El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Fragilidad de la vida
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9: Capítulo 9: Fragilidad de la vida 9: Capítulo 9: Fragilidad de la vida POV de Matías Castleboard Aquel día, las cenizas del hogar que perdí no solo cayeron en la tierra, sino que también se impregnaron en mi piel, siendo un recordatorio de mi primer fracaso.
La sensación ardiente del fuego que rodeaba todo el lugar, sumado a los gritos desesperados de mi madre y los llantos de mi hermana, me dejaron en un colapso mental que no podía soportar.
Arrodillado, sintiendo la sangre cálida de mi padre en mis rodillas, no pude hacer nada más que llorar.
Aquellas lágrimas estaban cargadas de un dolor que ya no era solo mío, sino de toda mi familia.
—¿Por qué…?
¿Qué mierda hizo mi familia para merecer esto?
—susurré, apretando los puños, intentando no perder la cordura.
Delante de mí, las figuras de los causantes de mi dolor se alejaban lentamente de la masacre que habían orquestado.
No solo la sangre de mis familiares estaba derramada en la tierra, sino también la de muchas personas inocentes que jamás estuvieron de acuerdo con esta guerra.
Apilados en una montaña de cadáveres, ardían en llamas las almas de quienes solo deseaban vivir en paz.
—Mat… hijo, por favor, mírame —susurró mi padre, ya sin fuerzas—.
Te lo pido… no busques venganza, nadie tiene la culpa… Antes de que pudiera seguir hablando, comenzó a escupir sangre.
Aquel líquido rojo cayó en mi mano, manchándola con una ira que en el futuro sería incontrolable… tal vez también sería mi perdición.
Mi padre pudo ver en mis ojos un destino de venganza, uno que se escribió con su alma desde el momento en que murió.
Sus manos se enfriaron lentamente, apagando la luz de su vida.
Aquella sonrisa que siempre me recibía, alegrándome lo poco que tenía, murió junto con él.
El cantar de los buitres, ansiosos por su comida, fue ahogado por un grito que resonó desde lo más hondo de mi alma, repitiendo una y otra vez: —¡Los mataré!
Acepto que aquellas palabras me nublaron el juicio, dejando un vacío emocional que no era capaz de controlar.
Aunque mis oídos lograron captar las últimas palabras de mi padre, junto con su petición de cuidar a mi madre y a mi hermana, mi mente y mi corazón no lograron aceptarlas.
Movido por el odio, mi cuerpo reaccionó solo.
Mis uñas se clavaron en la fría tierra, arrancándola junto con el césped carbonizado, mientras mis piernas, ahora de acero, recuperaban fuerzas alimentadas por la mentalidad que había desarrollado.
No sé por qué me perdonaron la vida.
Lo único que recuerdo, antes de recibir el puñetazo del asesino de mi padre, fue que agarré con fuerza la espada que él me había dado.
Había corrido tanto, escuchando los gritos de mi madre pidiéndome que no lo hiciera, acercándome a la cabeza del asesino de mi padre para cortarla… Solo para terminar inconsciente en el suelo, recibiendo el castigo de vivir con la condena de no haber sido suficiente para salvarlo.
POV de Kael Lanpar Me había quedado dormido durante el viaje a la reunión de mis padres, solo para terminar recordando algo que hace tiempo quise olvidar.
Sumido en el dolor de aquel recuerdo, era incapaz de abrir los ojos.
No podía aceptar cómo las cosas habían cambiado tan de repente.
La ironía de la vida siempre me golpeaba con más fuerza, recordándome todo lo que había perdido.
Pasar de una vida en la que la seguridad jamás estaba garantizada a otra en la que era la reencarnación de un príncipe, a salvo de todo mal, era algo que no podía soportar.
Estaba tan hundido en mis pensamientos que no logré escuchar las palabras de mi madre.
Quizás, por mi leve temblor o por mis ojos cerrados con fuerza, dedujo que no estaba bien.
—¿Qué te pasa, Kal?
—preguntó, acariciándome la cabeza—.
¿Tuviste una pesadilla, mi pequeño?
Por un momento no pude responder.
No era capaz de fingir en ese instante, pero por mi bien —y el del futuro— tuve que obligarme a hacerlo.
—Sí… creo que fue una pesadilla —respondí, saliendo de su regazo para sentarme—.
¿Cuánto falta para llegar?
—Ya falta poco, Kal —exclamó mi padre con una sonrisa—.
Veo que estás ansioso por conocer nuevos amigos.
—Sí… supongo —murmuré, desviando la mirada hacia la ventana del carruaje.
Entre el frondoso bosque que pintaba el camino, y las múltiples auras de los animales que rondaban la zona, pude vislumbrar a Alfin y a mi hermana.
Ambos se movían entre las ramas de los árboles, atentos, vigilando que nada pasara.
Hace poco había descubierto, en una conversación entre mi padre y mi hermana, la razón de su ausencia en mi nacimiento: ella y Alfin eran parte de Alkaster.
Según las palabras que alcancé a oír, aquella organización estaba ligada a los Lanpar.
De ahí no logré escuchar más, pues me descubrieron.
—Su majestad, ha llegado un mensaje del consejo de alianzas —exclamó el guardia que nos acompañaba en la cabina del carruaje.
Vi cómo le entregaba un pergamino a mi padre.
El documento contenía letras en un idioma desconocido, hasta que, de pronto, cada palabra se iluminó con un resplandor celeste y cambiaron de lengua a una que reconocí como nuestra.
—Nova, quiero que te quedes al lado de Kael en todo momento —ordenó mi padre, antes de mirarme con autoridad.
Por lo poco que sabía de esa reunión, no era capaz de dimensionar su magnitud.
Sin embargo, si múltiples clanes se reunían en un solo lugar esperando a su rey, no creía que fueran buenas noticias.
—Kael, hijo, mírame —ordenó, sacándome de mis pensamientos—.
Te mantendrás todo el tiempo con Nova.
No te separes de él en ningún momento.
¿Entendido?
Asentí, consciente de que en cualquier instante podía sucederme algo.
Aún resonaban en mi cabeza las palabras de Marquians; su amenaza me era imposible de olvidar.
Lo que más me intimidaba era la certeza de que, probablemente, él también estuviera en ese sitio.
No sabía qué haría, y esa incertidumbre me asustaba más que cualquier otra cosa.
No me sentía capaz de enfrentar nada.
Ni siquiera podía usar la magia para herir, ¿cómo se suponía que me defendería en un mundo donde los conjuros lo dominan todo, si ahora mismo no podía utilizarlos?
—Vaya, nunca pensé que volvería a ver este lugar —exclamó mi padre, mirando por la ventana—.
Noblezia, el bastión de los clanes.
Delante de nosotros, tal como lo describía mi padre, se erguía una enorme fortaleza que eclipsaba todo a su alrededor.
Soldados del reino y miles de magos de distintas ciudades marchaban al compás.
Aunque aún estábamos a cierta distancia, la magnitud de su majestuosidad se imponía sin piedad.
Dos estatuas colosales, del tamaño de los rascacielos de mi vida pasada, se alzaban hacia el cielo como centinelas eternos.
No eran simples esculturas de piedra: lo sentía en lo más profundo de mi ser.
Estaban vivas… y cumplían un deber sagrado de protección que trascendía el tiempo.
Con cada metro que avanzábamos, nuevos detalles surgían ante mis ojos.
Águilas surcaban los cielos con sus jinetes vigilantes, escoltando discretamente nuestro carruaje.
Magos, con túnicas ceremoniales, formaban filas solemnes mientras uno a uno atravesaban las puertas de la ciudad.
Cuando finalmente cruzamos el umbral de la enorme entrada —flanqueada a cada lado por cascadas de lava— fuimos recibidos por una ovación ensordecedora.
Los aplausos de los ciudadanos se entrelazaban con el eco vibrante de las trompetas que anunciaban nuestra llegada.
Las miradas de la multitud se posaron sobre mis padres con una intensidad difícil de describir.
Los jóvenes los contemplaban con admiración ardiente; los adultos, con una esperanza silenciosa; y los ancianos, con un respeto que solo los años y la memoria saben forjar.
No sé mucho sobre la historia de mi linaje ni sobre las viejas cicatrices del reino.
He estado tan perdido en mis pensamientos que a veces olvido que he vuelto a vivir.
Y no es del todo malo.
Aprender a cargar con mi pasado me ha dado una resistencia distinta.
Pero quizá… solo quizá, sería más sabio concentrarme, aunque sea un poco más, en la vida que tengo ahora.
No la pedí, pero tampoco pienso desperdiciarla.
Cuando el carruaje se detuvo, descendimos.
Mi madre tomó mi mano con la delicadeza que solo ella sabía tener y me regaló una sonrisa cálida, maternal.
—Sonríe, Kal.
La gente cuenta con nosotros —me susurró al oído al bajar conmigo del carruaje.
Asentí en silencio.
Me sentía como si caminara por una pasarela: la multitud formaba dos columnas a los lados, aplaudiendo y coreando una frase que, aunque desconocida para mí, resonaba con fuerza en el ambiente: Vivi sao Lanpar ehore to mundo und hilai gea.
No comprendía aún las costumbres de este lugar, así que no le di mayor importancia.
Al cruzar las puertas del palacio, donde aguardaban los demás jefes de clanes, un trueno desgarró el cielo.
Por un instante juré que un rayo caería sobre mí.
Los relámpagos danzaban entre las nubes hasta que, de pronto, una luz cegadora y ensordecedora descendió del firmamento.
Impactó justo al lado de mi padre, quien ni siquiera se inmutó.
—Striker Boro —pronunció mi padre con firmeza, dirigiéndose al imponente hombre que se erguía junto a él—.
Qué bueno que nos acompañe en esta ceremonia tan importante.
—El honor es mío, su majestad —respondió el hombre, arrodillándose con respeto antes de reincorporarse—.
Será mejor que entremos.
No hay tiempo que perder.
Sin más palabras, mi padre encabezó la marcha y cruzamos las enormes puertas de mármol que custodiaban la entrada.
Al internarnos en el palacio, nos recibieron ocho rostros, cada uno cargado de emociones distintas ante nuestra llegada.
No era una simple reunión… y todos lo sabíamos.
—Nova, es hora —ordenó mi padre con autoridad—.
Lleva a Kael con los demás herederos de los clanes.
Las órdenes de mi padre eran claras.
Lo que no entendí fue por qué se acercó a Nova, susurrándole algo al oído en un tono que no alcancé a comprender.
—Como usted ordene, su majestad —respondió Nova, dedicándome una mirada que no necesitaba palabras para ser entendida.
Le obedecí y me fui alejando poco a poco de mis padres, aunque un presentimiento oscuro me oprimía el pecho.
No sabía qué se avecinaba, pero no presagiaba nada bueno.
Antes de desaparecer por completo entre la multitud, mis ojos se cruzaron con los de un anciano que me observaba fijamente.
Su mirada no destilaba odio ni malicia, sino un amor profundo e indescriptible.
¿Quién sería ese hombre?
¿Y por qué no puedo ver su aura?
POV de Xavier Lanpar Al ver que mi hijo se alejaba, avancé hacia lo que me aguardaba al frente.
Sabía que esto era malo.
Llevaba tiempo sospechando que este día llegaría… pero nunca imaginé que lo haría tan pronto.
Con un par de gestos sutiles de mis manos, envié señales a Alfin y Mayrei, quienes aguardaban ocultos en los techos, listos para seguir y proteger a Kael.
Demasiados jefes de clan presentes hoy ocultan sus propias agendas con respecto a los Lanpar.
Y, siendo sincero, son pocos los que merecen confianza.
Pero, como siempre, no puedo hacer otra cosa.
Por el bien del reino nos toca jugar a la oveja rodeada de un montón de lobos sedientos de poder.
—Vaya… pero qué sorpresa.
¿Cómo estás, Xavier?
—escuché la voz de mi suegro—.
Me alegra que te hayas dignado a traer a mi nieto.
Veo que ha crecido mucho desde la última vez que lo vi.
—Luis, también me alegra verte —respondí, estrechando su mano con firmeza—.
Hemos estado un poco ocupados con las cosas del reino.
—Me da mucho gusto que estén bien —dijo, empezando a caminar junto a mí—.
Estos tiempos no son nada fáciles.
Dejé escapar una sonrisa antes de dedicarme a los saludos formales y las charlas habituales entre los presentes en la sala.
No perdimos más tiempo.
Mi esposa, tras despedirse de su padre, se retiró.
Aquí, cada uno de nosotros tenía un papel que cumplir.
—Qué bueno que hayas cuidado bien a mi hija —dijo Luis con un suspiro pesado—.
Yendo a lo importante… ¿qué tan grave es?
—Será mejor discutirlo en la sala del palacio —respondí, perdiendo un poco de fuerza en la voz—.
Esto solo tensará aún más las frágiles relaciones que tenemos con estos clanes.
—Ya veo… entonces sí es un problema del que debemos preocuparnos —exclamó, aún siguiéndome por los enormes pasillos del palacio.
Al llegar a la sala del consejo, las mismas caras endurecidas de siempre nos recibieron.
Los viejos señores, que a pesar de tener una edad cercana a la mía, mostraban en sus rostros las huellas de siglos de intrigas y peso histórico.
—Con que solo nos convocas para darnos malas noticias, Rey Lanpar —espetó con veneno el líder del clan Trident—.
Seguramente has venido a admitir que no puedes sostener el peso de gobernar el reino humano.
—Si me permites —dije, conteniendo la chispa de mi paciencia—, este no es el momento para uno de tus chistes.
Él no me contestó.
Solo desvió la mirada mientras yo tomaba posesión de mi puesto en medio de la inmensa mesa, donde me esperaba la corona que reposaba sobre ella.
—Primero quiero que todos se calmen y miren las cosas con la claridad que la situación demanda —dije con autoridad, alzando mi voz.
—Ya suéltalo, Xavier —intervino Rengar Orouh con impaciencia—.
¿Qué puede ser tan grave?
Antes de pronunciar las palabras que sentenciarían el ambiente y dejaran caer sobre mis hombros el peso de todos los que confiaban en mí, le di una señal a Boro.
Con un simple chasquido de sus dedos, un campo eléctrico invisible envolvió toda la sala mientras él se posicionaba detrás de mi asiento, imponente y sin mostrar ninguna expresión.
Nunca me gustó ser el portador de malas noticias… pero jamás escapé de mi deber.
Esto se suponía que era un secreto guardado en una profecía improbable, algo que jamás ocurriría.
Pero al parecer tenía más verdad que mentira.
Las cortinas que protegían el continente de Mayora de amenazas externas estaban empezando a caer… junto con mi confianza en que todo saldría bien.
—Como sabrán, estos últimos años nos han regalado paz, tranquilidad… y esperanza —hice una pausa, buscando las palabras que pudieran atravesar la arrogancia de quienes me escuchaban.
Mis manos temblaban.
Mi voz flaqueaba.
Tenía miedo… un miedo real.
No era capaz de decirles que esto no terminaría bien.
Y a través de aquella visión del futuro, vi cómo todo ardía en fuego.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
Todos se miraban entre sí, esperando mis palabras, incapaces de entender por qué callaba.
—¡Jajajajaja!
¿De qué demonios hablas, Lanpar?
¿Por qué no sueltas la lengua?
—se burló con desdén el líder de los Trident—.
¿Desde cuándo te has vuelto tan indeciso con tus palabras?
Su voz fue la chispa que encendió la pólvora.
La sala estalló en gritos y maldiciones.
Voces cruzadas, acusaciones, negaciones… Pocos eran los que, en silencio, ya comenzaban a vislumbrar la realidad de la amenaza que se cernía sobre nosotros.
Pero incluso ellos no estaban dispuestos a aceptarlo tan fácilmente.
Creí que esta era la era de una nueva paz… pero no era más que el comienzo de las últimas páginas de nuestra historia.
—¡Silencio todos!
—grité, dejando caer toda la autoridad que pesaba sobre mi nombre.
—Xavier, ¿qué es lo que nos ocultas?
—preguntó Marquians Midorian—.
¿Qué tipo de cosa es capaz de…?
No pudo terminar su pregunta.
Los pasos apresurados de varios hombres resonaron con urgencia en los pasillos.
Un soldado irrumpió, abriendo la puerta de golpe.
Junto a un compañero, cargaban entre sus brazos a un moribundo mago, que apenas podía hablar.
—Mi rey… en las montañas de Forjador vimos demonios —la voz del herido se quebró, confirmando lo que más temía—.
Mataron a todo nuestro escuadrón, su majestad… eran… —no terminó la frase.
Cayó en llanto mientras sus compañeros lo sostenían.
Los rostros de los presentes se torcieron en confusión.
Aquellos seres que llamaban demonios no eran más que otro misterio que había intentado ocultar… pero ya no podía sostener la mentira.
—Es parte de uno de nuestros soldados de exploración —exclamó Marquians—.
En tierras lejanas seguro que lo atacaron… pero es raro que hayan sido los enanos.
—No fueron los hombres de Máximo —respondí, siendo escuchado por todos—.
Nadie de este continente los atacó.
Al terminar de hablar, vi cómo en mi mano se formaba una espada de cristal oscuro, forjada con las partículas del aire que me rodeaba.
Agarré con firmeza el mango de la espada, virando la hoja para ver mi propio reflejo: un rostro marcado por el miedo que no podía mostrar ante los demás.
Blandí la espada, cortando el aire a mi alrededor, y susurré unas palabras que nunca creí pronunciar.
Nadie más pudo escucharlas… solo yo.
Ha llegado la hora de ver si los dioses sangran.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor: (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Importante: El volumen 2 inciara el 06/09/2025 pronto Kael volvera a abrir sus ojos, depues de un largo sueño.
¡Muchas gracias por leer este capítulo!
Sus opiniones y reacciones significan mucho para mí, ya que me ayudan a crecer y me motivan a continuar con la aventura de Kael.
Si les ha gustado (o incluso si tienen preguntas o teorías), no duden en dejar un comentario o una reseña.
¡Me encantaría saber qué piensan!
Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com