El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 5
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5: Capítulo 5: Lagrimas de sangre 5: Capítulo 5: Lagrimas de sangre POV de Kael Lanpar Ver a mi madre a los ojos, con esa angustia que se transformaba en lágrimas, me terminó por quebrar.
Fue como si cualquier chispa de esperanza que había comenzado a encenderse en mi diminuto cuerpo fuera aplastada sin piedad.
Era irónico… En mi vida pasada viví una situación casi idéntica.
Solo que, aquella vez, fui yo quien no logró salvarla.
No fui lo suficientemente rápido.
Ni siquiera el tiempo, que en ese entonces jugaba a mi favor, me tendió la mano.
¿Cómo demonios alguien que puede manipular el tiempo a su voluntad no pudo salvar a su propia madre?
Cerré los ojos lentamente, apretándolos con fuerza, listo para recibir una vez más la fría y amarga muerte.
Preparado para decirle adiós a esta nueva vida.
¡Plaf!…
—Armadura de cristal… —el susurro, apenas audible, me obligó a abrir los ojos de golpe.
Me quedé perplejo.
Delante de mí, miles de partículas de polvo caían lentamente en los pasillos llenos de escombros, atrapando la luz del sol.
Mi mente aún trataba de entender cómo aquel techo, que segundos antes estaba a punto de aplastarme, había desaparecido sin dejar rastro.
—¿Su majestad se encuentra bien?
—preguntó Lilia, captando mi atención.
Por un momento, mis ojos se clavaron en ella, pero cuando entendí a quién iban dirigidas esas palabras, la confusión se hizo aún mayor.
Aquel ser arrodillado, que me sostenía en sus brazos como un salvador, no era más que una armadura.
Una armadura que reflejaba la luz con miles de destellos rosados, cada cristal adornando su superficie como si fuera una joya viva.
Ya había aceptado que este no era mi mundo… pero ¿qué clase de ser era este?
—susurré en mi mente—.
¿Esto es lo que aquí llaman magia?
Sentí la garganta secarse, y un temblor me recorrió el cuerpo ante la magnitud de lo que acababa de vivir.
Y entonces, otra verdad me golpeó con fuerza: no sabía dónde estaba mi madre.
—Su majestad… —la voz de Lilia sonó más grave—.
Se acercan múltiples personas a nuestra posición.
No vienen con buenas intenciones.
¿Qué acaba de decir Lilia?
Lentamente alcé la vista hacia la cabeza inmóvil de la armadura.
Me quedé estático, observando cómo seguía cada uno de mis movimientos con atención.
Y entonces, una mano cálida se posó en mi cabeza, acariciándola con suavidad.
—Mi pequeño, estás bien… —la voz femenina, tan familiar, escapó de la armadura—.
Lilia, necesito que me cubras.
—Como usted ordene, su majestad —respondió Lilia sin titubear.
Mis sospechas se confirmaron en cuanto vi cómo el casco comenzaba a desvanecerse.
El cristal rosado se fragmentó en miles de partículas brillantes que se dispersaron en el aire, revelando el rostro preocupado de mi madre.
¡Boom!…
El suelo volvió a temblar, recordándome cruelmente que este no era un buen momento para buscar respuestas.
Mi madre, intentando mantener el equilibrio, se apoyó en la pared.
Se incorporó poco a poco, sin soltarme, y alzó la vista por las ventanas rotas para contemplar el catastrófico panorama que había dejado la caída de la capital de Auroria.
Aquella Luzarion, de la que tantas veces había escuchado hablar en las palabras de los reyes, ya no irradiaba majestuosidad… sino muerte y caos.
El bullicio de los mercaderes había desaparecido, reemplazado por gritos de súplica y llantos desesperados.
Las cenizas de las casas quemadas flotaban en el aire, espesando el ambiente hasta hacerlo casi irrespirable.
—Mi reina, ya se están acercando —alertó Lilia, alzando la voz mientras, con una rapidez casi cegadora, desenfundaba una daga oculta—.
Quédese detrás de mí, yo la protegeré.
Mi madre no respondió.
Solo dejó escapar un suspiro antes de alzar el brazo.
De su mano comenzaron a reunirse las partículas de cristal que antes había dispersado la luz del sol, formando una lanza brillante y mortal.
—Nunca quise que terminaras viendo esto… —su voz estaba rota—.
Me prometí que no vivirías lo mismo que nosotros.
Pero al final… no lo pude evitar.
Su agarre sobre mí se intensificó, como si quisiera fundirme contra su pecho, mientras aferraba el mango de la lanza con fuerza descomunal.
La movió de un lado a otro, lista para enfrentar lo que viniera.
¡Wham!…
La puerta del cuarto cayó revelando a varias personas cuya mirada destilaba puro desprecio.
Sus manos, firmes sobre las armas, no mostraban temor a la muerte.
Querían sangre a cualquier precio.
Diferentes mundos, la misma brutalidad anidada en nuestras almas.
Nada había cambiado; solo terminé en un lugar donde, al parecer, la única regla es que, si quieres vivir, debes matar.
En cuestión de segundos, apenas alcancé a ver cómo Lilia se lanzó contra nuestros agresores, blandiendo su daga con una rapidez mortal.
Las primeras gotas de sangre tiñeron el suelo, y su dueño cayó sobre ellas, sin vida.
Ante un ojo veía mi mismo mundo reflejado en este; en el otro, una falsa esperanza de no volver a dañar a nadie más.
Como una sinfonía diabólica, los metales comenzaron a chocar, acompañados por el sonido seco de cuerpos desplomándose.
Todo seguía el ritmo de una música que solo me torturaba.
Al final, solo quedó Lilia, de pie entre un montón de cadáveres deformes, cubierta de sangre y sin una pizca de remordimiento.
—Se están acercando más, su majestad —jadeó—.
Usted y el príncipe no estarán a salvo aquí.
—Ningún lugar es seguro ahora mismo —respondió mi madre, mordiéndose el labio inferior—.
No puedo dejar a Kal en ninguna parte.
Lilia caminó hacia nosotros, limpiando su daga e intentando relajarse… hasta que toda la atmósfera del lugar cambió.
Mi madre lo notó, Lilia también.
Y yo, por simple lógica, supe que no era nada bueno.
El vello de nuestros cuerpos se erizó, producto del magnetismo y la electricidad que impregnaban el aire.
No tuve tiempo de reaccionar: estaba ahí, de pie.
Detrás de Lilia, a escasos centímetros de cortarle la cabeza, una espada puntiaguda se detuvo antes de alcanzar su objetivo.
Su portador quedó inmóvil.
La respuesta llegó sola: Lilia se apartó, revelando al atacante ahogándose en su propia sangre, intentando inútilmente extraer la katana que le atravesaba el pecho.
Se desvaneció de inmediato.
Primero cayó de rodillas, luego se desplomó, dejando al descubierto a un encapuchado.
Más allá de la máscara y el cabello blanco que me llamaron la atención, lo que más me desconcertó fue su aparente edad.
—¿Su majestad se encuentra bien?
—preguntó con voz grave—.
Lord Marquians me envió… —Mai, deja las formalidades —interrumpió mi madre, confundiendo mi entendimiento—.
Ven, ayúdame con tu hermano, por favor.
—Está bien, madre —respondió, retirándose la máscara.
La voz y el rostro eran femeninos—.
¿Cómo se encuentra Kal?
Mi mente ya no soportaba más.
No quería repetir mis errores, ni seguir viendo tanta sangre.
No entendía nada de lo que estaba ocurriendo y, para este punto, ya nada me resultaba sorprendente.
Tengo una hermana que, a una edad en la que yo aún aprendía a vivir, ya era capaz de matar sin dudar.
—Hija, necesito que me escuches con atención —ordenó Mabel—.
Llévate a tu hermano directo a la Academia de Magos.
No te detengas por nada y busca refugio con los demás.
—Pero, ma… —intentó replicar mi supuesta hermana, sin éxito.
—Ahora mismo no necesito que muestres tu valor en la batalla —dijo Mabel, con dolor—.
Nunca lo fue.
Solo protege a tu hermano… y a ti misma.
Ella aceptó a regañadientes, aferrándose a mí con firmeza protectora, preparándose para marcharse.
El cansancio comenzó a invadirme, recordándome que seguía teniendo poco tiempo de haber nacido, incapaz de mantenerme tantas horas en pie.
Todo este tiempo me había limitado a escuchar… y ese fue mi error: sacar conclusiones sin haber vivido las palabras.
Mis ojos se cerraron por instinto, cayendo en un profundo sueño, intentando escapar del agotamiento mental que me estaba destrozando.
POV Mayrei Lanpar Ahora mismo podía sentir cómo mi sangre hervía.
Era incapaz de enfadarme por las palabras de mi madre; más que simples frases, eran la verdad plasmada en cada letra.
Mi deber no estaba por completo con el reino.
Pude haber tomado otros caminos, escuchar los consejos de mi madre… pero ser un Lanpar significaba comprender que la vida no perdonaba a quienes no veían el mundo con claridad.
Ver a Kal dormido me provocó una punzada de culpa.
No había estado para él, ni siquiera el día de su nacimiento; estaba demasiado ocupada cumpliendo misiones en tierras lejanas.
Sacudí la cabeza, aceptando que el pasado no podía cambiarse.
Entonces activé el flujo de maná en mi cuerpo, dejando que el aura se encendiera alrededor de mí antes de replegarse hacia mi núcleo y reavivar mi magia.
Sin pensarlo dos veces, salté por la ventana.
Miré una última vez hacia atrás, captando cómo nuevos enemigos irrumpían en el castillo… solo para caer rápidamente bajo la lanza de mi madre.
La gravedad me reclamó de inmediato, arrastrándome hacia los adoquines.
El viento azotaba mi rostro, intentando frenar mi caída.
Abracé con más fuerza a Kal, manipulando el aire a mi alrededor para suavizar el impacto.
—¡Auxilio!… ¡por favor, ayúdenme!
—gritó un niño, intentando liberar a su madre atrapada bajo los escombros.
Quise correr a ayudarlo, pero fue demasiado tarde.
Un grupo de enemigos llegó primero.
Solo pude apretar los dientes, dándome la vuelta mientras el grito ahogado del niño me perseguía a la distancia.
—¡Muévanse rápido, no pierdan tiempo!
—ordenó un mago Destroya, guiando a un escuadrón hacia el centro de la capital.
Di un salto, elevándome sobre las casas y cayendo sobre los tejados.
A lo lejos, un enorme guardián elemental arrasaba con escuadrones enteros del reino.
Ningún soldado parecía capaz de detenerlo.
Algún día, si el reino humano cae… será por sus manos o por… No.
Eso no importaba ahora.
Seguí corriendo, saltando de tejado en tejado, atravesando un paisaje de caos que no podía revertir.
—¡Espiral de fuego!
—rugió un agresor.
Su voz fue la advertencia que me salvó.
El calor abrasador rozó mi piel, pero la fina capa de hielo que conjuré me protegió, convirtiendo las llamas en vapor.
—Veo que eres hábil, niñita —gruñó—.
Y parece que llevas a alguien muy importante en tus brazos.
Ese emblema… los malditos Lanpar.
Con cuidado, dejé a Kal en el tejado y erigí una cúpula de hielo a su alrededor.
—Vas a estar bien —murmuré para mí misma, transfiriéndole un poco de maná para mantener su calor.
Me coloqué la máscara, alterando mi voz.
—No te importa quién es él.
Tu pelea es conmigo.
El atacante sonrió, golpeando sus espadas entre sí.
La adrenalina le ardía en los ojos antes de lanzarse hacia mí.
Desenvainé mi katana, recibiendo el peso de su ataque.
Las chispas saltaron en el aire mientras nuestras armas se encontraban sin piedad.
—Para ser una princesa… no peleas tan mal —se burló.
No respondí.
Aproveché un hueco en su guardia y desvié sus espadas, dejándolo expuesto.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Sus brazos, aún aferrados a las empuñaduras, cayeron al suelo junto con un torrente de sangre.
—Ah… maldita sea —gimió—.
Espera… te lo pido… no quiero morir.
No sentí compasión, solo pena por lo bajo que había caído, implorando clemencia que nunca concedió a otros.
—Tengo una familia… —susurró roto—.
Muchos de los que hoy yacen muertos aquí también la tenían — le dije con odio —.
Alcé mi espada y, con un corte limpio, acabé con su vida.
Recogí a Kal y vi cómo las fuerzas del reino comenzaban a recuperar terreno, eliminando a los enemigos que aún quedaban.
Entonces, algo me detuvo.
El aire se volvió denso.
Incluso el guardián elemental y los soldados quedaron inmóviles.
Desde el cielo, un grito de ave rompió el silencio.
Encima de ella estaba mi padre, con el ceño endurecido.
Con un gesto, ordenó a las demás aves que sobrevolaban la zona.
De ellas descendieron cientos de soldados de Alkaster, acompañados por el Striker Boro.
Mis ojos se clavaron en él, el hombre que me había protegido gran parte de mi vida.
Sin dudar, se lanzó contra el guardián elemental.
Elevó su brazo, y de él brotó una luz verde tan intensa que eclipsó el sol por un instante.
Impactó de lleno en su objetivo.
El último sonido fue el alarido de agonía del guardián.
Creé una cúpula de hielo a mi alrededor, protegiéndome del estallido que levantó una nube de polvo sobre todo el campo.
Esto ya se estaba volviendo más común de lo que parecía.
El reino estaba siendo atacado con una frecuencia alarmante en los últimos meses.
POV de Kael Lanpar (Lugar desconocido) Sentía fatiga… pero no era un simple cansancio físico.
Era un agotamiento más profundo, el de vivir atrapado en esta interminable ruleta rusa de traumas y torturas sin fin.
No sabía dónde estaba, y tampoco quería saberlo.
Mi mente no tenía fuerzas ni siquiera para cuestionar por qué seguía consciente después de hundirme en ese ahogamiento mental que me había dejado inconsciente.
Me encontraba sentado, apoyado contra el tronco de un árbol blanco, solitario, perdido en medio de la nada.
Todo a mi alrededor era un vacío bañado de luz, un blanco puro y cegador… pero, a diferencia de un paraíso, aquí solo había sufrimiento.
Me pregunté si, en algún rincón de la existencia, podría hallarse la verdadera paz.
No falsos paraísos, no ilusiones… solo un descanso genuino.
—No existe ese mundo que deseas —resonó una voz familiar, expandiéndose por todos lados.
—Mientras estés vivo —continuó— estarás condenado a sentir… y a sufrir, sin importar el lugar al que pertenezcas.
Frente a mí, Kraidir comenzaba a manifestarse.
Su forma surgía lentamente, dibujada por mariposas blancas que lo rodeaban, tejiendo su silueta como si fuesen parte de su propia esencia.
—¿Y qué se supone que haces aquí?
—exclamé con rabia—.
¿Vienes a burlarte de mí o qué?
No respondió.
Me miró con pena… y eso me enfureció aún más.
Que un dios sintiera una chispa de compasión por un simple humano, como si realmente le importara, era algo que no podía tolerar.
—¿A qué maldito mundo me enviaste?
—le grité, poniéndome de pie y encarándolo, con los ojos ardiendo en furia.
—Este mundo es aquel al que los dioses decidieron enviarte —respondió con calma—.
Yo no tuve poder para intervenir en esa decisión.
No vi mentira en sus palabras… y, en el fondo, ni siquiera entendía por qué le guardaba tanto odio.
Los humanos se mataban entre sí; jamás vi a un dios derramar sangre humana… solo manipularla.
Caminé hacia otro árbol, dejándome caer pesadamente al suelo, apoyando la cabeza contra el tronco.
Me resigné a no recibir respuestas.
—Magia… un mundo de fantasía —susurré, sabiendo que él me escuchaba—.
Todo igual que en un libro.
Y yo… seguro que soy el mártir de esta historia.
—Tú decidiste serlo.
Nadie eligió por ti —contestó Kraidir mientras empezaba a alejarse—.
Si quieres ser un mártir, hazlo.
Nadie te lo impedirá.
Al final, es tu vida.
Me puse de pie de nuevo y lo seguí, como buscando pelea sin razón aparente.
Sabía que lo que decía era cierto… y eso era lo que más me molestaba.
—¿Y este lugar?
—pregunté, acercándome—.
Supongo que es mi espacio mental.
—A lo que tú llamas espacio mental, yo lo llamo reflejo de tu existencia —dijo, deteniéndose ante tres estacas.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al verlas: en cada una estaba clavada una versión de mí mismo.
Tres Matias, sangrando lágrimas rojas, mirándome fijamente y susurrando una sola palabra: Culpable.
—Estos que ves aquí son parte de ti —dijo Kraidir, mirándome con una compasión que me resultó más aterradora que cualquier amenaza.
—Representan tu alma, tu pasado… y el presente que vives ahora —añadió—.
Y están clavados aquí por tu propia mano.
Quise responder, pero no pude.
Mi voz estaba atrapada en mi garganta.
Las mariposas blancas comenzaron a dispersarse, deshaciendo la figura de Kraidir, que se desvaneció sin dejar rastro, dejándome solo con ellos.
Bajé la vista hacia mis manos… y descubrí que no estaba en mi cuerpo actual, sino en el anterior.
Seguían cubiertas con una sangre que no podía borrarse.
Mis ojos se alzaron hacia el pilar que sostenía mi “yo” del pasado.
En sus pupilas ardía un fuego infernal, uno que nunca se había apagado… un odio y un dolor salvajes, indomables.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por sumergirte en estas páginas.
Cada palabra de esta historia ha sido escrita con el deseo de atraparte, de hacerte sentir y pensar más allá de lo evidente.
Tu opinión es muy valiosa para mí: si esta obra te ha hecho vibrar, reflexionar o simplemente disfrutar, te invito a dejar tu comentario o reseña.
Tus palabras no solo me motivan a seguir escribiendo, sino que también ayudan a que otros lectores descubran este mundo.
Nos vemos en la próxima página… — Eterna Pluma
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