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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 43: Leyendas olvidadas

POV de Kael Lanpar

El ambiente del lugar era opresivo, casi asfixiante para cualquiera que no estuviera habituado al aroma amargo de la muerte.

No era solo el aire.

Era la sensación persistente de que el mundo mismo observaba en silencio, atento, expectante.

Avanzar resultaba difícil entre los restos de huesos animales: quebradizos, erosionados, consumidos lentamente por la cruel paciencia del tiempo. Cada paso crujía bajo mis pies, como si el suelo recordara —y reprochara— todo lo que había sido devorado allí.

El terror me dominaba por completo.

Mis piernas temblaban sin control y la piel no dejaba de sudar un frío enfermizo, uno que me recordó que no era la primera vez que enfrentaba el verdadero horror de morir.

Apreté con más fuerza los mangos de mis dagas, intentando reprimir los recuerdos de Matías, que aún me perseguían como una sombra adherida al alma.

Su voz seguía filtrándose en lo más profundo de un trauma que creí superado. Pero la verdad era otra: solo fingía fortaleza para no enfrentar mi propia fragilidad.

Hundido en esos pensamientos, tropecé con uno de los huesos esparcidos por el suelo.

Caí contra una roca afilada que me raspó violentamente el brazo derecho.

De inmediato sentí cómo la sangre cálida comenzaba a deslizarse por mi piel, acompañada de un ardor intenso, casi insoportable. Apreté la mandíbula con fuerza, sofocando un grito que nunca llegó a escapar.

Todo comenzó a volverse borroso. El mundo se desdibujaba ante mis ojos y habría caído desmayado de no ser por la voz de Vastiar.

—Niño, levántate de una vez.

Sus palabras sonaban lejanas, distorsionadas, como si llegaran desde el fondo de un abismo.

Mi mente apenas lograba aferrarse a ellas; el cerebro ya no era capaz de procesar nada con claridad.

—Puedo sentir las auras de tus amigos —continuó—. Están en problemas.

Intenté responder, pero el jadeo que escapaba de mi boca ahogaba cualquier intento de palabra. El aire entraba y salía a trompicones, negándose a obedecerme.

Aun así, reuní fuerzas y hablé.

—Lo que hay ahí dentro… —mi voz tembló— está muy por encima del nivel que tengo ahora mismo. ¿Qué se supone que quieres que haga?

Las últimas palabras salieron teñidas de una ira cruda, una que no logré contener.

El silencio se impuso durante un instante.

En la penumbra, pude oír la respiración de algo que se acercaba, lenta y constante, reclamando el espacio entre cada latido.

Mi corazón se aceleró.

Todos mis sentidos coincidían en una sola advertencia: no era momento de vacilar. Mucho menos si no quería morir aquí.

—¿Quieres que te recuerde por qué decidiste vivir?

Esta vez, la voz de Vastiar llegó cargada de reproche. No le presté atención. Lo ignoré.

Arranqué un trozo de la camisa que llevaba puesta y, con manos torpes pero decididas, improvisé un torniquete alrededor del brazo herido.

El dolor fue intenso, punzante, pero no más fuerte que el deseo visceral de seguir respirando.

Tal vez hago esto por una promesa —susurré en mi mente, sabiendo que Vastiar podía oírme—. Quizás sea orgullo… o tal vez solo miedo a enfrentar otro final.

Ni yo mismo conocía la verdadera razón por la que quería seguir viviendo.

Pero aún me queda camino por recorrer —añadí—. Sigo siendo joven… y no pienso morir aquí.

Apoyé una mano contra la piedra húmeda que cubría gran parte de la mazmorra y me incorporé con dificultad.

Desde la oscuridad, una figura grotesca comenzó a tomar forma.

Su rostro era deforme, como arrancado de lo más profundo del infierno. Medía más de dos metros, pero lo que realmente me estremeció fue su cuerpo: tenía la estructura de un humano.

Caminaba como nosotros.

Se movía con la cadencia asesina de un depredador consciente de su presa. Sin embargo, lo más perturbador eran sus brazos: donde deberían estar las manos, emergían cuchillas cristalinas largas y afiladas, integradas a su carne, una en cada extremidad.

Nuestros ojos se encontraron y, en un parpadeo, la criatura se lanzó hacia mí.

Tuve apenas una fracción de segundo para pensar qué iba a hacer.

Sabía que enfrentarla cuerpo a cuerpo sería un error fatal. Lo único que hice fue cerrar el puño con fuerza, sintiendo cómo las partículas de maná comenzaban a acumularse en su interior, forzando mi cascada de maná a fluir con una intensidad peligrosa.

Cuando su rostro quedó a centímetros del mío, distinguí algo que me heló la sangre: humanidad en sus ojos. Ya lo había sospechado. No era una bestia mágica.

Su aura se parecía más a la de un ser consciente de su propia existencia que a la de una criatura guiada únicamente por el instinto.

Mi estómago se retorció cuando las pocas reservas de maná que aún me quedaban eran arrancadas de mi cuerpo.

Esta vez no caí de rodillas, pero tuve que doblarme por el dolor. Los magos dicen que perder todo el maná es un sufrimiento que nadie puede soportar.

Ahora entendía por qué.

Las venas brotaron en mi cuello por el sobreesfuerzo, mientras apretaba la mandíbula con violencia, intentando contener un dolor que amenazaba con romperme.

Alcé la mirada con dificultad.

La criatura se había detenido en seco, incapaz de moverse, atravesada por un pilar de tierra que se había clavado directamente en su cabeza.

Un suspiro cargado de cansancio escapó desde lo más profundo de mi pecho.

Sin perder tiempo, metí la mano en el bolsillo y saqué una pequeña bolsa de cuero que contenía flores de Avella Citra.

Además de actuar como calmante para casi cualquier tipo de dolor, la Avella Citra era conocida por su alto contenido de florion, un compuesto capaz de forzar la activación de la adrenalina, empujando al cuerpo a seguir luchando cuando ya no debería.

Inhalarla inducía un sueño profundo.

Masticarla, en cambio, otorgaba horas de lucidez artificial… antes de que los efectos secundarios cobraran su precio.

—Vastiar, ya no me queda maná —dije en mi mente—. ¿Sabes dónde están los demás?

Durante un instante pensé que no respondería. Pero, al final, cedió a regañadientes.

—No están demasiado lejos. Sigue caminando recto y los encontrarás —respondió con evidente molestia—. Será mejor que te apresures. Uno de los tuyos ya está gravemente herido.

Recogí las dagas que habían caído al suelo y me detuve un instante, observando mi reflejo en el filo pulido de una de ellas.

Pero no fui yo quien apareció.

El rostro apagado de Matías emergió en la superficie metálica, mirándome desde el otro lado del acero, recordándome que aún lo veía. Que aún lo cargaba conmigo.

Agitando la cabeza en resignación no dude mas.

Eché a correr, absorbiendo lentamente el maná que residía en Sombrío Carmesí. Aquella arma no era solo una daga: en su interior habitaba el alma de Vastiar, y con ella, una reserva de poder que no me pertenecía del todo.

Con cada paso, el olor metálico de la sangre se volvía más intenso, una señal inequívoca de que estaba a punto de llegar.

De forma instintiva, mi cuerpo se lanzó a un lado al percibir cómo la tierra comenzaba a temblar.

En el lugar donde había estado un segundo antes, una estalactita se desprendió y se estrelló contra el suelo con violencia, levantando una nube de polvo que nubló mi visión por un instante.

Mis músculos se tensaron al límite.

El instinto de supervivencia me gritó una sola orden: corre.

Sin pensarlo más, hundí los pies en la tierra y utilicé el escaso maná que logré absorber de mi daga, forzándolo a mis piernas. El mundo se comprimió a mi alrededor mientras activaba Paso Ráfaga, impulsándome hacia adelante a una velocidad antinatural.

Demasiadas estalactitas comenzaron a desprenderse del techo rocoso. Apenas alcanzaba a verlas caer a mi espalda, incapaces de alcanzarme… pero el peligro seguía acechando en cada paso.

Una enorme cortina de polvo se alzó de pronto, devorando por completo la escasa visibilidad que aún me quedaba.

Ya no sabía hacia dónde corría. Me guiaba únicamente en línea recta, siguiendo el aroma rancio que se impregnaba en el aire frente a mí, espeso, insoportable.

Cuando por fin atravesé la nube de polvo, tuve que detenerme en seco.

La masacre se desplegaba ante mis ojos.

Mis pies se negaron a avanzar al sentir el suelo ceder ligeramente bajo ellos. Miré hacia abajo y comprendí la razón: estaba de pie sobre un charco de sangre.

—…¿Pero qué mierda…?

Las palabras escaparon sin permiso. No podía creer lo que estaba viendo.

Aiza flotaba en el aire, sostenida por la mano de una criatura que no mostraba emoción alguna. El agarre era firme, inquebrantable, y bastaba una mirada para entender que ella ya no tenía fuerzas para seguir luchando.

La rabia me golpeó de inmediato.

Tenía que hacer algo. Todo indicaba que, en ese instante, yo era el único que aún podía moverse.

Mis ojos recorrieron el lugar con un temblor involuntario al encontrar a Alfin. Estaba gravemente herido; su respiración era débil, irregular, y su cuerpo estaba cubierto de cortes profundos.

Aun así, podía ver cómo su propia magia comenzaba a cerrar lentamente las heridas.

Antes de actuar, me agaché y tomé el cuerpo de Emira entre mis brazos. Canalicé maná en mis músculos y la alcé con cuidado, sacándola de su propio charco de sangre.

Ella era la que estaba peor.

Aiza, al menos, había logrado zafarse del agarre.

En un parpadeo, mi cuerpo se movió hasta donde estaba Alfin, que descansaba con la espalda apoyada contra una roca.

—Vaya… sí que eres todo un caballero —murmuró.

Le costaba incluso hablar, pero aun así se obligó a incorporarse, tragándose el dolor con una mueca amarga.

—Estamos condenados —continuó—. Tu equipo, con excepción de Aiza y el loco de tu amigo, está formado por miembros de una división que no sirve para el combate.

No le respondí.

Me agaché con cuidado y dejé a Emira en el suelo, asegurándome de no causarle más daño. Luego me levanté y apoyé una mano sobre el hombro de Alfin.

—¿Hay algo que quieras decir —pregunté— antes de que vayamos directo hacia nuestra muerte?

Mis ojos no se apartaron del combate que se desarrollaba más adelante.

Aiza, Zeitra y Soka luchaban contra lo que parecía ser otro elfo.

Esas orejas puntiagudas… nunca las confundo.

Bastó con dar un solo paso hacia adelante para sentir la inmensidad del poder que desbordaba nuestro enemigo.

Aquella fuerza caótica, indomable, más cercana a una calamidad que a un ser vivo, no era una amenaza: era un presagio de perdición.

Cuando crucé mi mirada con la suya, aunque solo fuera por un instante, mi cuerpo dejó de responder. Cada fibra de mi ser me gritaba que huyera… pero algo más profundo, más antiguo, me ordenaba lo contrario.

Pelear.

Dicen que solo un Broker puede matar a otro Broker.

Quería comprobar qué tan cierta era esa ley.

Nota de Autor:

¿Qué les pareció este capítulo? Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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