El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- El Ultimo Aliento: De la muerte al significado
- Capítulo 50 - Capítulo 50: Capítulo 50: Corazón de hierro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 50: Capítulo 50: Corazón de hierro
POV de Kael Lanpar — (Matías Van Geast)
Los primeros destellos del sol comenzaron a filtrarse por las grietas de las paredes de concreto del edificio donde nos refugiábamos.
La luz se arrastraba sobre el suelo cubierto de polvo y ceniza con una lentitud hipnótica. Tardé en darme cuenta de que ya había amanecido.
El calor acogedor me obligó a despertar. Abrí los ojos con pereza y confirmé que todos seguían descansando, rendidos por el agotamiento.
—Mmnh…
El leve quejido de Elizabeth me hizo girar un poco el rostro hacia ella. Su cara, enmarcada por mechones de cabello dorado, empezaba a moverse con los primeros signos del despertar.
—¿A dónde vas?
Apenas logré distinguir su susurro. Verla frotarse los ojos, luchando contra el sueño, me arrancó una sonrisa involuntaria.
—Voy a tomar un poco de aire fresco. Vuelvo en unos minutos.
Ella asintió en silencio. Se desató el buzo que tenía atado a la cintura y lo acomodó bajo su cabeza, usándolo como una almohada improvisada.
Con cuidado, me aparté de ella para dejarla descansar y me dirigí hacia el exterior del edificio. Afuera, la lluvia de ceniza había cesado por completo.
El aire seguía siendo pesado, denso, impregnado del olor persistente de los cadáveres que la batalla había dejado atrás.
Cerré los ojos por un instante, intentando ordenar mis pensamientos, concentrarme en todo lo ocurrido con Dextrina y Matías.
Pero un sonido lejano me arrancó de golpe de los recuerdos.
Un silbido.
Luego, el retumbar de tambores que resonaban desde distintos puntos.
No eran buenas noticias.
Estas tierras estaban dominadas por seres que habían perdido su humanidad hacía siglos. Humanos sin razón, guiados por un único impulso: el hambre.
No podían llamarse muertos, porque aún sentían dolor cuando eran heridos.
Pero tampoco estaban vivos.
Solo vagaban por territorios que ya no pertenecían a nadie…excepto a la decadencia.
—Parece que tenemos invitados.
La voz de Francis sonó a mi espalda, acompañada por los pasos apresurados de los cadetes, que ya se habían despertado, alterados.
—¿Dónde está el sargento? —pregunté, desenvainando la espada en el proceso.
—No soportó la vergüenza de su cobardía —respondió Elizabeth, colocándose a mi lado—. Algunos cadetes se quedaron dentro para, al menos, darle un entierro digno.
Dejé escapar un suspiro cansado y fijé la vista en dirección a las montañas, de donde provenía el sonido.
Entonces di un paso atrás.
Algo se aproximaba a gran velocidad. Cortó el aire y cayó al suelo, quedando a escasos centímetros de mis pies.
Me agaché para recoger la flecha. En el asta, envuelto con cuidado, había un pequeño trozo de papel.
Antes de que los demás avanzaran para prepararse para el combate, alcé la mano, indicándoles que se detuvieran.
—Vienen en son de paz. No son enemigos… solo comerciantes.
Desde mi posición pude ver figuras completamente cubiertas deslizarse por las laderas de tierra, levantando tras de sí cortinas densas de polvo.
Al parecer, me había equivocado. Aquellos tambores no anunciaban peligro inmediato.
Tal vez no estábamos frente a aliados, pero tampoco serían enemigos… al menos, no mientras no los provocáramos.
Y conociendo a algunos de los cadetes, dudaba que la situación se mantuviera tranquila por mucho tiempo.
—Un gusto volver a ver viajeros después de tanto tiempo —dijo una voz grave—. ¿De dónde son, amiguitos?
Con cautela, enfundé la espada antes de avanzar unos pasos. Los ojos afilados del hombre que había hablado no se apartaban de los míos.
Intenté leer sus movimientos, pero su rostro era un enigma. Los trapos que lo cubrían apenas dejaban al descubierto la mirada.
—Creería que no me conoces —dijo, extendiendo la mano—. Yo soy un…
Antes de que pudiera terminar, apreté su mano con firmeza y le ofrecí una sonrisa cordial, una que claramente no esperaba.
—Eres un carroñero —dije—. ¿Estoy en lo correcto?
Asintió levemente y soltó mi mano, todavía confundido por mi reacción.
—¿No te da asco tocarme? Eres extraño, muchacho.
Al poseer los recuerdos de Matías, tenía acceso a fragmentos de su vida: días buenos, días rotos… y todo lo que vino después.
Tras la muerte de su padre y la pérdida de su pueblo, vagó durante días por tierras contaminadas por la radiación, soportando hambre, frío y desesperación con tal de proteger a su madre y a su hermana.
Para mantenerlas con vida, tomó la única decisión posible.
Vendió su cuerpo al servicio de gente rica, individuos que se aventuraban entre las ruinas de las ciudades en busca de los pocos objetos valiosos que aún sobrevivían al desastre.
Sentí un nudo en el pecho al escuchar los murmullos a mis espaldas cuando el hombre frente a mí se quitó uno de los guantes.
No tardaron en surgir los comentarios cargados de repulsión y odio, una reacción común entre quienes ignoraban la historia de estas personas: hombres y mujeres consumidos por la radiación, deformados de pies a cabeza.
Su piel reseca estaba cubierta de cavidades, marcadas por un deterioro que no concordaba con la juventud de su voz.
—Estas son las expresiones que estaba esperando —espetó el carroñero, colocándose de nuevo el guante.
Luego volvió a mirarme.
—Ahora dime, muchacho… ¿no te doy repugnancia?
Negué con la cabeza y avancé un paso, apoyando una mano sobre su hombro. El gesto volvió a tomarlo por sorpresa.
—Estamos dispuestos a hacer negocios con tu gente —dije—. Dime qué quieren a cambio de su mercancía.
No podía negar que mi voz tembló más de lo que hubiera querido. No sabía en qué momento alguno de los cadetes podría soltar una estupidez, y prefería evitar cualquier provocación innecesaria.
Luego de llegar a un acuerdo con su gente, logramos convencerlos de entregarnos la mercancía que buscábamos a cambio de nuestras armas.
Me sorprendió que incluso se ofrecieran a transportar aquellas cajas pesadas hasta nuestro barco, pero lo que más llamó mi atención fue el cambio repentino en la actitud de todos.
Resultaba extraño ver a aquellos cadetes arrogantes conversando de forma casi cordial con personas que, para sus padres, no serían más que aberraciones.
—Ya estamos listos para partir. Todos a bordo.
La voz del capitán resonó por el puerto, dando las últimas indicaciones antes del regreso a casa.
Tras dejar la última caja en la bodega, me dirigí directamente hacia el líder de los carroñeros. Me detuve frente a él sin decir palabra.
—¿Vas a decir algo o te quedarás callado? —dijo, cruzándose de brazos.
Una risa breve se me escapó al escucharlo.
—Creo que no hay nada que decir. Tal vez solo un adiós —respondí, dándome la vuelta para dirigirme al barco.
—Me caes bien, muchacho —su voz sonó ya lejana—. Prefiero que esto sea un hasta pronto.
Al abordar, di la señal para que zarpáramos, observando a la distancia cómo los carroñeros regresaban a las sombras de su territorio, adentrándose entre los escombros de la ciudad.
A veces la vida está llena de coincidencias. Aunque aquel carroñero no lo recordara, había sido uno de esos ricos que le dio a este cuerpo la oportunidad de ganarse la vida.
—Entonces… ¿qué se supone que hay en estas cajas?
Uno de los cadetes no resistió la curiosidad y, sin pedir permiso, abrió una de ellas. De su interior extrajo un lanzamisiles.
—Pero mira esta belleza… ¿Así que por esto hemos estado arriesgando nuestras vidas?
Francis se colocó a mi lado, contemplando uno de los motivos por los cuales aquella noche no iba a terminar nada bien.
Conocía demasiado bien el futuro como para ignorar lo que me esperaba, pero aún no sabía cómo iba a soportarlo.
Durante el viaje, sintiendo el balanceo constante del barco bajo el embate de las olas que golpeaban la cubierta, me perdí en la pregunta que me había estado evitando desde el inicio:
¿Podría remediar algo antes de regresar a mi verdadero mundo?
Matías me había dicho que esta era solo una línea temporal diferente, que ninguna de mis acciones afectaría al presente… pero aun así, no era capaz de decidir si los dejaría morir.
Entre dudas y pensamientos dispersos, el trayecto se hizo más corto de lo esperado.
Tan corto que apenas tuve tiempo de reaccionar cuando el barco se detuvo de forma abrupta, obligándome a sujetarme para no caer.
—Señoras y señores, hemos llegado a una de las tres islas de Victius —exclamó el capitán—. Bienvenidos a Frontest, nuestra isla principal.
Al desembarcar, vítores y gritos de celebración nos recibieron de inmediato.
Aun con todo el bullicio, mi mente permanecía en blanco. Caminé entre la multitud que glorificaba nuestro supuesto logro, ajeno a las sonrisas y los aplausos.
Todos celebraban una victoria manchada con la sangre de inocentes, de personas que nunca pidieron morir por la codicia de humanos arrogantes.
Me mordí el labio inferior al ver a una madre desesperada, llorando de rodillas en el suelo mientras su esposo la sostenía entre sus brazos.
De sus labios temblorosos escaparon las palabras que menos deseaba escuchar:
—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi Estefano?
Aparté la mirada de aquella mujer y continué mi camino con la cabeza gacha, sintiendo cómo la vergüenza se me clavaba en cada paso.
—Hiciste un buen trabajo, muchacho.
La voz de Lord Castleboard me recibió al cruzar el umbral de su mansión. Sentí su mano posarse sobre mi hombro y apenas fui capaz de alzar la mirada.
No respondí.
Me limité a seguir caminando hacia mi habitación, consciente de que sus ojos me observaban con una tristeza contenida que no se atrevió a expresar.
Al cerrar la puerta de mi dormitorio, por fin me derrumbé.
Mi cuerpo se deslizó lentamente por la madera hasta quedar en el suelo, y las lágrimas no tardaron en brotar sin control.
Me abracé a mí mismo, incapaz de soportar el peso de todo lo que había vivido.
Al final, llegué a una conclusión tan simple como devastadora:
No tenía respuestas… y tampoco sabía qué iba a decidir.
Todo quedó suspendido en un silencio amargo.
No había nada… salvo mis propios sollozos resonando en ese vacío de emociones.
Hasta que su voz volvió.
—Espero que me estés escuchando…
Mi corazón dio un salto. Esa voz… era la de Matías.
—Seguramente estás pensando que ahora mismo te estoy hablando —continuó—, pero no es así. Esto no es más que una grabación. Lo que quería decirte.
No supe por qué, pero algo dentro de mí me advirtió que las palabras que seguirían no serían las que esperaba escuchar.
—Primero lo primero. Quiero que cumplas lo que te pedí la primera vez que nos conocimos.
El mareo me golpeó de repente. Caminé como pude hasta la cama y me dejé caer sobre ella, sintiendo cómo la habitación daba vueltas a mi alrededor.
—Quiero que vivas una vida normal —continuó su voz—. Quiero que me demuestres que siempre estuve equivocado en mi forma de pensar.
Tragué saliva, incapaz de moverme.
—No te preocupes por la existencia de Dextrina ni por la mía. Esto no te incumbe ahora. Concéntrate en tu mundo. Hazte fuerte… para que puedas proteger a los tuyos.
Hubo una breve pausa, casi imperceptible.
—Y no olvides esto —añadió por última vez—: tu muerte… te dio un significado.
Me tomó un momento procesarlo todo, pero al final el único sentimiento que emergió fue uno extraño… felicidad.
No podía explicar por qué. Mi corazón latía con fuerza, aún sacudido por el pánico que dejaron sus palabras. Estaba preocupado, sí, pero también me sentía liviano, casi en paz.
De forma inconsciente, una risa escapó de mis labios. Reí como un desquiciado, me burlé de mi maldito destino… y aun así reí, porque quizá, solo quizá, era libre.
—A veces pienso que de verdad estás loco.
Mi expresión cambió de golpe al escuchar la voz de Elizabeth. Había entreabierto la puerta.
Intenté excusarme, inventar cualquier explicación absurda, pero antes de que pudiera decir algo, ella se acercó y me abrazó.
—Yo también estoy afectada por lo que pasó.
Sentí su cuerpo temblar; no era rabia, era miedo.
Quise decir algo para tranquilizarla, mostrarme fuerte, pero estaba tan confundido por dentro que apenas logré rodearla con mis brazos y devolverle el abrazo.
—Como sea… tenemos que prepararnos para esta maldita celebración.
Sus palabras lograron apartar por un instante lo que Matías había sembrado en mi mente, devolviéndome al presente… y a lo que sabía que ocurriría esa noche.
Elizabeth se soltó con cuidado y se recostó sobre la cama, mirando fijamente el techo, perdida en sus pensamientos.
Obligándome a vivir el ahora, me acosté a su lado, intentando descubrir qué era eso que ella veía… o quizá, qué era lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
—Quizá esto te suene absurdo… y más teniendo en cuenta que ambos tenemos quince años.
Se detuvo un instante y giró la cabeza para mirarme antes de continuar.
—Sé que suena a fantasía. Y, en realidad, deberías ser tú quien me lo pidiera.
Tragué saliva sin saber qué decir.
—Matías, tú importas… y demasiado —dijo con una sinceridad que me desarmó—. Yo te amo.
Su rostro se acercó peligrosamente al mío, quedando a escasos centímetros de mis labios. Podía sentir su respiración, cálida y temblorosa.
—Hablar de matrimonio ahora es estúpido, lo sé —continuó—. Pero si te casas conmigo y obtienes mi apellido, tú y tu familia dejarán de ser esclavos.
El aire se escapó de mis pulmones. Tuve que sentarme para recuperar el aliento. En ese instante lo entendí todo: ahora recordaba por qué Matías llevaba el apellido Castleboard… a pesar de que nunca llegó a casarse.
Ella se sentó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro durante un breve momento y luego se incorporó.
—Nos vemos más tarde en el evento.
Su sonrisa fue devastadora. Mucho más que cualquier herida, mucho más que cualquier batalla.
Mi mente me gritó que me levantara, que la detuviera, pero fue demasiado tarde.
El choque del metal llegó primero; luego su grito recorrió los pasillos, desgarrador, clavándose en mí antes de que pudiera reaccionar.
Cuando por fin reaccioné y abrí la puerta, apenas alcancé a ver al asesino que había acabado con su vida saltar por la ventana.
Mis pies descalzos pisaron su sangre todavía tibia al acercarme. Sentí cómo manchaba mi piel, cómo se quedaba conmigo.
No pude hacer nada más que arrodillarme junto a ella y estrecharla entre mis brazos, recordando que, incluso con el poder sobre el tiempo, había cosas inevitables.
Con su cuerpo aferrado al mío, los gritos de agonía y el estruendo de las explosiones no tardaron en llegar. Ese era el precio de la codicia humana.
Aun con el dolor martillando mi pecho, sentí cómo mi conciencia era arrancada de aquel cuerpo. Mis ojos comenzaron a cerrarse, dejando escapar las últimas lágrimas.
Iba a regresar a mi hogar…
pero ¿a qué precio?
Nota de autor:
Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.
¡Los leo en los comentarios!
-Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com