El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
- Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 Monstruo en la mazmorra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
42: Capítulo 42: Monstruo en la mazmorra 42: Capítulo 42: Monstruo en la mazmorra POV de Kael Lanpar Mis ojos se perdían en la inmensidad de la luna.
Aunque oculta tras nubes oscuras, no dejaba de derramar su belleza sobre la noche silenciosa.
Había algo profundamente reconfortante en compartir ese momento con alguien conocido desde hacía tanto tiempo.
Tener a Alfin a mi lado se sentía como regresar a casa… aun sabiendo que aquel lugar estaba muy lejos de mi.
Acomodé las manos sobre la superficie fría del tejado donde nos encontrábamos y bajé la mirada.
Frente a mí, mi aliento se condensaba en el aire, escapando en suaves bocanadas, marcando el ritmo tranquilo de mis respiraciones.
La verdad era que tenía demasiadas dudas sobre el motivo por el cual Alfin había viajado desde tan lejos para buscarme.
Algo no encajaba.
Aún no había llegado el momento de regresar a Auroria, y él lo sabía.
—Hace un poco de frío.
Su voz me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad.
Lo observé mientras se abrazaba a sí mismo, intentando conservar algo de calor de la forma más torpe posible.
Sin darme cuenta, una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.
La escena me recordó a Airis.
Extendí la mano hacia adelante y permití que el maná atmosférico se reuniera en mi palma.
Una esfera de fuego tomó forma y quedó flotando entre nosotros, irradiando un calor suave que nos envolvió a ambos.
—Veo que ya controlas tu magia —dijo con un dejo de emoción—.
Ya no eres el mismo primito.
Incapaz de contenerlo, mis labios se curvaron en una sonrisa que pronto se transformó en risa.
—Tú también has cambiado mucho.
Apenas podía hablar.
Me resultaba imposible tomarlo en serio viéndolo con el cabello recogido en una cola de caballo; la imagen era demasiado absurda.
—¿De qué te estás riendo?
—preguntó, alzando una ceja.
—Se te ve horrible ese corte de pelo —respondí, limpiándome las lágrimas provocadas por la risa—.
Ahora pareces una mujer… con una cicatriz en la cara.
Sin previo aviso, se lanzó contra mí intentando atraparme con una mano.
Por puro reflejo di un salto hacia atrás antes de que pudiera alcanzarme, pero al apoyar los pies sentí cómo perdía el equilibrio.
No me di cuenta de que estaba al borde del tejado hasta que mi balance cedió por completo y la gravedad me reclamó hacia el suelo.
Mis ojos se abrieron de par en par al ver la caída.
Tragué saliva con dificultad, consciente de que impactar contra la roca dolería… y mucho.
Aceptando mi destino, cerré los ojos con una sonrisa amarga.
Pero no ocurrió nada.
Algo me había sujetado de la camisa.
—Eres demasiado dramático —dijo Alfin mientras me sostenía—.
Sabes que puedes usar tu magia.
Abrí los ojos y me aferré a su antebrazo.
Con un impulso torpe, conseguí volver al tejado, cayendo boca arriba, jadeando por el esfuerzo.
—Ya no tengo maná —murmuré con fastidio.
Alfin me tendió la mano.
Sin dudarlo, la acepté y me incorporé, sacudiéndome la ropa cubierta del polvo que se había alzado tras la caída.
—No entiendo cómo es que ya no tienes maná —dijo, rascándose la cabeza con evidente asombro.
Tardé unos segundos en responder.
Explicar la razón siempre resultaba frustrante… y era un recuerdo que prefería evitar.
—Aún no poseo un equilibrio adecuado entre la creación y el control.
Apreté el puño con rabia.
No podía creer que, después de tanto tiempo, mi recuperación de maná siguiera siendo tan lenta.
Sin decir nada, Alfin dio un paso al frente y posó una mano sobre mi cabeza, dejando escapar un suspiro contenido.
—Cuando crezcas empezarás a perfeccionar tu técnica — dijo con seriedad.
Se detuvo un instante antes de añadir: —Aún te queda un largo camino por recorrer si algún día quieres adaptarte a tu despertar corrupto.
Dicho eso, dio un salto ágil y descendió del tejado, dejándome solo con mis pensamientos… y con esa verdad pesando en el pecho.
Resignándome a la verdad, no me quedó más opción que seguir a Alfin.
Salté desde el tejado y terminé cayendo de lleno sobre una carreta cargada de paja, que amortiguó el impacto con un crujido seco.
El olor a heno viejo me envolvió por un instante mientras recuperaba el aliento.
Me incorporé con rapidez y descendí del vehículo.
Entonces lo vi.
Aiza se encontraba frente a mí junto a los tres hermanos, formando un semicírculo cerrado alrededor de Alfin.
Sus miradas eran duras, afiladas como cuchillas desenvainadas, y el aire a su alrededor parecía haberse tensado.
—¿Quién se supone que eres?
—preguntó Aiza, aferrando el mango de su lanza.
El metal resonó suavemente cuando la inclinó hacia adelante, dejando clara su intención.
Alfin, en contraste, permanecía completamente relajado.
Con una calma que rozaba la provocación, se cruzó de brazos y alzó el mentón antes de responder: —Soy de Alkaster.
El silencio que siguió fue pesado, casi solemne.
—He venido a llevarme a Kael.
Antes de que pudiera intervenir para calmar la situación, me detuve en seco.
Algo no estaba bien.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra el pecho cuando noté los objetos flotando en el aire.
No sabía cómo había ocurrido ni en qué momento exacto, pero fragmentos afilados de metal se suspendían a nuestro alrededor como si desafiaran las leyes del mundo.
Cada uno apuntaba con precisión mortal.
No hacia mí… sino hacia cada miembro de mi escuadrón.
Era como si Alfin estuviera aguardando el primer movimiento en falso, listo para desatar una masacre sin pestañear.
—Así que eres de Alkaster —dijo Aiza, alzando una mano para indicar a los chicos que se relajaran, aunque su voz no perdió ni un ápice de dureza.
El metal tembló apenas, pero no descendió.
—¿Qué trae a un espía por estas zonas del reino élfico?
—añadió—.
Y además… Sus ojos se entrecerraron.
—Parece que también eres un Lanpar.
Parpadeé.
Y en ese breve instante, Aiza desapareció de mi campo de visión.
Cuando volví a enfocar, ya estaba frente a Alfin, sujetando con firmeza la cadena de oro que colgaba de su cuello.
El símbolo de los Lanpar brillaba entre sus dedos, atrapado como una prueba irrefutable.
Con un movimiento brusco, Alfin atrapó la muñeca de Aiza y la apretó con fuerza antes de apartarla con violencia.
Conocía bien la enemistad que los humanos sentían hacia los elfos, pero jamás imaginé que alguien como Alfin albergará un rencor tan profundo contra una raza que, en realidad, apenas comprendía.
—Ustedes son una pérdida de tiempo —escupió.
Avanzó hacia mí con paso decidido.
No llegó lejos.
La lanza de Aiza se interpuso en su camino, cortando el aire con un silbido amenazante y obligándolo a detenerse en seco.
Por un instante, un silencio sepulcral se apoderó del lugar.
El aire se volvió pesado, casi irrespirable, como si el mundo contuviera el aliento.
Todo indicaba que aquello terminaría mal… de no ser por la voz de Aiza.
—Dejaré que te lleves a Kael, pero… Se detuvo un momento.
Guardó la lanza en su funda con un movimiento lento y deliberado, sin apartar la mirada de Alfin.
Luego continuó, con un tono firme que no admitía réplica: —Primero permite que terminemos nuestra misión.
Con un suspiro pesado, Alfin cedió finalmente a las palabras de Aiza.
Hizo un gesto débil con una mano y, como si obedecieran una orden muda, los fragmentos de metal que flotaban en el aire se precipitaron hacia el suelo, clavándose profundamente en la tierra antes de desaparecer de nuestra vista.
—¿Qué están esperando?
No tengo todo el día —dijo con evidente molestia mientras comenzaba a avanzar.
No dio más de unos pasos.
La mano de Emira se posó con firmeza sobre su hombro, obligándolo a detenerse.
Aún furioso, Alfin giró el rostro con una mirada cargada de odio… pero esta se disipó al instante al escuchar sus palabras.
—Ese no es el camino por el que vamos.
Agité la cabeza con una leve decepción y me giré lentamente.
Al ver a Alfin ruborizado, no pude evitar pensar que, al igual que yo, aún era joven.
A ambos nos quedaba mucho por aprender de la vida.
—¿Qué tan lejos estamos de la mazmorra?
—le pregunté a Aiza, caminando a su lado.
—No estamos lejos —respondió sin mirarme—.
Solo hay que atravesar el bosque y llegaremos.
Los cinco avanzamos juntos, adentrándonos aún más en las calles solitarias del pueblo abandonado.
La niebla seguía espesa, envolviéndolo todo como un manto que se negaba a disiparse.
Nuestra única fuente de luz era una rueda flotante de fuego que Alfin había creado.
Sus llamas ardían con intensidad sobrenatural, consumiendo la niebla a su paso y avivándose a medida que avanzábamos.
Por mi parte, aproveché el silencio que se había formado para intentar absorber maná atmosférico del entorno.
Pero la tarea resultaba más complicada de lo que esperaba.
No lograba concentrarme del todo.
Caminar… y absorber al mismo tiempo, aún estaba fuera de mi alcance.
Lo único que había hecho junto a Dirion durante mi estancia en el reino élfico había sido reforzar la barrera que me separaba de la locura provocada por mi despertar corrupto.
Gracias a ello, ahora tenía un mayor control sobre mis hechizos.
Ya no dependía únicamente de golpes emocionales para activarlos… pero aun así resultaba agotador aceptar que seguía muy lejos del nivel al que aspiraba.
Estaba tan hundido en mis pensamientos que no noté que Aiza se había detenido a mitad del camino.
Choqué contra su espalda sin entender qué ocurría… hasta que lo percibí.
Un olor nauseabundo a putrefacción se aferró al aire que respirábamos, volviendo la brisa nocturna casi irrespirable.
Frente a nosotros se extendía la causa de aquel hedor: restos de extremidades esparcidos por el bosque, dispuestos como una decoración macabra.
No era solo una escena de muerte.
Era una advertencia.
Algo respiraba cerca de nosotros, oculto en lo más profundo del lugar, observándonos desde la oscuridad.
—Esto no tiene sentido —dijo Aiza, con un tono de preocupación que logró hacer vacilar incluso a Alfin.
—Se supone que los otros escuadrones están desplegados en zonas distintas —añadió Zeitra, cerrando los ojos como si intentara ordenar sus pensamientos.
Cubriéndome la nariz con el brazo, me acerqué a Aiza y, en voz baja, le dije: —¿No podría ser obra de alguna otra criatura mágica?
Su respuesta fue un lento movimiento de cabeza, negando.
Sin decir una palabra, tomó mi mano y me condujo hacia un punto entre los árboles.
Allí yacía un ciervo blanco como la nieve.
Aún respiraba… con dificultad.
Aiza se arrodilló y posó la mano sobre el rostro del animal.
En sus últimos alientos, el ciervo la miró fijamente, como si intentara transmitirle algo que yo no podía comprender.
—¿Qué es lo…?
—empecé a decir.
Me interrumpí de golpe.
Con un movimiento rápido y preciso, Aiza hundió su daga en el cuello del ciervo, acabando con su vida en cuestión de segundos.
Tragué saliva con dificultad.
No entendía por qué lo había hecho.
—Kael… esto no es obra de un animal salvaje —dijo Aiza sin mirarme, mientras con una mano cerraba los párpados del ciervo—.
Alguien con capacidad de pensar fue el responsable.
Sus palabras aún intentaban asentarse en mi mente cuando tuve que abandonarlas por completo.
Un grito desgarrador rasgó el silencio del bosque, extendiéndose como una onda violenta que hizo huir a los carroñeros del cielo.
Reconocí la voz demasiado tarde.
Era Zeitra.
Por unos breves segundos alcancé a ver cómo sus ojos cambiaban de color, tornándose de un verde oscuro, antinatural… antes de que se internara en la negrura de la cueva sin mirar atrás.
Sin perder un segundo, todos se prepararon para ir en su búsqueda.
Las armas fueron desenvainadas con movimientos precisos, casi reflejos, antes de que uno a uno se internaran en aquel lugar abominable.
Mi corazón ardía.
Mi cuerpo temblaba sin obedecerme y, aun con la magia astral sellada, podía sentirlo: un aura poderosa, densa, sofocante… como si la cueva respirara odio.
El dolor fue demasiado.
Mis rodillas cedieron y se clavaron en la tierra mientras me aferraba al pecho, buscando inútilmente calmar… el miedo.
—No tengo motivos para ayudarlos, pero… La voz de Alfin se quebró a mitad de la frase.
Se arrodilló a mi lado y me sostuvo con firmeza, acercándose para susurrarme al oído: —Esta es tu decisión.
No es nuestra raza… aquí decides tú.
Tragué con dificultad y aparté su brazo de mi cuello.
Di un paso al frente, torpe pero firme, y desenvainé la daga que mi abuelo me había entregado en mi cumpleaños.
En mi mano libre, partículas anaranjadas comenzaron a reunirse, tomando forma hasta convertirse en una segunda hoja.
El aire a nuestro alrededor se evaporó al contacto, y en el metal ardían inscripciones de un sombrío carmesí.
—Apenas conozco a esas personas.
Mi voz fue débil… pero mi mirada no lo era.
—No pienso ser como Matías.
Apreté ambas dagas.
—Yo no abandono a nadie.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de Autor: ¿Qué les pareció este capítulo?
Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.
Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.
-Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com