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El Último Portador - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Ecos de la tormenta
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13: Ecos de la tormenta 13: Ecos de la tormenta Ya habían pasado casi doce horas desde que esta locura comenzó.

Llegamos al hangar oculto.

Desde fuera no parecía nada especial: concreto agrietado, un par de luces amarillas parpadeando y el silencio pesado de un lugar que no figuraba en ningún mapa.

Nos detuvimos y, apresurados, nos bajamos del auto que nos llevó a ese lugar.

—¿Todo está listo?

—preguntó Sophie.

De pronto, un rugido rompió el silencio.

Un avión privado nos esperaba con la escotilla abierta.

Era elegante, negro mate, sin insignias visibles.

Demasiado grande para un simple traslado y demasiado discreto para pertenecer a alguien común.

Técnicos con auriculares se movían con rapidez, revisando sistemas, cargando cajas metálicas selladas con símbolos que no reconocí, pero que me hicieron sentir un cosquilleo incómodo en la nuca.

—Tenemos quince minutos —dijo Sophie, mirando su reloj—.

Después de eso, este lugar deja de existir.

—¿Cómo que deja de existir?

—pregunté.

Eleonor no se detuvo al caminar.

—Explosivos programados.

Limpieza total.

No podemos dejar rastros.

Subí la escalerilla del avión con una mezcla de adrenalina y miedo que ya comenzaba a sentirse familiar.

Dentro, el ambiente era tenso.

Asientos de cuero, luces tenues y una mesa central donde ya había mapas extendidos, tablets encendidas y documentos clasificados.

Sophie se fue directo a la cabina del piloto.

—Nuestro primer destino es un punto en Alaska.

Reabastecimiento rápido y cambio de ruta si es necesario.

—¿Y después?

—pregunté.

Eleonor tomó asiento a mi lado.

—Después cruzaremos.

Rusia será nuestro destino.

El avión comenzó a moverse.

Sentí la vibración bajo mis pies, el aumento progresivo del ruido y luego esa sensación extraña en el estómago cuando las ruedas dejaron el suelo.

Miré por la ventanilla mientras el hangar se hacía cada vez más pequeño, hasta desaparecer.

Mientras tanto, en Nueva York.

Sede de las Naciones Unidas.

La reunión continuaba, revelando nuevos datos que parecían mentiras, pero el ambiente era denso, cargado de tensión.

Diplomáticos, militares, científicos y asesores hablaban todos a la vez, mientras en las pantallas gigantes se mostraban imágenes de destrucción: edificios colapsados, civiles siendo evacuados, equipos de rescate trabajando sin descanso.

El secretario general golpeó la mesa.

—Señoras y señores —dijo—, los atentados de las últimas doce horas han superado cualquier escenario de riesgo previsto.

Ataques coordinados en más de cinco países.

Infraestructura crítica dañada.

Miles de víctimas.

La representante de Francia intervino de inmediato.

—Esto no es terrorismo convencional.

Los informes hablan de anomalías energéticas, de armamento que no podemos identificar.

—Con todo respeto —respondió un general estadounidense— ¿qué está tratando de insinuar?

¿Que es un ataque extraterrestre?

Lo dijo con una seriedad inquietante.

En ese momento, el delegado de Japón se paró.

—Nosotros perdimos dos ciudades costeras.

El mar literalmente se retiró antes del ataque.

No tenemos explicación científica.

Un murmullo recorrió la sala.

—Lo que necesitamos —dijo otro diplomático— es admitir que no estamos preparados.

No sabemos contra qué estamos luchando.

El secretario general respiró hondo.

—Hay informes no confirmados —continuó— sobre grupos antiguos, organizaciones fuera del conocimiento público, artefactos que no responden a las leyes de la física.

Si esto es cierto, estamos ante algo que trasciende la política y la guerra convencional.

—¿Está sugiriendo…?

—preguntó alguien.

—Estoy diciendo que el mundo que creíamos conocer no es como creíamos.

Nadie respondió.

Las pantallas mostraron un nuevo mapa: puntos rojos encendiéndose.

Mientras tanto, en Tokio, Japón.

Bajo la ciudad, en una instalación subterránea que oficialmente no existía, el primer ministro, junto a su gabinete y un grupo reducido, observaba datos que se actualizaban en tiempo real.

Pantallas llenas de símbolos, lecturas de energía y grabaciones distorsionadas.

—Las pérdidas en la base de Hokkaido son muy graves —dijo un hombre de traje oscuro—.

Perdimos a la mitad del Escuadrón Kuro.

—No estaban preparados —respondió una mujer joven, con uniforme táctico—.

Lo que enfrentaron no era humano.

—Nada de eso debería existir —replicó otro—.

Y sin embargo, ahí estaba.

Una grabación se reprodujo en silencio: sombras moviéndose a velocidades imposibles, un destello de luz azul y luego estática.

—Nuestros ancestros hablaban de esto —dijo la mujer finalmente—.

De guardianes, de sellos, de equilibrios.

—Puros mitos —dijo el ministro de Defensa— No tomamos decisiones basadas en mitos.

—Tal vez ese fue nuestro error —respondió ella—Ignorarlos.

Un silencio incómodo se instaló en la sala.

—Tenemos confirmación —añadió otro analista—.

Reportan que en Irlanda, Canadá, Francia, Rusia y Brasil está pasando lo mismo.

Brasil.

Selva amazónica.

El aire era pesado, húmedo, cargado del sonido constante de la vida salvaje.

En una base en medio del Amazonas, soldados y científicos observaban un cráter humeante que no figuraba en ningún satélite dos días atrás.

—Perdimos contacto con tres equipos —informó un militar—.

Es como si algo la hubiera despertado.

—Eso no tiene sentido.

—Nada de esto lo tiene.

Una mujer mayor observaba en silencio desde el borde del campamento.

No vestía uniforme ni portaba armas, pero nadie se atrevía a ignorarla.

—Por más de un siglo se los han dicho, pero nadie quiso hacer caso.

—¿De qué está hablando?

—preguntó un oficial.

—De lo que ustedes llaman leyendas.

De lo que duerme bajo la tierra y el agua.

De los pactos que fueron olvidados.

El oficial apretó los dientes.

—Con todo respeto, necesitamos soluciones reales.

Ella lo miró sin parpadear.

—Entonces empiecen por aceptar la realidad.

De vuelta en el avión  el ambiente era tenso.

Eleonor revisaba informes que llegaban en tiempo real.

Sophie hablaba en voz baja con alguien a través de un canal cifrado.

—Las cosas están peor de lo que pensábamos —dijo Eleonor finalmente—.

No solo nos buscan a nosotros.

Están atacando puntos clave.

—¿Quiénes?

—pregunté.

—Varias facciones —respondió Sophie—.

Algunas que creíamos extintas.

Otras… nuevas.

—¿Y la ONU?

—preguntó Eleonor—.

¿Qué planean hacer los gobiernos?

—Están hechos un caos —respondió Sophie.

Miré el mapa extendido sobre la mesa.

Líneas rojas cruzaban continentes.

Zonas marcadas como inestables.

—¿Y nosotros?

—pregunté—.

¿Qué papel jugamos en todo esto?

Eleonor me miró con seriedad.

—Tú eres una de las razones por las que esto empezó a moverse tan rápido.

Sentí un peso en el pecho.

—El segundo guardián —continuó—.

Si cae… el equilibrio se rompe por completo.

—¿Y si ya cayó?

—pregunté en voz baja.

Nadie respondió de inmediato.

Sophie cerró su comunicador.

—Acabamos de perder contacto con una célula en Europa del Este —dijo—.

No hubo supervivientes.

El avión avanzaba.

Muy lejos de ahí, en un lugar sin nombre, Valerius observaba una pantalla.

Las piezas se están moviendo solas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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