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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 48

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Capítulo 48: Capítulo 48: Hijo del barro

POV de Kael Lanpar – (Matías Van Geast)

Apenas me mantenía despierto, sostenido por los ligeros balanceos del barco en el que nos encontrábamos.

Incluso con los ojos cerrados, lograba escuchar cómo las olas golpeaban la cubierta con violencia rítmica, insistente, como si el mar quisiera recordarnos su dominio.

Mi concentración estaba al límite.

No necesitaba ver para saber qué ocurría a mi alrededor; percibía el mundo a través de otros sentidos. Cada sonido, cada vibración, se ordenaba en mi mente con una claridad inquietante.

Las imágenes tomaban forma gracias a los gritos y risas dispersas, mezcladas con el olor agrio del vómito que descendía desde la cubierta superior.

Un perfume desagradable, humano, imposible de ignorar.

Todos los cadetes yacían reunidos en la bodega del barco, hablando de cualquier cosa que pudiera ayudarles a matar el tiempo. Un tiempo que se alargaba de forma cruel mientras avanzábamos, lentos, hacia nuestro destino.

Después de una despedida breve con aquella mujer a la que me negaba a llamar madre, partimos de Victius rumbo a occidente, hacia tierras marcadas por la radiación y la decadencia.

—¿En qué estás pensando tanto?

Hacía tiempo que me había acostumbrado a no estar solo en mi mente, pero tener que escuchar su voz resonando dentro de mi cabeza era una molestia difícil de tolerar.

—Sabes, te estás comportando como un niño pequeño al ignorarme.

—No tengo nada que hablar contigo, y tú lo sabes bien —respondí, sin darle mayor importancia.

Mientras me acomodaba, apoyando la espalda contra un barril, abrí los ojos apenas un instante.

El rostro de Matías se reflejaba en la hoja de mi espada, distorsionado, fragmentado, como un mal recuerdo de donde me encontraba.

Delgados destellos de luz se filtraban por las grietas de la madera. Lo suficiente para convertir la bodega en un espectáculo silencioso: la iluminación se quebraba en múltiples colores, formando un arcoíris tenue allí donde el metal reflejaba la luz.

Era hermoso.

Y, al mismo tiempo, inquietantemente fuera de lugar.

—¿Por qué decidiste que era buena idea crearme? —murmuré, sabiendo que me oía—. Pudiste haber sido tú quien reencarnara en lugar de mí.

Durante un breve instante, todo quedó en silencio.

El mundo se detuvo. Las partículas de polvo flotaban inmóviles en el aire, congeladas en un tiempo que ya no avanzaba.

Todo estaba suspendido… excepto yo.

—Existen muchas cosas en este mundo que están fuera de mi alcance.

Sentí cómo la piel se me erizaba al escuchar su voz junto a mí.

Me quedé quieto, atrapado por la sorpresa, hasta que recordé con amargura que seguía dentro de su dominio. Nada de aquello era casual. Nada lo era nunca.

Giré levemente la cabeza y lo vi sentado a mi lado. Su respiración era tranquila, casi serena, pero su semblante apagado contaba otra historia.

Estaba preocupado.

Y no era por mí.

—A veces tengo ganas de matarte —dije, con un tono burlón—. Eres un idiota si crees que lograrás hacerme cambiar de opinión, ¿sabías…?

Siempre había esperado de él cualquier cosa peligrosa. Desde el primer momento le tuve miedo.

Pero, por algún motivo, verlo reír me desarmó por completo.

Esa risa contagiosa que brotaba de sus labios temblorosos no pertenecía a un monstruo, sino a alguien perdido.

Estaba tan absorto en su rostro que apenas noté el contacto. Alguien me tocaba el hombro. Parpadeé un par de veces antes de comprender que había regresado a la realidad.

Moví la cabeza en distintas direcciones, buscando a Matías. No encontré más que a uno de los cadetes, de pie frente a mí.

—¿Te encuentras bien?

Su murmullo apenas alcanzó mis oídos. Lo vi rascarse la cabeza, confundido por mi silencio. No le presté atención.

—Si quieres, tengo algunas pastillas en mi maleta. Son para el mareo —añadió, extendiéndome un bolso con sincera amabilidad.

No tenía cabeza para hablar con nadie. Me limité a enfundar mi espada con cuidado, evitando mirarlo. El metal encajó en silencio, definitivo.

Con la cabeza gacha, observé cómo sus pies se alejaban lentamente. La culpa me alcanzó de inmediato. Sabía que ese día morirían varias personas.

Él era una de ellas.

Verlo marcharse así, cabizbajo, me hizo pensar que quizá aún podía hacer algo por él. Algo pequeño. Algo inútil.

Algo humano.

—¿Cómo te llamas?

Con esfuerzo, me levanté del suelo, apoyando las manos en el barril donde había estado recostado.

Él se giró con sorpresa al oír mi voz.

Cuando extendí la mano, sentí un apretón firme. Su expresión cambió al instante: una sonrisa genuina, abierta. Tuve que apartar la mirada para soportarla.

No lograba entender cómo podía estar tan tranquilo, sabiendo que pronto arribaríamos al muelle de Sansiro.

Allí nos esperaban cosas que solo podían describirse como pesadillas.

—Atención. Hemos llegado a nuestro destino.

Apenas la voz resonó, el barco se detuvo con un movimiento abrupto. Algunos perdieron el equilibrio; otros fueron arrojados contra el suelo entre golpes secos y quejidos ahogados.

—Me llamo Estefano —dijo por fin el cadete, aferrándose con fuerza a un barril.

Sin tiempo para presentaciones formales, fuimos obligados a descender del barco. La imagen que nos recibió era tan deprimente como irrefutable.

Con agilidad me coloqué la máscara para protegerme del aire contaminado, limpiando el visor de las partículas de ceniza que caían del cielo como una nevada enferma.

—¿Cómo es posible que la gente viva en estas condiciones? —tartamudeó Estefano, contemplando el paisaje con horror.

—No creo que quede nadie con vida en estas zonas — susurre para mí mismo.

Di un paso al frente y mi pie chocó contra algo abandonado en el suelo. Bajé la mirada con cautela. Era el cráneo de una persona.

Sin querer asustar más a Estefano, pateé el hueso con fuerza y lo arrojé al mar, como si así pudiera borrar su existencia.

Incluso desde el muelle, el aire ya traía consigo un olor metálico: sangre.

Un hedor que se intensificaba con cada paso que dábamos hacia el interior.

Me sorprendía que Lord Castleboard hubiera enviado a Elizabeth al campo de batalla, siendo ella su hija.

Aunque, pensándolo mejor, la decisión no resultaba tan descabellada.

Así funcionaba el gobierno en Victius: incluso pertenecer a una familia poderosa no garantizaba seguridad absoluta. Nadie estaba realmente a salvo.

La prueba era evidente.

Todos los que estábamos allí —a excepción de mí— proveníamos de linajes influyentes, familias cuyo poder se medía más por su peso poblacional que por su riqueza. Nombres que valían por la cantidad de vidas que representaban.

La lógica era clara si se entendía el sistema de Victius. Las tres islas se regían por un intercambio de equivalencias, un equilibrio cruel sostenido por prácticas peligrosas como la exploración de los continentes olvidados.

Sangre a cambio de estabilidad.

—Cerebro… quiero comerte tu cerebro.

Una gota de sudor descendió por mi frente al escuchar la voz de Francis a mi espalda. Me giré lentamente y lo vi jugando con Zenit, despreocupado, casi infantil.

Esta gente estaba tan familiarizada con la muerte que había dejado de reaccionar ante ella.

—Escuchen con atención, cadetes.

El sargento que nos guiaba se detuvo de golpe en lo alto de una colina. A su lado, la segunda al mando y Elizabeth —líder del grupo— desenvainaron sus espadas con urgencia.

Entonces lo sentí.

Los escombros comenzaron a temblar bajo mis pies. Algo se acercaba. Y no era uno solo.

—Mantengan sus posiciones. No bajen la guardia. Y si son superados en número… no huyan.

La voz del sargento tembló. Tartamudeó. Su cuerpo también lo hizo.

Me di cuenta entonces de mi error.

No estaban acostumbrados a la muerte. Simplemente sabían que ya no existía escapatoria.

De manera instintiva, mi mano fue directa al mango de la espada. Apenas mis dedos tocaron el metal recubierto de cuero, comprendí por fin a qué nos enfrentábamos.

Los escombros esparcidos sobre la tierra carbonizada no temblaban por el estremecimiento del suelo, sino por el viento feroz que descendía desde las alturas.

Enormes criaturas, tan oscuras como la noche, surcaban el cielo en nuestra dirección. Cada aleteo sacudía el aire con violencia, creando ráfagas que se volvían más salvajes a medida que se acercaban.

Con agilidad saqué la hoja de mi espada, colocándola frente a mí mientras mi mente se forzaba a buscar una salida.

No hacía falta ser un genio para entenderlo: si nos enfrentábamos a esas bestias, el resultado no sería una batalla, sino una masacre.

Por unos instantes, mi agarre flaqueó.

Con dudas persistentes, vi reflejados en la hoja de mi espada a los cadetes que temblaban a mis espaldas. Intentaban mostrarse firmes, pero sus ojos los delataban.

—Elizabeth, tenemos que retirarnos ahora.

Mi grito salió más desesperado de lo que esperaba. Llamó la atención de todos; algunos, con lágrimas aún suspendidas en la mirada, asintieron en silencio.

—No podemos volver a Victius sin mercancía en nuestras manos —dijo el sargento, apenas capaz de articular palabra—. ¿Cómo se te…?

No le di tiempo a terminar. Me moví con rapidez hasta quedar frente a él, deteniendo la hoja de mi espada a un suspiro de su garganta.

—Si no salimos con vida, tampoco habrá mercancía.

Al verlo retroceder, dominado por el temor, aproveché para tomar el control de la situación. Me coloqué frente a todos, justo cuando esas bestias se acercaban cada vez más.

Verlos depositar en mí sus últimas esperanzas me hizo sentir culpable. Sabía que lo que estaba a punto de hacer sería un acto de frialdad absoluta.

—Q-quiero que… todos se dividan en dos grupos —tartamudeé, incapaz de sostener la voz.

Me avergoncé de mí mismo. Sacrificar y manipular a unos pocos para salvar a otros era una decisión horrible, una que apenas pude tomar.

Sin cuestionar mi orden, los cadetes se dividieron en dos grupos. Ahora como líder, envié al grupo uno a aquellos que conocía, priorizándolos sin disimulo frente a todos.

—¿Y ahora cuál es el plan? Todos están esperando tus órdenes —dijo Elizabeth. Apenas pude procesar sus palabras.

Tragué mis emociones y grité con todas las fuerzas que me quedaban.

—Grupo uno, retírense de inmediato hacia los edificios derrumbados. Usen lo que quede de ellos como refugio.

Siguiendo mi orden, los integrantes de ese grupo corrieron sin mirar atrás hacia la ciudad en ruinas, mientras yo permanecía con el otro grupo.

—Grupo dos…

Me detuve en seco al ver que Elizabeth se había quedado conmigo. Junto a ella, y a otros que no les correspondía estar allí, estaban Estefano, Zenit, Francis y la segunda al mando.

—¿De verdad pensabas sacrificarte tú solo?

Me quedé helado al ver a Elizabeth hacer una seña para que todos subieran conmigo a la colina.

Uno a uno se colocaron a mi lado, empuñando sus espadas con la determinación silenciosa de quienes ya habían aceptado dar la vida.

—Te dije que no me hicieras preocupar —añadió, apoyando por un instante la cabeza sobre mi hombro.

Al comprender que no tenía otra opción que aceptar su decisión, me incorporé una vez más con firmeza.

Balanceé la espada de un lado a otro, observando cómo las bestias —nada más que murciélagos mutados— se lanzaban hacia nosotros como flechas fuera de control.

La estampida cayó sobre nuestras cabezas en un parpadeo. En sus ojos rojos brillaba un instinto de caza puro, primitivo.

Deslicé la espada hacia un costado y cargué el ataque. Lo lancé directo al abdomen de una de las criaturas, y su chillido desgarrador atravesó el aire.

Verla caer al suelo, sin vida, despertó en mí un instinto salvaje que tomó el control.

Tal vez aún existía una oportunidad de sobrevivir… aunque no fuera más que un mísero uno por ciento.

Me moví con precisión entre las bestias que ya habían descendido al suelo.

Mis cortes fueron rápidos y calculados, los cuerpos se desplomaron con un golpe seco mientras el caos se cerraba a nuestro alrededor.

Eran tantas bestias que apenas lograba distinguir a mis aliados.

Era como pelear dentro de una tormenta de arena: movimiento constante, confusión total, cada golpe perdido o desviado podía ser mortal.

La espada caía, cumpliendo su trabajo, pero las criaturas no dejaban de aparecer. Cada vez más, implacables, interminables.

En un descuido, al escuchar un grito, me distraje. Fue el instante exacto que necesitaban para atacarme.

Sentí cómo las garras desgarraban la carne de mi muslo antes de que mi cuerpo terminara arrodillado en el suelo.

Frente a mí, algunos de nosotros ya yacían sobre sus propios charcos de sangre, inmóviles, irreversibles.

Al ver mi final formarse ante mis ojos, me pregunté una vez más por qué había actuado desde el principio, si está ni siquiera era mi vida.

Ellos no eran mis seres queridos y, aun así, los estaba defendiendo.

En lugar de cerrar los ojos y temer a la muerte, quise presenciar cómo terminaba todo. Acepté que quizá había sido un error dejarme arrastrar por lo que estaba ocurriendo.

Contuve la respiración cuando la garra de un murciélago se acercó peligrosamente a mi cabeza, a solo unos centímetros de poner fin a todo.

La sangre descendió por mi frente, pero seguía con vida. Lo extraño fue que, de pronto, todo quedó en silencio.

Alcé la cabeza con lentitud y vi a la criatura temblar en su lugar, incapaz de moverse. Todo a su alrededor parecía haberse detenido.

Dejé que mi cuerpo cayera hacia atrás y quedé sentado sobre la tierra fría. Creí entender lo que estaba ocurriendo. Mi mente llegó rápido a una conclusión: Matías estaba detrás de esto.

Sin embargo, antes de poder tranquilizarme, sentí cómo el aire comenzaba a faltarme.

Durante unos instantes, la atmósfera a mi alrededor pareció evaporarse, transformándose en un humo espeso que apenas me permitía ver cómo la realidad empezaba a resquebrajarse.

Observé con cautela cómo, frente a mí, se formaba un agujero negro flotando a escasos centímetros del suelo.

—Veo que mis sospechas sobre ti eran ciertas. Tú no eres mi verdadero Matías.

La voz, suave y amenazante, provenía del interior del portal. Era la de una diosa que no había visto en mucho tiempo.

—Dextrina… ¿qué haces tú aquí? —pregunté, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.

Ella no respondió. Con una majestad silenciosa, descendió del portal. Al tocar el suelo con sus pies descalzos, la realidad se deformó bajo ellos, dejando tras de sí solo imágenes difusas, carentes de significado.

—Ese idiota logró engañarme.

La vi avanzar hacia mí con pasos firmes. Se inclinó apenas hasta quedar a mi altura y me miró con un enojo casi infantil, inquietante por venir de ella.

—Sabes que no se le debe mentir a una mujer.

Tragué saliva al sentir cómo el peso del universo descendía sobre mis hombros. Le tenía miedo.

—Dime dónde está tu creador.

Nota de autor:

Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.

¡Los leo en los comentarios!

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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