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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 45

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Capítulo 45: Capítulo 45: Dulzura de una flor

POV de Kessie Lankerman

Desde que tengo uso de razón, han sido pocas las personas en las que he podido confiar de verdad. No hay mucha gente en este mundo capaz de mirarte sin prejuicio, sin cargar sobre ti el peso de lo que fuiste o de lo que otros decidieron que eras.

Por alguna razón, nadie logra olvidar el pasado. Peor aún, pocos aceptan el presente. Sus mentes permanecen tan aferradas a un sistema vacío, carente de sentido, que ni siquiera son capaces de pensar por sí mismos.

Siguen valores falsos.

—¿Se encuentra bien, princesa?

Estaba tan sumida en mis pensamientos que por un instante olvidé que no estaba sola.

—Si lo desea, podemos aplazar la visita para…

—¡No! —interrumpí de forma abrupta—. Estoy bien… solo estaba un poco preocupada.

Mentía.

No podía negar que detestaba este lugar. La atmósfera sofocante y deprimente hacía que mis piernas temblasen sin control.

Los olores a humedad y sangre impregnaban el aire, volviéndolo pesado, casi irrespirable, y mantener la mirada alzada se sentía como una tarea imposible.

—Uno… dos… tres… Vaya, pero miren si no es más que la princesa Kessie.

Giré ligeramente la cabeza hacia el origen de la voz y un escalofrío me recorrió la espalda.

Uno de los prisioneros se había lanzado hacia los barrotes de su celda, estirando los brazos con desesperación, incapaz de alcanzarme por el hierro firme que lo contenía.

Mi corazón comenzó a golpear con fuerza contra el pecho. El miedo me traicionó los pasos y tropecé conmigo misma, cayendo de espaldas contra el áspero suelo de piedra.

Aún mantenía la mirada fija en aquel hombre cuando, horrorizada, vi cómo los sellos incrustados en los barrotes se activaban.

Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo, arrancándole un grito desgarrador que resonó por todo el lugar.

De inmediato, Sori se adelantó de forma protectora, interponiéndose entre él y yo para cubrirme la vista. Luego me tendió la mano.

—Kessie… estoy haciendo esto en contra de las órdenes de tus padres…

Se detuvo un instante mientras me ayudaba a ponerme de pie. Al reanudar, su voz había cambiado: ya no era solo preocupación, sino un regaño contenido.

—Tienes que ser más cuidadosa por dónde caminas. No mires a tu alrededor —dijo con firmeza—. Concéntrate en ti misma y recuerda por qué me obligaste a traer­te aquí.

A pesar del miedo que aún me recorría por lo ocurrido, no pude evitar dejar escapar una sonrisa divertida al recordar la forma en que había logrado convencer a Sori de ayudarme con esto.

Sin perder más tiempo, sacudí con rapidez mi vestido, intentando desprender el polvo que se había levantado tras la caída.

—¿No crees que sería buena idea que el reino limpiara este lugar de vez en cuando?

—No creo que sea necesario, Kessie —respondió Sori, dejando escapar un suspiro—. Aquí hay gente mala, personas que en su momento no supieron valorar lo que tenían.

Antes de que pudiera replicar, Sori me empujó suavemente hacia adelante, obligándome a continuar.

Miré por encima del hombro y vi al hombre que había sido castigado retorciéndose de dolor en el suelo. Sus sollozos se iban apagando a medida que nos alejábamos, pero aun así… dolía escucharlos.

A medida que avanzábamos, la oscuridad se volvía cada vez más densa. Con un gesto rápido de su dedo, Sori hizo que las antorchas clavadas en las paredes de piedra se encendieran una tras otra.

El pasillo se iluminó, y al fondo quedó al descubierto una celda distinta a todas las demás. Bastaba observar cómo las partículas de maná atmosférico se concentraban en un único punto para comprender que aquel lugar era imposible de abandonar.

Lo que se alzaba ante nosotros no era más que un cuarto de tres paredes, abierto por completo, como si no hubiera intención alguna de ocultar lo que guardaba en su interior.

Nada de barrotes, nada de sombras piadosas… solo exposición.

Di un paso hacia adelante y, desde la penumbra de uno de los rincones, el sonido de unas cadenas resonó con un eco metálico, arrastrándose desde las sombras.

Mis labios temblaron al reconocer la figura de quien alguna vez había sido una de las personas más cercanas a mí.

Quise correr hacia ella, abrazarla, decirle que no la odiaba… que, pese a todo, no la culpaba por lo que había intentado hacerme en el pasado.

Arrastré los pies con torpeza hasta quedar frente a su rostro, incapaz de avanzar más allá del límite impuesto por la barrera invisible.

Cuando apoyé la mano sobre aquella superficie intangible, múltiples espirales de sellos se revelaron al instante, danzando en el aire con una armonía inquietante.

De ellos se desprendían las inconfundibles partículas blancas de maná, signo inequívoco de la magia de sellado.

—¿Cómo has estado, Kessie? —la voz cansada de Ameria llegó hasta mí como un eco distante, amortiguado por la barrera que nos separaba.

—Estoy bien… —respondí tras un breve silencio—, aunque en realidad debería ser yo quien te pregunte cómo estás.

Luego de tomar asiento en el frío suelo de la prisión, hablé durante largo rato con Ameria sobre todo lo que había ocurrido hasta ahora.

Tras ser acusada de traición al Reino Élfico, se había iniciado una investigación exhaustiva para esclarecer lo sucedido realmente en el Palacio de las Nieves.

Gracias a que Kael se ofreció a permanecer en nuestro reino para calmar las tensiones surgidas aquella noche, el rey humano y mi padre acordaron llegar hasta el fondo del asunto.

Yo nunca creí que Ameria fuera la verdadera responsable de mi secuestro.

Desde el principio sospeché que había algo más, una verdad enterrada bajo capas de conveniencia y miedo.

—Kessie, concéntrate. ¿Qué estás mirando?

El regaño me obligó a cerrar los ojos por completo. No podía apartar la mirada de su rostro; incluso en la oscuridad de mi espacio mental, seguía viendo el recuerdo doloroso de aquello que había perdido para siempre. Ameria nunca volvería a ser la misma.

Intentando enfocarme, avivé la luz de mi luna y disipé cualquier pensamiento que me distraía, dejando que el maná que fluía por mi cascada interior recorriera cada rincón de mi cuerpo.

Por un instante, aquella luna apagada se iluminó, formando brevemente una luna creciente.

Quise sostenerla… pero el esfuerzo fue demasiado.

—Ya no puedo más —murmuré entre jadeos.

Apoyé las manos en el suelo, aspirando bocanadas de aire mientras intentaba recuperarme del agotamiento.

La frustración me pesó en el pecho: por más que lo intentara, seguía siendo incapaz de avanzar hacia una luna creciente.

Teniendo en cuenta que había tenido la fortuna de despertar a través de la iluminación, debería haberme resultado más sencillo alcanzar el siguiente nivel… y, sin embargo, no podía.

—Ame, ¿tienes algún consejo para mí? —pregunté, aferrándome a cualquier respuesta.

Por un instante, el silencio se volvió absoluto. Pensé que no quería contestarme por haberla llamado con el apodo que yo misma le había dado, pero pronto comprendí cuál era el verdadero problema.

—Ya se te acabó el maná —dije, girando la cabeza hacia Sori.

—Kess, no tengo maná infinito —respondió, mientras una gota de sudor recorría su frente—. Al menos dime gracias.

Dejé escapar un suspiro ahogado y me resigné a recurrir a mi última opción.

Con dificultad, atraje el maná atmosférico hacia mi muñeca, donde descansaba la pulsera. Una a una, las perlas comenzaron a brillar con una luz plateada y, al desvanecerse, dejaron al descubierto una hoja de papel.

Como Sori ya no tenía maná suficiente para seguir debilitando la barrera, los sellos se reactivaron. Dentro de la celda, el sonido del exterior se extinguió por completo.

Ya no podía hablar con ella, ni ella conmigo.

Por eso había aprendido a encontrar soluciones incluso en el silencio.

—Kessie, tenemos que irnos —dijo Sori con evidente angustia—. Tus padres notarán tu ausencia.

—Ya casi termino —respondí, escribiendo lo más rápido que mis manos me lo permitían.

Guardé la pluma en mi pulsera con un gesto apresurado y le entregué la hoja a Sori para marcharnos de una vez.

—Usa el poco maná que te queda para transportar esto hasta Ameria —le pedí, intentando esbozar la expresión más inocente que pude.

—A veces no sé si soy tu guardaespaldas o tu sirvienta —murmuró con fastidio.

En cuanto mi mensaje llegó a su destino, no perdí más tiempo y eché a correr hacia la salida.

Ya no soportaba aquella atmósfera nauseabunda, y mucho menos la idea de que mis padres descubrieran dónde había estado durante estas últimas semanas.

Antes de cruzar el umbral, miré una última vez hacia Ameria.

Vi cómo sus labios se curvaban en una leve sonrisa antes de pronunciar, apenas audible:

—Cuídate.

Al salir, la cálida luz del sol nos recibió acompañada de una brisa amable que, por un instante, me hizo olvidar el lugar del que acabábamos de huir.

Los gritos lejanos de los mercaderes comenzaron a mezclarse en el aire, y aquel silencio opresivo que antes me asfixiaba se desvaneció por completo.

Alcé la vista al cielo y observé cómo las hojas de los inmensos árboles del reino se desprendían una a una, cayendo en distintas direcciones, danzando en el aire con una serenidad casi irreal.

—Ahí estás… —la voz de Sori sonó a mi espalda—. Eres más rápida que antes, incluso por un breve….

No le presté atención.

Mis ojos seguían fijos en la inmensidad del cielo, en esa libertad que no comprendía por qué la tierra parecía empeñada en condenar.

—¿Qué se supone que estás viendo? —añadió al notar mi silencio.

—¿Por qué todos tienen que ser así? —le pregunté, sosteniéndole la mirada, clavando mis ojos en los suyos, de un rojo escarlata imposible de ignorar.

No respondió de inmediato. Dio unos pasos hacia un lado y luego apoyó con suavidad una mano sobre mi cabeza, mientras observaba a lo lejos a la gente de nuestro reino.

—Solo dales tiempo —dijo finalmente—. Para muchos es difícil mirar más allá de sus propias narices. Tú serás una buena reina, de eso no debes dudar nunca.

La razón por la que, desde pequeña, aprendí a confiar en tan pocas personas era más simple de lo que cualquiera imaginaría.

Si había algo que incomodaba profundamente a los elfos, era que no se respetara la herencia al trono a través del linaje.

A veces ni siquiera sabía si mis padres realmente me querían, o si tan solo me utilizaban como una excusa conveniente para ocultar la infertilidad de mi madre.

Había dejado de pensar en eso hacía mucho tiempo… o al menos eso me decía.

Pero era difícil superarlo, sobre todo cuando pasé de vivir en una casa modesta, rodeada de otros niños, a estar sentada en un trono junto a las personas más poderosas del reino.

—Mira por dónde caminas, farsante.

Tan absorta estaba en mis pensamientos que no había notado al pueblerino frente a mí.

Intenté disculparme de inmediato, pero al encontrarme con sus ojos, cargados de un odio crudo y desnudo, las palabras murieron en mi garganta.

—¿No te enseñaron a pedir disculpas, niñita? —añadió al verme callada.

Mi cuerpo comenzó a temblar al percibir cómo las partículas de su aura se agitaban, tornándose de un rojo enfermizo que emanaba una sed de odio sofocante.

Vi cómo alzaba la mano con intención de golpearme, pero antes de que pudiera completar el movimiento, su brazo quedó suspendido en el aire.

Sori le había sujetado la muñeca.

El apretón fue brutal. Lo suficiente como para obligarlo a arrodillarse con un gemido ahogado.

—Ten más respeto con quien te diriges, pueblerino —dijo Sori, con una ira tan contenida que resultaba más peligrosa que un grito.

Por un instante, el mercado quedó en silencio.

Luego llegaron los murmullos. Susurros incómodos, miradas esquivas, pasos que retrocedían.

—Sori, suéltalo, por favor —dije, aferrándome a un pliegue de su capa para llamar su atención—. No vale la pena.

Vi cómo su mandíbula se tensaba, pero al final soltó la muñeca del pueblerino con brusquedad.

La intención asesina que escapó de su aura fue suficiente para hacer retroceder a todos los que observaban.

—Vamos, princesa. No te rebajes a estos pobres ingenuos —dijo, apoyando una mano en mi espalda para indicarme que avanzara.

Sin mirar atrás, caminamos hacia las escaleras que conducían al castillo. No dijimos nada; en el fondo, ya no era un tema que importara.

Aquello era habitual para mí.

Y ver el enojo reflejado en el rostro de Sori solo me recordaba que nunca estuvo de acuerdo con mi forma de afrontarlo. Pero la verdad era simple y amarga: no podía cambiarlo.

—Kessie… por favor, te lo suplico. Cuéntales a tus padres lo que ocurrió —dijo, deteniéndose de pronto. Su voz estaba rota—. Deja de ocultar tu dolor a tu familia. Ellos te aman.

Sin volverme, asentí levemente con la cabeza, dándole la confirmación que buscaba.

—Tengo que irme. Cuando salgas, no olvides avisarme —añadió.

De inmediato sentí cómo su aura se desvanecía entre las hojas de los árboles.

Dejé escapar un suspiro cansado, obligándome a no pensar en lo ocurrido.

Al rozar con la palma de mi mano las flores danzantes que decoraban las escaleras, percibí cómo el ambiente dentro del castillo comenzaba a cambiar.

Fruncí el ceño al notar que, tras las paredes, las siluetas áuricas de los soldados permanecían inmóviles, tensas, como estatuas.

Pero lo que realmente captó mi atención fue otra cosa.

En el piso superior, justo en los aposentos de mis padres, había una tercera presencia.

No emitía aura alguna.

Y aun así… podía sentirla.

Con cautela, di un paso hacia adelante y abrí la puerta apenas lo suficiente para entrar sin llamar la atención.

Lo que encontré al otro lado me dejó paralizada, atrapada entre la sorpresa y el terror.

Todo el lugar había perdido su color.

Las paredes, el suelo… incluso las personas que se encontraban dentro carecían de las auras que los caracterizaban. Permanecían inmóviles, congeladas en el tiempo, como si el mundo se hubiese detenido solo para ellas.

Sin comprender lo que estaba ocurriendo, me acerqué a uno de los sirvientes y tiré de su camisa para llamar su atención.

No hubo respuesta.

Solo silencio.

Partículas doradas flotaban en el aire con una delicadeza inquietante, cargando el ambiente con un peso invisible que oprimía el pecho.

Fue entonces cuando lo sentí.

Por puro instinto comprendí que mi maná estaba siendo drenado, aun cuando no estaba utilizándolo.

Sin perder tiempo, reprimí mi energía en el interior de mi cuerpo, bloqueando la cascada de maná para evitar quedarme vacía.

A diferencia de los humanos, que deben activar y desactivar su magia astral para no agotarse, los elfos mantenemos nuestra fuente de maná en constante circulación. Es parte de nuestra naturaleza, fruto de un dominio innato sobre nuestras reservas.

Y aun así…

No entendía por qué me estaba ocurriendo esto.

Al suprimir por completo mi magia astral, las auras de mis padres desaparecieron. El pánico me atravesó de inmediato.

Subí las escaleras con extremo sigilo, conteniendo la respiración, consciente de que ya no sabía quién más podía estar con ellos.

Algo en mi interior me gritaba que no avanzara.

Que huyera.

Pero no podía dejarlos solos. Los amaba, aun cuando no supiera con certeza si ellos sentían lo mismo por mí.

—¿Qué se supone que estás buscando?

La voz de mi padre llegó desde el pasillo, elevada, quebrada por un miedo que nunca antes le había escuchado.

Avancé unos pasos más y asomé la cabeza con cautela.

El horror me paralizó.

Una silueta hecha de sombras sostenía a mi padre del cuello, alzándolo en el aire con una facilidad insultante. Su cuerpo se debatía inútilmente, los pies colgando, la respiración ahogada.

—Escúchame bien, inferior —dijo la entidad, con una voz que no parecía pertenecer a una sola garganta—. Harás lo que se te ordena, o tu familia morirá aquí mismo.

Antes de que mi padre perdiera el conocimiento, la sombra lo soltó.

Su cuerpo cayó al suelo con un golpe seco.

Mi madre corrió hacia él, arrodillándose a su lado mientras alzaba la mirada, cargada de una ira tan contenida que dolía verla, hacia aquella cosa.

—Si traicionan su reino —continuó la entidad—, tendremos compasión de ustedes.

La voz se retorció, superpuesta, como si varias voluntades hablaran al unísono.

El miedo me venció.

Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazándome a mí misma, incapaz de comprender lo que estaba presenciando.

—¿Prometes que no nos harás daño? —preguntó mi padre con dificultad, luchando por recuperar el aire.

—Mientras nos sirvan, no habrá necesidad de matarlos —respondió la sombra—. Tenemos planes para este continente… y quiero que seas mis ojos y mis oídos.

Hubo una breve pausa.

—Piensa en tu hija.

Al escuchar esas palabras, sentí su mirada atravesar la pared. Como si hubiera sabido desde el principio que yo estaba allí.

Las lágrimas brotaron sin control. No sabía qué hacer. Tenía miedo.

Quería que alguien estuviera conmigo.

—¿Dónde estás, Kael…?

Nota de Autor:

¿Qué les pareció este capítulo? Me encantaría leer sus teorías, opiniones o incluso sus críticas —todas ayudan a mejorar y dar más vida a esta historia.

Déjenme sus comentarios abajo, que siempre los leo con atención.

Por un tiempo indefinido TLB entrara en pausa, seguire escribiendo pero no habra publicaciones.

Debo concentrame en mis estudios pero igual nos veremos pronto.

Gracias a todos los lectores que han seguido la novela.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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