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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 52: Revolucionarios

POV de Kael Lanpar

Tras regresar del pasado de Matías, creí que jamás volvería a presenciar tanta desgracia concentrada en la humanidad.

Me equivoqué.

Ahora debía observar, con mis propios ojos, cómo otro mundo era devorado lentamente por el fuego insaciable de la guerra.

Nada de aquello se parecía a la ciudad hermosa de la que hablaban los mercaderes al llegar a la capital del reino. Esas historias estaban muertas, sepultadas bajo ceniza, sangre y gritos.

Comparada con Luzarion, la capital humana, y con Noblesia, tierra de clanes nobles, esta ciudad parecía no pertenecer a nuestro reino en absoluto.

Era un territorio ajeno, desgajado de toda ley, gobernado por la anarquía y abandonado lejos de la protección de su rey… de mi padre.

—Kael, ¿estás escuchando lo que te estoy diciendo?

Entre el llanto de los niños y los alaridos desesperados de las madres, apenas logré distinguir la voz del elfo que me había secuestrado. Su tono se perdió entre el caos, igual que todo lo demás.

No fue hasta que mi cuerpo reaccionó por puro instinto —obligándome a esquivar un carruaje que avanzaba desbocado— que regresé a la realidad.

Mi mandíbula seguía tensa, pero mis pensamientos ya no estaban dispersos. Se concentraron en el desastre que acababa de ocurrir.

El carruaje que estuvo a punto de aplastarme terminó estrellándose contra la pared de una casa.

Los caballos lograron soltarse a tiempo, relinchando aterrados, pero quienes viajaban dentro de la cabina no corrieron la misma suerte.

Al ver los escombros desplomarse sobre la madera noble destrozada, di un paso al frente, decidido a ayudar a los pasajeros.

No llegué lejos.

La mano del elfo se cerró con fuerza sobre mi hombro, deteniéndome en seco.

—Ni se te ocurra dar un paso adelante, mocoso.

Mis ojos se afilaron al girarme hacia él. Estaba desesperado por ayudar… pero entonces lo entendí.

En el reflejo de sus pupilas distinguí figuras encapuchadas descendiendo con agilidad desde los tejados: sombras humanas deslizándose entre las casas como presagios de muerte.

Apenas logré contener el temblor de mi mano cuando sentí el calor de los hechizos impactar contra el carruaje.

Un instante después, los gritos estallaron desde el interior de la cabina: ahogados, desgarradores, inhumanos.

—Si quieres mantener tu identidad en secreto —y no morir aquí mismo—, debes pasar desapercibido.

Acepté a regañadientes y continué caminando junto al elfo, cuya expresión permanecía imperturbable, casi inhumana.

A medida que nos alejábamos, el bullicio se fue apagando, pero la sensación de impotencia se me clavó en el pecho como una espina imposible de arrancar.

—¿Cómo puedes ser tan insensible ante lo que ocurre a tu alrededor? —dije, conteniendo la ira—. Estoy seguro de que, si fueran de tu raza, ya habrías hecho algo.

El elfo dejó escapar un suspiro antes de responder, sin siquiera mirarme.

—¿De verdad crees que habría servido de algo lanzarnos de cabeza a la boca del lobo?

Alzó la mano hacia mi rostro. Mi cuerpo se tensó al instante, pero me sorprendí al descubrir que solo estaba acomodándome la capucha. El gesto fue breve… y calculado.

—Estoy seguro de que ya te diste cuenta de que esto no se parece en nada a tu ciudad natal. Aquí no hay reglas, porque no hay nadie que las haga cumplir.

Las súplicas de un hombre llamaron mi atención.

Estaba arrodillado ante un grupo de encapuchados, la espalda encorvada, la voz rota por el miedo.

Vi cómo uno de ellos alzaba el látigo.

Estuve a punto de moverme. De intervenir.

No lo hice.

Mis ojos se desviaron hacia el rostro del elfo.

Asintió con pesar, como si hubiera leído mis pensamientos.

No pude hacer otra cosa que bajar la cabeza, sintiendo el peso aplastante de mi propia cobardía.

Aunque me resistiera a aceptarlo, tenía razón.

No era inteligente llamar la atención del enemigo… y mucho menos en su propio territorio.

Había pasado una semana desde que regresé a mi mundo.

Mi cuerpo comenzaba a recuperarse lentamente de los efectos de la Avella Citra, aunque cada movimiento seguía recordándome lo cerca que había estado del colapso.

Durante ese tiempo, lo único que pude hacer fue caminar de un lado a otro dentro de la cueva donde me refugiaba, aguardando con una paciencia forzada mientras el elfo salía en busca de comida.

El tiempo allí no avanzaba.

Se arrastraba.

Uno de esos días, sentado en el borde de la montaña, con las piernas colgando sobre el abismo, observé el paisaje que se extendía ante mí. Fue entonces cuando distinguí varios carruajes avanzando por el camino que conducía a la ciudad de Calaris.

No les habría prestado demasiada atención.

Después de todo, los mercaderes del reino dependían de Calaris para abastecerse de alimentos. Era algo habitual.

Pero quienes conducían aquellos vehículos no eran comerciantes.

Eran los malditos revolucionarios.

Los mismos que habían atacado la capital años atrás.

Las figuras encapuchadas que yacían extendidas por distintos sectores de la ciudad pertenecían a ese grupo radical. El símbolo que llevaban a la espalda era imposible de olvidar.

Una espada atravesando un corazón.

Fuera cual fuese su significado exacto, una cosa era evidente: no eran buenas personas.

—Nos están siguiendo, ¿verdad?

Apenas lo murmuré.

El elfo asintió levemente.

Era lógico. No podíamos deambular demasiado tiempo sin levantar sospechas, no en una ciudad como esta, cubiertos de pies a cabeza por capuchas ajenas al lugar.

Deslicé la mano con cuidado hasta la funda de la daga que me había regalado mi abuelo. Cerré los dedos alrededor del mango, firme, esperando el momento adecuado para atacar.

—¡Deténganse ahora mismo!

El grito llegó desde nuestras espaldas.

No obedecimos.

En lugar de eso, nos miramos apenas un instante, lo justo para intercambiar la señal silenciosa que ambos comprendíamos.

Todavía no entendía por qué el elfo había aceptado mi petición de venir a Calaris para investigar lo ocurrido. Despreciaba abiertamente a la raza humana y, aun así, cuando le pedí aquel favor, aceptó sin vacilar.

—No intenten hacer nada estúpido —advirtió una voz—. Están rodeados, idiotas.

La frustración me mordió por dentro.

No podía usar magia astral. Apenas lograba mantener mi cascada funcionando lo suficiente como para conservar la conciencia.

Giré lentamente la hoja de mi daga.

En su reflejo distinguí tres figuras a nuestra espalda.

Sentí cómo las partículas elementales de maná eran arrancadas del aire y arrastradas hacia los encapuchados. Sus hechizos apenas comenzaban a tomar forma…

pero yo ya me había movido.

Desenfundé por completo y me lancé contra el que reunía fuego en la palma de la mano.

Aproveché mi baja estatura para deslizarme entre sus piernas y aparecer a su espalda. La daga cortó el aire con un silbido limpio.

Un segundo después, su cuerpo golpeó el suelo con un sonido seco.

El impacto alertó a los otros.

Intentaron reaccionar.

Fue inútil.

El elfo los deshizo en un abrir y cerrar de ojos.

No supe qué sentir.

Verlo usar su poder era tan impresionante como perturbador.

No se movió. Ni un solo paso.

Aun así, los encapuchados comenzaron a asfixiarse. El elfo absorbía el maná de viento a su alrededor, vaciando el aire mismo.

Les arrancaba el oxígeno de los pulmones.

Solo alcanzaron a llevarse las manos al cuello antes de comprender su final.

—Mocoso —dijo—. A unos pasos delante de ti hay una bifurcación que conduce a un callejón. Te llevará lejos de aquí.

Alcé la daga hasta la altura de mi rostro.

No quería retroceder.

Pero su siguiente grito me hizo dudar.

—Eres solo una carga para mí. Eres un latente… no un mago.

El impulso de liberar el poder de mi despertar corrupto ardió en mis entrañas.

Pero sabía la verdad.

En mi estado actual, no conservaría la cordura el tiempo suficiente para terminar la pelea.

—Maldita sea…

Acepté lo evidente.

Eché a correr hacia el callejón.

A mi espalda, varias auras brotaron una tras otra… solo para extinguirse al instante bajo los ataques del elfo.

Si apenas aumentar mis reflejos con una mínima fracción de maná ya me dejaba exhausto, no quería imaginar qué ocurriría si intentaba materializar un elemento.

Doblé por el callejón.

Un pincho de piedra emergió del suelo y rozó mi pantorrilla. El corte me hizo perder el equilibrio.

Rodé sobre la piedra húmeda hasta que mi espalda se estrelló contra la pared. El impacto me arrancó el aire de los pulmones.

—Veo que eres solo un niño… —dijo una voz—. ¿Qué intentas hacer, muchacho?

Me mordí el labio inferior para contener el dolor.

Estaba perdido.

Lo confirmé cuando escuché el sonido del metal deslizándose lejos de mí: mi daga había caído durante la caída.

—¿No crees que eres demasiado joven para arriesgar tu vida? —añadió el encapuchado.

Forcé a mi cuerpo a incorporarse. Apoyé una mano en el muslo para sostenerme y, con la otra, bajé la capucha, dejando mi rostro al descubierto.

—No me importa si descubres quién soy —dije con voz firme—. Al fin y al cabo… no sobrevivirás.

El encapuchado sonrió al reconocerme.

Aquella mueca torcida era idéntica a todas las que surgían cuando un Lanpar estaba presente.

¿De verdad deseaban tanto la aniquilación de mi clan?

—Creo que me llevé el premio gordo —rió—. Niño… no puedo dejarte con vida.

Sus palabras no hicieron más que afilar mi instinto de supervivencia.

Adelanté un pie y adopté la postura básica del Moikido, la técnica de combate de Marcois.

Ya la había usado contra Alfin.

Ahora era momento de comprobar cuánto había evolucionado con los años.

Seguía teniendo el cuerpo de un niño, sí… pero mi coordinación ya no era la misma.

El encapuchado se lanzó sin titubear.

Deslicé una mano hacia mi pierna adelantada. Mis músculos se relajaron. Cuando estuvo a punto de atraparme, giré sobre mi eje y le ofrecí la espalda apenas un instante.

La mano que había bajado se transformó en una cuchilla.

La proyecté directo a su axila.

El golpe no dolería de inmediato.

Ese era el punto.

Dañar sin que el oponente lo perciba.

El arte de la muerte silenciosa: el Moikido.

—¿Qué clase de broma es esta? —se burló—. Niño… mi abuela golpea más fuerte que tú.

Repetí el movimiento, pero esta vez no esperé su embestida.

Fui yo quien acortó la distancia.

Uní los dedos, formando una hoja precisa.

Lo vi sonreír…

y luego perderme de vista.

Forzar mis sentidos con maná es una condena en mi estado actual, pero aún dispongo de breves intervalos. Ventanas mínimas.

Suficientes.

Y este era un espacio cerrado.

Usé una variante reducida del Paso Ráfaga. Salté entre las paredes que nos aprisionaban. Mi cuerpo se desplazó con la ligereza de un felino.

Cuando su guardia descendió, actué.

Era extraño percibirlo con claridad: su nivel era incluso inferior al de un Ranked alto.

Apenas podía considerarse una amenaza real.

—Maldito moc—

Su voz murió cuando mi mano impactó con precisión sobre su manzana de Adán.

El segundo golpe, directo al plexo solar, terminó de apagarlo.

Había perdido desde el primer contacto.

El cuerpo humano está lleno de santuarios frágiles.

Di un paso atrás mientras su cuerpo se desplomaba hacia adelante. Sus ojos se volvieron blancos.

No lo había matado.

No tenía motivo para hacerlo.

Después de todo… él también era solo un niño.

Parece que a los revolucionarios se les están agotando los soldados.

Ahora reclutan adolescentes.

Respirando con dificultad, me apoyé en las paredes mientras avanzaba hacia la salida del callejón.

A lo lejos sonaba música clásica. Risas. Conversaciones triviales. La ciudad respiraba normalidad.

El comercio también se hacía presente: especias, pan recién horneado, fruta madura. Los aromas me alcanzaron sin aviso, como una burla cruel tras lo que acababa de dejar atrás.

Y entonces lo vi.

No pude hacer más que caer de rodillas.

Ante mis ojos se extendía una parte de Calaris completamente distinta al lado oscuro del que huía. Calles limpias. Faroles encendidos. Rostros relajados, despreocupados.

Incluso los encapuchados —feroces en las sombras— aquí mostraban gestos humanos, casi amables.

Mi boca quedó entreabierta.

No lograba entenderlo.

¿Cómo podían coexistir dos ciudades en un mismo lugar?

Una pelota de trapo rodó hasta chocar contra mis piernas.

Bajé la vista. Mi visión tembló.

—¿Te encuentras bien?

La voz de un niño me obligó a alzar la cabeza.

—M-Mamá… creo que tiene nuestra edad. ¿Por qué está herido?

Una niña, escondida tras el vestido de su madre, me observaba con abierta curiosidad. Sus palabras me hicieron reaccionar de golpe.

Estaba exponiendo mi identidad.

—Pequeño, ¿te encuentras bien? —preguntó la mujer—. ¿Dónde están tus padres?

Me acomodé la capucha y me puse de pie con torpeza.

Tenía que irme.

Ahora.

Di un paso… y tropecé.

La niña me había puesto el pie.

Cuando levanté la mirada, sonrió con picardía.

Algo en ese gesto despertó instintos infantiles que había olvidado que aún tenía.

Estuve a punto de responder con violencia.

—¡Jessica! ¿Qué te pasa?

El regaño de la madre vino acompañado de un pellizco que arrancó un chillido indignado de la niña.

No pude evitar esbozar una sonrisa fugaz.

Intenté incorporarme otra vez para huir, pero esta vez mis piernas no respondieron.

El maná se agotaba.

El cansancio me atravesó como un hierro al rojo vivo.

Estuve a punto de desplomarme cuando el niño que me había hablado primero me sostuvo antes de que tocara el suelo.

Confiaba en que, antes de quedarme sin energía, alcanzaría algún rincón donde ocultarme.

Pero estaba exhausto.

Y confundido.

Entre ambos, el dolor del agotamiento era el que dominaba.

—Madre… creo que deberíamos llevarlo a casa —dijo el niño—. No parece estar bien.

La mujer asintió.

Antes de que pudiera protestar, me alzó en brazos y comenzó a acunarme como si fuera un bebé.

A veces lo olvidaba.

Aún tenía siete años.

No peso nada. Soy… como una pluma.

—Entonces, pequeño… ¿me dirás dónde están tus padres?

Apenas atendí a sus palabras.

Desde la seguridad forzada de sus brazos, distinguí entre la multitud una figura familiar.

El elfo.

Oculto entre los transeúntes, me dedicó un pulgar hacia arriba antes de perderse entre la gente.

Una mueca de incredulidad cruzó mi rostro.

Ese maldito…

me había abandonado.

—Jessica, su rasca no tori.

—Mamá… misu rere tori.

Sacudí la cabeza, obligándome a apartar esos pensamientos y concentrarme en el presente.

Me tomó apenas un instante notar el cambio.

Hasta hacía unos segundos hablaban en Racing.

Sin aviso alguno, habían cambiado al idioma natal humano.

El Antis.

—Juro restri miru allegri tori osa peri mori.

La mujer me miró con la claridad suficiente como para dejar en evidencia que se dirigía a mí.

A veces realmente me arrepentía de no haber aprendido Antis.

—No entiendo lo que dice… no hablo Antis.

Soltó una risa leve.

Yo la imité, tenso.

—Sé que no hablas Racing —respondió—. Tu padre jamás te obligaría a aprender algo que no deseas.

Mi corazón golpeó con violencia contra el pecho.

Me habían descubierto.

Intenté zafarme de su agarre, pero inclinó el rostro y susurró junto a mi oído:

—No estoy de parte de los revolucionarios. Y, para ser sincera… estoy muy confundida sobre qué haces aquí, Kael.

Con extrema cautela, me cubrió con la manta que llevaba consigo, dejando apenas una abertura para que pudiera respirar…

y observar.

Guardé silencio.

Durante el trayecto me limité a vigilar cada uno de sus pasos, preparado para escapar en cualquier momento.

A través de la pequeña rendija contemplé con mayor claridad la diferencia entre las dos Calaris.

En una plaza cercana, un mago se alzaba en medio de un círculo de niños. Moldeaba el fuego como si fuera arcilla viva, y los pequeños lo observaban con los ojos encendidos de fascinación.

Un poco más adelante descubrí el origen de la música: una banda flotaba en el aire mientras ejecutaba una melodía suave, haciendo girar a los transeúntes entre risas.

Luz.

Orden.

Magia convertida en espectáculo.

Nada que ver con las sombras que había dejado atrás.

—Mamá, él se llama Ka—

El niño se interrumpió de golpe. No necesité verlo para entender lo que había ocurrido.

—Sebastián —dijo ella con suavidad firme—, esto es un secreto entre nosotros. No digas su nombre. ¿Entendido?

Percibí el leve asentimiento.

Minutos después, el bullicio de la calle se apagó, reemplazado por el golpe seco de una puerta al cerrarse.

Habíamos llegado.

La mujer me bajó con cuidado. Cuando mis pies tocaron el suelo de madera, me envolvió en un abrazo sin previo aviso.

Era desproporcionadamente fuerte.

Por un instante creí que mis huesos crujirían bajo la presión.

—Siempre quise conocerte —dijo—. Es una lástima que nunca pudiera viajar a Luzarion para visitarte.

Al separarse, retiró la manta que había caído sobre mi rostro.

Solo entonces notó el tono azulado de mi piel.

—Perdón… —añadió—. Es la emoción de tenerte aquí.

Su expresión cambió.

—Pero volviendo a lo importante… ¿por qué estás aquí?

Ya instalados en la sala, le conté lo ocurrido.

Omití lo esencial: mi grupo de aventureros, el elfo… y, por supuesto, todo lo relacionado con Matías.

Viajar al pasado era una verdad que no pensaba confiarle a nadie.

Ni ahora.

Ni nunca.

—Veo que aún no confías en mí —dijo mientras cerraba las cortinas.

La niña seguía jugueteando con mi cabello, moviendo mi cabeza de un lado a otro. Aun así, asentí con lentitud.

—Dijiste que nunca pudiste visitarme… pero supiste quién era en cuanto me viste. Además, es extraño que jamás haya oído hablar de ti.

Me tendió una taza de té. Su sonrisa fue suave, honesta.

No podía activar mi percepción de auras sin agotarme, pero sus gestos eran demasiado naturales para fingirlos.

—Lisa Fun Kang —murmuré—. Así te llamas.

Asintió y se dejó caer en uno de los muebles de cuero.

—Sí. Ese es mi nombre.

Guardó silencio tomando una bebida de su té antes de continuar.

—Tu padre y yo estudiamos en la misma academia. Y sobre cómo supe que eras tú…

Se inclinó hacia un cajón cercano y extrajo varios pliegos.

Al desplegarlos, contuve el aliento.

Eran ilustraciones mágicas.

Imágenes apenas animadas que capturaban momentos de mi infancia… cuando aún era un bebé.

El cansancio volvió a atravesarme como una ola pesada.

Aun así, tuve que aceptar lo evidente.

Decía la verdad.

Después de hablar un poco más, me condujo hasta uno de los dormitorios para que descansara.

Lo agradecí en silencio.

Mantenerme despierto se había convertido en una tortura.

Antes de retirarse, me prometió que avisaría a Alkaster sobre mi paradero para que viniera a buscarme.

Ese nombre me dio la tranquilidad que necesitaba.

Y, por primera vez desde que llegué a Calaris… cerré los ojos sin miedo.

Nota de autor:

Me gustaria agredecerle todo los lectores que siguieron la novela hasta dia de hoy.

TLB dejara de ser publicado por un largo tiempo ya que la historia va cambiar por completo.

Decidi meterme dedicarme tiempo para mejorar la novela y la historia por lo cual esto no sera un adios sino un hasta pronto.

Una vez mas gracias a todos.

-Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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