—preguntó, preocupado.

Creo que sí —respondí, llevándome una mano a la mejilla.

Al apartarla, la vi manchada de rojo.

Era mi sangre.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?

Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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