El Último Portador - Capítulo 11
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11: No estamos solos 11: No estamos solos Las sirenas no dejaron de sonar en ningún momento.
Ambulancias, patrullas, camiones de bomberos… el pequeño pueblo de Yellowknife se había convertido en una zona de guerra.
Todos corrían sin entender qué había ocurrido: algunos gritaban que había sido un ataque terrorista, otros juraban haber visto monstruos, criaturas imposibles saliendo del aire.
Videos borrosos mostraban rayos de hielo, explosiones de fuego, tentáculos destrozando edificios.
Por primera vez en milenios, el velo había fallado… y la humanidad lo estaba viendo todo.
—Esto se salió de control —murmuró Sophia, observando desde la ventana del departamento de Eleonor.
En menos de dos horas, drones surcaban el cielo.
Un helicóptero militar pasó a baja altura.
Eleonor, con la serenidad que la caracteriza, dijo con voz serena: —No es para menos, borramos este pueblo del mapa.
Yo seguía sentado en el borde de la cama, con el brazalete en la muñeca.
Sentía el pulso estabilizado… distinto.
Ya no era un torrente descontrolado.
Ahora respondía.
Lentamente.
Cerré los ojos y respiré.
El poder no se descontroló.
Fluyó.
—Eleonor… —dije con voz baja—.
Lo puedo notar, parece que ya no te duele.
Ella me miró con atención.
Y me preguntó: —¿Cuánto es el porcentaje de poder que crees dominar?
—Tal vez… cuarenta por ciento —le respondí.
Sophia silbó suavemente.
—Eso es más de lo que creía.
—O más peligroso —respondió Eleonor.
De pronto, las alarmas mágicas vibraron.
—No estamos solos —dijo Eleonor al instante—.
—Y no son Claimoor.
Sophia ya tenía un arma en la mano: un dispositivo compacto que emitía pulsos de luz azules.
—Rastreadores —dijo—.
De pronto, un impacto destrozó una pared lateral.
Tres figuras entraron deslizándose entre sombras.
Llevaban trajes negros, y en sus pechos la figura de un águila.
—El portador —dijo uno de ellos—.
Tú vienes con nosotros.
De un salto me puse de pie.
Mi corazón latía rápido… pero no por miedo.
—¡No iré a ningún lado!
—grité con todas mis fuerzas.
Los tres atacaron al mismo tiempo.
Eleonor fue la primera en moverse.
Activó su lanza y su escudo, atravesando al más cercano antes de que pudiera atacarla.
Sophia rodó por el suelo y disparó una bala: era una bala mágica que le atravesó el pecho al segundo atacante.
El tercero se lanzó directo hacia mi.
Por instinto.
Sin pensarlo.
Levanté la mano.
Y una espada de hielo se formó en su mano.
Bloqueé el primer ataque.
El impacto sacudió el departamento entero.
—¿Qué…?
¿Pero qué es esto?
De pronto, una onda estalló, lanzando al enemigo contra la pared, congelándolo.
Respiré agitado.
Mis piernas temblaron… pero no colapsé.
Eleonor me miró, sorprendida.
—Bien —me dijo—.
Mantente calmado.
Pero aún no se había terminado.
Cinco más entraron rompiendo las puertas de vidrio del balcón.
—Orden directa —dijo uno—.
—El portador no debe morir… hay que llevarlo con vida.
El caos aumentaba.
Explosiones y gritos.
Sophia activó un sello en el aire.
—Tenemos cuatro minutos.
—Entonces acabemos rápido —respondió Eleonor.
Yo ya no me limité a huir.
Puedo usar el poder parcialmente.
Cada movimiento era más preciso.
Congelé a uno y lo pulvericé de un golpe.
Sangre me corría por la nariz.
Sophia cayó de rodillas tras recibir un golpe en la cabeza.
Eleonor gritó: —¡Noah!
¿Te encuentras bien?
Asentí con la cabeza.
El brazalete me ardía.
Cuarenta por ciento.
Creo que ya domino el cuarenta por ciento del poder.
Junté ambas manos y grité: —¡Protección total!
Y una figura colosal se manifestó, barriendo a los últimos con un rugido que hizo temblar el departamento.
De pronto, sirenas a lo lejos comenzaron a escucharse.
Caí de rodillas.
Eleonor llegó de inmediato.
—Te pasaste… —dijo, sosteniéndome.
—No… —respondí, respiraba con dificultad—.
—Esta vez… fue suficiente.
Sophia se levantó, limpiándose la sangre del labio.
—Tenemos que irnos, esto va a volar pronto en mil pedazos.
Eleonor miró por la ventana.
Policías apuntaban al departamento.
Eleonor apretó el puño.
—Y dijo—: Seguirán viniendo por ti.
El brazalete brilló suavemente.
Yo cerré los ojos.
Por primera vez… no quise huir.
Una camioneta negra apareció y comenzó a sonar la bocina.
—Vámonos —dijo Sophia—, esta va a explotar.
Saltamos desde lo que quedaba del balcón.
Los policías nos gritaban que nos detuviéramos.
De repente, una luz azul brilló en el departamento, seguida de una gran explosión.
Escombros volaban por el aire.
Aprovechando la confusión, nos subimos a la camioneta y nos marchamos tan rápido como la camioneta podía correr.
Seis horas después, los videos estaban en todos lados.
Transmisiones en vivo, grabaciones militares filtradas.
Las palabras criaturas, magia, entidades no humanas dejaron de ser cuentos.
En Nueva York, en secreto, el Consejo de Seguridad de la ONU fue convocado de emergencia.
—Esto no es un evento aislado —dijo una mujer con uniforme oscuro, proyectando imágenes en una pantalla—.
—Tenemos registros similares de lo que sucedió en Canadá, en Irlanda, Rusia, Francia, China, Japón y Brasil.
—Lo que sea que ocurrió… no fue casualidad.
—¿Estamos hablando de una invasión?
—preguntó un diplomático europeo.
—No lo sabemos todavía —respondió ella—.
En paralelo, fuerzas especiales de múltiples países recibieron una misma orden no escrita: contención, captura, silencio.
Muy lejos de allí, en una sala subterránea, un hombre observaba el caos mundial con una sonrisa tranquila.
Su nombre era Valerius.
Era alto, de cabello plateado, ojos cafés.
Un sirviente se arrodilló.
—El intento de captura falló, señor.
El portador mostró control parcial de la reliquia.
—Qué interesante —dijo—.
—¿Cuánto?
—Aproximadamente… cuarenta por ciento.
—Entonces mi señor, tiene razón.
—Ese niño no es solo un recipiente.
—Es el heredero.
Se acercó a una mesa donde reposaba un mapa antiguo del mundo, cubierto de marcas rojas.
—Prepárense —ordenó—.
—Si el mundo lo ha visto… ya no necesitamos escondernos.
—Que las familias despierten.
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