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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 Conocidos y desconocidos
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38: Capítulo 38: Conocidos y desconocidos 38: Capítulo 38: Conocidos y desconocidos POV de Kael Lanpar (En la actualidad) El hedor rancio del sudor estaba tan impregnado en el aire que parecía haber cobrado vida propia.

Frente a mí se extendía un lugar que se asemejaba más a una celda que a un dormitorio.

Paredes agrietadas hasta el cansancio estaban cubiertas de moho, devoradas por una red de lianas pertenecientes a una planta extraña que emitía una tenue luz verdosa, como si respirara en la oscuridad.

No podía comprender cómo ese sitio, miserable y ajeno, se convertiría en mi hogar a partir de ahora.

Sentí mi rostro torcerse en una mueca involuntaria, y con las pocas palabras que logré reunir, busqué alguna explicación que justificara semejante desastre.

—No estás hablando en serio… —murmuré, tragando saliva con dificultad.

Un instante después tuve que taparme la nariz.

El olor era tan intenso que empezaba a revolverme el estómago.

—¿Cómo se supone que viva aquí?

—susurré—.

Esto es un basurero.

Aiza estaba apoyada en la puerta, observándome mientras me retorcía entre el pánico y el asco.

Al escuchar mis palabras soltó una risa leve, sin molestarse en ocultarla.

Ni siquiera lo disimuló.

Se estaba burlando de mí.

—Ahora veo que eres uno de esos nobles consentidos —comentó, avanzando con calma—.

Nunca deberías ponerle mala cara a un lugar con techo y cama.

Antes de que pudiera replicar, sentí un pequeño golpe seco en la frente.

Me sobé de inmediato, aún notando el ardor del azote de su dedo.

¿Por qué a la gente le encanta pegarme?, gruñí para mis adentros.

Cuando levanté la mirada para responterle, Aiza ya se había dado media vuelta y salía del cuarto, adentrándose en los pasillos lujosos del lugar.

Me apresuré a seguirla pasando de la oscuridad a la luz, pero me detuvo en seco con sus palabras, claras y firmes, cortando de raíz cualquier intento de escape.

—Iré a buscar a alguien que limpie este lugar —dijo mientras seguía su camino—.

No me tardo.

Mientras tanto, acomódate en tu nuevo cuarto.

Solté un suspiro de resignación y me dejé caer contra la pared.

Deslicé la espalda hasta quedar sentado en el suelo áspero.

Era casi ridículo: la diferencia entre ese cuarto y el pasillo era abismal.

Donde yo estaba reinaba la penumbra, pero allá afuera el sol se filtraba cálido y amable, llenando el aire de serenidad.

Incluso el olor era distinto.

El aroma dulce de la Castiol —una planta silvestre del bosque humano— impregnaba el pasillo con una fragancia reconfortante, un pequeño fragmento de hogar que extrañaba.

—Te veo muy pensativo, niño —la voz de Vastiar resonó en mi mente—.

¿Qué es lo que te pasa?

Me costó trabajo responder.

Desde hace tiempo no me sentía bien.

Las palabras de Matías continuaban acechando mis recuerdos, y la idea de que algún día regresaría era como tener un reloj colgando del cuello, recordándome cada segundo que el tiempo corría a su favor… no al mío.

De manera casi automática metí la mano al bolsillo y saqué una tarjeta que emanaba un leve maná desde sus fibras.

Acaricié con delicadeza la fina capa transparente que la protegía, observando mi reflejo y el nombre grabado en ella.

Tarjeta Black Nombre: Kael Lanpar Edad: 7 años Rango: Ranked Descripción: Hijo de la familia real de los humanos, ha sido enviado al gremio de aventureros del reino élfico con el fin de mejorar sus habilidades y conocimientos en la magia.

El nivel actual que posee no es suficiente para ascenderlo a un rango mayor en el gremio, pero por petición de Lord Dirion y Lady Aiza ha sido posicionado en el escuadrón Oldfire.

Sin darme cuenta, las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas, cayendo sobre la tarjeta que sostenía entre los dedos.

De pronto se sentía más pesada, como si cargara toda mi historia.

—Tengo miedo, Vastiar —susurré, abrazándome con fuerza—.

Intento ser fuerte, pero no soy suficiente para acabar con él.

Durante unos segundos, el silencio reinó en mi mente.

Allí estaba yo, solo, acompañado por el eco hueco de mis pensamientos, soportando la amargura de ser débil tanto en cuerpo como en alma.

—Tranquilo, muchacho —respondió Vastiar, su voz teñida de tristeza—.

Sé que podrás lograrlo.

Solo es un desafío más.

—Te mereces más de esta vida de lo que crees —añadió con una chispa de esperanza.

Queriendo recomponerme, me limpié con suavidad las lágrimas mientras un murmullo lejano comenzaba a brotar desde lo profundo del pasillo.

Con esfuerzo me incorporé, apoyando una mano sobre mi pierna; aún sentía el ardor de mi llanto en mis mejillas.

—Al parecer tienes compañía, muchacho —la voz de Vastiar se desvaneció como si retrocediera en el aire—.

Luego hablamos.

Tomé una bocanada de aire e intenté fingir que nada pasaba, esculpiendo en mi rostro una expresión vacía, olvidando por un instante que seguía siendo solo un niño.

—Creo que por aquí era el cuarto —retumbó una voz grave—.

No recuerdo bien dónde es.

—Eres un idiota.

¿Cómo vas a olvidar dónde vivimos?

—respondió una voz femenina, irritada.

Giré lentamente la cabeza hacia un lado y entonces los vi.

En la vuelta del pasillo, tres figuras se detuvieron en seco al notar mi presencia.

Algo —no sé qué— me dijo que esas personas aparecerían en mi vida mucho más de lo que yo quisiera.

Eran dos chicos y una chica, quizá nueve años mayores que yo.

Vestían de forma distinta entre sí, pero todos llevaban colgadas unas gruesas cadenas de oro con un emblema que reconocí de inmediato.

No venían, en absoluto, de una familia humilde.

Por pura inconsciencia incliné la cabeza.

Ellos, sin apartar la mirada, imitaron mi gesto como si fuera un reflejo compartido.

Un escalofrío me recorrió la espalda, y apenas pude abrir los ojos cuando vi a la chica lanzarse hacia mí.

Mi cuerpo ni siquiera reaccionó.

En un instante me envolvió con un abrazo fuerte, inesperadamente reconfortante.

Aún estaba sollozando, así que pude imaginar a qué se debía aquel impulso repentino.

—¿Quién se supone que es este niño?

—murmuró uno de los chicos—.

¿Qué hace aquí?

El más alto del grupo se acercó con pasos pesados.

Se agachó para recoger la tarjeta que se me había caído al suelo.

—Parece que es el integrante que nos faltaba —dijo con una voz profunda, intimidante.

Levantó la mirada de la tarjeta y me observó directamente.

Sus pupilas apagadas y su rostro casi por completo cubierto no inspiraban confianza… hasta que hizo algo inesperado.

Con una suavidad que contrastaba con su aspecto, me acarició la cabeza y se inclinó hasta quedar a mi altura.

En su aliento percibí un rastro del mismo aroma rancio del cuarto, aunque decidí ignorarlo.

—Bienvenido al equipo, muchacho —dijo sin dejar de revolverme el cabello—.

Soy Zeitra Ocara.

Alzó una mano para señalar a los otros dos.

—Ellos son mis hermanos: Emira y Soka.

La chica finalmente aflojó el abrazo.

Me di cuenta de que mis mejillas ya no estaban hinchadas.

Me tomó por los hombros y me dedicó una sonrisa cálida, que retribuí con un poco de esfuerzo.

—¿Por qué estabas llorando, pequeño?

—preguntó en voz baja.

No podía decirles la verdad, así que opté por una mentira sencilla, aun sabiendo que probablemente no funcionaría.

—Estoy… nervioso —tartamudeé—.

Quiero… —Estás mintiendo, niño —interrumpió Soka desde el fondo del pasillo—.

Tu cuerpo muestra miedo, no nerviosismo.

Chasqueó la lengua.

—A mí no puedes mentirme.

Es imposible que un sensor se equivoque.

Antes de que pudiera responder, Zeitra se incorporó de golpe.

Avanzó hacia su hermano con pasos firmes y, en un movimiento rápido, lo tomó del cabello.

Sentí una gota de sudor deslizarse por mi frente al ver cómo arrastraba a Soka hasta colocarlo a nuestro lado.

—Será mejor que te comportes —gruñó Zeitra, señalándome—.

Él es el hijo del rey humano.

No es cualquier persona.

Intentando relajarse, Zeitra apretó su mano libre con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Las venas, tensas por la ira contenida, se marcaron bajo la piel como raíces vivas.

Por un instante me quedé paralizado.

De entre sus dedos cerrados brotaba un hilo de sangre, deslizándose como si hubiese traspasado su propia piel sin darse cuenta.

No entendía qué estaba ocurriendo ni por qué su temperamento había estallado de esa forma.

—Otra vez están peleando —susurró Emira con un agotamiento palpable—.

Voy a ir al cuarto a dejar nuestras cosas… ¿quieres acompañarme?

—Sí, sólo tengo que recoger mi bolso —respondí, retrocediendo unos pasos con una sonrisa que se sentía más como una máscara.

Al darme la vuelta, no pude evitar pensar en la agresividad que había desbordado Zeitra.

Su carácter había cambiado tan rápido que me dejó inquieto.

Ni siquiera tuve que invocar mi magia astral para ver la capa de calor rojizo que emanaba de su aura.

Espera… Conozco esa energía a la perfección.

Era demasiado similar a algo mío… demasiado parecida a mi propio despertar corrupto.

Miré mi puño, inquieto, y el pensamiento de que Zeitra podría tener un despertar como el mío me obligó a querer girarme y preguntarle.

No llegué a hacerlo: un grito estalló desde el interior de la habitación.

—¡Pero qué es este basurero!

—la voz aguda de Emira resonó con fuerza—.

¿¡Qué carajos pasó aquí!?

No me sorprendió lo que había visto que provocaba su grito.

Lo que sí me desconcertó fue notar cómo los ojos de Zeitra cambiaron por un segundo.

Un destello fugaz… pero suficiente para ver su pupila pasar del azul al verde oscuro.

Un parpadeo y volvió a la normalidad.

Mi inquietud creció.

Ya no sabía si confiar en ellos.

Y lo más extraño era que ese presentimiento no apuntaba hacia los tres… sino hacia mí.

Cuando los vi ingresar al dormitorio, los seguí de cerca, levantando mi maleta del piso dorado y brillante del pasillo antes de entrar otra vez a la habitación.

—Pero qué mierda… —murmuró Soka, lanzándole una mirada fría a Zeitra—.

Estas son tus malditas plantas.

—Sí.

Lo son —respondió Zeitra, apoyando la mano en la pared cubierta de lianas y moho.

De su palma brotó un destello blanco, tenue al inicio, que luego se extendió hacia las plantas.

La luz cambió su tonalidad verdosa por un blanco vivo.

En cuestión de segundos, las lianas empezaron a marchitarse.

Se quebraron, cayeron al suelo y se desintegraron como polvo al contacto con el aire.

Zeitra movió la mano y una ventisca repentina chocó contra la ventana, abriéndola de golpe.

El viento arrastró el polvo marchito hacia el exterior en un torbellino suave.

Increíble…  Si algo aún no lograba asimilar de este mundo era la rapidez con la que todo podía transformarse.

Por alguna razón, la habitación cambió.

El olor fresco de la mañana se coló lentamente por la ventana abierta, disipando los aromas viejos y húmedos.

Como si el lugar tuviera vida propia, las paredes agrietadas empezaron a repararse.

Las fisuras se cerraron una a una, encajando como piezas que volvían a su sitio con una precisión imposible.

—Tú fuiste quien dejó el cuarto en este estado —dije sin pensar—.

¿Por qué lo hiciste?

—Hay muchas cosas que no entiendes, niño —respondió con una sonrisa tranquila mientras empezaba a caminar hacia mí—.

Te falta mucho por aprender, y por eso estás aquí.

Pensé que se acercaba a mí, pero al pasar de largo me quedé desconcertado.

Con calma, se agachó, apoyó una rodilla en el suelo y metió la mano debajo de una de las camas.

Me quedé sin palabras cuando vi lo que sacaba.

Era una criatura diminuta, apenas del tamaño de un ratón erguido sobre dos patas.

Parecía un duende, aunque muy distinto a los que había leído en los libros de la biblioteca real.

Este… por algún motivo llevaba anteojos.

—Ki… ki… kiso fato —murmuró el duende, con voz ronca—.

¡Por los pelos de mi abuelo!

¿Por qué me levantas a esta hora, Zeitra?

Aún mirándolo, vi cómo notaba mi presencia.

Sus ojos se abrieron con sorpresa, y de inmediato intentó soltarse del agarre de Zeitra hasta lograrlo.

Una vez libre, trepó por el brazo de Zeitra hasta acomodarse en su hombro.

Entonces me miró fijamente, con una mezcla de asombro e incredulidad.

—Qué curioso… —su voz resonó con un eco extraño—.

Es la primera vez en cien años que veo a un niño humano.

Sus pequeños ojos brillaron.

—Esa mirada… y esa alma tan pura —agregó, moviendo la cabeza como si no pudiera creerlo—.

Sin duda, tú no has crecido con la guerra, muchacho.

Aún con la mirada fija en el diminuto duende, mis sentidos captaron a lo lejos unos pasos familiares acercándose por el pasillo.

No pasaron más de unos segundos antes de que la figura de Aiza apareciera en el umbral, sosteniendo una escoba como si fuera un arma.

Su mueca amarga lo decía todo.

—Veo que ya se solucionó el problema —dijo, dejando caer la escoba con un golpe seco que resonó en la habitación—.

Es bueno saber que mi escuadrón ya se conoce.

Al ver cómo una sonrisa maliciosa se curvaba en su rostro, supe de inmediato que lo que estaba por salir de su boca no serían precisamente palabras amables.

El silencio se apoderó de mi mente por un instante y solo pude pensar en él.

—Matias, sé que en algún lugar lejano me estás escuchando —mi voz se quebró apenas, aunque intente esconderlo—.

No dejaré que vuelvas.

Derramaré mi última gota aquí, en este mundo… en mi hogar.

Discretamente agaché la cabeza, mirando el suelo de madera pulida.

Allí cayeron mis lágrimas, no de dolor, sino de esperanza.

Una esperanza distante… pero hermosa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?

Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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