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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Capítulo 41 Más allá de nuestros pensamientos
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41: Capítulo 41: Más allá de nuestros pensamientos 41: Capítulo 41: Más allá de nuestros pensamientos POV de Matías Castleboard (Recuerdo del pasado)  Podía sentir cómo mi cuerpo ardía, igual que las llamas que consumían lentamente aquel lugar.

De pie, en medio del caos, solo me quedaba observar la destrucción que habían dejado las guerras anteriores libradas en esas tierras.

Ruinas sobre ruinas, cicatrices abiertas en un mundo que ya no recordaba cómo sanar.

La sangre se extendía como una mancha imborrable sobre el agua que cubría gran parte de aquel continente, uno más de los tantos que habían caído bajo la mano divina de falsos dioses.

Cuando alcé la mirada, no pude evitar entrecerrar los ojos con odio.

En el cielo flotaba una figura de expresión indiferente, ajena al sufrimiento que había reducido a la humanidad a cenizas.

Sus brazos cruzados y aquella mirada burlona no hacían más que confirmar la verdad: para él, los humanos no éramos más que un chiste cruel.

—Al parecer no acabé con todos —dijo desde lo alto—.

Pensé que mi orden había sido clara.

Con la velocidad de un rayo, su cuerpo impactó contra los escombros.

La onda expansiva levantó una enorme nube de polvo que terminó disipándose con la brisa, cargada de olores nauseabundos a muerte y decadencia.

—No deberías seguir con vida, humano —añadió mientras se recomponía de la caída.

Por un instante cerré los ojos.

Ralentizando mi respiración, me hundí en la oscuridad de mi mente.

El deseo de matar a ese desgraciado ardía con fuerza; quería quebrarle los dientes, borrar para siempre aquella sonrisa arrogante de su rostro.

La ira recorrió mi cuerpo.

Entonces lo sentí: el embriagante poder de la diosa del destino erizó mi piel cuando la energía divina comenzó a fluir por mis venas, reclamándome.

—Tu cabeza la usaré como trofeo —murmuré, abriendo lentamente los párpados.

Di un paso al frente.

El rostro del dios se deformó en horror.

Por alguna razón, su cuerpo temblaba; la arrogancia que lo envolvía se había evaporado como humo.

Dejé escapar una sonrisa retorcida al verlo intentar decir algo, tartamudeando en el intento, preparándose instintivamente para lo peor.

—¿Quién mierda te dio esos ojos?

No respondí.

Dejé que mi cuerpo se moviera por instinto y, en un solo parpadeo, estuve frente a él.

Sin darle tiempo a reaccionar, dirigí mi puño hacia su hígado, sintiendo la carne hundirse bajo la brutalidad del impacto.

Su cuerpo salió despedido, atravesando varias paredes de edificios olvidados, estructuras que se desplomaron después de siglos de silencio.

El derrumbe levantó una gigantesca cortina de humo que no tardó en alcanzarme, envolviéndome en una densa nube que me desorientó por un momento.

Mis pulmones ardieron al llenarse del polvo de los escombros.

No tuve más opción que volar hacia el cielo, buscando desesperadamente aire limpio.

—Es extraño cómo todo terminó así… Alcé la mirada y sentí una punzada de tristeza.

Nuestro satélite había sido destruido.

Fragmentos de la luna flotaban en el vacío, suspendidos de forma antinatural, como restos de un cadáver celestial abandonado a su suerte.

Las estrellas se habían apagado, opacadas por enormes portales que deformaban la realidad, difuminando la frontera entre lo real y aquello que alguna vez fue solo fantasía.

—Maldito humano… ¿Qué te crees?

Giré lentamente la cabeza hacia el origen de la voz.

A lo lejos, la figura del dios avanzaba a máxima velocidad, rompiendo la barrera del sonido en su trayecto.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras me preparaba una vez más para pelear.

—Veamos qué tan resistente eres.

Apreté el puño con fuerza y recibí su rostro con un golpe directo que lo hizo retroceder de inmediato.

Lo vi llevarse una mano a la boca, la sangre deslizándose por la comisura de sus labios.

Al notar que seguía desorientado, no dudé.

Me lancé hacia él con una ráfaga de golpes que impactaron de lleno.

Cuando conecté un gancho a su cadera, sentí una descarga repulsiva al oír el crujir de sus huesos desde el interior.

Yo no era quien recibía el daño.

Y aun así, podía sentir cada herida como si fuera mía.

Conocía demasiado bien el lenguaje del dolor… porque lo había hablado toda mi vida.

Al estar tan concentrado en mis ataques, no me di cuenta de cómo la fatiga comenzaba a apoderarse de mi cuerpo.

Mis golpes se volvieron más lentos.

La visión se me nubló durante un par de instantes, dejando un vacío que el dios no dudó en aprovechar.

En cuestión de segundos sentí cómo mi mandíbula se desplazaba de su lugar.

El dolor punzante me atravesó el cráneo y me devolvió de golpe a la realidad.

—Maldito… aun estando herido sigues golpeando fuerte.

De manera inconsciente, apreté el puño mientras volvía a encajar mi mandíbula en su sitio.

Un cosquilleo desagradable recorrió mi boca, acompañado del sabor metálico de la sangre.

Queriendo terminar aquello de una vez, abusé otra vez de mi poder divino, forzando al tiempo a obedecerme.

El mundo se ralentizó.

Mis ojos ardieron, y sentí cómo la sangre cálida brotaba de ellos.

Aun así, al contemplar el resultado, una extraña paz se apoderó de mí.

Las nubes quedaron inmóviles.

Las alas de los cuervos se congelaron a medio aleteo.

Solo yo permanecía en movimiento dentro de aquel plano, un dominio que había hecho mío, capaz de someter incluso a los dioses a las reglas del tiempo.

Con el cuerpo flotando en el aire, me acerqué al dios.

Sujeté sus piernas con ambas manos y, acercándome a su oído, susurré: —Calur.

Con una sola palabra, el mundo volvió a fluir.

Las cenizas suspendidas retomaron su caída lenta y errática.

Apreté con más fuerza los talones del dios y forcé mi cuerpo a elevarlo por encima de mi cabeza.

Mis músculos se tensaron al límite.

Las venas brotaron bajo la piel, denunciando el sobreesfuerzo.

Sabía que mi cuerpo me suplicaba descanso.

Pero no podía permitirme perder tiempo, no en mi primera misión.

—¿Qué estás haciendo?

¡Suéltame!

—gritó con terror desde arriba.

—Como tú quieras —murmuré.

Sus gritos desesperados llegaron a mis oídos… hasta que fueron silenciados cuando su cuerpo se estrelló contra la capa de agua que se extendía bajo nosotros.

Descendí lentamente desde el cielo.

Bajo mis pies se desplegó una escena grotesca que me revolvió el estómago.

Desde las profundidades comenzaron a emerger cadáveres putrefactos, arrastrados a la superficie por la violencia del impacto.

Al posar los pies sobre un escombro flotante, mis piernas cedieron.

Caí de rodillas, observando el cuerpo del dios flotar inconsciente entre los restos de los muertos.

Era horrible pensar cómo habían terminado sus vidas.

Solo con pensarlo, recuerdos que creía enterrados regresaron a mi mente.

Aún no lograba superar la muerte de mi familia.

Incluso con un nuevo propósito, el pasado seguía persiguiéndome sin piedad.

Antes de que pudiera hundirme más en mis pensamientos, el sonido de la estática perforó mi tímpano y me arrancó de mis vacilaciones.

Una voz conocida resonó en mi auricular, recordándome que aquello no era en vano.

—Aquí Gorila reportándose.

Ya terminé de pescar a mi dios.

¿Tú cómo vas, Matías?

—Tiburón reportándose… ya terminé con mi trabajo.

Me dirijo a la base —respondí con la voz cargada de cansancio.

Apoyé una mano en la rodilla y me incorporé con dificultad, apagando el comunicador en el proceso.

Aún no comprendía por qué el Profeta quería los cuerpos de los dioses.

Pero, por alguna razón, no sentía motivos para desconfiar de él.

Avancé hacia el cuerpo del dios caído, deseando que todo saliera bien… Y que, al final de todo aquello, pudiera encontrar en el futuro mi propia libertad.

POV de Kael Lanpar Mis ojos se abrieron de golpe cuando los sentimientos de aquel recuerdo comenzaron a adherirse a mí, como una sombra que se negaba a soltarme.

La somnolencia de mi cuerpo me hizo comprender que me había quedado dormido durante el trayecto.

Mi visión seguía borrosa, pero lo que realmente me desconcertó fue haber tenido otro recuerdo.

Me sorprendió profundamente que, después de tanto tiempo, hubiera vuelto a soñar con el pasado de Matías.

Aún atrapado en mis pensamientos, logré captar la voz difusa de Aiza.

Sonaba más calmada de lo habitual.

—Al parecer ya te despertaste, pequeño.

No le respondí de inmediato.

Primero necesitaba despejarme por completo.

Intenté estirarme, alzando los brazos hacia el cielo y dejando que mi cuerpo se inclinara hacia atrás… solo para darme cuenta demasiado tarde del vacío que había tras de mí.

Estuve a punto de caer de no ser por la mano de Aiza, que me sujetó con firmeza de la camisa.

La conmoción activó mis sentidos de golpe.

Estaba sobre un caballo.

Volví a apoyar la cabeza contra la espalda de Aiza y rodeé su cintura con los brazos, aferrándome con fuerza, aterrorizado ante la idea de terminar contra el suelo.

Aun con el pánico golpeando mi pequeño cuerpo, escuché la risa divertida de Aiza, lo que me hizo sentir una punzada de vergüenza.

—Niño, cálmate —dijo entre risas—.

Puedo sentir cómo tu corazón late con fuerza contra mi espalda.

—Esto no es gracioso —respondí con molestia—.

Casi me caigo.

Sin darme ninguna advertencia, Aiza azotó con fuerza las riendas de su corcel, que aceleró el paso de forma brusca.

Instintivamente, apreté con más fuerza mi rostro contra su espalda.

A ambos costados pude ver cómo Zeitra, Emira y Soka nos seguían a la misma velocidad, cabalgando enormes caballos.

Aquella imagen me hizo tomar verdadera conciencia de la altura a la que me encontraba… y de la distancia que nos separaba del suelo.

Intentando despejar mi mente, desvié la mirada hacia el horizonte y entonces tomé conciencia del lugar maravilloso en el que nos encontrábamos.

A lo lejos, un sol anaranjado se ocultaba lentamente, entregando el mundo a la noche… una noche que no se quedaba atrás en belleza.

Cada pisada de las pezuñas dejaba atrás un inmenso campo verde que deslumbraba con su hermosura.

Entre la hierba brotaban flores multicolores que desprendían un brillo tenue a intervalos, como si el suelo mismo palpitara con vida propia.

Aferrándome con fuerza a la montura del caballo, me incliné hacia un costado y bajé la mano para rozar la superficie de aquel paisaje, como si tocara un océano hecho de luciérnagas danzantes.

—Atención, niños.

Ya estamos llegando.

Las palabras de Aiza me obligaron a acomodarme de nuevo en el asiento.

A lo lejos, un pueblo comenzó a delinearse ante nosotros.

Cuanto más nos acercábamos, más evidente se volvía algo inquietante.

El silencio.

No era un silencio natural.

Era pesado, antinatural… como el de un lugar abandonado demasiado deprisa.

Al cruzar la puerta que daba la bienvenida al pueblo, todos descendimos de inmediato, sin decir una sola palabra sobre lo que estaba ocurriendo.

Aquello solo aumentó la inquietud que ya me oprimía el pecho.

No lograba entender cómo el aroma a pan recién horneado aún flotaba en el aire.

Ni por qué los faroles de cada calle permanecían encendidos, iluminando caminos completamente vacíos.

—¿Qué es lo que pasó aquí…?

—murmuré sin darme cuenta.

Aún envuelto en la confusión, sentí de pronto unas manos posarse sobre mis hombros.

No lo pensé.

Me giré por puro instinto y lancé un gancho que impactó de lleno contra un rostro.

Una gota de sudor resbaló por mi frente cuando reconocí a Zeitra.

Incluso con mi puño hundido en su mejilla, no mostró la más mínima mueca de dolor.

—¿Por qué me atacaste?

—preguntó con calma, sujetando mi muñeca antes de apartar mi mano de su rostro.

Mis labios se curvaron en una sonrisa nerviosa mientras daba pasos hacia atrás, alejándome lentamente de Zeitra, que no parecía comprender el motivo de mi actitud.

Tenía razones para temerle.

Sabía lo que significaba un despertar corrupto.

Comprendía bien lo que podía hacerle a la mente de una persona… Si algún día su juicio se nublaba, no estaba seguro de que alguno de nosotros pudiera detenerlo.

No tenía intención de poner mi vida en riesgo, y mucho menos en un momento como aquel.

—Escuchen todos.

Desde ahora iremos a pie —ordenó Aiza con voz firme.

La vi alzar la mano y señalar a los tres hermanos antes de continuar.

—Ustedes vayan a dejar a los caballos en los corrales.

Sin cuestionar la orden, tomaron las riendas de los enormes animales y comenzaron a guiarlos hacia sus hogares, desapareciendo poco a poco en la niebla que empezaba a expandirse por el lugar.

Sin decir nada, Aiza me lanzó una maleta.

La atrapé en el aire, con la confusión reflejada en el rostro.

—Ve a conseguir comida.

Este ya es un pueblo muerto —dijo, dándome la espalda antes de marcharse.

Cuando me quedé solo, activé mi magia astral.

Necesitaba ver las auras de los demás; atravesar aquella niebla espesa con la vista era imposible.

Al confirmar que todos se encontraban bien, avancé hacia una de las casas.

Rompí la cerradura con el codo y empujé la puerta de madera, que se abrió con un chirrido áspero.

No perdí tiempo.

Me dirigí directamente a la cocina, atravesando un pasillo estrecho… solo para detenerme en seco.

Mis ojos se abrieron de par en par.

Una luz seguía encendida.

Y en la pared, proyectada por esa luz, se dibujaba la sombra de alguien sentado, inmóvil, como si me hubiera estado esperando todo ese tiempo.

—No quiero hacer nada estúpido… pero tal vez quien esté ahí tenga alguna respuesta sobre lo que pasó aquí —murmuré.

Con cautela, di unos pasos hacia adelante.

Entonces lo escuché.

El sonido metálico de unos cubiertos.

El leve, inquietante masticar de una persona.

Antes de poder anunciar mi presencia, tuve que esquivar por puro reflejo.

Un cubierto pasó rozando mi mejilla y terminó clavado con violencia en la pared dejando una grieta la cual no era normal.

Arranqué el cuchillo de la pared con violencia y me lancé a ciegas contra mi agresor, solo para quedar sumido en la oscuridad cuando sus dedos aplastaron la llama de la única vela que iluminaba la estancia.

Envuelto en la incertidumbre, adopté una posición defensiva, reuniendo maná atmosférico en la mano libre.

Cerré los ojos para concentrarme.

Entonces lo sentí.

La presencia de la otra persona avanzaba con rapidez hacia mí.

Aun con los párpados cerrados, pude percibir su aura atravesando la oscuridad.

No era maligna.

Había un error.

Sin pensarlo más, descargué la mano reforzada con maná directo hacia su cuello, estampándolo contra la mesa de madera.

El impacto retumbó por toda la habitación.

—¿Quién eres?

—exigí, intentando sonar amenazante.

No hubo respuesta.

Guié con la mirada las partículas del elemento fuego que aún flotaban en el aire y las conduje de regreso a la vela, devolviéndole la llama.

La luz reveló un rostro cubierto por una máscara de león.

Solo el cabello rubio quedaba al descubierto, meciéndose con la corriente que entraba por la ventana abierta.

—Nunca creí que así recibirías a tu primo.

Al escuchar esa voz, mi cuerpo se relajó por sí solo.

Con cautela, lo solté, sin dejar de observarlo.

Su mano se dirigió a la máscara.

Al retirarla, dejó al descubierto el rostro de un adolescente marcado por una cicatriz en el rostro.

Su sonrisa astuta confirmó lo que ya sospechaba.

Con la voz cargada de sorpresa, solo pude decir: —¿Alfin… qué haces aquí?

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?

Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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