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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 7

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7: Capítulo 7: Dominarse a uno mismo 7: Capítulo 7: Dominarse a uno mismo POV de Kael Lanpar El canto de los pájaros posados en la ventana de mi cuarto comenzaba a despertarme, acompañado del abrasador calor del sol cuya luz daba directo en mis ojos.

Me froté con cansancio el rostro, obligándome a abrirlos.

Lo primero que vi fue el cabello castaño de una mujer que conocía demasiado bien.

Entre la visión aún nublada, alcancé a distinguir sus ojos cargados de amor, mirándome con la ternura que solo transmite una madre.

—Kal… hijo, ¿qué te pasa?

—su voz tan calmada me confundió—.

¿Por qué estás llorando?

No sabía si eran mis sentidos aún adormecidos, pero cuando mi cuerpo reaccionó y traté de abrazarla, por un instante sentí que era ella.

Esa ilusión se desvaneció de golpe al descubrir que en realidad rodeaba con mis brazos a alguien más.

Pestañeé varias veces hasta darme cuenta: era Mabel.

Lo que había sentido no fue más que el eco de un recuerdo distorsionado.

Las partículas de polvo flotando en el aire, iluminadas por el sol, me recordaron cruelmente que ya no volvería a verla.

Así como el viento se lleva el polvo, el tiempo se lleva a quienes amas.

—Perdóname, madre… creo que tuve una pesadilla —murmuré, limpiándome las lágrimas mientras me alistaba para mi primer día de entrenamiento.

—¿Por qué te disculpas, Kal?

—exclamó con preocupación—.

Todos tenemos cosas que nos asustan, no deberías avergonzarte por eso.

—Lo sé, madre… —susurré, sin convicción.

Me cambié sin darle mucha importancia a mis palabras, pero al ver el espejo frente a mí comprendí que no la había convencido.

Su expresión triste reflejada en el cristal me llenó de culpa.

—Estoy un poco nervioso por el entrenamiento —añadí, fingiendo temor—.

Solo quiero que todo salga bien.

Su sonrisa fue suficiente para confirmarme que la mentira había surtido efecto.

Cuando se inclinó para besarme la cabeza antes de marcharse, yo solté por fin el vacío emocional que había contenido.

Mi corazón latía con violencia, cada punzada de tristeza y culpa me obligaba a sujetarme el pecho como si pudiera apagar el dolor.

Me dejé caer en la cama, extendiendo los brazos hasta hundirme en el colchón como en un mar dispuesto a ahogarme en mis pensamientos.

En mi mente, las cadenas de la realidad repetían las mismas palabras una y otra vez: Ellos no tienen la culpa de intentar ser buenos padres.

Yo soy el miserable que les robó la vida de su verdadero hijo.

A los malditos recuerdos que ya eran una carga insoportable, se sumaba una nueva duda que no dejaba de martillarme.

Había pensado que al nacer en este mundo lograría vivir en paz, lejos de los ojos de la muerte.

Pero descubrí que incluso antes de mi nacimiento ya me había manchado las manos con sangre.

Tal vez de forma indirecta… pero igual era mi culpa.

El dolor seguía presente.

Los recuerdos no se desvanecían y las marcas de mis traumas, aun en este nuevo cuerpo, se aferraban como cicatrices imborrables.

Cerré los ojos, cubriéndolos con un brazo, deseando olvidar, concentrarme en esta vida.

Pero era inútil: seguía atrapado en ese fuego infernal que yo mismo había causado.

(Minutos después) Tras lo que parecieron horas perdido en el vacío de mis emociones, abrí los ojos otra vez.

Me encontré sentado en un tronco, escuchando explosiones y sintiendo el calor abrasador de las llamas conjuradas.

Mi hermana entrenaba en un duelo amistoso contra mi padre, mientras yo los observaba en silencio.

Suspiré y desvié la mirada hacia el cielo, donde tres aves blancas surcaban el aire con la tranquilidad de quienes viven en libertad junto a los suyos.

Cuánto hubiera querido unirme a ellas y dejar de desgarrarme con este dolor que me consume.

—Has estado muy pensativo, ¿te pasa algo, cariño?

—preguntó mi madre—.

¿Sigues nervioso?

—Un poco… —respondí sin pensar en lo que decía—.

No sé si esta vez podré evitarlo.

No quiero volver a perderlos, aun si son solo reflejos.

La confusión en su rostro me hizo reaccionar de inmediato.

Había dicho demasiado.

Rápidamente, empecé a inventar una mentira para desviar la conversación.

—Que… es que no sé si seré lo suficiente para protegerlos —tartamudeé, sintiendo cómo perdía el control— No quiero perderlos y, peor aún, tener que verlos reflejados solo en recuerdos.

Una vez más, quizá por destino o simple suerte, logré zafarme del problema.

Mi madre dejó escapar un largo suspiro mientras apretaba sus puños; pude reconocer en su expresión una mezcla de ira y dolor contenido.

—No tienes que preocuparte por eso, Kael —habló con una voz rota—.

Nunca nos perderás.

Jamás sufrirás algo así, te lo prometo.

Al terminar, me abrazó con fuerza, dejando que sus lágrimas mancharan mi camisa mientras su agarre se intensificaba con el peso del dolor y, tal vez, del miedo.

¡Boom…!

La explosión causada por el impacto del golpe de mi padre contra una pared de tierra que se alzaba imponente ante él fue el catalizador que mi madre necesitaba para recomponerse.

Entre los escombros y la nube de humo que comenzaba a disiparse, una figura se hizo presente bajo la luz del sol, apuntando con el filo de su espada al cuello de mi hermana.

—Bajaste la guardia —dijo con calma—.

Te distraes demasiado fácil con una explosión.

Ni siquiera creaste una defensa después de eso.

Mai no respondió.

Tan solo desvió la mirada con una aparente vergüenza que mi padre notó al instante.

—Eres muy joven, Mai.

Siendo sincero, eres fuerte para tu edad —añadió mientras le revolvía el cabello—.

Pero ese poder nubla tu visión.

Concéntrate y vencerás.

En cuestión de segundos, su atención se dirigió hacia mí.

Con el brazo alzado, me apuntaba con su espada hecha de viento, retándome con una mirada desafiante para que me lanzara contra él.

Como un general que había liderado miles de ejércitos en medio del caos y el pánico, mis piernas se movieron por sí solas, caminando con firmeza y con una autoridad que solo alguien de gran poder podía transmitir.

Cada paso inundaba el ambiente con una densidad sofocante de energía que, por unos instantes, transformaba el panorama del lugar.

El aire comenzó a arremolinarse a mi alrededor de manera protectora y amenazante.

—Qué curioso… Creo que mis sospechas eran ciertas —susurró con cierta picardía.

Sus palabras me confundieron de sobremanera, quedándome quieto mientras intentaba comprender cuál era esa sospecha sobre mí.

—Kal, necesito que te sientes —ordenó mientras clavaba su espada en la tierra—.

Mai, también quiero que vengas.

Mi hermana y yo nos sentamos sobre el fresco césped que cubría el patio del castillo, mientras mi padre, con unos movimientos extraños de sus manos, empezaba a reparar el desastre que había dejado el entrenamiento.

Me quedé totalmente asombrado al ver cómo la tierra cubría los cráteres hasta hacerlos desaparecer poco a poco.

Las plantas brotaron de nuevo, floreciendo y devolviendo al lugar su antigua gloria.

—Bien… entonces sí has estado hablando con Yako —dijo con una enorme sonrisa—.

Ese búho… era comprensible que tarde o temprano lo conocieras.

Sus palabras me sacaron del shock mental y la curiosidad comenzó a invadir todo mi cuerpo.

Era obvio que, en algún momento, iría a la biblioteca real y me cruzaría con él, pero lo que decía mi padre daba a entender que no debería haber pasado tan pronto.

—¿Estás molesto porque fui a la biblioteca?

—pregunté en busca de respuestas—.

Yako no tiene la culpa, yo le pedí que me ayudara.

—Jajajaja… Tranquilo, hijo, no estoy enojado —respondió mientras se sentaba junto a nosotros—.

Solo me resulta extraño que el espíritu protector de los Lanpar reaccionara tan rápido a tu presencia.

—¿Espíritu…?

Hasta ese momento, los únicos espíritus de los que había oído hablar en mi vida pasada eran las almas de los muertos que rondaban el mundo.

Una leyenda, quizá un mito.

Pero si en este mundo existían, ¿significaba entonces que Yako era un fantasma?

No creo en fantasmas.

Aun así, por algún motivo, mi mente y mis sentimientos me obligaban a pensar que tanto mis padres como mi hermana estaban conmigo, aunque fuese solo como recuerdos.

—Entonces, ¿para qué estoy aquí?

—exclamó Mai con molestia—.

No estamos haciendo nada.

—Claro que sí —respondió mi padre—.

Estamos pasando tiempo en familia.

Mai resopló, dejándose caer en el césped con aburrimiento.

No quería discutir más con Xavier.

—Bueno… aprovechemos este momento para confirmar algo —dijo mi padre, haciéndome una seña—.

Ven a mi lado, Kal.

No rebatí sus palabras.

Simplemente obedecí, sentándome junto a él, expectante de lo que planeaba.

—Dime, ¿qué ves?

—preguntó, señalando a mi hermana.

La falta de explicación, sumada a la incógnita de qué quería que viera, me confundió.

Solo observaba a Mayrei recostada en el césped, contemplando las nubes mientras se perdía en sus pensamientos.

—Veo a mi hermana —respondí aún desconcertado—.

¿Qué tiene de raro ella?

—No tiene nada de raro, pero aún no me has contestado: ¿qué ves?

—la maldita pregunta de nuevo.

El fastidio comenzó a crecer en mí.

No sabía qué hacer y él tampoco me daba una respuesta… hasta que habló.

—La vista de un ser vivo no solo es capaz de percibir lo físico y lo material —dijo con calma—.

A través de esto que llamamos ojos existe algo que, a veces, preferimos ignorar.

Hizo una pausa antes de continuar: —Solo cuando aprendemos a entendernos y a comprender lo que nos rodea logramos descubrir la verdadera forma de las cosas.

A eso lo llamamos aura.

Por pura casualidad, ante mis ojos apareció en Mayrei un pequeño resplandor gris que se expandía por todo su cuerpo.

Se movía de manera tranquila y pacífica, como si reaccionara a… los sentimientos.

Sentí un balde de agua fría caerme en la cabeza al recordar las palabras de Yako mientras entrenaba conmigo.

La regla de unión de cuerpos… creo que así lo llamó.

En su momento, aquellas frases fueron un rompecabezas incomprensible, pero ahora tenían sentido: Mientras una armonía sigue el reflejo de cada movimiento, la otra mueve los hilos de las acciones que nacen, siendo al mismo tiempo una brisa pacífica y una furia de vida.

Todo ser que siente lo porta, todo ser que vive lo respira.

Lo que veía era el aura de maná de Mayrei.

Estaba observando más allá de lo físico.

—Ahora lo entiendes —dijo Xavier con orgullo—.

Veo que Yako te enseñó bien.

Antes de que pudiera expresar más, la calma se quebró.

Desde el techo del castillo, un soldado enmascarado descendió envuelto en un relámpago controlado, calcinando el césped a su alrededor.

Vi cómo mi padre dejó escapar un suspiro ahogado antes de que su expresión se volviera dura y apagada al mirar al intruso.

—Su majestad, el consejo de guerra lo solicita —dijo el enmascarado arrodillándose—.

Lord Marquians espera su opinión sobre la Cumbre de los Reinos.

—Infórmale a todos los líderes de clanes que se reúnan en la sala de consejo —respondió con voz apagada por la carga de la situación—.

Hoy se decidirán muchas cosas importantes.

El soldado desapareció entre venas de electricidad y mi padre, cansado y triste, se volvió hacia nosotros.

—Creo que hoy no regresaré a casa —murmuró rascándose la cabeza—.

Perdónenme, niños.

Esto es importante.

Les prometo que luego pasaremos tiempo juntos.

Tanto mi madre como Mayrei reaccionaron de maneras distintas, dejando ver la herida que siempre abría su ausencia como padre y esposo.

—Siempre es lo mismo —susurró Mayrei, molesta—.

Ya ni siquiera me sorprendería que no volviéramos a verte en mucho tiempo.

Tras esas palabras, se marchó.

Una lanza de hielo se formó en sus manos y la lanzó con furia, atravesando varios árboles hasta clavarse en una roca.

En cuestión de segundos todo se volvió caos.

Sacudí la cabeza, triste, y corrí a seguir a mi hermana.

Tenía miedo de que algo le pasara, porque había percibido otra aura en el lugar… y no era la de mis padres.

Aquel resplandor me hizo temblar.

Era completamente oscuro y, aunque parecía tranquilo, desprendía un odio tan profundo que me dejó sin aire.

Intenté convencerme de que era solo una ilusión provocada por usar esta habilidad por primera vez, pero… no.

Las auras no se mueven solas.

Un recuerdo punzante me atravesó: el trauma de mi vida pasada.

La única vez que dejé sola a mi hermana fue también la última en que la vi respirar.

Perdido en mis pensamientos, caminé sin darme cuenta hasta salir del castillo.

Era la primera vez que veía el mundo exterior con mis propios ojos.

Tal vez había estado allí antes, pero en aquel entonces aún no podía caminar.

El bullicio del comercio reactivado tras el ataque, los gritos de los niños jugando en las calles… todo me dejó paralizado.

No podía moverme.

Apenas podía tragar saliva.

Era la primera vez que veía una multitud reunida en paz.

Comencé a caminar entre la gente, con la cabeza gacha, intentando que nadie me reconociera.

Nunca pensé que los cuentos de mi padre fueran reales.

El Último Aliento, aquella historia infantil, ahora cobraba sentido.

Una civilización increíble, gente armoniosa y tranquila que convivía como familia.

La misma descripción que aún guardaba en la memoria, salida de los labios de mi padre.

Podía percibir leves destellos del aura de cada persona.

Algunos alterados, otros serenos, pero todos desprendían colores distintos: odio, amor, tristeza y esperanza.

Por distraerme entre la multitud no noté que alguien se cruzó en mi camino.

Sentí de pronto el frío metal golpeándome en la cabeza y caí al áspero suelo, que me recibió con dolor.

—¿Pero qué mierda…?

¿Qué me golpeó?

—gruñó un guardia mirando en mi dirección—.

Es un niño, ten más cuidado por… Se detuvo al reconocerme de inmediato.

No habría sido algo extraño, de no ser porque su aura cambió de forma violenta, rebosando un odio tan intenso que no hacía falta que lo expresara con palabras.

—Vaya, pero si eres el pequeño príncipe —sonrió con malicia—.

¿Te has perdido, verdad?

Instintivamente, los dedos de mi mano comenzaron a reunir calor.

Una esfera de fuego ardiente se formó en mi palma, su llama abrasadora quemaba mi piel sin llegar a herirme.

Alcé el brazo hacia su rostro y lancé la bola de fuego.

Lo tomó por sorpresa.

Sin dudar, me puse de pie y corrí entre la multitud, aunque mi hechizo se desvaneció antes de alcanzarlo.

Aún no era capaz de herir a nadie; mi magia no estaba tan desarrollada.

Pero al menos me servía para defenderme.

Corrí chocando con las personas, escuchando tras de mí los pasos metálicos del soldado.

Avancé hasta perderme en un callejón sin salida, donde una enorme pared me bloqueaba el paso.

—Eres una maldita molestia, niño —dijo, y en un parpadeo desapareció en una ráfaga de velocidad.

Lo siguiente que sentí fue su patada hundiéndose en mi estómago.

El aire se me escapó de golpe y caí al suelo, sujetando mi abdomen mientras la sangre brotaba de mi boca y el dolor recorría todo mi cuerpo.

—Por meterme entre la multitud… —maldije con rabia—.

Yo mismo causé mi desgracia.

Maldita sea, duele demasiado… —Es hora de juzgar a tu maldita familia de sangre traidora —dijo, alzando el puño para golpearme de nuevo.

Vi cómo su brazo descendía a gran velocidad hacia mi rostro… hasta que, de pronto, su mano salió volando en un torrente de sangre.

El soldado quiso gritar, pero no pudo: otra mano lo cubrió por completo.

Era la de un hombre de largo cabello negro, que le cortó la garganta en un solo movimiento con una cuchilla de viento.

Mis ojos pesaban, luchando por cerrarse.

Alcancé a ver el cuerpo del guardia desplomarse a mi lado, tiñendo el suelo de rojo.

El cálido líquido me salpicó el rostro, y finalmente cerré los ojos por completo, mientras escuchaba una voz apagada entre susurros, la que creí pertenecía a mi salvador.

—Lord Marquians… ¿qué hacemos con el niño?

Ese nombre… ¿quién era él?

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

¡Muchas gracias por leer este capítulo!

Sus opiniones y reacciones significan mucho para mí, ya que me ayudan a crecer y me motivan a continuar con la aventura de Kael.

Si les ha gustado (o incluso si tienen preguntas o teorías), no duden en dejar un comentario o una reseña.

¡Me encantaría saber qué piensan!

Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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