El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 49
- Inicio
- Todas las novelas
- El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
- Capítulo 49 - Capítulo 49: Capítulo 49: No dejes de luchar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 49: Capítulo 49: No dejes de luchar
POV de Kael Lanpar — (Matias Van Geast)
Los ojos de aquella diosa no se apartaban de los míos. Su rostro estaba tan cerca que podía percibir su aliento, un aroma a rosas que bañaba la brisa congelada en el tiempo.
Intenté articular alguna palabra en mi defensa, pero la voz me tembló y no salió nada.
—¿Acaso te mordiste la lengua o algo por el estilo?
Su voz era suave, casi amable, pero bastaba escuchar con atención para notar que su paciencia comenzaba a agotarse.
—Ya te lo dije. No conozco el lugar donde está Matías.
Me incorporé con dificultad del suelo helado. Mientras contemplaba el paisaje horrendo que nos rodeaba, no pude evitar preguntarme, una vez más, qué hacía ella allí.
—Te prometo que, si supiera dónde está, te lo diría sin pensarlo —añadí, encogiéndome de hombros—. A mí también me gustaría saber dónde se oculta.
Di un paso al frente para recoger mi espada, pero mi pierna derecha falló. Aunque el tiempo permanecía detenido, el dolor seguía ardiendo con intensidad en mi piel.
La sangre había dejado de fluir por mi rodilla, suspendida en el aire como una imagen congelada. Aun así, la sensación era la misma: la horrible certeza de que me estaba desangrando.
Cuando estuve a punto de caer de rodillas otra vez, una mano me sujetó en el aire. Dextrina me había tomado del cabello con firmeza.
—Auch… eso duele —murmuré, intentando apartar su mano.
Sin decir una palabra, permitió que una parte de su poder se filtrara por todo mi cuerpo. De inmediato, una sensación cálida me recorrió de pies a cabeza.
Observé cómo el tejido muerto de mi piel volvía a la vida, cerrando la herida como si jamás hubiera existido. La fuerza regresó a este cuerpo que ya creía agotado.
—Veo que incluso tú, siendo una parte de él, no te libras de su egoísmo.
Esta vez percibí algo distinto en su voz.
Dolor.
Eso me sorprendió más que cualquier cosa, viniendo de una diosa.
—Perdón por agarrarte del pelo —añadió—. Sin mi habilidad activada, mis reflejos no son los mejores.
Con la energía restaurada, comencé a mover cada parte de mi cuerpo, comprobando que todo había vuelto a su lugar.
Los huesos crujieron. Mi cuerpo se relajó.
Justo cuando estaba a punto de preguntarle qué hacía realmente allí, ella habló primero.
—No entiendo cómo, a pesar de tener sus recuerdos, sigues siendo tan ingenuo.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. No comprendía a qué se refería.
—¿De verdad te preguntas qué hago aquí, si este es el pasado de otra línea temporal?
—¿Pero cómo lo…?
Antes de que pudiera terminar la frase, uno de sus dedos golpeó mi frente con fuerza. El impacto me dejó paralizado, la mente en blanco, atrapado en la confusión.
—Kael, yo fui quien le entregó el Calur a Matías. Lo que él posee es parte de mi poder.
Torpe, bajé la cabeza con vergüenza. Ella tenía razón. Había olvidado algo esencial: todo había comenzado gracias a ella.
Mientras mantenía la mirada fija en el suelo, noté que una sombra se proyectaba sobre la mía.
Me giré con sobresalto.
Matías estaba allí, de pie detrás de mí. Sus ojos lucían cansados, apagados, y su cuerpo estaba cubierto de heridas abiertas y marcas recientes.
—Hablando del rey de Roma —escupió Dextrina, con enojo.
Se lanzó hacia él con la clara intención de golpearlo, pero antes de llegar a su altura, su cuerpo colapsó. Dextrina lo atrapó en el aire, y la sorpresa en su rostro se transformó de inmediato en angustia.
No entendía lo que estaba ocurriendo, pero verlo así, tan herido, presagiaba algo terrible.
Por instinto, me acerqué. Matías intentó decir algo, pero solo logró toser sangre. Una sangre espesa, de un tono más oscuro de lo normal.
—¿Qué te pasó? —preguntó Dextrina, con una preocupación imposible de ocultar—. ¿Quién carajos te hizo esto?
Matías ignoró sus palabras. Intentó ponerse de pie, sin éxito. Volvió a caer, y entonces me miró.
Sus ojos estaban entrecerrados, al borde de apagarse.
—Y-yo nunca intenté hacerte cambiar de opinión sobre mí.
Apenas podía hablar entre jadeos, pero aun así continuó, forzando cada palabra.
—Sé que soy la clase de persona que uno debería odiar. Pero, como te dije antes, existen cosas que están fuera de mi poder.
—Kael… yo no tengo nada en contra de ti.
Por alguna razón que no logré comprender, las lágrimas comenzaron a brotar. Se deslizaron por mis mejillas sin control, traicionándome.
Si de verdad no tenía nada en contra de mí, ¿por qué había hecho todo esto desde el principio?
¿Por qué intimidarme?
¿Por qué cambiar su forma de tratarme de manera tan repentina?
—Dextrina… no nos queda mucho tiempo.
Obligándose a ponerse de pie, Matías dejó escapar un grito de dolor que me estremeció. Para contenerlo, se mordió el labio inferior con fuerza, y la sangre descendió lentamente por su rostro.
—Ellos ya vienen. Si ven a Kael, todo lo que hemos hecho hasta ahora habrá sido en vano.
La mirada de Dextrina se dirigió hacia mí. Sus ojos se llenaron de preocupación de inmediato, una que se parecía demasiado a la de una madre.
Exhaló un suspiro pesado y alzó la mano en mi dirección, con una lentitud casi solemne.
No tuve tiempo de reaccionar. Sentí cómo mi cuerpo se congelaba desde las extremidades, dejándome apenas la respiración y la vista libres.
Las dudas volvieron a asfixiarme, pero cuando vi a Matías acercarse con esfuerzo supe que no lo hacía por maldad.
—Tú eres la parte más inocente de mí —dijo—. Eres lo único que quisiera salvar de todo lo que soy.
Su mano se posó sobre mi pecho, justo donde latía mi corazón. Una sensación extraña recorrió cada fibra de mi ser.
Sin previo aviso, un dolor insoportable me atravesó. Un ardor brutal, como si mi propia sangre estuviera incendiándose desde dentro.
—Tal vez poseas mis recuerdos, pero eso no te hace invisible —continuó—. No tienes experiencia real. Solo imágenes.
Apenas lograba oír su voz. El dolor distorsionaba todo; mis oídos zumbaban, el mundo se volvía borroso.
Sin que pudiera evitarlo, mis ojos se cerraron de golpe. La oscuridad me envolvió por completo.
Y aun así, en medio de la negrura, la desesperación y la confusión, lo escuché una última vez.
—Pronto volverás a tu mundo. Perdóname por cómo te traté… no soy bueno con las palabras.
Después de eso, todo quedó sumido en un silencio vacío.
Sentí mi mente flotar en un océano invisible, moviéndose sin rumbo… hasta que, a lo lejos, apareció una luz.
Cada uno de mis sentidos volvió a activarse. Mis ojos fueron los primeros en registrar el mundo que me rodeaba.
Una iluminación intensa golpeó mi vista con brutalidad, cegándome por un instante. Poco a poco, el resplandor se apagó, permitiendo que mis pupilas se adaptaran de nuevo a la luz.
Cuando por fin pude ver con claridad, comprendí que había regresado al campo de batalla. La lucha contra los murciélagos continuaba, y los gritos de mis compañeros resonaban a mi alrededor.
Seguía aturdido por lo que acababa de ocurrir, pero mi cuerpo no esperó órdenes. Se movió por puro instinto.
Giré la cabeza apenas a tiempo. La garra de una de las criaturas pasó rozando el aire frente a mí.
Sin pensarlo, mi espada describió un arco limpio y decapitó a la bestia en pleno movimiento.
Mientras su cuerpo caía, vi que detrás de él Elizabeth combatía contra varias más, rodeada.
Ya familiarizado con el poder que se había despertado en mi interior, dejé que mi cuerpo se relajara.
El mundo se ralentizó.
Mis movimientos se volvieron fluidos, precisos.
Fue un baile armónico entre la espada y su portador, una coreografía calculada que dejó a las criaturas suspendidas en el aire, muertas antes de tocar el suelo.
Cuando el tiempo volvió a fluir, me encontré frente a Elizabeth. Me observaba en silencio, incapaz de ocultar su sorpresa.
—T-tú… fuiste el que hizo todo esto.
En sus ojos había horror.
Y, siendo honesto, no era nada agradable ver cómo la sangre llovía desde el cielo.
—No creo que este sea un buen momento para explicaciones.
Ella asintió, consciente de que tenía razón.
Aún con el poder de Dextrina activo, vi cómo el ataque de uno de los murciélagos se dirigía directo hacia Elizabeth.
Rodeé su cintura con el brazo y la atraje contra mi pecho. Las garras de la criatura pasaron de largo, cortando el aire donde ella había estado un segundo antes.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al ver su rostro sonrojado. Entonces lo entendí.
Ahora comprendía por qué Matías se había enamorado de ella en el pasado.
Aquellos ojos azules eran una rareza: una belleza simple, casi normal, en un mundo devorado por el caos.
Cuando confirmé que estaba a salvo, la solté y volví a aferrar el mango de mi espada. Cargué un ataque final, uno que nos permitiera abrir paso hacia los edificios destruidos de la ciudad y escapar.
Mis ojos recorrieron a cada enemigo con precisión quirúrgica. Alcé la espada y, cuando el mundo volvió a congelarse una vez más, comencé a cortar.
La carne cedía bajo la presión de mi fuerza. No hubo gritos de dolor ni clamores de gloria.
Solo un silencio amargo, acompañado por el sonido seco de cuerpos al caer.
Desactivé el Calur y dejé que el tiempo retomara su curso. El precio no tardó en llegar: un dolor feroz martilleó mi cabeza.
—Es hora de movernos. No tenemos mucho tiempo.
Todos asintieron sin dudar. Cargaron a los heridos y comenzaron a correr hacia nuestra única salvación.
—Vas a tener que darme muchas explicaciones por lo que acabas de hacer —dijo Elizabeth a mi lado.
Corríamos detrás del grupo, atentos a que nadie se quedara atrás. Aun así, era evidente que algunos no lo habían logrado.
Desvié la mirada hacia un costado. Entre los cuerpos esparcidos en el suelo reconocí al chico que había querido salvar.
Los ojos de Estefano permanecían abiertos. Su mirada vacía me acusaba por no haber podido hacer nada.
Pero su sonrisa… decía otra cosa.
Era un simple gracias.
A lo lejos, los integrantes del grupo uno nos hacían señales con antorchas encendidas, marcándonos el camino más rápido hacia su posición.
Estábamos a punto de alcanzarlos cuando todos se detuvieron de golpe. Un grito agudo descendió desde el cielo y heló el aire.
Mi mente quedó aturdida durante unos segundos, hasta que comprendí lo que se aproximaba. Era un murciélago mucho más grande que los demás. El alfa.
—Me quedaré a…
Antes de que Elizabeth pudiera terminar, la sujeté con firmeza por los hombros, dejando claro que no había espacio para discusión.
—Necesito que guíes al grupo hasta donde están los otros. Confía en mí. Soy lo bastante fuerte para sobrevivir.
Vi cómo apretaba las manos hasta cerrarlas en puños antes de asentir, aceptando mi orden a regañadientes.
Mientras ella se alejaba, me posicioné para enfrentar a la enorme criatura. Entonces, una voz llamó mi atención.
—Tenías razón en lo que dijiste. Ya no somos civilizados… pero seguimos siendo humanos.
Giré apenas la cabeza y descubrí que quien hablaba era la segunda al mando. La misma mujer que días atrás me había humillado y ofendido a mi familia.
—Deja que este monstruo se enfrente a otro monstruo —añadió—. Vete de aquí, niño, antes de que me arrepienta.
Aunque tenía el poder para acabar con esa criatura, no me encontraba en condiciones de luchar. Mi cabeza latía con violencia y el desmayo acechaba a cada paso.
Acepté sus palabras y reanudé la carrera junto al grupo, mientras su voz me alcanzaba por última vez desde atrás.
—Mi deber es formar guerreros. Mi misión es morir por ellos… por nuestro futuro.
Muchos tenían una historia antes de convertirse en lo que son ahora. Aún quedaban con vida víctimas del inicio de la decadencia humana.
Nadie pidió convertirse en un monstruo para sobrevivir, pero, como siempre, la vida no ofreció elección.
Al llegar a la entrada donde todos estaban reunidos, nos aseguramos de que no faltara nadie antes de cerrar la puerta.
Mi corazón aún latía con fuerza por la adrenalina, pero al ver que todo se había calmado, la realidad me golpeó de lleno.
Mi cuerpo finalmente colapsó. Dejé que la espalda resbalara contra la pared rocosa detrás de mí y aspiré aire con dificultad, mientras mis ojos recorrían el lugar.
Habían muerto demasiadas personas. Todo por la decisión que había tomado.
La culpa ardía con fuerza en mi pecho. Ver a los cadetes —que no eran más que adolescentes como yo— improvisar camillas para sus amigos me quebró por dentro.
En un rincón, el sargento que debía haber liderado la misión permanecía sentado, abrazándose a sí mismo, con el miedo recorriéndole el cuerpo.
Cuando vi a Francis cargando a Zenit, herida, por fin comprendí la verdadera razón por la que Matías me había enviado a este tiempo.
Hay cosas que simplemente son inevitables.
Sin previo aviso, sentí cómo la cabeza de alguien se apoyaba en mi hombro. No tardé en reconocer, por el cabello rubio, que era Elizabeth.
—Ahora mismo no quiero que me cuentes lo que hiciste en el campo de batalla.
Se acomodó antes de continuar.
—Solo quiero dormir un rato.
Apoyé la cabeza sobre la suya. No pude evitar pensar en aquello en lo que realmente estaba involucrado. Era evidente que Dextrina y Matías estaban tramando algo.
Yo estaba en el centro de todo.
¿Pero por qué?
Nota de autor:
Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.
¡Los leo en los comentarios!
-Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com