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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 39

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39: Capítulo 39: Desde cero 39: Capítulo 39: Desde cero POV de Kael Lanpar El rechinar de la madera del piso superior no dejaba de resonar, alargando la noche fría y amarga más de lo normal.

Acostado, atrapado entre los ronquidos molestos de Soka y las pisadas que iban y venían arriba, no podía dejar de pensar en lo que había dicho aquel duende.

Sus palabras giraban en mi cabeza como un eco persistente, imposible de silenciar.

Con frustración me giré de lado, acomodando el rostro en la suavidad de la almohada, hundiendo cada vez más el cachete en ella, como si así pudiera escapar de mis propios pensamientos.

Mis ojos se detuvieron en el pequeño ser mágico que dormía sobre el vientre de Zeitra.

Con una respiración casi imperceptible, el lo acurrucaba instintivamente.

—Esa mirada… y esa alma tan pura.

Sin duda, tú no has crecido con la guerra, muchacho.

Apreté los ojos con fuerza al recordar aquellas palabras.

Quería evitar a toda costa que esas imágenes regresaran a mi mente.

Ese día, cuando su voz llegó a mis oídos, mi mundo dio un vuelco, como si algo invisible me hubiera golpeado directo en el estómago.

A pesar de que su aliento olía a leña quemada y de que era la primera vez que veía a una criatura como él, en ese instante solo pude pensar en un nombre.

—Matias Castleboard.

Ese farsante.

Ese imbécil que me había arrojado a este mundo y que ahora parecía querer arrebatármelo.

Por algún motivo retorcido, su recuerdo despertó en mí una pena amarga.

Sus acciones me causaban un terror tan visceral que hicieron que mi cuerpo empezara a sudar por el calor de la ira y tal vez miedo obligándome a levantarme de la cama para tomar aire fresco.

Sus acciones me provocaban un terror tan visceral que el calor de la ira —y quizá del miedo— comenzó a empapar mi piel de sudor.

La sensación me obligó a incorporarme, buscando aire fresco.

Con esfuerzo me senté en el filo de la cama.

Mi respiración se agitó antes de que mis pies descalzos tocaran el suelo helado.

Tragué saliva y avancé en puntillas hacia el balcón de la habitación, cuidando cada paso para no despertar a los demás.

El piso de madera, tan antiguo como algunos reinos, crujía con la más mínima presión.

—Zeitra, ya te dije que no juegues con tus serpientes en mi cuarto.

La voz de Soka hizo que mi corazón se disparara, latiendo con fuerza… hasta que noté que seguía profundamente dormido.

Solté un suspiro y llevé la mano a la manija de la puerta de vidrio que conducía al exterior.

Giré la muñeca con cuidado, abriendo apenas una rendija por la que logré escabullirme.

El viento helado me golpeó de inmediato, calando hasta los huesos.

Una descarga recorrió mi cuerpo y erizó mi piel: había olvidado que estaba descalzo.

Tensé la mandíbula, reprimiendo la reacción mientras el temblor me sacudía sin control.

Aun así, al alzar la vista, sentí algo parecido a la paz.

La noche era hermosa.

La luna brillaba con una calma solemne, acompañada por la luz tenue de estrellas lejanas que dibujaban un espectáculo silencioso en el cielo.

Avancé unos pasos y apoyé los codos en la barandilla de roble, contemplando el lugar con una tranquilidad que rara vez me permitía.

Siempre me había juzgado el silencio.

Allí, entre el frío y la inmensidad, podía dejar de obligar a mi mente a pensar.

—Para ser el hijo de un rey, eres muy extraño —dijo una voz suave, captando mi atención—.

¿Qué se supone que haces aquí?

Al girar la cabeza me encontré con Emira.

Bañada por la luz de la luna, parecía casi irreal, como si el cielo la hubiera moldeado para encajar en la noche.

En su rostro había una preocupación sincera.

Su vestido blanco ondeaba con el viento, al igual que su cabello castaño, rebelde y desordenado.

Antes de que pudiera decir una sola palabra, dejó escapar una risa suave que, por alguna razón, me resultó peligrosamente cautivadora.

—Sabes, Kael… este lugar es más hermoso de noche —dijo mientras se acercaba.

En pocos pasos llegó a mi lado y apoyó también los codos en la barandilla, perdiendo la mirada en el vacío bajo el enorme pedazo de tierra flotante.

—Nunca pensé que terminaría en un lugar así —murmuré, casi sin darme cuenta.

—Has pasado tanto tiempo encerrado en tu castillo y en tu propio mundo que nunca te diste la oportunidad de explorar lo hermoso que es este —respondió, dándome un leve codazo.

—La primera vez que vine aquí me dije esas mismas palabras —añadió, apartándose un mechón de cabello del rostro.

Desvié la mirada hacia abajo, hacia el bosque élfico.

Incluso desde aquella altura se escuchaban los aullidos y los cantos de las criaturas mágicas que lo habitaban, como un eco antiguo que jamás dormía.

Al observar cómo las aves nocturnas alzaban el vuelo, cortando el cielo oscuro que cubría el coliseo, noté que algo descendía lentamente desde lo alto.

Una pluma.

El viento la mecía con suavidad, haciéndola girar en el aire antes de dejarla caer hacia nosotros.

Con cuidado extendí la mano para atraparla, mientras la otra se aferraba al borde de la barandilla para no perder el equilibrio.

Al rozarla sentí su suavidad contra la piel.

Su color negro se fundía con la noche, volviéndola casi invisible, de no ser por los bordes dorados que la delineaban con una resistencia antinatural.

—Esto es… totalmente raro —murmuró Emira, posando su mano sobre la mía.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

No era capaz de apartar la mirada de aquello que sostenía.

—La pluma de un emisario —tartamudeé, sintiendo cómo mi cuerpo comenzaba a temblar.

De pronto, mis fuerzas me abandonaron.

La ira tomó el control y, en un impulso de odio puro, apreté la pluma con fuerza, escuchando su crujido apagado dentro de mi puño cerrado.

—Kael, tranquilízate.

No te va a pasar nada —dijo Emira, sujetándome de los hombros con ambas manos—.

Es solo una historia de niños.

No es real.

Así como en el antiguo mundo donde viví existían leyendas que mezclaban imaginación y verdad, en este nuevo hogar habitaban cosas conocidas como presagios.

En ese lugar donde mi conciencia despertó por primera vez, las leyendas eran simples palabras cargadas de significados ocultos.

Aquí, en cambio, incluso lo más pequeño pesaba más que cualquier discurso.

Había cargado un peso insoportable sobre mis hombros mucho antes de que él me creara.

Heredar sus recuerdos fue una pesadilla imposible de borrar… y aun así, la acepté.

Lo que no podía comprender era por qué todo volvía a ponerse en mi contra.

Todavía no entendía qué había hecho para merecerlo.

—¿Kael… estás bien?

La voz de Emira llegó distorsionada, lejana.

—Kael, mírame.

No dejes que eso te consuma.

Quise decirle que sí, que la estaba mirando, pero mi visión comenzaba a nublarse, como si mis ojos se apagaran lentamente.

La sensación me resultaba familiar.

Sabía lo que era… pero no comprendía por qué dolía tanto, incluso después de haberla vivido antes.

—Te sientes solo, ¿verdad?

Escuché su voz otra vez, pero esta vez no provenía del exterior, sino de lo más profundo de mi mente.

—Deja que ese miedo se disuelva.

No estás solo.

Así como Vastiar podía comunicarse telepáticamente conmigo mediante nuestro pacto de sangre, Emira estaba logrando algo que creí exclusivo de él.

De forma repentina, mi cuerpo dejó de estar rígido.

Mis emociones se aquietaron y, al relajar la respiración, mis piernas cedieron.

Estuve a punto de caer contra el suelo rocoso pero unos brazos me atraparon en el aire.

—¿Cómo pudiste entrar en mi mente?

—pregunté con terror—.

¿Qué estabas haciendo ahí?

Ella no respondió.

Simplemente apoyó una mano sobre mi cabello y llevó mi cabeza contra su pecho, intentando calmarme.

—No quería hacerlo —susurró—.

Me estaba preocupando por ti.

Al oírla, sentí cómo la pluma que aún sostenía se deslizaba entre mis dedos y caía lentamente al suelo.

Al mismo tiempo, lágrimas silenciosas, lejanas al dolor físico, escaparon de mis ojos.

El significado de las cosas cambia según el momento de tu vida.

Eso me enseñó mi padre.

Una pluma de emisario puede contener muchos mensajes… pero el que me había tocado cargar no era uno que estuviera preparado para soportar.

Aves tan hermosas como la vida misma podían anunciar presagios tan devastadores como la muerte de alguien… o la propia.

Quise no creer en ello, pero un presentimiento oscuro se aferró a mi pecho.

Aquella noche, tan hermosa, terminó teñida de melancolía.

Después de secar mis últimas lágrimas, regresé a dormir.

Tenía demasiadas inquietudes, pero el cansancio acabó por vencerme.

Cerré los ojos con el dolor aún palpitando en el pecho, sostenido por el abrazo de alguien a quien apenas conocía desde hacía unos días.

El tiempo se volvió extraño mientras dormía.

No sentí pasar las horas antes de despertar.

Un resplandor cegador atravesó mis párpados, obligándome a abrir los ojos mientras intentaba apartar la luz del sol.

—No sabía que tenías esos gustos, hermanita —la voz de Soka irrumpió de golpe, arrastrándome de vuelta a la realidad… y a todo lo ocurrido la noche anterior.

Con el cuerpo aún adormecido, me senté en la cama con las piernas cruzadas, sintiendo cómo unos brazos me soltaban al incorporarme.

Cuando por fin mi vista se enfocó, vi quién había estado sosteniéndome.

Pensé que había estado soñando pero allí estaba ella, frotándose los ojos con cansancio mientras bostezaba.

—No molestes, Soka —dijo, sentándose también—.

El pobre no podía dormir por tus ronquidos.

Por algún motivo que no logré comprender, el miedo me atravesó de golpe.

Quise alejarme de ella lo más rápido posible, olvidando por completo que seguía sobre la cama.

Antes de reaccionar, terminé cayendo al suelo.

El dolor recorrió mi espalda al chocar contra la madera, pero curiosamente eso no fue lo que más me preocupó.

—¿Cómo hiciste para entrar en mi mente ayer?

—pregunté, señalándola con un dedo tembloroso.

Vi cómo dejaba escapar un suspiro cansado, a punto de responder, pero Zeitra se adelantó.

—Emira, ¿qué te dije sobre usar la conexión espiritual con otra persona?

—su voz sonaba claramente molesta.

Al escucharlo, Emira bajó la cabeza, avergonzada, como si el peso de la culpa la empujara hacia el suelo.

—Perdón, hermano… yo solo quería ayudarlo —murmuró, sin fuerzas.

Durante unos segundos, las pupilas de Zeitra cambiaron de nuevo a aquel verde extraño que había visto el primer día que nos conocimos.

Esta vez, sin embargo, pude reconocer su origen.

Eran los ojos de una bestia acorralada, de un animal que sabe que tiene una presa enfrente.

El salvajismo del depredador.

La segunda consecuencia del despertar corrupto.

Algo que aún no me había sucedido… y que esperaba jamás experimentar.

—Entonces tú tuviste un despertar corrupto —dije sin pensar—.

Eres como yo.

Al oírme, los ojos de Zeitra se abrieron más de lo normal.

Su mirada volvió a su color natural, pero sus manos comenzaron a temblar.

La habitación quedó sumida en un silencio incómodo.

Ninguno se atrevió a hablar.

Solo nos observábamos, rodeados por partículas de polvo que danzaban en el aire, iluminadas por la luz matutina del sol.

—Esto es… un poco incómodo —una voz grave rompió el silencio desde entre las sábanas.

No tardé en identificar al hablante cuando vi moverse un pequeño bulto sobre la cama.

Al revelarse su figura, confirmé mis sospechas: era el duende, Socafas.

A pesar de su diminuto tamaño, su voz era tan potente como la de un adulto, imposible de ignorar.

—Tuve mis sospechas desde que te conocí, muchacho —dijo, saltando de la cama y aterrizando con elegancia—.

Esa actitud… y el aura que transmites… Se quedó en silencio de repente.

Solo lo observé mientras sus pequeñas piernas se movían a una velocidad absurda hacia mí.

Usó mi pantalón para escalar hasta mi hombro y, al llegar, me sujetó la oreja con una fuerza descomunal antes de gritar: —¡Cada día eres más interesante, muchacho!

El grito resonó directo en mi tímpano.

Sin pensarlo, intenté apartarlo con un manotazo.

Antes de que pudiera tocarlo, saltó desde mi hombro y cayó al suelo de una forma extraña.

Era como si su cuerpo no pesara nada, dejándose llevar por la brisa de la mañana, flotando como una simple hoja.

Sacudí la cabeza con frustración y dirigí la mirada hacia Zeitra, quien ahora se veía demasiado serio.

—Que hayamos tenido un despertar similar no significa que seamos iguales —dijo con una voz cargada de amenaza—.

No me conoces… y ni siquiera pienses que podrás hacerlo.

Sin añadir nada más, se marchó.

Su aura había cambiado, distorsionada, violenta.

Lo último que hizo fue aferrar la puerta con fuerza y azotarla al salir, haciendo temblar ligeramente toda la habitación.

No me atreví a preguntar qué estaba ocurriendo.

Dejé escapar un suspiro cargado de resignación y me acerqué a Emira, sentándome una vez más a su lado.

—No quería entrar en tu mente —dijo, comenzando a sollozar—.

Solo quería ayudarte.

Sin decir una palabra, rodeé su cuerpo con mis brazos torpes y pequeños, devolviéndole el abrazo que alguna vez ella me había ofrecido.

Ya había luchado contra mi propia existencia.

Ahora parecía que debía enfrentar algo distinto, algo que solo los seres vivos temen de verdad.

Nunca le había tenido miedo a la muerte.

Durante mucho tiempo creí que era la única forma de liberarme de todo el sufrimiento que cargaba.

Pero cuando el final amargo no es para ti, sino para alguien más… duele más que cualquier herida.

No tenía un buen presentimiento.

Incluso el propio mundo parecía advertirme de que nada de esto acabaría bien.

Solo soy un niño.

No quiero volver a perder a alguien.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?

Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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