El Último Portador - Capítulo 27
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Capítulo 27: La caída de Recife
El calor húmedo de Recife siempre había sido intenso, pero aquella noche el aire se sentía distinto. Pesado. Denso. Como si la tierra misma contuviera la respiración.
Había pasado exactamente una semana desde la reunión global de las familias guardianas. Una semana desde que todos comprendieron que la guerra ya no era una posibilidad futura… sino una realidad inevitable.
La mansión de la familia brasileña —los Almeida Bastos, custodios del sector sur atlántico— se alzaba frente al océano, protegida por sellos ancestrales y tecnología mágica heredada de generaciones. Era una fortaleza disfrazada de residencia histórica.
Y aun así… esa noche iba a caer.
El primero en notarlo fue Rafael Bastos, jefe táctico de la familia.
Sintió una vibración bajo sus pies.
No era magia elemental.
Era algo más profundo.
—Algo está mal —dijo por el comunicador—. Activen protocolo rojo.
Las luces de emergencia mágicas comenzaron a encenderse.
Guardias armados con reliquias menores ocuparon posiciones. Sellos de detección se desplegaron en el perímetro.
Pero ya era tarde.
El ataque no venía desde fuera.
Venía desde abajo.
El suelo del patio central explotó en una columna de tierra y piedra. Criaturas surgieron como si la propia ciudad las escupiera.
No eran Claimoor comunes.
Eran híbridos.
Bestias moldeadas con magia oscura y esencia animal.
Un jaguar de sombras destrozó la primera línea de defensa.
Serpientes gigantes emergieron de las grietas.
Aves negras, demasiado grandes para ser naturales, bloquearon el cielo.
—¡Protejan la cámara de reliquias! —gritó Rafael.
Pero el enemigo sabía exactamente dónde ir.
Eso era lo más aterrador.
Dentro de la mansión, Helena Almeida, heredera directa de la familia, corría hacia la cámara subterránea.
Allí se guardaba la reliquia principal:
Un medallón de piedra verde, tallado hace milenios.
La reliquia resonaba directamente con el portador.
No amplificaba su poder… lo estabilizaba.
Sin ella, el equilibrio mágico global se volvía más frágil.
—No pueden llegar ahí… —murmuró Helena.
Cuando abrió la puerta acorazada, el silencio la golpeó.
Un silencio imposible en medio del caos.
Y entonces la vio.
Una mujer estaba de pie frente al pedestal.
Alta. Cabello oscuro. Ojos color ámbar.
En su brazo izquierdo brillaba una marca:
Una serpiente enroscada.
Helena entendió de inmediato.
—Tú… eres una guardiana.
La mujer sonrió apenas.
—La tercera —respondió—. O al menos… eso era antes.
La tierra tembló suavemente bajo sus pies.
—Mi nombre es Iara Nogueira.
El suelo se levantó formando raíces y roca sólida alrededor de ella, como una armadura viva.
Detrás, animales reales y criaturas mágicas aguardaban en absoluto silencio, obedientes.
Control total.
Magia de tierra…
y dominio sobre toda bestia.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Helena, conteniendo el miedo.
—Porque el equilibrio que ustedes protegen ya está roto —respondió Iara—. Y el portador necesitará algo más que guardianes obedientes.
Tomó el medallón.
La reliquia vibró violentamente.
Helena sintió la conexión incluso a kilómetros del portador.
Como si alguien hubiese cortado un nervio del mundo.
—Eso lo desestabilizará —dijo Helena—. Podrías matarlo.
Iara la miró con una expresión que no era crueldad… sino convicción.
—O hacerlo despertar.
Arriba, la batalla se volvía una masacre.
Más de la mitad de los hombres de la familia habían caído.
Guardias experimentados eran superados por criaturas imposibles.
Rafael luchaba cubierto de sangre, usando la última reliquia defensiva.
—¡Retirada estratégica! ¡Protejan a los civiles!
Pero sabía la verdad:
No estaban resistiendo.
Estaban sobreviviendo.
En la cámara, Helena intentó atacar.
Invocó una lanza de energía.
La tierra simplemente la absorbió.
Iara suspiró.
—No vine a exterminarlos. Solo necesitaba la reliquia.
Las paredes se abrieron como arena húmeda.
Animales comenzaron a retirarse.
Las criaturas también.
El ataque cesó tan rápido como comenzó.
Pero el daño ya estaba hecho.
Cuando Helena salió al patio, el amanecer comenzaba.
La mansión estaba en ruinas.
El olor a tierra mojada y sangre llenaba el aire.
Decenas de cuerpos cubrían el suelo.
Rafael, herido, se acercó.
—Se la llevaron… ¿verdad?
Helena asintió.
—La guardiana de la serpiente.
El silencio entre ambos fue pesado.
—Entonces esto ya no es solo una guerra contra los Kartnod —dijo Rafael—.
—No —respondió Helena mirando el horizonte—.
Ahora también estamos divididos entre nosotros.
Y muy lejos de allí…
El medallón robado comenzó a brillar.
Como si respondiera a la presencia del portador.
O como si lo estuviera llamando.
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