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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 8

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8: Capítulo 8: Rey del teatro 8: Capítulo 8: Rey del teatro POV de Kael Lanpar El dolor me recorría todo el cuerpo producto de aquella patada que me había dejado semiinconsciente.

Apenas era capaz de escuchar mi propia respiración entrecortada.

Mis sentidos se habían apagado, pero aun así pude escuchar la conversación de aquellas personas que me habían salvado.

—Lord Marquians… ¿qué hacemos con el niño?

—preguntó una voz femenina.

Por un instante nadie respondió.

Entre la oscuridad de mi subconsciencia y la claridad que empezaba a desbordarse en mi mente, me descubrí como un simple espectador de cada palabra, temiendo por lo que decidirían.

—Por ahora no haremos nada.

El niño no juega un papel en esto —respondió un hombre de voz grave y firme—.

Si el hijo de Xavier desaparece, nosotros seremos los principales culpables.

—Estamos perdiendo una gran oportunidad, Lord Marquians —gritó otra voz—.

¡Al diablo con esto, lo voy a…!

No terminó la frase.

Los sonidos que siguieron me confirmaron que no tuvo mucha suerte con su respuesta.

El crujir de huesos y un grito ahogado de auxilio fueron lo único que escuché.

El miedo comenzó a recorrerme, gritándome que despertara y huyera de una vez.

No tenía fuerzas para levantarme, ni cabeza para comprender por qué lo estaban atacando.

Antes de seguir pensando, un estruendo me interrumpió: un cuerpo se desplomó contra el frío suelo.

Ese sonido quebró mi mente por completo.

—Tienes suerte, mocoso.

Aún no es tu hora de pagar por tu familia —amenazó la misma voz grave—.

Recojan los cuerpos y limpien la zona.

Sentí cómo alguien me alzaba en sus brazos.

Después, caí en un sueño profundo.

(Espacio mental) Cuando abrí los ojos, estaba de nuevo en el mismo árbol de siempre, aquel que me recibía cada vez que terminaba en este lugar.

Sabía que no pasaría mucho antes de que Kraidir apareciera.

Y así fue: frente a mí, las mariposas blancas se reunieron hasta formar cada parte de su cuerpo.

Me miró con un rostro severo, mezcla de enojo y, quizá, una pizca de preocupación.

Quise decir algo, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.

Incluso aquí, en mi propio espacio mental, era incapaz de reaccionar.

Me temblaba cada fibra del cuerpo y no lograba controlarlo.

—Es demasiado vergonzoso que un exmilitar como tú se asuste por algo tan normal —dijo con ironía.

Me quedé en silencio.

No podía responderle.

Tenía razón en que esto no debería afectarme… pero ahora, ni siquiera podía mirar a la muerte a los ojos.

—Tu ausencia de respuesta solo me confirma que eres patético —continuó, avanzando hacia mí.

Antes de que pudiera dar un paso más, lo detuve con un grito salido desde lo más hondo de mi alma.

—Tú… tú no sabes lo que es ver… y sentir a la muerte —tartamudeé, reuniendo las últimas fuerzas que me quedaban—.

¡Eres solo un maldito dios!

Tú nunca has perdido a nadie.

Por alguna razón, mis palabras lo golpearon.

Su expresión cambió; vi dolor reflejado en sus ojos y un leve temblor en sus manos.

Supe que me había equivocado.

Las mariposas comenzaron a dispersarse, deshaciendo la figura de Kraidir en el blanco infinito de este vacío.

Antes de marcharse, sus palabras resonaron en mi mente: —Tú no sabes nada.

No creas que eres la única persona que ha perdido a alguien.

Suspiré, recuperando poco a poco algo de movilidad.

Aunque Kraidir ya no estaba frente a mí, aún podía sentir su presencia.

Las mariposas seguían danzando en el cielo etéreo.

“Lord Marquians… quien sea ese hombre, es alguien peligroso.

Y al parecer tiene cuentas pendientes con los Lanpar.” Recostado contra el tronco del árbol blanco, comprendí que un nuevo problema se sumaba a los que ya cargaba.

En la inmensidad de este vacío, solo me quedaba esperar a despertar… y enfrentar lo que vendría después.

Tengo miedo.

No por mí, sino por aquellos que ahora considero mi nueva familia —pensé—.

No dejaré que nada les pase.

Lo juro con mi propia vida.

(Días después) Después de eso, me enteré de que mis padres nunca supieron lo que me había pasado.

Tuve la intención de contárselo, pero hacerlo pondría en alerta a aquel hombre que juró vengarse de mi familia por una supuesta traición que aún no comprendía.

Al abrir los ojos tras desmayarme, aparecí, por arte de magia, en mi cuarto.

Estaba curado, sin ninguna herida visible.

Hubiera querido pensar que todo fue un sueño, pero la herida, aunque invisible por fuera, ardía con fuerza en mi interior.

Era un recordatorio de lo vivido y, al mismo tiempo, una advertencia de lo que podía venir.

Agité la cabeza.

Parpadeé un par de veces antes de que mis ojos captaran los fuegos artificiales que iluminaban la oscura noche en la ahora pacífica Luzarion.

La gente, llena de alegría y furor, caminaba por las calles de la capital.

Hoy era un día especial.

Después de cuatro años desde mi nacimiento, se celebraba un momento glorioso para todos: el día en que la vida y la muerte se entrelazan.

¡Boom..!

Desde la ventana del carruaje real observaba a los magos conjurando hechizos de fuego que estallaban en relucientes colores, adornando el cielo con figuras cambiantes.

La música sonaba, la multitud cantaba y se abrazaba como una sola familia, coreando en un idioma que no comprendía: Salve Vitra, viso sangre salvator quereis mi vida.

A veces olvidaba que existían otros idiomas.

Al menos tenía la suerte de que mis padres hablaban la misma lengua natal que yo en mi vida pasada.

—Padre no estará aquí, ¿verdad?

—preguntó mi hermana con desánimo—.

Nunca lo está, ni siquiera ahora.

—Su padre está muy ocupado, mis niños —respondió mi madre con tristeza—.

A él le hubiera encantado pasar este día con ustedes, pero no puede.

No era necesario aclararlo: Mayrei guardaba cierto resentimiento hacia mi padre.

No la culpaba.

Aún era una niña, incapaz de entender el peso que conlleva cargar con la vida de tantas personas.

Después de varios minutos, el carruaje se detuvo.

En la plaza central de Luzarion nos aguardaban tanto guardias como campesinos y ciudadanos, todos ansiosos por nuestra llegada.

—Su majestad, hemos llegado —dijo el conductor mientras detenía a los corceles.

Al escuchar esas palabras, activé la habilidad que había aprendido hacía poco, observando el aura de cada persona para mantenerme alerta por si algo salía mal.

La puerta del carruaje se abrió y nos vimos obligados a salir en fila, mientras los gritos de emoción retumbaban alrededor.

La multitud se amontonaba queriendo acercarse, pero los imponentes guardias, firmes con sus lanzas y armaduras de acero, abrían un camino para nosotros.

—¡Reina Mabel, no olvide a su pueblo!

—gritó una anciana desde entre la gente.

Mi madre le sonrió amablemente, luego se giró hacia nosotros y, con un suspiro, nos permitió salir a disfrutar el día.

Mayrei y yo nos adentramos entre la multitud que reía y bailaba sin cesar.

Yo me quedé observando cómo cada persona disfrutaba de una paz que siempre había anhelado.

Las personas disfrazadas para la ocasión representaban lo que cada uno deseaba en la vida y cómo la imaginaban.

Me quedé inmóvil, rodeado de transeúntes que llenaban las melodiosas y activas calles.

No podía entender por qué en mi antigua vida nunca había visto algo así.

—¡Feliz Día de la Vida y de la Muerte, príncipe Kael y princesa Mayrei!

—nos saludó un hombre que controlaba con magia un dragón de fuego que voló sobre nuestras cabezas.

—Feliz día… a usted también —respondí aún inmóvil, sin comprender del todo lo que sentía.

En ese instante experimenté un vacío imposible de describir con palabras.

Nuevas emociones, desconocidas para mí, florecieron en mi interior, arrancándome una sonrisa sincera.

Comencé a caminar de nuevo para no perder a Mayrei, pero mi esfuerzo fue inútil.

Una simple distracción me detuvo: un hombre que interpretaba a mi padre en una obra callejera.

Era gracioso verlo repetir cada gesto, cada palabra.

—Y recuerden: para alcanzar su propósito, deben estar dispuestos a sacrificar una parte de sí mismos —dijo el actor, quitándose la corona falsa antes de inclinarse con una reverencia.

Los niños estallaron en gritos de alegría al ver a su “rey”… o al menos la representación de él.

A lo lejos, mientras mis ojos seguían fijos en la actuación, un estruendo de trompetas anunció el inicio del acto principal: la aparición de mi padre en el balcón del reino, listo para hablar frente a toda su gente.

—Mai, será mejor que nos apuremos —murmuré al viento, hasta que noté que mi hermana había desaparecido.

Estaba tan absorto en aquel espectáculo para niños que no me di cuenta del momento en que se fue.

Bueno… ahora también soy un niño.

¿Dónde habrá ido?

Me abrí paso entre la multitud intentando encontrarla, pero cuanto más caminaba, más perdido me sentía.

La marea de personas me empujaba lejos de donde debía estar.

Me detuve sobre una roca y, desde allí, observé cómo la ceremonia de mi padre comenzaba.

—Psss… oye, ¿te perdiste, pequeño?

—una voz resonó cerca, aunque no lograba ubicar de dónde provenía.

Miré en todas direcciones, activando mi nueva habilidad para descubrir el origen, pero lo único que veía eran árboles y casas.

—Arriba —repitió la voz.

Al alzar la mirada, vi a un adolescente sentado sobre la rama de un árbol, sonriéndome con descaro.

—No… no estoy perdido, mis padres ya vienen —respondí, temiendo que algo malo fuera a ocurrir.

—No seas mentiroso —rió el joven, saltando con gracia al suelo—.

Kal, ven conmigo.

No voy a secuestrarte.

—Ah, no.

Yo me voy —dije, girando para marcharme.

Antes de dar un paso, él me sujetó de la camisa.

Intenté invocar una bola de fuego, pero por alguna extraña razón no pude.

—Soy Alfin… Alfin Lanpar —dijo soltándome—.

Soy tu primo, no te asustes.

Me quedé helado.

—Me crucé con tu hermana en camino al discurso de mi tío.

Me dijo que te perdiste, así que nos separamos para encontrarte más rápido.

—¿Y cómo sé que eres un verdadero Lanpar y no uno de esos revolucionarios que atacaron la capital?

—pregunté, retrocediendo con cautela.

—Primero, ¿no crees que soy muy joven para unirme a una causa tan absurda?

Y segundo… —alzó la mano.

Por instinto, mis músculos se tensaron.

Esta vez, la bola de fuego apareció en mi palma con más fuerza que antes.

Estaba listo para atacarlo, hasta que algo me detuvo: entre sus dedos colgaba un collar que brillaba bajo la luz de la luna, un emblema que solo los Lanpar poseían.

—Entonces… sí eres familia —susurré, dejando que las llamas se apagaran.

—Por supuesto —respondió, rascándose la cabeza—.

Será mejor que busquemos un lugar alto para ver el discurso de tu padre… y de paso que Mai nos encuentre.

—¿Ya sabes usar tu magia?

—preguntó con curiosidad, ignorando que casi lo había atacado.

No contesté.

Él solo sonrió, tomó mi mano con firmeza y, de pronto, el viento y las hojas secas comenzaron a girar a nuestro alrededor, envolviéndonos en una cúpula.

Me cubrí los ojos con el brazo, protegiéndome de la intensidad del poder.

—Perdón por eso —dijo mientras la energía se desvanecía—.

Solo… no le digas a tu papá que usé magia dentro del reino, ¿sí?

No quiero que me regañe.

—Sí, lo prometo —respondí con voz más calmada, bajando el brazo.

A lo lejos, mis padres aparecieron en el balcón entre aplausos.

No eran solo símbolos de poder… eran la viva representación de la esperanza.

Mi padre tomó el micrófono y habló con voz firme: —¡Ciudadanos de Auroria!

Hoy nos reunimos para celebrar el ciclo de la vida y la muerte.

Un murmullo reverente recorrió a la multitud.

—Este ciclo mantiene el equilibrio de nuestro mundo.

La vida nos da la dicha de compartir con la familia, con los amigos, de disfrutar de cada instante.

Y la muerte nos recuerda que debemos avanzar, dejando un legado positivo antes de partir.

Alzó la voz con fuerza: —¡Así que celebren el festival, vivan sus vidas y disfruten cada momento!

El clamor fue ensordecedor.

La gente gritó, se abrazó y la fiesta estalló con más intensidad que nunca.

—Hey, Kal, ¿quieres un helado?

—preguntó Alfin, extendiéndome la mano.

—Sí, gracias, Alfin —respondí, tomando el cono.

—Sabes… —su voz adquirió un matiz extraño, como si pesara más de lo habitual—.

Quizás ahora no lo entiendas, pero cuando crezcas verás la verdadera cara de este mundo.

Disfruta tu infancia, Kal.

Es un regalo que no todos tuvimos.

—Tienes razón, Alfin —le dije, mirándolo a los ojos—.

Por eso valoro cada momento de mi vida y procuro que vivir valga la pena.

Él suspiró con cierta melancolía.

—Eres muy inteligente para tu edad… me alegra que lo comprendas.

Y entonces murmuró, apenas un roce en el aire, como un secreto destinado a perderse: —Ojalá hubiera entendido eso cuando tenía tu edad… eres un suertudo, Kael.

No insistí.

Solo seguí comiendo mi helado, mientras los fuegos artificiales seguían iluminando la noche.

Entre aquella ilusión pintada de colores y la fragilidad que deja la guerra, rostros distintos compartían el mismo destino.

La oscuridad se movía; enemigos ocultos tejían sus planes en silencio, intentando mostrarse como héroes ante una multitud que, a menudo, elegía seguir a falsos guías.

Podia percibir como aquella presencia maligna que había aparecido en el patio del castillo todavía me acechaba, escondida entre la multitud, observándome con cautela y quizá con una sonrisa maliciosa.

Al parecer, ya había hecho mi primer enemigo en este mundo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

Importante: El volumen 2 inciara el 06/09/2025 pronto Kael volvera a abrir sus ojos, depues de un largo sueño.

¡Muchas gracias por leer este capítulo!

Sus opiniones y reacciones significan mucho para mí, ya que me ayudan a crecer y me motivan a continuar con la aventura de Kael.

Si les ha gustado (o incluso si tienen preguntas o teorías), no duden en dejar un comentario o una reseña.

¡Me encantaría saber qué piensan!

Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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