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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 46: ¿Quién soy?

POV de Kael Lanpar

Mis ojos recorrieron el plano mental de aquel elfo mientras caía de rodillas, con el agotamiento de la pelea golpeándome de lleno, sin piedad.

Aquel lugar en el que me encontraba no era más que oscuridad pura, una negrura densa y silenciosa que me resultó inquietantemente conocida.

Aspiré el aire del espacio etéreo, forzando mis pulmones a obedecerme, e intenté calmar la respiración antes de dejarme caer sobre el suelo frío, quedando boca arriba.

Allí, inmóvil, no pude evitar preguntarme por qué me había costado tanto invocar el poder del Calur.

—¿Tú qué piensas que me está pasando?

La pregunta fue dirigida al elfo al que me había enfrentado minutos atrás.

Giré la cabeza lentamente hacia un lado y observé su rostro cubierto de sangre, los ojos completamente blancos, vacíos, señal inequívoca de que no despertaría en mucho tiempo.

Por alguna razón lo había dejado con vida.

Algo en mi interior me susurraba que matarlo habría sido un desperdicio, sobre todo después de las dudas que había sembrado en mí.

No lograba entender a qué se refería cuando habló de condenarlo, ni por qué había mencionado a los Lanpar en primer lugar.

Lo único de lo que podía estar seguro era de haberlos salvado a todos. Aun así, era consciente de que mi cuerpo no despertaría pronto.

Había abusado de mis capacidades físicas, llevándolas más allá de su límite, y me atreví a jugar a todo o nada con los efectos de la Avella Citra.

Quizá me aguardara un coma breve, de dos o tres días. De ser así, debería bastar para que mi cuerpo se recuperara por completo y para que la sobredosis de florion fuera finalmente expulsada de mi organismo.

Con esfuerzo llevé los brazos hacia la cabeza y acomodé la nuca entre mis manos, resignándome a esperar, con una paciencia forzada, a que despertara.

Permanecí inmóvil, atrapado en el eco de mis pensamientos. Mi voz, aunque nacía en la mente, se derramaba hacia afuera, expuesta, como un libro abierto que cualquiera podía leer.

Siempre me había resultado extraño este lugar. Pensar que el cuerpo podía existir y sentir en dos planos distintos era algo que jamás había imaginado.

Y, aun así, el sitio no dejaba de sorprenderme….

Tenía los ojos cerrados cuando comencé a percibir múltiples presencias a mi alrededor, figuras que me observaban fijamente, sin apartar la mirada.

Intenté abrir los ojos y apenas logré distinguir, de forma borrosa, a seres flotando en el aire. No pude definir sus cuerpos; mis párpados se cerraron de nuevo sin previo aviso.

Entonces comprendí que el cansancio empezaba a adormecerme. Era una fatiga familiar, muy similar a la que sentía cuando mi cuerpo físico estaba a punto de despertar: esa sensación peculiar de salir de un sueño que, en realidad, era más real que la vigilia.

Como ya era costumbre, mis ojos fueron cegados por la intensa luz del despertar de la conciencia, una claridad que fue disminuyendo poco a poco a medida que el tiempo avanzaba.

(Fuera del espacio mental)

Mis sentidos se reactivaron una vez más, captando el dulce aroma de las flores que danzaban con la brisa de la mañana.

Apenas logré abrir los ojos cuando comprendí que me encontraba en una habitación desconocida.

Un candelabro, extrañamente fuera de lugar para la época en la que me hallaba, colgaba cerca del techo.

Con la escasa movilidad que conseguí reunir, me incorporé en la acogedora cama donde yacía recostado. Entonces, sin previo aviso, un frío abrasador me envolvió por completo.

Me abracé a mí mismo en un intento desesperado por conservar algo de calor, observando cómo mi aliento se cristalizaba con cada respiración agitada.

No tardé en darme cuenta de que la ventana junto a la cama estaba abierta.

Me apresuré a cerrarla y, al apoyar la mano contra el vidrio helado, comprendí algo que me dejó inmóvil: la mano que empujaba la ventana no era la de un niño pequeño.

Con la mente en blanco, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo, descendí de la cama y me dirigí hacia un espejo cercano.

Avancé con pasos lentos, inseguros, hasta que el reflejo finalmente me devolvió una imagen.

Lo que vi no era el cuerpo de un niño de siete años.

Era el cuerpo de Matías en una etapa que no correspondía a su edad, demasiado marcado, demasiado entrenado para alguien de quince años.

—Un minuto…

El pánico se apoderó de mí.

Me llevé ambas manos al rostro, aplastándome las mejillas con fuerza mientras el terror me inundaba.

Aquellos iris azules, ese cabello castaño e indomable que se mecía con el viento… ese rostro pertenecía a alguien que me había marcado para siempre.

Quise creer que aquellos seres hechos de humo, surgidos en el plano mental de aquel elfo, eran los responsables de lo que estaba ocurriendo.

Sin embargo, esa sospecha se desvaneció en el instante en que escuché su voz.

—Veo que ya te has dado cuenta de dónde te encuentras.

De manera instintiva di un paso atrás.

El reflejo del espejo se distorsionó hasta revelar a otra persona: el verdadero dueño de aquel cuerpo adolescente que poseía ahora.

—Sigues teniendo miedo de mí —añadió, casi en un susurro—. Aún me cuesta creer que te haya perdonado la vida aquel día.

Apreté la mandíbula con fuerza, impulsivamente, mientras una sensación de frío helado se deslizaba por mi piel.

—¿Qué acabas de hacer? —pregunté, con el pánico filtrándose en cada palabra.

Él no respondió.

Se limitó a esbozar una sonrisa melancólica que me estremeció hasta lo más hondo del alma.

Reuniendo fuerzas de donde ya no quedaban, cerré el puño con tal intensidad que la piel se volvió anormalmente pálida.

Con un movimiento brusco lancé un golpe hacia adelante. El vidrio estalló con un crujido seco, y los fragmentos cristalinos se esparcieron sobre el suelo de madera noble.

Mi mano comenzó a sangrar. Gotas espesas descendieron desde los nudillos y mancharon el piso, mientras la voz de Matías seguía resonando, multiplicada, proveniente de todas direcciones.

—¿Qué es lo que quieres?

El grito salió ahogado, sin un destino claro. Su presencia se había expandido, adherida a cada trozo de cristal disperso por el suelo.

—Si no es mucho pedirte…

Por un instante, todo quedó en silencio.

Luego, su voz volvió a alzarse, grave y cercana.

—Quiero que entiendas por qué estoy haciendo todo esto.

Sus palabras me dejaron inmóvil. No porque me hubieran herido en lo sentimental, sino porque confirmaban algo mucho peor: no existía escapatoria alguna.

La razón por la que, desde el principio, comprendí que no era más que un fragmento fue porque conocía muy bien el poder del Calur.

Aquellas habilidades capaces de deformar realidades, detener el tiempo o dividir el alma no eran simples mitos. Eran signos grabados en piedra, manifestaciones absolutas del poder del Ojo Divino que Dextrina le había otorgado a Matías.

—Hubiera preferido mil veces no haber sido creado si hubiera sabido que no me dejarías vivir en paz.

Dejé escapar un suspiro al darme cuenta de que él había desaparecido. Todo quedó en calma durante un breve instante.

Mis palabras permanecieron suspendidas en el aire, sin respuesta, hasta que fueron contestadas de la forma más inesperada: por el canto de las aves posadas junto a la ventana.

Knock… knock

Giré la cabeza lentamente, aún sin saber qué sentir, y observé cómo la puerta se abría hasta que una figura apareció en el umbral.

Su rostro no mostró emoción alguna mientras sus ojos recorrían el desastre que había causado. Una mueca de disgusto se dibujó en sus labios resecos antes de que hablara.

—Veo que ahora tienes problemas mentales.

Quise responder, pero no fui capaz de articular palabra alguna.

—Cuando termines de ordenar tus pensamientos, dirígete directamente al centro de reuniones. Lord Castleboard te ha mandado a llamar.

Sin añadir nada más, cerró la puerta.

Justo en ese momento, mientras sus pasos se alejaban poco a poco, percibí una presencia a mi espalda.

No lo pensé. Giré sobre mi propio eje, bajé el centro de gravedad y lancé un golpe directo hacia sus costillas. Fallé.

Sentí la presión de la mano de Matías cerrarse con fuerza alrededor de mi brazo.

Antes de que pudiera reaccionar, una patada brutal me impactó de lleno. No fui capaz de bloquearla. El golpe me lanzó contra la pared, arrancándome el aire de los pulmones.

—Tienes miedo de que te descubran, ¿verdad?

Mi mirada se endureció al encontrarme con la suya. En ese instante lo entendí todo. Me di cuenta de lo que realmente había hecho.

—Jajajaja… no jodas —escupí, con una risa rota—. Me mandaste al puto pasado.

Él se limitó a esbozar una media sonrisa. Desapareció en el instante en que parpadeé.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano me alzó en el aire. Mi respiración se cortó de golpe y la inconsciencia intentó reclamarme.

Justo antes de perder el sentido, me soltó. Caí de rodillas con un sonido seco, aferrándome el cuello con manos temblorosas, el dolor ardiendo en la garganta.

—Ni se te ocurra hacer nada estúpido —dijo sin mirarme—. Tus acciones aquí no alteran en absoluto el futuro ya establecido.

—Toma este lugar como una realidad alterna. Una muestra de aquello que no puedo explicarte con palabras —añadió, su voz alejándose poco a poco.

Aturdido por lo ocurrido, alcé la cabeza con dificultad para buscar su rostro. Lo único que encontré fue el desastre que había dejado atrás. El maldito había desaparecido una vez más.

Apoyándome en el velador que tenía a un lado, intenté incorporarme con dificultad. Me quedé inmóvil al instante, paralizado por lo que acababa de oír.

—Hijo, ¿todo bien?

Mi corazón comenzó a latir con fuerza al escuchar la voz suave que llegó desde detrás de la puerta. Sabía demasiado bien a quién pertenecía.

Y, aunque no sabía si debía sentir afecto por alguien que solo existía en recuerdos que no eran míos, una calma extraña y serena se filtró hasta lo más profundo de mi alma.

La puerta se abrió una vez más, revelando el rostro de una mujer hermosa. En sus ojos dulces descansaba una preocupación que solo una madre podía expresar.

—Matías, ¿pero qué te pasó? —preguntó, acercándose de inmediato.

Forcé una sonrisa mientras me terminaba de levantar, sosteniendo la mirada de la mujer que alguna vez llamé madre.

—Estaba intentando practicar y…..

No llegué a terminar la frase. Ella me rodeó con sus brazos y rompió en un sollozo contenido, sus palabras, dichas en voz baja, atravesándome sin piedad.

—Prometiste que no ibas a lastimarte más, hijo. ¿Por qué no piensas en ti, aunque sea por una vez?

Le devolví el abrazo, intentando calmarla, buscando una excusa que evitara que sufriera por lo que Matías estaba atravesando a esa edad.

Quizá odiaba a ese maldito con cada fibra de mi ser, pero así como conocía lo despreciable que podía llegar a ser, también conocía su historia. Después de todo, yo era una parte de él.

Había recuerdos a los que no tenía acceso, tal vez porque no me permitía verlos… pero este momento lo recordaba con absoluta claridad.

—No quiero que te pase nada malo— añadió con dificultad —Tú y tu hermana sois las únicas personas que me quedan.

Me repugnaba fingir sentimientos que no me pertenecían, pero el dolor de verla llorar era más fuerte que cualquier rechazo interno.

Con cuidado, me separé del abrazo y la dejé frente a mí, sosteniéndola por los hombros.

Esbocé una sonrisa, esta vez sincera, y vi cómo su expresión finalmente se suavizaba.

—Madre, tengo que retirarme. Lord Castleboard requiere mi presencia —dije mientras me ponía de pie.

Una idea había comenzado a tomar forma en mi mente. No sabía si funcionaría hasta intentarlo, pero, si no me equivocaba, era justo en este punto de la vida de Matías cuando el Calur despertaba por completo.

Si era posible, utilizaría su propia arma en su contra. No pensaba quedarme mucho tiempo en este mundo.

Tras colocarme la camisa y el abrigo, me incliné para tomar la funda de la espada apoyada contra la pared. El oro blanco que la adornaba brilló tenuemente bajo la luz, como si presintiera lo que estaba por venir.

Antes de abandonar la habitación, me detuve un instante para mirar a mi madre por última vez. La observé limpiar el desastre que había dejado atrás, esbozando una sonrisa digna de admiración.

Sabía que se había obligado a ser fuerte por nosotros tras la muerte de mi padre. Aquella sonrisa inquebrantable había muerto hacía mucho tiempo; lo único que persistía era la costumbre de fingir que seguía viva.

Al cruzar el umbral, me encontré con largos pasillos que se ramificaban hacia distintos sectores.

A través de las ventanas se filtraba la luz dorada del sol, iluminando ornamentos de oro que relucían bajo su brillo.

—Decidiste darme una oportunidad.

Tragué mi ira. Esta vez, por mi propio bien, me limité a sostenerle la mirada. Su rostro se reflejaba en una bandeja de plata apoyada sobre una pequeña mesa.

—No te equivoques. Solo lo hago porque no tengo otra opción —respondí, viendo cómo una sonrisa se dibujaba en sus labios.

Cuando aparté la vista, su voz se disipó en el silencio, reemplazada por los gritos de adolescentes que corrían por los pasillos del campo de entrenamiento del ejército.

Si mis recuerdos no me fallaban, esta es la edad exacta en la que ella… moría.

Mis ojos se posaron en la joven chica que aguardaba apoyada contra una puerta, esperando con paciencia.

Su cabello dorado, que caía hasta la cintura, y sus ojos azulados, portadores de una libertad inconfundible, la delataban de inmediato.

Nuestras miradas se encontraron y una sonrisa brillante se dibujó en su rostro.

Solo pude dejar escapar un suspiro cansado, consciente de lo que me aguardaba.

Acomodé la funda de la espada en la cintura y retomé la marcha hacia la salida. Crucé miradas con varias personas que me saludaron al pasar.

Sabía que, si quería salir de allí, tendría que seguir su juego…

Al menos por esta vez.

Nota de autor:

Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.

Después de una pequeña pausa, por fin estamos de vuelta.

¡Los leo en los comentarios!

-Eterna Pluma

POV de Kael Lanpar

Estaba tan absorto en la danza lenta de los copos de nieve que apenas prestaba atención a lo que ocurría a mi alrededor.

El frío calaba hasta los huesos, una presión constante y punzante. Aun así, no podía apartar la vista del cielo despejado que dominaba la mañana. El horizonte ardía en tonos naranjas, como una herida luminosa, mientras las aves lo surcaban en silencio.

Seguía dándole vueltas al verdadero motivo por el que Matías me había traído a ese lugar. Tan hundido estaba en esos pensamientos que no advertí que hablaban de mí.

—¿Qué le pasa a ese idiota?

El susurro llegó amortiguado, lejano. No le di importancia… hasta que una segunda voz se sumó.

—Ya lleva un buen rato así. A este paso, parece que murió de hipotermia.

Mi aliento se cristalizó al escapar en un suspiro cuando me giré para ver quiénes hablaban.

En cuanto notaron mi movimiento, ambos se dieron la vuelta sin decir palabra y se alejaron con pasos torpes hacia el grupo de cadetes ya reunido.

La verdad era que no me importaba lo que dijeran de mí. Al fin y al cabo, esta no era mi vida.

—Muy bien, cadetes, a sus posiciones. Lord Castleboard tiene algo que decirles.

La voz grave resonó desde el centro del lugar.

Allí se erguía una figura imponente, plantada entre todos los presentes. La postura rígida y el rostro vacío de expresión dejaban claro que no era alguien con quien quisieras cruzarte.

Sin vacilar, avancé para unirme al grupo, chocando hombros con algunos que bloqueaban el paso.

—¿Pero qué te pasa? Mira por dónde caminas —espetó uno de los cadetes al ser empujado.

No le di demasiadas vueltas. Intenté disculparme, pero al girarme tuve que esquivar un puñetazo directo a mi rostro.

El golpe pasó de largo.

Reaccioné por puro instinto. Lo sujeté con fuerza de la camisa y lo lancé contra el suelo cubierto de escarcha, inmovilizándolo sin mayor esfuerzo.

—Si no hubiera sido por la nieve, habrías quedado noqueado —dije, mirándolo a los ojos con expresión vacía—. ¿Por qué demonios me atacaste?

Mi rostro se tensó cuando sentí cómo me escupía la mejilla.

Me contuve. No quería atraer más atención de la que ya había causado… pero lo que dijo a continuación hizo hervir mi sangre.

—Eres el maldito hijo de una put—

No lo dejé terminar.

Mi puño impactó de lleno contra su cara. La sangre brotó al instante y los murmullos crecieron a nuestro alrededor, pero ya no pude detenerme.

Los nudillos me ardían.

Cuando recuperé un mínimo de lucidez, comprendí lo que había hecho.

El rostro del adolescente estaba tan hinchado que apenas conservaba rasgos humanos. Más que una cara, parecía el hocico deformado de un burro.

—¿Pero qué carajos está pasando…?

Arrodillado, con las manos aún cubiertas de sangre, sentí cómo me sujetaban con fuerza de los brazos y me obligaban a ponerme de pie. Mi mirada seguía anclada en lo que acababa de hacer.

Sin previo aviso, mi cabeza fue girada violentamente hacia un lado.

El azote de una bofetada estalló contra mi mejilla. El calor del golpe ardió en la piel, pero ni siquiera reaccioné.

No lograba comprender por qué había actuado de ese modo. Había defendido el honor de alguien a quien, en teoría, no debía amar.

Ella no era mi madre.

Eso era lo que mi conciencia intentaba gritarme. Pero mi cuerpo había decidido lo contrario.

—Cadete Van Geast, ¿qué cree que está haciendo?

La mano delicada de una mujer se cerró con fuerza sobre mi mandíbula, obligándome a alzar el rostro hacia el suyo. En su expresión no había nada más que desprecio.

—Por si ya lo ha olvidado —añadió con frialdad—, usted y su familia no son más que esclavos. No se les puede considerar humanos.

Aquellas palabras me devolvieron la lucidez de golpe.

En un movimiento rápido, aparté su mano de mi rostro y retrocedí de un salto, sin apartar la mirada de ella ni un solo instante.

De forma inconsciente, extendí la mano, intentando —casi con vergüenza— canalizar algo de maná hacia mi cuerpo.

No ocurrió nada.

Las risas estallaron a mi alrededor, obligándome a recordar que ya no estaba en mi mundo. Que seguía atrapado en un lugar en el que ni siquiera deseaba existir.

—Este imbécil cree que puede lanzar rayos láser desde la palma de la mano.

—Qué idiota… Se le subió a la cabeza eso de ser la mascota de la hija de Lord Castleboard.

Bajé lentamente la mano. Sabía que no podía hacer nada.

En algo tenían razón: había sido un idiota.

Uno que creyó, por un instante, que podría librarse de todo sin tener que demostrar por qué la vida debía ser respetada.

Mis dedos se cerraron alrededor del mango de la espada colgada en la cadera. La hoja afilada asomó apenas de la vaina.

Estuve a punto de cometer algo de lo que me arrepentiría…

—Matías, ven a mi oficina. Ahora mismo.

El grito me obligó a soltarla.

La voz grave pertenecía a quien todos llamaban Lord Castleboard, el líder de aquel lugar y el padre de la chica rubia que me observaba con una tristeza silenciosa.

El grupo se abrió cuando comencé a avanzar entre ellos. Sus miradas estaban cargadas de asco y desprecio.

Mantuve la cabeza gacha. Reaccionar en ese momento solo significaría rebajarme a su nivel, y eso era lo último que deseaba.

—En este momento, prefiero no ser considerado humano —dije al pasar—. Incluso los demonios son más civilizados que ustedes.

Me detuve unos segundos frente a la mujer que había insultado a mi familia. La observé en silencio antes de reanudar el paso.

Mis palabras la habían alcanzado. Lo supe porque no respondió. Porque bajó la mirada.

Este mundo estaba mucho más podrido de lo que mostraban los recuerdos de Matías. Comparado con el lugar en el que reencarné, esto no era un reino.

Era un infierno.

—¿Quieres decirme qué es lo que te está pasando?

El cuarto pareció temblar cuando la puerta fue azotada con violencia. No hacía falta adivinarlo: Lord Castleboard estaba furioso.

—Para que los frutos crezcan, hay que exterminar las pestes…

Murmuré sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.

—Ya me estoy hartando de estos malditos.

Sentí cómo mi cabeza era forzada hacia abajo cuando la mano de aquel hombre se posó sobre mi cabello.

El cambio en su actitud me dejó confundido… hasta que recordé la razón.

—¿Qué voy a hacer contigo, Matías…? —suspiró—. Ya tengo suficiente con la presión del consejo por ti y por tu familia.

Se dejó caer en su asiento.

—No puedo pelear por su libertad si sigues causándome problemas.

Si mi memoria no me fallaba, aquel hombre que parecía más un borracho cansado que un líder era, en realidad, alguien en quien se podía confiar.

Había sido el único que le dio a Matías una razón para seguir viviendo cuando ya no quería hacerlo.

Una buena persona, pensé. Bajo todas esas cicatrices visibles e invisibles, se ocultaba un padre amoroso.

—Pido disculpas por mi comportamiento —dije, inclinándome en una leve reverencia.

Dejó el vaso de licor sobre el escritorio y apoyó los codos, frotándose el rostro con evidente agotamiento. Luego hizo un gesto débil con la mano, indicándome que podía retirarme.

Al entreabrir la puerta, alcancé a ver unos ojos azules asomándose desde el pasillo. Se ocultaron de inmediato al notar mi presencia.

—Matías, una cosa más.

Estuve a punto de salir, pero sus palabras me detuvieron. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro al escucharlo.

—Buen trabajo al poner en su lugar a ese niño engreído. No necesitamos egos. Este mundo necesita guerreros…

Hizo una breve pausa.

—Dispuestos a recuperar lo que somos.

Otra pausa.

—Humanos.

Al salir de la oficina, no pude apartar sus palabras de mi mente.

Eran idénticas a las que pronuncié cuando morí luchando contra el Profeta.

Aquella fue la primera vez que obtuve conciencia verdadera, y mi único pensamiento fue proteger.

Admito que esa idea no había cambiado demasiado durante el tiempo que pasé en Mayora. Seguía luchando por algo, aunque aún no supiera con claridad qué era.

—Entonces… ¿qué te dijo mi padre?

Estaba tan hundido en mis pensamientos que ni siquiera noté cuándo alguien se acercó hasta quedar peligrosamente cerca de mi oído.

Di un paso torpe hacia atrás, me enredé con mis propios pies y terminé cayendo sobre el suelo de mármol con un golpe seco.

—¿Acaso tengo rostro de monstruo o qué te pasa?

La voz femenina, suave pero afilada, pertenecía a la persona que menos quería ver en ese momento.

—Das más miedo que ellos. ¿Cómo se te ocurre acercarte así a alguien?

—Sentí como si la misma muerte me hubiera respirado en el cuello —añadí, incorporándome con dificultad mientras el dolor recorría mi cuerpo.

Sabía que tarde o temprano me encontraría con ella. Nunca imaginé que sería tan pronto.

—Oye… tú eres Elizabeth, ¿verdad?

Una mueca de confusión cruzó su rostro.

Era absurdo preguntar algo así cuando, a esas alturas, ella y Matías tenían una relación bastante cercana. Aun así, necesitaba confirmar mis dudas.

—¿Eres idiota o te estás haciendo?

Para evitar un conflicto, me di media vuelta y empecé a marcharme. No tardé en comprender que había sido el peor error posible.

Bastaron apenas unos pasos para sentir el frío filo de una espada rozando mi cuello.

Me quedé inmóvil. El sudor me recorrió la espalda al comprender que no estaba jugando. Era demasiado rápida; intentar desarmarla habría sido un suicidio.

—Te has estado comportando muy extraño hoy… Algo te preocupa.

Su voz se quebró.

Aproveché ese instante para bajar lentamente la espada con un solo dedo. Su agarre temblaba.

No quería darle importancia a su preocupación, pero al ver cómo sus ojos se cristalizaban, algo dentro de mí se encendió.

Fue un movimiento involuntario. Tan cálido, tan natural, que incluso a mí me costó creer que lo hubiera hecho.

Aparté con suavidad el flequillo que caía sobre su rostro y deposité un beso en su frente.

Sentí su cuerpo estremecerse. Su rostro se enrojeció, quedándose inmóvil unos segundos antes de reaccionar.

—¿Q-qué fue eso…? —tartamudeó, incapaz de mirarme a los ojos.

—Tranquila, no me pasa nada —respondí, con una vergüenza inesperada—. Tengo algunas cosas que hacer… Nos vemos pronto.

Di un paso al frente y tropecé con el borde de un mueble. Por alguna razón, mi cuerpo no respondía con su coordinación habitual.

Mi corazón latía con fuerza. Era la primera vez que sentía algo así.

Ni siquiera me habían interesado las mujeres de mi verdadero mundo, y ahora actuaba como si aquello fuera natural.

Elizabeth dejó escapar una pequeña risa al verme tambalearme. Yo seguí mi camino con la vista fija al frente.

Tenía que encontrar a alguien en específico.

Me encontraba en una isla alejada de los demás continentes, territorios gobernados por la anarquía.

Pocos lugares conservaban reglas que impidieran a los humanos comportarse como animales. Este mundo ya no era uno para vivir.

Era uno para sobrevivir.

—Ese idiota me rompió la nariz. Juro que haré que su familia pague por esto.

Al reconocer la voz del cadete al que había golpeado antes, me oculté tras una pared del pasillo, evitando causar más problemas.

Lamentablemente, no fue suficiente.

—¿Qué haces escondido aquí, Matías?

Ver la cara de ese imbécil, masticando una manzana con total despreocupación, despertó en mí unas ganas enormes de golpearlo.

No tuve tiempo de hacerlo.

Escuché cómo el grupo del otro cadete comenzaba a correr en nuestra dirección.

Sin pensarlo, le agarré la muñeca al idiota que me había delatado y lo arrastré conmigo hacia una puerta cercana.

La abrí de golpe y dejé una pequeña abertura, observando cómo el grupo pasaba de largo sin encontrarnos.

—¿Pero qué mierda hacen ustedes aquí? ¿No saben que…?

Antes de que pudiera terminar, le tapé la boca de inmediato, haciéndole una seña para que guardara silencio.

—Sé que estos son los dormitorios de las mujeres —murmuré—. Perdón por entrar así.

Apartó mi mano con un movimiento brusco, resignada. Por suerte, habíamos caído en el cuarto de una de las amigas de Matías, así que no habría mayores problemas.

—¿Y a ti también te están persiguiendo, Francis? —preguntó, mirando al chico que seguía comiendo sin ningún apuro.

—La verdad, solo estoy siguiendo a Matías —respondió aún masticando—. No tengo nada mejor que hacer.

—¿Pueden hablar más bajo, por favor?

Me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo.

Ambos me miraron con una ceja alzada. Luego me ignoraron y continuaron conversando como si nada.

Me quedé allí un momento, recuperando el aliento.

Cuando por fin me sentí estable, me levanté y fui hasta la silla del escritorio. Me dejé caer sobre ella con un suspiro contenido.

Entre papeles desordenados y libros apilados sin cuidado, destacaba un mapa en el centro.

Lo poco que quedaba de este mundo.

Un recordatorio silencioso y cruel de que el apogeo de la humanidad había llegado a su fin.

—¿Puedes creer que de los siete continentes que existían ahora solo queden tres?

La voz de Zenit me arrancó de mis pensamientos. Señaló con el dedo la isla donde nos encontrábamos. El océano Báltico había devorado gran parte de nuestra región.

Aún estábamos lejos de los países condenados por la radiación de las bombas nucleares.

Demasiado lejos… por ahora.

Al recordar por qué había venido en primer lugar, me levanté de golpe. El movimiento brusco hizo que Zenit se sobresaltara; estuvo a punto de caer, pero la sujeté en el aire antes de que tocara el suelo.

Su rostro se sonrojó. La sorpresa le robó la voz por unos segundos.

—D-De verdad que estás muy raro hoy…

La ayudé a recomponerse y luego me senté junto a ella y Francis, que observaba la escena con demasiada atención.

Necesitaba pedirle un favor

Después de que la Tercera Guerra Mundial estallara en este mundo, nada volvió a ser igual.

Nadie sabe con certeza cómo ocurrió. Ni siquiera los recuerdos de Matías ofrecían respuestas claras.

Mientras la humanidad intentaba recomponerse entre los escombros de su propio desastre, el cielo comenzó a agrietarse.

No era un fenómeno que se hubiera visto antes.

Durante un breve instante, algunos creyeron que se trataba de un arma ilusoria creada por los gobiernos. Pero cuando la realidad misma empezó a resquebrajarse, quedó claro que aquello iba mucho más allá del poder humano.

De portales colosales, imposibles, surgieron los dioses.

Esos falsos dioses que muchos confundieron con su salvación.

La verdad era más cruel.

A esas entidades solo les interesaba observar de qué éramos capaces. Como si el mundo no estuviera ya lo suficientemente roto, nos otorgaron armas divinas para que nos destruyéramos aún más.

Zenit poseía una de ellas.

Un artefacto que, solo por existir en sus manos, la convertía en Campeona.

—¿Qué tan bien vas con el entrenamiento de tu artefacto?

El simple hecho de nombrar aquel poder apagó su expresión. Comprendía lo que significaba cargar con una fuerza así… pero aun así necesitaba su ayuda.

—Apenas puedo viajar entre algunas dimensiones —murmuró, apartando la mirada—. ¿Por qué lo preguntas?

Me quité los zapatos y me senté frente a ella en posición de loto. La miré fijamente y, con cuidado, tomé su barbilla entre mis dedos para obligarla a sostenerme la mirada.

—Sé que esto te resultará extraño —susurré—, pero necesito a unas personas. ¿Crees que eres capaz de encontrarlas… solo por esta vez?

Asintió con debilidad. Apoyó una mano sobre mi frente y cerró los ojos.

—Promete que este será el último favor que me pedirás —suplicó, con la voz quebrada.

—Lo prometo —respondí, sin darle el peso que merecía.

Al regular mi respiración, comencé a sentir cómo mis sentidos se apagaban uno a uno. La oscuridad me envolvió y mi mente se desprendió lentamente del cuerpo.

La sensación de flotar en la nada llegó de golpe. Luego, destellos de luz surgieron a mi alrededor y se transformaron en imágenes.

Cuando mis ojos se acostumbraron al brillo, enfoqué la vista y lo vi.

Mi hogar.

Alfin, Aiza y los demás se encontraban en un pueblo élfico. Sus rostros, marcados por la angustia, me inquietaron… hasta que comprendí la razón.

No encontraban mi cuerpo.

Una lágrima solitaria resbaló por mi mejilla cuando mi conciencia regresó a este mundo. Sentí cómo un peso invisible se desprendía de mí.

Ahora podía concentrarme en escapar.

Pronto volveré a donde pertenezco.

Nota de autor:

Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.

¡Los leo en los comentarios!

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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