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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 6

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6: Capítulo 6: Vivir significa sentir.

6: Capítulo 6: Vivir significa sentir.

POV de Matías Castleboard (Recuerdo del pasado) Podía sentir cómo todo mi cuerpo ardía bajo el calor infernal que dominaba la zona.

La radiación cubría gran parte de aquel país asiático —alguna vez conocido por su poderío—, y las cenizas perpetuas de un fuego implacable interrumpían el poco aire que quedaba.

Me costaba sostener mi propia arma.

Aquella espada que tantas veces había levantado en honor a mis ideales ahora pesaba como una montaña.

Jadeaba, buscando una pizca de oxígeno que me permitiera seguir en pie, mientras mi vista recorría un campo de batalla donde la muerte me llamaba desde cada rincón.

—Campeón Castleboard, tenga cuidado —gritó uno de mis aliados, mientras el estrépito del metal salvó mi cuello de un tajo—.

Lo necesitamos… ahora.

Con las fuerzas menguando, clavé la espada en la tierra y me apoyé en ella.

Sentí el cálido líquido rojizo deslizarse por mis ojos.

Y entonces, con apenas una palabra, todo cambió.

La pronuncié tan bajo que sólo mi conciencia la escuchó.

—Calur… (El tiempo se detiene) Caí de rodillas.

El frío de aquel plano de mi dominio propio me envolvió.

Alcé la mirada y vi las llamas, atravesadas por cuervos inmóviles, detenidos en el tiempo, aún buscando carroña entre los caídos.

Sólo me quedaba seguir adelante y cumplir otra misión más… una que me acercaba un paso más a mi perdición.

Apreté los dientes con una fuerza descomunal.

Me apoyé en mi rodilla para levantarme lentamente, recogiendo mi espada, alzando con ella la tierra que la cubría.

La moví de lado a lado mientras caminaba.

Las cabezas de mis enemigos rodaban, pero no tocaban el suelo; permanecían suspendidas, esperando mi orden para caer.

—Calur… (El tiempo vuelve a fluir) Fue apenas un susurro, pero suficiente para que los gritos ahogados y los cuerpos desplomándose resonaran por todo el campo.

En cuestión de segundos, el panorama había cambiado.

Mis hombres, testigos de la masacre que había orquestado, gritaron al cielo con tal fuerza que por un instante creí que el suelo temblaba.

—¡Sigan luchando, no se detengan!

—rugí, alzando mi espada para continuar la batalla.

No sé si fue el efecto de Calur o que mi cuerpo ya se había acostumbrado a la lentitud del tiempo, pero cada paso que daba me permitía observar cada instante de la guerra.

Ver a mis soldados caer bajo las armas enemigas… sentir su llanto mientras abrazaban a sus seres queridos… todo me daba más fuerza, recordándome cada momento de mi vida, una tras otra, como capas de una paz perdida.

Apreté la empuñadura y lancé mi espada contra un enemigo, mirándolo con un odio ardiente a los ojos.

Nuestras hojas se encontraron, y el sonido metálico se extendió por todo el lugar, acompañado por el eco de cientos de choques más, hombres luchando por un propósito que ninguno estaba dispuesto a abandonar.

(Fin del recuerdo) POV de Kael Lanpar Las chispas de un fuego inapagable iluminaron la oscura noche, naciendo del choque de dos espadas sostenidas por combatientes que esperaban, paciente y ferozmente, al vencedor de aquel duelo.

Frente a mí, a través de la ventana y en el patio del castillo real —donde las luciérnagas danzaban—, mi hermana medía fuerzas en un enfrentamiento amistoso contra un guardia real.

Había pasado un largo tiempo desde el ataque a Luzarion, y muchas cosas habían cambiado… incluyendo mis propios días, antes hundidos en la desesperanza, buscando refugio en mi propio espacio mental.

Había encontrado luz.

Una tenue, sí… pero lo bastante fuerte como para mantenerme vivo.

Después de mucho tiempo, volví a caminar.

Y aunque suene estúpido —porque lo es—, cuando mis piernas recuperaron fuerza, muchas puertas se abrieron ante mí.

—¡Maldita sea, utilizaste magia!

—gritó Mayrei desde su posición—.

¡Se supone que sólo era una lucha de espadas!

—¿Crees que a un enemigo le importará eso?

—respondió el guardia.

Vi cómo mi hermana arrojaba la espada al suelo, furiosa, para luego marcharse.

El guardia real la recogió con calma y, en silencio, alzó la mirada hacia las estrellas.

Me pregunté quién sería —susurré con una voz tan infantil que, por un momento, ni yo mismo me reconocí—.

—Mierda… me vio —dije al aire, bajando de inmediato de la ventana.

Ufff… por un instante pensé que me había visto.

Aun siendo un niño con los recuerdos de un adulto, reconocí esa mirada fría al instante.

No sentí miedo cuando casi me descubrió, pero esas pupilas apagadas y aquella expresión desgastada hablaban por sí solas.

Era alguien que no quería conocer tan pronto.

Con una lentitud comparable a la de una tortuga, me agaché y me senté en la silla donde antes estaba de pie.

Tomé con facilidad la almohada que había usado para asomarme y la dejé caer al suelo.

Quizá… sólo quizá… el motivo por el que no colapsé durante el ataque fue por mi nueva familia.

Había deseado tanto volver a tener una que, por más traumas que cargara, no podía desperdiciar la oportunidad de sentir ese calor una vez más.

Estaba tan necesitado de afecto que ya ni siquiera sabía qué quería.

Salté, sintiendo la suavidad de las plumas de ave dentro de la almohada.

Aun siendo un poco más alto que antes, la caída seguía siendo considerable sin protección.

En mi mano se formó una pequeña espiral de fuego.

Aun recostado sobre la almohada, seguía dudando de mis decisiones, hipnotizado por el calor abrasador y las llamas que danzaban en mi palma.

Mi sueño siempre había sido descansar… vivir en paz, en un lugar donde no tuviera que volver a sentir.

Porque, con todo lo que había vivido, terminé aprendiendo que vivir, en parte, era una condena.

Lo curioso es que no sé cómo terminé aceptando las palabras de Kraidir sin decir una sola palabra.

Dejé mis sueños a un lado por culpa de mis sentimientos… esos que, en el fondo, aún querían vivir una vida más.

Magia… Quise encontrar la respuesta a este mundo a través de ella, pero lo único que descubrí fue que seguía atrapado en una historia de fantasía.

(Recuerdo) Durante un tiempo, mis padres estuvieron tan ocupados con sus deberes como reyes que dejé de verlos por un largo rato.

En aquel entonces, Lilia aún estaba conmigo.

Ella creía que, cuando yo me dormía, tendría un momento de descanso… pero terminaba quedándose dormida a mi lado, meciéndose en la silla de madera de la habitación de mis padres.

Esos momentos no los desperdiciaba, y nunca lo hice.

Tal vez fue el tiempo lo que me enseñó a ser paciente, a memorizar los turnos de patrulla de los soldados.

Después del ataque, durante la reconstrucción del castillo, descubrí la biblioteca real: un inmenso salón lleno de libros, algunos flotando, otros reposando en estanterías que cubrían cada rincón.

Era una vía directa para entender este mundo.

Cuando la hora llegaba, abría la puerta con sigilo y corría —o al menos lo intentaba, con la escasa velocidad que me daba este cuerpo— directo hacia la biblioteca.

—Aún no entiendo cómo es que un búho puede hablar —dije, mirando los ojos del animal que vino a recibirme.

—Su majestad, ¿qué se le ofrece hoy en la biblioteca real?

—preguntó, apoyando sus garras en mi pequeño hombro—.

¿Sus padres saben que está aquí?

—Sí, mis padres me mandaron a estudiar, Yako —respondí, avanzando entre las estanterías—.

¿Tienes algún conocimiento sobre la magia que domina este lugar?

El batir silencioso de las alas de Yako fue su respuesta.

Desde lo más alto de una estantería, un libro descendió flotando hasta caer en mis brazos.

Magia Astral: Dominio y Uso Básico.

—Así que así se llama este tipo de magia —murmuré, observando la portada.

Me confundieron las palabras que rodeaban el título.

¿Qué probabilidad había de que hubiera terminado en un mundo donde se hablara mi mismo idioma?

Seguramente era otro tipo de lenguaje.

Nunca lo había visto antes, ni en mi vida pasada.

Abrí el libro y, sin más, me lancé a las primeras páginas, devorando cada palabra con curiosidad.

Extracto del “Códice Astral” – Capítulo II: Del Maná y los Elementos El maná es el aliento invisible que sostiene a Mayora.

Todo ser que siente lo porta, y todo ser que vive lo respira.

Sin él, la materia se desmorona y la luz de la luna se apaga.

La magia astral nace cuando la voluntad del mago se entrelaza con sus emociones más puras… o más oscuras.

Quien entiende sus propios sentimientos puede moldear el maná y, a través de su núcleo, darle forma tangible.

Existen cinco elementos principales: Fuego, Tierra, Aire, Electricidad y Agua.

Cada uno responde a impulsos distintos: El Fuego arde con la pasión, el coraje y la ira.

La Tierra se afirma en la paciencia, la firmeza y la determinación.

El Aire danza con la libertad, la curiosidad y el cambio.

La Electricidad vibra con la emoción, la tensión y la velocidad de pensamiento.

El Agua fluye con la calma, la empatía y la adaptabilidad.

(Cerré el libro) Mis pensamientos se agolparon, enredándose unos con otros.

Con cierta ironía, pensé que aquella fuerza interna que me había arrastrado a este mundo estaba más ligada a la magia que a cualquier otra cosa.

Respiré hondo, intentando comprender cómo algo tan básico para nosotros, los humanos, podía no sólo generar magia… sino también dar lugar a tantas variantes.

—¿Su majestad necesita ayuda para entender el libro?

—preguntó Yako, mirándome con sus ojos redondos y curiosos—.

Si requiere algo, no dude en pedírmelo.

—Sí necesito algo, Yako —le respondí con una sonrisa—.

Quiero saber cómo puedo usar la magia.

(Fin del recuerdo) En ese entonces, apenas tenía un año… y casi me vuelvo a reencarnar.

Bueno… si es que eso siquiera era posible.

Yako se había convertido en una especie de maestro para mí.

Lo sé… un búho como maestro suena ridículo.

Pero, siendo sincero, a pesar de tener un cerebro más pequeño que el nuestro, enseñaba con tal claridad que, en cuestión de días, logré crear una espiral de fuego.

Apreté el puño, apagando la llama, y me levanté del suelo.

Caminé de puntillas hacia la puerta, mirando a ambos lados.

No vi a nadie.

Sin pensarlo, salí y cerré la puerta sin hacer ruido.

—Sólo digo que sería buena idea que Kael empiece a aprender más —la voz de mi padre, lejana pero clara, interrumpió mi plan de escape.

Me obligó a agacharme y esconderme detrás de un sillón.

—Xavier, si te estás escuchando… —mi madre lo interrumpió con firmeza— ¡Es un niño!

Apenas tiene dos malditos años.

—Tú me prometiste que no cargaríamos a nuestros hijos con lo que nosotros tuvimos que soportar —añadió, ahora alzando la voz.

Ese grito me recorrió como un escalofrío.

Su voz… estaba quebrada.

Podía sentirlo.

Y lo entendía.

Una de las cosas que tenía claras —gracias a mis padres anteriores— era que el deber de un padre no es sólo proteger, sino también dar a sus hijos aquello que ellos nunca tuvieron.

—Esto no lo digo como rey… sino como padre —dijo él, con una voz que intentaba sonar firme, aunque en el fondo temblaba—.

Y perdón si suena cruel… pero no existen los momentos de paz.

—Nuestra generación lo ha vivido en carne propia —continuó, su tono apagándose poco a poco.

Vi cómo posaba las manos sobre los hombros de mi madre, intentando consolarla.

Era obvio que eso iba a terminar en una discusión… innecesaria.

Así que decidí ponerme la máscara del niño tierno… y desactivar la bomba emocional.

Salí lentamente de mi escondite, dejando que la luz de la luna que entraba por la ventana bañara mi figura y revelara mi presencia.

Mis padres me vieron al instante.

No eran primerizos; sabían exactamente cómo reaccionar.

—¿Papá, mamá?

¿Están peleando?

—pregunté con una voz suave, temblorosa, con el toque justo de inocencia y fragilidad, como si estuviera a punto de romper en llanto.

Lo sé… fue un poco exagerado.

Pero necesario.

No quería ver a mi nueva familia desmoronarse ante mis ojos.

No si podía evitarlo.

—Claro que no —dijo mi padre enseguida, relajando la expresión al mirar a mi madre—.

Sólo estábamos teniendo una conversación de adultos.

¿Qué haces despierto a estas horas, pequeño?

—Es que… se me quitó el sueño —dije, sobándome los ojos con un falso cansancio.

Me acerqué a ellos y los abracé con fuerza.

No quería soltarlos.

Quizá era el eco de mi alma pidiéndome que lo hiciera… pero, en serio, se sintió bien.

—¿Dónde está Mai?

—pregunté, alzando la mirada.

—Ella está en su cuarto —respondió mi madre, con dulzura en los ojos mientras me acariciaba la cabeza.

De pronto, mi padre se apartó suavemente del abrazo, se arrodilló frente a mí y me miró directamente a los ojos.

Sus pupilas estaban cansadas… pero aún ardía en ellas esa determinación inquebrantable.

La de un rey.

La de un padre.

—Kael… hijo… sabes que este es un mundo peligroso —me dijo, tomándome la mano.

Mi madre intentó interrumpirlo, pero él le lanzó una mirada triste.

No había enojo en ella, solo nostalgia.

Luego volvió a mirarme.

—Pronto, este legado… este reino… caerá en tus manos —continuó—.

Tú tendrás que ser el pilar y el guía de aquellos que buscan la luz de la paz.

Guardó silencio, queriendo que sus palabras calaran hondo.

Sentí cómo mis manos se enfriaban, recordando que alguna vez ya había sido un falso guía.

—Esto no lo harás por honor, ni por obligación… sino por la pura y simple razón del amor —su voz se quebraba; apenas podía hablar—.

Algún día lo entenderás… y quiero que estés listo.

—¿A qué te refieres, papá?

—pregunté, intentando leer más allá de sus expresiones.

—Me refiero a que, desde hoy, tú serás el escritor de tu destino —dijo, poniéndose de pie—.

Este es el inicio de algo nuevo… pero también de algo increíble.

Entrenarás y aprenderás.

Sus palabras no sonaban como una imposición.

Eran una promesa… y también una advertencia.

Esta vez, el mundo no me obligaba del todo a volverme fuerte.

Esta vez, tenía la oportunidad de hacerlo por decisión propia, aunque… el resultado seguiría siendo el mismo.

El poder es cruel.

Es feo decirlo, pero… vivir no es para los débiles.

Vivir es para quienes tienen el valor de cargar con su propia historia.

Nunca tuve miedo a la muerte.

Tuve miedo a revivir… esos momentos de dolor.

Los humanos nacimos para esto, es nuestra condena… y nuestra redención.

—Lo entiendo, padre —dije con una falsa emoción—.

Quieres que me haga fuerte… como tú, ¿verdad?

La mirada de mi padre era distinta a la de mi madre.

En la suya se reflejaban orgullo y esperanza.

Hubiera querido decir lo mismo de los ojos vidriosos de mi madre… pero en ellos solo habitaba una palabra: dolor.

Entre dos mundos alzando la misma espada —uno por venganza, y otro por redención—, tenía dos caminos ante mí… y aún podía elegir.

Solo que no sé si podré resistir… volver a perderlos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.

Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.

Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.

Tu voz también es parte de este viaje.

—Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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