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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capítulo 51: Momentus Doru

POV de Kael Lanpar

Todo a mi alrededor era borroso, una distorsión de la realidad que me impedía ver más allá de lo ya conocido.

El mundo se deshacía en manchas sin forma, como si alguien hubiera corrido un velo frente a mis ojos.

Aún sentía el peso de Elizabeth entre mis brazos, mis manos empapadas de su sangre.

Ese peso, tan real hacía un instante, fue disipándose lentamente, devorado por el avance implacable del tiempo.

Cuando mis párpados finalmente se cerraron, todo cayó en un estado que solo podía describir como el regreso al vacío. No había sonido. No había existencia. Solo la certeza absoluta de que estaba volviendo a mi mundo.

Aquella sensación antinatural —la de ser únicamente conciencia flotando en un espacio sin forma— volvió a cubrirme con su manto helado. Me sentí expuesto. Desnudo. Profundamente solo.

—Eres un… muy interesante. Igual… a tu padre.

La voz llegó desde lo más profundo de la oscuridad, distorsionada, fragmentada.

Apenas logré oírla, pero fue suficiente.

Al darme cuenta de que mis sentidos regresaban, también percibí mi cuerpo una vez más. Estaba empapado en sudor, como si mi piel hirviera desde dentro.

—Quédate quieto, mocoso. El efecto del florion sigue en tu cuerpo. Si continúas esforzándote, dolerá más.

El gemido incontrolable que escapó de mis labios fue la confirmación definitiva: había vuelto a casa.

Un regreso cruel, acompañado por un dolor abrasador que recorría cada rincón de mi cuerpo como un obsequio envenenado.

—Arde… maldita sea, arde demasiado.

Mis uñas se clavaron en lo que parecía tierra húmeda bajo mí. La mandíbula se me tensó, y cuando por fin logré enfocar la vista, identifiqué al dueño de la voz.

El mismo ser que había provocado la masacre en el bosque del pueblo abandonado me observaba con cautela.

No mostraba emoción alguna; solo una leve ceja alzada, una mueca que parecía más molestia que curiosidad.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, mi garganta se llenó de algo espeso y caliente. Mi propia sangre. Aquel sabor metálico era imposible de confundir… imposible de olvidar.

—Será mejor que gires el cuerpo hacia un costado —dijo con frialdad—, si no quieres morir ahogado.

Con el corazón golpeándome el pecho, obedecí sus palabras y giré el cuerpo con esfuerzo. Cada movimiento fue una lucha, una resistencia inútil contra el dolor que se negaba a ceder.

El aire regresó de golpe a mis pulmones cuando expulsé el líquido que me estaba asfixiando. Tosí con violencia, mi cuerpo convulsionándose mientras recuperaba el aliento.

La confusión me alcanzó al instante al notar que la sangre era más oscura de lo normal. Demasiado. Durante unos segundos, el miedo se abrió paso en mi mente.

—Tu cuerpo está eliminando las toxinas del florion —dijo, dándome unas palmadas firmes en la espalda—. Es normal ese color. El exceso de maná se fusiona con la sangre muerta.

Dejé caer el cuerpo contra la piedra a mi espalda y, casi por instinto, intenté atraer maná atmosférico hacia mi núcleo.

El castigo fue inmediato: el dolor se intensificó, recorriéndome como una descarga brutal.

—Vaya que eres idiota —gruñó—. ¿Qué parte de que tu maná está recorriendo el cuerpo en exceso no entendiste?

Un golpe seco impactó contra mi cabeza. El puño del elfo me hizo morder mi propia lengua.

—¿Q-qué quieres de mí…?

La carcajada que escapó de sus labios, provocada por el temblor de mi voz, me hundió en una vergüenza amarga. Estaba frente a un enemigo que ni siquiera me veía como una amenaza.

Yo era un chiste para él.

—No fuerces a tu cascada de maná a reactivarse —continuó con calma—. Tu cuerpo creó una represa artificial para bloquear el flujo. Lo hizo para salvarte.

Extendió la mano y me mostró una flor que reconocí al instante. El simple acto de verla hizo que mi estómago se retorciera de dolor.

—Aleja esa porquería de mí.

—Jajajajajaja… —rió—. Veo que ya no soportas ni mirar a la Avella Citra. Es entendible. Ya le agarraste asco.

De forma inconsciente llevé la mano hacia la funda donde debía estar mi daga, Sombrío Carmesí. Mis dedos solo encontraron vacío.

El pánico llegó de inmediato. Miré en todas direcciones, buscando desesperadamente la conexión que compartía con Vastiar, solo para chocar contra una verdad amarga y silenciosa: no estaba.

No había nada.

En un gesto patético, impulsado más por el miedo que por la razón, me lancé contra el elfo y lo sujeté del cuello de su capucha con toda la fuerza que pude reunir.

Mis ojos se afilaron… y al encontrar su mirada, lo único que pude hacer fue retroceder.

—T-tú… ¿por qué tienes esa marca?

El elfo pareció confundido durante un breve instante. Luego comprendió a qué me refería.

Ver que uno de sus ojos tenía un color distinto al otro despertó un recuerdo que me heló la sangre: Ameria.

Aquel iris naranja oscuro, moviéndose en direcciones distintas de forma antinatural, sin obedecer la voluntad de su portador, era una señal inequívoca de manipulación previa.

—No pareces muy asustado de que te haya separado de tu grupo.

Desvió la mirada y dejó caer un mechón de su cabello oscuro para cubrir el ojo, mientras se dirigía hacia la salida de la cueva.

—Te tomará unos días recuperarte —añadió—, pero hasta entonces no hagas nada estúpido con tu magia astral.

No dijo nada más.

Desde lo más profundo de la cueva surgieron vientos poderosos que se arremolinaron a su alrededor. Sentí ese poder devastador de inmediato, el mismo que había mostrado el Striker Boro durante el ataque a la capital.

Ese elfo era portador de un subelemento. Una variante del viento… desconocida para mí.

Al verlo marcharse, alzando la cascada que funcionaba como puerta natural de la cueva para no mojarse gracias a su propio viento, dejé caer la cabeza hacia atrás y solté un suspiro pesado.

Por más que intentaba comunicarme con Vastiar, no obtenía respuesta alguna.

La idea de que Sombrío Carmesí hubiera caído durante la batalla en la mazmorra me erizó la piel al instante.

Aunque mi mayor problema en ese momento era saber dónde estaba —y por qué ese elfo aún no me había matado—, mi mente no dejaba de divagar sobre lo que ocurriría ahora con mi magia astral.

Había despertado a través de la corrupción, y eso me hacía más dependiente del poder bruto de mis ataques que de la técnica en sí.

En pocas palabras, si absorber maná atmosférico ya era un dolor de cabeza para mí, ahora se había vuelto prácticamente imposible. Vastiar era quien se encargaba de regular ese flujo… pero ahora ya no estaba.

—Hey, mocoso Lanpar. Sal un momento.

Giré la cabeza y vi cómo la cascada era levantada una vez más por el viento del elfo.

Al prestar atención a los pequeños detalles, noté algo interesante: las partículas de maná que sostenían el hechizo no brillaban con el típico celeste del elemento viento, sino con un tono verde oscuro, casi imposible de no notar.

No tener maná recorriendo mi cuerpo no anulaba por completo mis funciones que tenía cada latente. Aún podía percibir la energía a mi alrededor, pero me sentía más como un lisiado que como un mago.

—¿Ya decidiste matarme a la luz de la luna?

Exhaló con fastidio antes de hacerme una seña, invitándome a seguirlo.

—Si hubiera querido hacerlo, ya estarías muerto desde hace rato, ¿no crees?

Me incorporé con el ardor recorriéndome el cuerpo. Por un momento, mis piernas flaquearon, pero aun así fui tras él.

Al salir, el murmullo de las luciérnagas me dio la bienvenida. En el horizonte, su luz iluminaba tenuemente extensos campos de trigo que se perdían a lo largo del terreno.

La luna, suspendida sobre nosotros, estaba llena y desprendía un brillo más blanco de lo habitual, casi antinatural.

—¿Cómo sabes que soy un Lanpar?

Mis ojos seguían fijos en los trigales cuando, a lo lejos, alcancé a distinguir varias figuras moviéndose en la misma dirección.

—¿En serio vas a preguntarme eso? —respondió—. ¿No sientes curiosidad por saber por qué te secuestré?

Negué con la cabeza. Algo dentro de mí, desde el principio, me decía que no tenía intención de hacerme daño.

—En la mazmorra mencionaste a mi clan. En ese momento vi melancolía en tus ojos.

Giré la cabeza y lo miré directamente.

—Sé que quieres algo de mí… pero no sé qué es.

Antes de que pudiéramos continuar la conversación, un frío espectral golpeó nuestras espaldas. Sentí cómo múltiples miradas caían sobre mí.

Entonces, todo se apagó.

Las antorchas que hasta hace un momento eran portadas por quienes caminaban entre los trigales se extinguieron al unísono, como si el fuego hubiera sido arrancado del mundo.

Solo la luz de la luna nos concedía algo de visibilidad.

Mis ojos se abrieron con asombro al ver cómo, en el cielo, una especie de marcha celestial se manifestaba. Tenían forma humana, pero carecían de peso y carne; parecían más almas que cuerpos.

Aún conmocionado, escuché cómo a lo lejos, desde donde se encontraba el grupo humano, surgía una alabanza. Más que eso, era un lamento.

—Salve, Doru. Visu Eterno.

El elfo a mi lado repitió la misma alabanza. Me quedé observándolo con confusión, algo que no pasó desapercibido para él.

—Siendo parte de un clan poderoso, es sorprendente que no tengas una educación adecuada.

Una mueca de molestia se formó en mis labios. No porque estuviera equivocado, sino precisamente por lo contrario.

—Nunca tuve tiempo de aprender otros idiomas —dije, desviando la mirada con vergüenza.

—Salve duradero. Vida eterna —repitió con calma—. Eso significa en racing. Aun así, resulta extraño que no conozcas Antis, la lengua natal humana.

Ambos guardamos silencio cuando una presión invisible nos obligó a agacharnos. Desde el cielo, donde tenía lugar aquel hermoso evento, se produjo una explosión sorda.

Los seres flotantes que marchaban juntos se fusionaron hasta formar un círculo, del cual comenzaron a escapar ondas expansivas que desataron vientos huracanados.

Un dolor intenso me atravesó el corazón al distinguir, entre todas esas presencias, el rostro de alguien que había perdido recientemente.

Elizabeth me miraba… sonriendo.

—Veo que acabas de reconocer a alguien —dijo, aún bajo el peso que oprimía nuestros hombros.

—Por tus ojos sorprendidos, deduzco que es la primera vez que presencias la Marcha de las Almas —añadió.

Aunque sus palabras me llegaron amortiguadas, logré salir del trance melancólico en el que había caído, consciente de que podía cargar con ese dolor durante toda mi vida si lo permitía.

Entonces, una última explosión rasgó el cielo. La tranquilidad volvió y la presión que nos aplastaba desapareció por completo.

—Ahora entiendo por qué esos aldeanos se arrodillaron —dije, tronándome la espalda—. Permanecer de pie es una condena para el cuerpo.

No encontré excusa alguna, pero mi cuerpo aún estaba débil, así que ni siquiera reaccioné cuando el elfo golpeó mi frente con un dedo.

—No seas tonto. No se arrodillan por eso.

Su voz llegó como un regaño, lo cual me sorprendió.

—Existen tradiciones que unen a distintas razas, y esta es una de ellas. Supongo que ya te diste cuenta del poder que posee este evento.

—Durante breves instantes, eres capaz de ver a aquellos que murieron. Para muchos, es una vuelta al pasado… un adiós momentáneo.

Al intentar hablar, sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Caí de espaldas, apoyando las manos contra la piedra húmeda, luchando desesperadamente por recuperar el aliento.

Aunque el ardor había disminuido, mi cuerpo no estaba en condiciones de mantenerse en pie por mucho tiempo. Aquella debilidad me recordó, de forma amarga, a mis días de bebé.

—Te dejaré para que descanses. Prometo que mañana te contaré todo.

No me dio tiempo de replicar. Saltó fuera de la cueva hacia el bosque, y durante unos instantes solo se escuchó el crujir de las ramas antes de que su presencia desapareciera por completo.

Con el temor de que los lobos me tomaran por alimento, regresé a la cueva… solo para ser empapado por la cascada. El frío me golpeó de inmediato.

De manera patética, me arrastré hasta una roca cercana y me apoyé en ella, abrazándome a mí mismo.

Había hecho mal las cosas desde el principio. Lo sabía. La emoción de haber recibido una segunda oportunidad —aunque esta fuera, en realidad, mi primera vida— nubló por completo mi juicio.

Estaba tan deslumbrado que me acostumbré a esperar que todo me fuera concedido. Ese fue mi mayor error.

Si no me equivocaba, ahora me encontraba en Calaris, nuestra ciudad agrícola. Haría caso a las palabras de Matías.

Viviré sabiendo que no existen segundas oportunidades.

Nota de autor:

Gracias por acompañarme en este capítulo. Me encantaría saber qué les hizo sentir, qué partes les llamaron más la atención o qué teorías les surgieron.

¡Los leo en los comentarios!

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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