Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 44

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
  4. Capítulo 44 - Capítulo 44: Capítulo 44: Espejo roto
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 44: Capítulo 44: Espejo roto

POV de Kael Lanpar

Mi postura era firme y la mirada, decidida. Había tomado una decisión que quizá me costaría caro en el futuro, pero ya no existía la posibilidad de retroceder.

Estaba abusando de las capacidades infantiles de este cuerpo. Quería luchar como un adulto, pero las piernas temblorosas y el corazón desbocado me recordaron, sin piedad, que no podía.

Apreté con más fuerza las dagas que sostenía en ambas manos, sintiendo cómo la sangre comenzaba a fluir con mayor intensidad por mis venas.

—Entonces… ¿cuál es el plan?

Las palabras salieron vacías. Ni siquiera fui capaz de apartar la mirada del monstruo que teníamos frente a nosotros.

Durante un instante hubo silencio. Alfin no respondió, pero su respiración agitada me dio la respuesta que buscaba.

Afiné mis sentidos con maná y el mundo se abrió de una forma que antes me estaba vedada.

La concentración era tal que, incluso desde la distancia, pude distinguir cómo en el torso de Aiza las gotas de sangre comenzaban a caer, una tras otra, marcando el tiempo de algo que se agotaba.

—No dejes de atacar.

La voz de Alfin llegó a mis oídos apenas cuando sus labios se movieron.

El cuerpo se le tensó de inmediato y un viento etéreo —distinto a cualquier otro que hubiera visto antes— comenzó a arremolinarse alrededor de su pierna.

Luego, en un estallido de velocidad, se lanzó hacia donde estaban los otros terminando frente a frente contra el elfo corrupto.

Sin darme tiempo a reaccionar, ejecutó una patada en el aire. El impacto lo lanzó contra una pared de piedra, donde se estrelló con violencia, quedando sepultado por unos segundos bajo los escombros que se desprendieron.

Imitando a Alfin, dejé que mi respiración se calmara por un instante y activé Paso Ráfaga.

En un solo parpadeo me encontré junto al grupo, dejando tras de mí una nube de polvo suspendida en el aire.

—Manténganse en guardia. Este maldito no va a morir fácil.

Apenas Aiza terminó de hablar, los escombros que sepultaban el cuerpo del elfo corrupto comenzaron a sacudirse con violencia, para luego salir despedidos en distintas direcciones.

No tuve tiempo de manipular el maná a mi alrededor para crear una defensa. Así que crucé los brazos frente a mi rostro justo cuando una roca volaba directo hacia mí.

Cerré los ojos, invadido por la amarga impotencia de no poder hacer nada, y esperé el impacto.

Pero no llegó.

Abrí los ojos con lentitud y me encontré con Alfin de pie frente a mí. Su mano aún permanecía extendida, envuelta en partículas de viento que se entrelazaban hasta formar una cuchilla invisible.

Bajé la mirada y vi la roca que instantes antes estuvo a punto de matarme, ahora partida en dos, dejando claro lo que había ocurrido.

—Al parecer sigo siendo tu cuidador.

Alfin apoyó una mano sobre mi cabeza y me revolvió el cabello con un gesto afectuoso. Luego, en un movimiento brusco, me empujó hacia atrás con fuerza.

Mientras caía de espaldas, alcancé a ver al elfo corrupto lanzarse contra él. El golpe fue brutal: un puñetazo que lo estrelló contra una roca cercana, arrancándole un quejido ahogado y sangre al sentir cómo el dolor le recorría la columna.

Consumido por la ira, actué sin pensar y me lancé directo hacia él, mientras sentía cómo, en lo más profundo de mi interior, la luna de mi despertar corrupto comenzaba a derramar aún más sangre.

Sabía que estaba siendo devorado por la locura. Los gritos desesperados de Vastiar en mi mente no hacían más que confirmar mis sospechas.

—Niño, contrólate… o nos matarás a los dos.

Mi visión empezó a nublarse. En ese instante, lo único que ocupó mis pensamientos fue lo que le había sucedido a mi abuela. Tras tanto tiempo dándole vueltas, por fin lo entendí.

Ahora sabía por qué mi madre había decidido acabar con la vida de su propia madre.

Ser consumido por el despertar corrupto no significaba solo perder el control. Era convertirse en un cascarón vacío: los sentimientos negativos de la luna de sangre terminaban devorando el alma, dejando atrás únicamente un cuerpo que ya no recordaba quién había sido.

Pero mi caso era distinto.

No había pasado todo ese tiempo entrenando con Dirion en vano. Tanto mi mente como mi alma estaban preparadas para enfrentar una situación así.

Absorbí por completo el maná de Sombrío Carmesí y llevé aquel poder hacia mi interior, hasta el lugar donde residía mi luna de sangre.

Yo no podía ver en estos momentos lo que ocurría en mi interior. Aun así, por alguna razón, sabía que el proceso había comenzado: el despertar corrupto estaba siendo contenido por un sello de supresión.

—Niño, las cadenas ya están sujetando con fuerza a la luna —resonó la voz de Vastiar—. Tienes luz verde para actuar.

Al ver que todo estaba listo, no perdí más tiempo y ataqué.

Una de las diferencias fundamentales entre los magos corruptos y aquellos que alcanzaron su poder mediante la iluminación era el poder ofensivo.

La capacidad de comportarse como un depredador hambriento solo la poseen quienes han cruzado cierto umbral de dolor en sus vidas: aquellos que ya no tienen nada que perder y luchan impulsados únicamente por el instinto de supervivencia.

Por primera vez, vi en los ojos de aquel elfo corrupto algo que se parecía al terror.

Incluso los Brokers sangran.

Aprovechando que aún estaba aturdido por la conmoción, utilicé la agilidad que me otorgaba este estado para posicionarme a su espalda. Extendí la palma de la mano hacia adelante mientras absorbía, en un solo gesto, las partículas de maná del entorno.

No dudé.

Las llamas se avivaron en mi mano y, en un disparo de poder puro, las lancé contra él. La fuerza del ataque fue tal que la onda expansiva me arrojó hacia atrás.

Cuando todo terminó, solo quedó un humo espeso suspendido en el aire.

No podía sentir su presencia.

Creí haberlo matado.

Antes de poder liberar el suspiro que había estado conteniendo, escuché un grito a mis espaldas. Al girar la cabeza, vi a Aiza corriendo hacia mí, el rostro desencajado por la preocupación.

Y entonces lo entendí.

—¡Kael, sal de ahí ahora mismo!

Reaccioné demasiado tarde.

Mi cuerpo fue arrastrado con violencia por el suelo rocoso, directo hacia la nube de humo que aún ardía entre brasas y llamas latentes.

No tenía control total de mi cuerpo. Era como si una mano invisible aplastara cada una de mis extremidades, dejándome completamente incapaz de moverme.

—Es interesante… después de tantos años, ver a un Lanpar.

La voz surgió desde el interior de la cortina de humo. No podía ver el rostro de quien hablaba, pero sabía perfectamente quién era.

Por un instante, el arrastre cesó y un silencio sepulcral se apoderó del entorno. Mis sentidos no lograban captar nada, como si el mundo hubiese sido apagado de golpe.

Los efectos de intentar contener el despertar corrupto comenzaban a pasarme factura. Mis percepciones se debilitaban, una tras otra.

Antes de que pudiera siquiera pensar en cómo escapar de aquel agarre invisible, mi cuerpo fue alzado en el aire, erguido, suspendido contra mi voluntad. Una onda expansiva de poder estalló a nuestro alrededor, desgarrando el humo y despejando la escena.

Tragué saliva con dificultad al ver al elfo corrupto avanzar hacia mí.

Trague saliva con dificultad al ver al elfo corrupto dirigirse hacia mí, él no mostraba emoción alguna y eso fue lo que me aterrorizo.

No mostraba emoción alguna.

Y eso fue lo que realmente me aterrorizó.

—¿Por qué me condenaron…? Yo no hice nada.

Sus palabras no estaban cargadas de odio, sino de una melancolía enfermiza. En ese momento lo comprendí: no era solo un elfo corrupto. Era un ser plenamente consciente, atrapado en su propia locura.

No entendía a qué se refería con haber sido condenado. Y mucho menos cómo sabía que yo era un Lanpar.

Lo vi alzar un dedo hacia mí y apoyarlo con aparente suavidad contra mi pecho.

Al instante siguiente, un ardor insoportable me atravesó de lleno.

Mi cuerpo comenzó a llenarse de cortes finos, invisibles, que se abrían por todas partes. La sangre descendía por mi piel temblorosa y, aun en ese estado, logré entreabrir los ojos lo suficiente para ver cómo una única lágrima resbalaba por su mejilla.

—Tú provocaste que mi escuadrón terminara herido —dije—, y aun así te atreviste a atacar a mi primo favorito.

Reuní las pocas fuerzas que me quedaban para hablar. Ni siquiera sabía por qué lo hacía. Tal vez era un intento inútil de demostrar que no era débil. Sabía, en el fondo, que no funcionaría.

No respondió.

El elfo movió su brazo hacia un lado con violencia y mi cuerpo salió despedido, estrellándose contra una roca. El impacto contra mi cabeza fue seco, brutal.

El dolor fue absoluto.

Mi visión se nubló y, durante unos segundos eternos, lo único que pude escuchar fueron los gritos de ira de Aiza.

Luego, la oscuridad.

Mi conciencia vagó sin rumbo, pero algo era distinto. No había entrado en mi espacio mental, como solía ocurrir cuando perdía el conocimiento.

Me encontraba en un lugar completamente oscuro, donde ni siquiera el sonido existía.

Hasta que un leve temblor sacudió el vacío.

El entorno se estremeció con violencia y, poco a poco, una luz débil comenzó a abrirse, creciendo en intensidad.

Antes de comprender del todo qué estaba ocurriendo, desperté con brusquedad, atravesado una vez más por el dolor punzante del golpe en la cabeza.

El mareo fue inmediato. Estuve a punto de caer hacia atrás de no ser porque Emira me sostuvo entre sus brazos y me ayudó a apoyarme contra la pared de piedra a nuestras espaldas.

—Kael, estás sangrando mucho de la cabeza. Tenemos que llevarte a que te curen, ahora.

El pánico en su voz era evidente. Yo también sabía que mi estado distaba de ser el óptimo, pero la situación ya había superado ese tipo de preocupaciones.

—No podemos marcharnos y dejarlos aquí… solos contra ese monstruo —respondí entre jadeos.

Con la visión borrosa, alcancé a distinguir cómo Aiza, Soka y Zeitra recibían los mismos cortes que yo había sufrido antes, heridas que se abrían sin contacto aparente.

Tardé un instante en entender lo que estaba sucediendo.

Alrededor del elfo maníaco giraba una cúpula invisible de viento, una barrera que se movía con violencia constante. No podían acercarse a él; estaba completamente protegido.

Por un momento, el pensamiento se deslizó en mi mente con un peso insoportable: tal vez ese sería nuestro final.

—¿Cómo terminaste herida… sin tener un solo rasguño visible en el cuerpo? —pregunté, sin fuerzas, casi sin ganas de hablar.

Emira guardó silencio durante unos segundos, hasta que finalmente cedió.

—Es difícil de explicar —dijo—. La forma en que luché contra ese elfo fue más mental que física.

Alcé la cabeza con curiosidad… y con un atisbo de esperanza.

—¿Tiene que ver con la insignia? —pregunté esta vez con más firmeza—. Al igual que tus hermanos, tú también posees una, ¿verdad?

Ella dejó escapar una sonrisa amarga antes de acomodarse mejor contra la roca.

—Eso no explica cómo estabas tendida sobre un charco de sangre —insistí—. No tiene sentido.

—Las heridas que recibí fueron internas —respondió—. Al luchar en un plano que no es físico, terminé sufriendo daños que no se manifiestan en el cuerpo… pero causan exactamente el mismo efecto que si lo fueran.

Mi mente tardó unos segundos en procesar toda esa información.

Y entonces lo entendí.

Aún teníamos una posibilidad.

Con esfuerzo, me puse de pie y le tendí una mano a Emira para ayudarla a levantarse. Ya no nos quedaban más opciones.

—Emira… ¿puedes transportar a otras personas a una pelea mental? —pregunté, con desesperación contenida.

Ella asintió lentamente, consciente de lo que estaba a punto de intentar.

—Me niego rotundamente a llevarte a la mente de ese loco. Puedes terminar muerto.

Sus palabras salieron como un grito de súplica. Yo entendía perfectamente lo que me esperaba si entraba ahí… pero necesitaba confirmar una teoría.

—Prácticamente ya estamos muertos si no hacemos nada.

Apoyé mis manos sobre sus hombros antes de continuar.

—Solo te pido una oportunidad para jugar a la ruleta rusa.

—¿Ruleta rusa? —por un instante se quedó confundida, frunciendo el ceño con una mueca que, pese a todo, me arrancó una leve sonrisa—. ¿Qué es eso?

Retiré las manos y me senté una vez más sobre el suelo rocoso, cruzando las piernas en posición de loto, esperando su decisión.

—No hay tiempo para explicarlo —dije, intentando concentrarme—. Además, no importa.

Si vas a hacerlo, hazlo ahora… igual que cuando entraste en mi mente la primera vez.

Cerré los ojos. No sabía qué había decidido.

Hasta que sentí su aliento junto a mi oído.

—Te pido que no mueras —susurró.

Incluso en la oscuridad, un leve cosquilleo comenzó a recorrer todo mi cuerpo. El mundo se volvió silencioso, amortiguado, y una calma abrumadora me envolvió por completo.

Así que esto es lo que se siente viajar a la mente de otra persona… pensé.

De pronto, la oscuridad se disipó.

Una luz tenue iluminó el lugar, revelando la figura del elfo, que observaba a su alrededor con desconcierto, incapaz de comprender qué estaba ocurriendo.

Antes de atacarlo, bajé la mirada hacia mis manos.

Ahí confirmé mis sospechas.

Dedos largos.

Nudillos endurecidos.

Estaba en el cuerpo de Matías.

Mi teoría era correcta: no importaba dónde estuviera. Cada vez que entraba en un estado de inconsciencia, aparecía con este cuerpo… y con él, el poder divino del Calur.

—¿Quién eres tú? —preguntó el elfo, con una mezcla de confusión y horror reflejada en el rostro.

No respondí.

Di un paso al frente y apreté los puños con fuerza.

—Yo soy el que te va a matar.

Sentía un asco profundo hacia mí mismo por recurrir al poder de la persona que más había llegado a odiar. Sin embargo, en aquel instante no existía alternativa alguna: debía aceptarlo, aunque me desgarrara por dentro.

Al fin y al cabo, yo no era más que un fragmento de vidrio, arrancado de un espejo roto.

Nota de Autor:

¿Qué les pareció este capítulo? Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo