Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 47

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
  4. Capítulo 47 - Capítulo 47: Capítulo 47: Cara de burro
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 47: Capítulo 47: Cara de burro

POV de Kael Lanpar

Estaba tan absorto en la danza lenta de los copos de nieve que apenas prestaba atención a lo que ocurría a mi alrededor.

El frío calaba hasta los huesos, una presión constante y punzante. Aun así, no podía apartar la vista del cielo despejado que dominaba la mañana. El horizonte ardía en tonos naranjas, como una herida luminosa, mientras las aves lo surcaban en silencio.

Seguía dándole vueltas al verdadero motivo por el que Matías me había traído a ese lugar. Tan hundido estaba en esos pensamientos que no advertí que hablaban de mí.

—¿Qué le pasa a ese idiota?

El susurro llegó amortiguado, lejano. No le di importancia… hasta que una segunda voz se sumó.

—Ya lleva un buen rato así. A este paso, parece que murió de hipotermia.

Mi aliento se cristalizó al escapar en un suspiro cuando me giré para ver quiénes hablaban.

En cuanto notaron mi movimiento, ambos se dieron la vuelta sin decir palabra y se alejaron con pasos torpes hacia el grupo de cadetes ya reunido.

La verdad era que no me importaba lo que dijeran de mí. Al fin y al cabo, esta no era mi vida.

—Muy bien, cadetes, a sus posiciones. Lord Castleboard tiene algo que decirles.

La voz grave resonó desde el centro del lugar.

Allí se erguía una figura imponente, plantada entre todos los presentes. La postura rígida y el rostro vacío de expresión dejaban claro que no era alguien con quien quisieras cruzarte.

Sin vacilar, avancé para unirme al grupo, chocando hombros con algunos que bloqueaban el paso.

—¿Pero qué te pasa? Mira por dónde caminas —espetó uno de los cadetes al ser empujado.

No le di demasiadas vueltas. Intenté disculparme, pero al girarme tuve que esquivar un puñetazo directo a mi rostro.

El golpe pasó de largo.

Reaccioné por puro instinto. Lo sujeté con fuerza de la camisa y lo lancé contra el suelo cubierto de escarcha, inmovilizándolo sin mayor esfuerzo.

—Si no hubiera sido por la nieve, habrías quedado noqueado —dije, mirándolo a los ojos con expresión vacía—. ¿Por qué demonios me atacaste?

Mi rostro se tensó cuando sentí cómo me escupía la mejilla.

Me contuve. No quería atraer más atención de la que ya había causado… pero lo que dijo a continuación hizo hervir mi sangre.

—Eres el maldito hijo de una put—

No lo dejé terminar.

Mi puño impactó de lleno contra su cara. La sangre brotó al instante y los murmullos crecieron a nuestro alrededor, pero ya no pude detenerme.

Los nudillos me ardían.

Cuando recuperé un mínimo de lucidez, comprendí lo que había hecho.

El rostro del adolescente estaba tan hinchado que apenas conservaba rasgos humanos. Más que una cara, parecía el hocico deformado de un burro.

—¿Pero qué carajos está pasando…?

Arrodillado, con las manos aún cubiertas de sangre, sentí cómo me sujetaban con fuerza de los brazos y me obligaban a ponerme de pie. Mi mirada seguía anclada en lo que acababa de hacer.

Sin previo aviso, mi cabeza fue girada violentamente hacia un lado.

El azote de una bofetada estalló contra mi mejilla. El calor del golpe ardió en la piel, pero ni siquiera reaccioné.

No lograba comprender por qué había actuado de ese modo. Había defendido el honor de alguien a quien, en teoría, no debía amar.

Ella no era mi madre.

Eso era lo que mi conciencia intentaba gritarme. Pero mi cuerpo había decidido lo contrario.

—Cadete Van Geast, ¿qué cree que está haciendo?

La mano delicada de una mujer se cerró con fuerza sobre mi mandíbula, obligándome a alzar el rostro hacia el suyo. En su expresión no había nada más que desprecio.

—Por si ya lo ha olvidado —añadió con frialdad—, usted y su familia no son más que esclavos. No se les puede considerar humanos.

Aquellas palabras me devolvieron la lucidez de golpe.

En un movimiento rápido, aparté su mano de mi rostro y retrocedí de un salto, sin apartar la mirada de ella ni un solo instante.

De forma inconsciente, extendí la mano, intentando —casi con vergüenza— canalizar algo de maná hacia mi cuerpo.

No ocurrió nada.

Las risas estallaron a mi alrededor, obligándome a recordar que ya no estaba en mi mundo. Que seguía atrapado en un lugar en el que ni siquiera deseaba existir.

—Este imbécil cree que puede lanzar rayos láser desde la palma de la mano.

—Qué idiota… Se le subió a la cabeza eso de ser la mascota de la hija de Lord Castleboard.

Bajé lentamente la mano. Sabía que no podía hacer nada.

En algo tenían razón: había sido un idiota.

Uno que creyó, por un instante, que podría librarse de todo sin tener que demostrar por qué la vida debía ser respetada.

Mis dedos se cerraron alrededor del mango de la espada colgada en la cadera. La hoja afilada asomó apenas de la vaina.

Estuve a punto de cometer algo de lo que me arrepentiría…

—Matías, ven a mi oficina. Ahora mismo.

El grito me obligó a soltarla.

La voz grave pertenecía a quien todos llamaban Lord Castleboard, el líder de aquel lugar y el padre de la chica rubia que me observaba con una tristeza silenciosa.

El grupo se abrió cuando comencé a avanzar entre ellos. Sus miradas estaban cargadas de asco y desprecio.

Mantuve la cabeza gacha. Reaccionar en ese momento solo significaría rebajarme a su nivel, y eso era lo último que deseaba.

—En este momento, prefiero no ser considerado humano —dije al pasar—. Incluso los demonios son más civilizados que ustedes.

Me detuve unos segundos frente a la mujer que había insultado a mi familia. La observé en silencio antes de reanudar el paso.

Mis palabras la habían alcanzado. Lo supe porque no respondió. Porque bajó la mirada.

Este mundo estaba mucho más podrido de lo que mostraban los recuerdos de Matías. Comparado con el lugar en el que reencarné, esto no era un reino.

Era un infierno.

—¿Quieres decirme qué es lo que te está pasando?

El cuarto pareció temblar cuando la puerta fue azotada con violencia. No hacía falta adivinarlo: Lord Castleboard estaba furioso.

—Para que los frutos crezcan, hay que exterminar las pestes…

Murmuré sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.

—Ya me estoy hartando de estos malditos.

Sentí cómo mi cabeza era forzada hacia abajo cuando la mano de aquel hombre se posó sobre mi cabello.

El cambio en su actitud me dejó confundido… hasta que recordé la razón.

—¿Qué voy a hacer contigo, Matías…? —suspiró—. Ya tengo suficiente con la presión del consejo por ti y por tu familia.

Se dejó caer en su asiento.

—No puedo pelear por su libertad si sigues causándome problemas.

Si mi memoria no me fallaba, aquel hombre que parecía más un borracho cansado que un líder era, en realidad, alguien en quien se podía confiar.

Había sido el único que le dio a Matías una razón para seguir viviendo cuando ya no quería hacerlo.

Una buena persona, pensé. Bajo todas esas cicatrices visibles e invisibles, se ocultaba un padre amoroso.

—Pido disculpas por mi comportamiento —dije, inclinándome en una leve reverencia.

Dejó el vaso de licor sobre el escritorio y apoyó los codos, frotándose el rostro con evidente agotamiento. Luego hizo un gesto débil con la mano, indicándome que podía retirarme.

Al entreabrir la puerta, alcancé a ver unos ojos azules asomándose desde el pasillo. Se ocultaron de inmediato al notar mi presencia.

—Matías, una cosa más.

Estuve a punto de salir, pero sus palabras me detuvieron. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro al escucharlo.

—Buen trabajo al poner en su lugar a ese niño engreído. No necesitamos egos. Este mundo necesita guerreros…

Hizo una breve pausa.

—Dispuestos a recuperar lo que somos.

Otra pausa.

—Humanos.

Al salir de la oficina, no pude apartar sus palabras de mi mente.

Eran idénticas a las que pronuncié cuando morí luchando contra el Profeta.

Aquella fue la primera vez que obtuve conciencia verdadera, y mi único pensamiento fue proteger.

Admito que esa idea no había cambiado demasiado durante el tiempo que pasé en Mayora. Seguía luchando por algo, aunque aún no supiera con claridad qué era.

—Entonces… ¿qué te dijo mi padre?

Estaba tan hundido en mis pensamientos que ni siquiera noté cuándo alguien se acercó hasta quedar peligrosamente cerca de mi oído.

Di un paso torpe hacia atrás, me enredé con mis propios pies y terminé cayendo sobre el suelo de mármol con un golpe seco.

—¿Acaso tengo rostro de monstruo o qué te pasa?

La voz femenina, suave pero afilada, pertenecía a la persona que menos quería ver en ese momento.

—Das más miedo que ellos. ¿Cómo se te ocurre acercarte así a alguien?

—Sentí como si la misma muerte me hubiera respirado en el cuello —añadí, incorporándome con dificultad mientras el dolor recorría mi cuerpo.

Sabía que tarde o temprano me encontraría con ella. Nunca imaginé que sería tan pronto.

—Oye… tú eres Elizabeth, ¿verdad?

Una mueca de confusión cruzó su rostro.

Era absurdo preguntar algo así cuando, a esas alturas, ella y Matías tenían una relación bastante cercana. Aun así, necesitaba confirmar mis dudas.

—¿Eres idiota o te estás haciendo?

Para evitar un conflicto, me di media vuelta y empecé a marcharme. No tardé en comprender que había sido el peor error posible.

Bastaron apenas unos pasos para sentir el frío filo de una espada rozando mi cuello.

Me quedé inmóvil. El sudor me recorrió la espalda al comprender que no estaba jugando. Era demasiado rápida; intentar desarmarla habría sido un suicidio.

—Te has estado comportando muy extraño hoy… Algo te preocupa.

Su voz se quebró.

Aproveché ese instante para bajar lentamente la espada con un solo dedo. Su agarre temblaba.

No quería darle importancia a su preocupación, pero al ver cómo sus ojos se cristalizaban, algo dentro de mí se encendió.

Fue un movimiento involuntario. Tan cálido, tan natural, que incluso a mí me costó creer que lo hubiera hecho.

Aparté con suavidad el flequillo que caía sobre su rostro y deposité un beso en su frente.

Sentí su cuerpo estremecerse. Su rostro se enrojeció, quedándose inmóvil unos segundos antes de reaccionar.

—¿Q-qué fue eso…? —tartamudeó, incapaz de mirarme a los ojos.

—Tranquila, no me pasa nada —respondí, con una vergüenza inesperada—. Tengo algunas cosas que hacer… Nos vemos pronto.

Di un paso al frente y tropecé con el borde de un mueble. Por alguna razón, mi cuerpo no respondía con su coordinación habitual.

Mi corazón latía con fuerza. Era la primera vez que sentía algo así.

Ni siquiera me habían interesado las mujeres de mi verdadero mundo, y ahora actuaba como si aquello fuera natural.

Elizabeth dejó escapar una pequeña risa al verme tambalearme. Yo seguí mi camino con la vista fija al frente.

Tenía que encontrar a alguien en específico.

Me encontraba en una isla alejada de los demás continentes, territorios gobernados por la anarquía.

Pocos lugares conservaban reglas que impidieran a los humanos comportarse como animales. Este mundo ya no era uno para vivir.

Era uno para sobrevivir.

—Ese idiota me rompió la nariz. Juro que haré que su familia pague por esto.

Al reconocer la voz del cadete al que había golpeado antes, me oculté tras una pared del pasillo, evitando causar más problemas.

Lamentablemente, no fue suficiente.

—¿Qué haces escondido aquí, Matías?

Ver la cara de ese imbécil, masticando una manzana con total despreocupación, despertó en mí unas ganas enormes de golpearlo.

No tuve tiempo de hacerlo.

Escuché cómo el grupo del otro cadete comenzaba a correr en nuestra dirección.

Sin pensarlo, le agarré la muñeca al idiota que me había delatado y lo arrastré conmigo hacia una puerta cercana.

La abrí de golpe y dejé una pequeña abertura, observando cómo el grupo pasaba de largo sin encontrarnos.

—¿Pero qué mierda hacen ustedes aquí? ¿No saben que…?

Antes de que pudiera terminar, le tapé la boca de inmediato, haciéndole una seña para que guardara silencio.

—Sé que estos son los dormitorios de las mujeres —murmuré—. Perdón por entrar así.

Apartó mi mano con un movimiento brusco, resignada. Por suerte, habíamos caído en el cuarto de una de las amigas de Matías, así que no habría mayores problemas.

—¿Y a ti también te están persiguiendo, Francis? —preguntó, mirando al chico que seguía comiendo sin ningún apuro.

—La verdad, solo estoy siguiendo a Matías —respondió aún masticando—. No tengo nada mejor que hacer.

—¿Pueden hablar más bajo, por favor?

Me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo.

Ambos me miraron con una ceja alzada. Luego me ignoraron y continuaron conversando como si nada.

Me quedé allí un momento, recuperando el aliento.

Cuando por fin me sentí estable, me levanté y fui hasta la silla del escritorio. Me dejé caer sobre ella con un suspiro contenido.

Entre papeles desordenados y libros apilados sin cuidado, destacaba un mapa en el centro.

Lo poco que quedaba de este mundo.

Un recordatorio silencioso y cruel de que el apogeo de la humanidad había llegado a su fin.

—¿Puedes creer que de los siete continentes que existían ahora solo queden tres?

La voz de Zenit me arrancó de mis pensamientos. Señaló con el dedo la isla donde nos encontrábamos. El océano Báltico había devorado gran parte de nuestra región.

Aún estábamos lejos de los países condenados por la radiación de las bombas nucleares.

Demasiado lejos… por ahora.

Al recordar por qué había venido en primer lugar, me levanté de golpe. El movimiento brusco hizo que Zenit se sobresaltara; estuvo a punto de caer, pero la sujeté en el aire antes de que tocara el suelo.

Su rostro se sonrojó. La sorpresa le robó la voz por unos segundos.

—D-De verdad que estás muy raro hoy…

La ayudé a recomponerse y luego me senté junto a ella y Francis, que observaba la escena con demasiada atención.

Necesitaba pedirle un favor

Después de que la Tercera Guerra Mundial estallara en este mundo, nada volvió a ser igual.

Nadie sabe con certeza cómo ocurrió. Ni siquiera los recuerdos de Matías ofrecían respuestas claras.

Mientras la humanidad intentaba recomponerse entre los escombros de su propio desastre, el cielo comenzó a agrietarse.

No era un fenómeno que se hubiera visto antes.

Durante un breve instante, algunos creyeron que se trataba de un arma ilusoria creada por los gobiernos. Pero cuando la realidad misma empezó a resquebrajarse, quedó claro que aquello iba mucho más allá del poder humano.

De portales colosales, imposibles, surgieron los dioses.

Esos falsos dioses que muchos confundieron con su salvación.

La verdad era más cruel.

A esas entidades solo les interesaba observar de qué éramos capaces. Como si el mundo no estuviera ya lo suficientemente roto, nos otorgaron armas divinas para que nos destruyéramos aún más.

Zenit poseía una de ellas.

Un artefacto que, solo por existir en sus manos, la convertía en Campeona.

—¿Qué tan bien vas con el entrenamiento de tu artefacto?

El simple hecho de nombrar aquel poder apagó su expresión. Comprendía lo que significaba cargar con una fuerza así… pero aun así necesitaba su ayuda.

—Apenas puedo viajar entre algunas dimensiones —murmuró, apartando la mirada—. ¿Por qué lo preguntas?

Me quité los zapatos y me senté frente a ella en posición de loto. La miré fijamente y, con cuidado, tomé su barbilla entre mis dedos para obligarla a sostenerme la mirada.

—Sé que esto te resultará extraño —susurré—, pero necesito a unas personas. ¿Crees que eres capaz de encontrarlas… solo por esta vez?

Asintió con debilidad. Apoyó una mano sobre mi frente y cerró los ojos.

—Promete que este será el último favor que me pedirás —suplicó, con la voz quebrada.

—Lo prometo —respondí, sin darle el peso que merecía.

Al regular mi respiración, comencé a sentir cómo mis sentidos se apagaban uno a uno. La oscuridad me envolvió y mi mente se desprendió lentamente del cuerpo.

La sensación de flotar en la nada llegó de golpe. Luego, destellos de luz surgieron a mi alrededor y se transformaron en imágenes.

Cuando mis ojos se acostumbraron al brillo, enfoqué la vista y lo vi.

Mi hogar.

Alfin, Aiza y los demás se encontraban en un pueblo élfico. Sus rostros, marcados por la angustia, me inquietaron… hasta que comprendí la razón.

No encontraban mi cuerpo.

Una lágrima solitaria resbaló por mi mejilla cuando mi conciencia regresó a este mundo. Sentí cómo un peso invisible se desprendía de mí.

Ahora podía concentrarme en escapar.

Pronto volveré a donde pertenezco.

Nota de autor:

Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.

¡Los leo en los comentarios!

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo