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El Último Portador - Capítulo 37

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Capítulo 37: La reliquia robada

Recife — Mansión de los Cavalcanti

Helena Almeida todavía no se recuperaba de lo que habían vivido. En su mente sentía como si aún tuviera las manos apoyadas sobre la piedra caliente, la respiración entrecortada y el polvo adherido a su rostro. A su alrededor, los cuerpos de sus guardias permanecían inmóviles.

El olor a tierra y sangre impregnaba el aire húmedo de la costa brasileña. A lo lejos, el mar seguía agitado.

Las noticias de la batalla en el Pacífico habían llegado horas antes. La flota china había logrado contener el avance de la armada Kartnod, pero el costo había sido alto.

Y ahora esto.

La mujer de ojos ámbar se había ido, pero su presencia aún podía sentirse como una vibración profunda bajo la piel. Como una advertencia.

Helena apretó los puños. Sus piernas temblaban.

Rafael apareció entre las columnas derrumbadas del ala este. Su segundo al mando caminaba con dificultad por una herida que había recibido.

—Señorita Helena —dijo con voz ronca—. Lo siento… no pudimos detenerla.

Helena negó lentamente.

—Nadie podía. Según los registros, ella ha sido la segunda guardiana más fuerte de la historia.

El silencio entre ambos fue interrumpido por el sonido de una alerta proveniente del comunicador de Rafael. Él miró el dispositivo y su expresión cambió bruscamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Helena antes de que Rafael pudiera hablar.

Él la miró con una expresión que no necesitaba palabras.

—La división de inteligencia de Atlas acaba de confirmar —respondió—. La reliquia… ya no está en Brasil.

Helena cerró los ojos por un instante y habló con voz preocupada.

—¿Hacia dónde se dirige?

Rafael miró de nuevo su dispositivo antes de responder.

—Según el reporte de los rastros de magia, la señal se desplaza hacia el Atlántico norte. Los analistas creen que… que va hacia Francia.

—Francia —repitió Helena en voz baja.

No puede ser. Los registros históricos de hace cinco mil años… La mansión de los Orleans queda en Marsella. Y si hacemos algunos cálculos, el sello principal está en Irlanda.

—¿Será que quieren usarla para terminar de romper por completo el sello principal? —dijo Rafael.

Helena negó con la cabeza.

—No creo que sea eso.

Miró el horizonte donde el sol comenzaba a teñir de naranja las aguas del Atlántico.

—Lo que creo es que quieren liberar por completo al portador.

En algún punto sobre el Atlántico

Un avión privado surcaba el cielo a velocidad constante, invisible para los radares convencionales gracias a los sellos de ocultamiento activados en su fuselaje.

En la cabina principal, iluminada por una luz tenue y cálida, Iara Nogueira permanecía sentada con las piernas cruzadas sobre un sillón de cuero negro.

Frente a ella, sobre una mesa metálica, descansaba una caja negra. Dentro se encontraba el medallón de piedra verde.

La reliquia robada.

Pequeños destellos luminosos surgían del interior, como si el objeto estuviera vivo y supiera que había sido movido de su lugar de descanso.

Iara lo observaba en silencio. Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros. En su brazo izquierdo, la marca de la serpiente enroscada brillaba con una intensidad tenue pero constante, respondiendo a la cercanía del medallón.

La puerta de la cabina se abrió.

Un hombre alto, de cabello entrecano y rostro marcado por años de combate, entró sin pedir permiso. Vestía un uniforme oscuro con una insignia muy peculiar: un águila. Su porte delataba décadas de entrenamiento militar.

—¿Todo está bien? —preguntó.

Iara no apartó la mirada de la reliquia.

—Todo según lo planeado.

El hombre se acercó hasta quedar frente a ella, observando la caja con una mezcla de fascinación y respeto.

—Nunca había sentido un poder tan grande —murmuró—. La energía que desprende… es abrumadora.

Iara lo miró y mostró una leve sonrisa.

—Eso es porque tú no eres un usuario de magia. Para mí es como el latido de un corazón.

El hombre la observó con atención.

—¿Y eso no te preocupa?

—¿El qué?

—Que responda a ti de esa forma.

Iara guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Responde a todos los que tenemos una marca. Es su naturaleza. Es… una conexión.

Extendió la mano y rozó la superficie con la yema de los dedos.

De pronto, toda la caja comenzó a vibrar y una luz verde emergió desde su interior.

—Esta reliquia fue creada para hacer dos cosas. La primera: sellar un enorme poder —continuó—. Y a su vez es la llave que puede dejar salir un demonio.

—¿Quieres decir que, sin ella, el portador puede perder la razón?

Iara asintió.

—Exactamente. Sin ella, el portador no puede controlar lo que lleva dentro. La marca lo consumirá desde adentro. Pero no morirá. Sufrirá. Perderá el control. Y cuando eso ocurra…

Hizo una pausa.

—Cuando eso ocurra, será un peligro para todos. Incluyéndose a sí mismo.

El hombre frunció el ceño.

—¿Eso es lo que buscan? ¿Que el portador se convierta en una amenaza?

Iara lo miró directamente a los ojos.

—Lo que busca el señor Valerius es que despierte.

El silencio se instaló entre ambos. El hombre dio un paso atrás, procesando la información.

—No entiendo —admitió—. ¡Si despierta sin control… el mundo estará en riesgo!

—Despertar no significa perder el control —lo interrumpió Iara—. Significa enfrentarse a lo que eres. La marca no es una maldición. Es una herencia. Pero durante generaciones, las familias la han tratado como una carga que debe ser contenida.

Se levantó lentamente. El medallón siguió brillando sobre la mesa.

—El niño que lleva la marca ahora —prosiguió—, Noah… ha sido protegido. Se le ha escondido la verdad, apartado de todo lo que debería saber. Creen que lo mantienen a salvo, pero lo único que hacen es retrasar lo inevitable.

—¿Y tú crees que revelarle la verdad es buena idea?

Iara sonrió de nuevo, pero esta vez había algo diferente en su expresión. Algo que el hombre no supo interpretar.

—A veces —dijo—, para que alguien despierte, primero hay que quitarle todo aquello que lo mantiene dormido.

El avión continuó su rumbo hacia el norte. La noche cerrada envolvía el Atlántico.

Y en algún lugar del norte de Rusia, a miles de kilómetros de distancia, la marca en la espalda de Noah brilló débilmente durante unos segundos mientras la unidad médica lo trasladaba hacia Francia.

Como si supiera que algo había cambiado.

Como si sintiera que algo importante estaba por ocurrir.

Mansión Ó Broin — Irlanda

Seis días después del ataque a la mansión Cavalcanti

La comunicación llegó cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los acantilados de Slieve League.

Maeve estaba en la sala de mando de la nave principal cuando un mensaje apareció en la pantalla del comunicador. A su lado, Daniel y Orla revisaban los últimos informes sobre la movilización de la flota familiar.

—¿Qué es eso? —preguntó Daniel, señalando la pantalla que parpadeaba sin cesar.

Maeve no respondió de inmediato. Observó la información que se desplegaba frente a ella: códigos de confirmación, mensaje de Atlas y una única línea de texto que lo resumía todo.

Reliquia robada en Brasil. Rastros dirigiéndose hacia el Atlántico norte. Posible destino: Francia.

—Madre del cielo —murmuró Maeve.

Orla apareció en la puerta segundos después, con el rostro pálido.

—Mamá… ¿es cierto?

Maeve asintió sin apartar la vista de las pantallas.

—Acaban de confirmarlo.

Daniel tomó una tablet que estaba sobre la mesa.

—¿Qué significa esto exactamente?

Maeve respiró hondo antes de responder.

—Significa que saben que Noah va camino hacia Francia.

Se giró hacia sus hijos.

—Esa reliquia estabiliza al portador. Sin ella… Noah está en peligro.

—¿Podemos recuperarla? —preguntó Orla.

—No lo sé. Pero tenemos que intentarlo.

Activó el comunicador de emergencia.

—Comuníquenme con mi madre.

Minutos después, la imagen de Ciara apareció en la pantalla principal. Su expresión era grave.

—Ya lo sé —dijo antes de que Maeve pudiera hablar—. Acabo de recibir el informe completo.

—¿Qué hacemos, madre?

Ciara guardó silencio unos segundos.

—Por ahora, nada.

—¿Nada? —intervino Daniel, sin poder ocultar su enojo—. ¡Acaban de confirmar que se dirigen hacia donde va Noah y no vamos a hacer nada!

—Si enviamos fuerzas a buscarlos sin saber exactamente dónde están, perderemos más gente y seguiremos sin recuperarla —respondió Ciara con firmeza—. Los informes indican que vienen hacia nosotros.

Maeve comprendió antes que sus hijos.

—Esperaremos.

—Exacto —confirmó Ciara—. Avísenles a los Orleans que refuercen las defensas. Activaremos todos los protocolos y esperaremos. Cuando lleguen, estaremos listos.

La comunicación se cortó.

El silencio en la sala fue absoluto.

Daniel apretó los puños con fuerza. Orla lo observó en silencio.

Y Maeve, con la mirada fija en el horizonte oscuro del Atlántico, supo que la tormenta se acercaba.

Y que esta vez, no habría forma de evitarla.

Y en algún lugar entre Rusia y Polonia, la unidad Eco-55 continuó su viaje transportando a Noah, Eleonor y Sophie hacia Francia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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