El Último Portador - Capítulo 38
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Capítulo 38: El precio de la memoria
HOKKAIDO, JAPÓN — SEIS DÍAS DESPUÉS DEL ATAQUE
El silencio que cubría la mansión Minamoto era de un tipo que pocos lugares conocen. No era el silencio pacífico de la nieve cayendo sobre los pinos centenarios. Era el silencio que dejan los muertos cuando ya no queda nadie para llorarlos.
Los muros de piedra, otrora imponentes, mostraban grietas profundas por donde la energía mágica había escapado durante el combate. Partes del ala este seguían en pie, pero la torre principal había colapsado sobre sí misma. El patio central, donde Tanaka Minamoto había dado su última batalla, estaba cubierto por una capa de hielo y ceniza que el viento del norte se negaba a dispersar.
Tres helicópteros negros sobrevolaron la zona en formación cerrada. No llevaban insignias visibles, pero sus sistemas de camuflaje activos delataban tecnología muy por encima de lo convencional. Descendieron sobre la plataforma de aterrizaje dañada con la precisión de quien ha ensayado esa maniobra cientos de veces.
Las compuertas se abrieron casi al mismo tiempo.
El primero en bajar fue Haruki Minamoto.
Tenía veintisiete años, aunque su mirada reflejaba más tiempo del que cualquier reloj podría medir. Era el hijo mayor de Tanaka, y la marca que ahora llevaba en el antebrazo derecho —un dragón estilizado, apenas cicatrizado— pesaba sobre él como una condena que no había pedido.
Detrás de él descendieron doce combatientes de élite de la familia Minamoto. Sus armaduras tácticas, forjadas con aleaciones mágicas y tecnología avanzada, absorbían la luz del amanecer sin reflejarla. Cada uno portaba reliquias menores activadas, preparadas para cualquier eventualidad.
El segundo helicóptero descargó a los agentes de Atlas.
Kenji Arata fue el primero en pisar suelo japonés. A su lado, Elena Kowalska ajustaba los parámetros de su visor de detección mientras observaba los escombros con una mezcla de respeto y aprensión.
Detrás de ellos descendieron veinte operativos más. No eran usuarios de magia, pero cada uno portaba armamento mágico de última generación, diseñado específicamente para enfrentar amenazas dimensionales.
El tercer helicóptero permaneció en el aire, proporcionando cobertura y vigilancia perimetral.
Haruki caminó hacia el centro del patio sin decir una palabra. Sus botas dejaban huellas profundas en la nieve mezclada con ceniza. Cuando llegó al lugar exacto donde su padre había caído, se detuvo.
No había cuerpo. Los atacantes se habían llevado todo, como si quisieran borrar hasta el recuerdo de quienes habían defendido ese lugar.
Pero Haruki no necesitaba un cuerpo para saber lo que había ocurrido allí.
La marca en su brazo comenzó a brillar débilmente.
—Lo siento, padre —murmuró en voz baja—. No pude llegar a tiempo.
Kenji se acercó con pasos medidos, deteniéndose a una distancia respetuosa.
—Señor Minamoto —dijo con voz baja—. Debemos comenzar el rastreo cuanto antes. Si queda algún rastro de los atacantes…
—No hay atacantes aquí —lo interrumpió Haruki sin apartar la vista del suelo—. Se fueron hace días. Pero dejaron algo.
Elena, que había estado analizando el perímetro con su visor, confirmó las palabras de Haruki.
—Tiene razón. Las firmas energéticas son débiles, pero hay algo… extraño. Como si hubieran sellado algo bajo los escombros.
Haruki asintió lentamente.
—El sello dimensional no fue destruido del todo. Mi padre logró activar un candado de emergencia antes de caer. Los Kartnod liberaron su armada, pero no pudieron llevarse todo.
Kenji frunció el ceño.
—¿Qué quedó sellado?
Haruki lo miró directamente.
—Lo más valioso que tenía esta mansión: los registros originales de los Seres Supremos. Las primeras negociaciones, los acuerdos, la verdad sobre la creación de los portadores.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Esa información…
—Esa información —confirmó Haruki— es la razón por la que atacaron este lugar con tanta fuerza. No solo querían liberar la armada. Querían borrar la historia.
El equipo comenzó a desplegarse.
Los operativos de la familia Minamoto establecieron un perímetro de seguridad alrededor de lo que quedaba de la torre sur. Los agentes de Atlas activaron sus dispositivos de detección, escaneando cada centímetro de los escombros en busca de rastros mágicos residuales.
Kenji trabajaba junto a dos técnicos especializados, ajustando los parámetros de un escáner dimensional portátil. Las lecturas eran erráticas, interferidas por la energía residual del combate, pero algo comenzaba a emerger de los datos.
—Aquí —dijo de pronto, señalando una zona específica del suelo—. Hay una cámara subterránea. Los sellos de protección siguen activos.
Elena se acercó para observar la proyección que el escáner generaba. Una estructura rectangular, perfectamente definida, aparecía a unos quince metros bajo la superficie.
—¿Cómo accedemos? —preguntó.
Haruki ya estaba en movimiento.
—Hay un pasaje desde el ala oeste. Si los sellos siguen activos, la entrada debería estar intacta.
El grupo avanzó entre los escombros con cautela. Los operativos de seguridad cubrían cada ángulo, anticipando posibles emboscadas. Pero no encontraron resistencia. Solo silencio y destrucción.
El pasaje de acceso estaba donde Haruki había dicho. Una puerta de piedra, cubierta de runas antiguas, permanecía cerrada. La marca en el brazo de Haruki brilló con más intensidad cuando extendió la mano para tocarla.
Las runas reaccionaron al contacto.
Un sonido grave, profundo, resonó en todo el corredor. La piedra comenzó a moverse, desplazándose hacia los lados con una lentitud que parecía deliberada, como si el propio edificio estuviera decidiendo si permitirles la entrada.
Detrás de la puerta, una escalera descendía hacia la oscuridad.
Haruki fue el primero en bajar.
La cámara subterránea era más grande de lo que ninguno había imaginado.
Sus paredes estaban cubiertas de inscripciones en lenguas que ni Kenji, con todo su conocimiento, pudo reconocer. En el centro, sobre un pedestal de piedra negra, descansaban varios rollos de un material que parecía metal, pero que era más antiguo que cualquier metal conocido.
—Los registros originales —murmuró Elena con asombro.
Kenji se acercó lentamente, como si temiera que el simple movimiento pudiera hacerlos desaparecer.
—Esto… esto es anterior a las Cinco Familias. Esto es anterior a los Seres Supremos.
Haruki negó con la cabeza.
—No. Esto fue escrito después de que los Seres Supremos se retiraran. Pero fueron los primeros portadores quienes lo escribieron. Usando su propia sangre y su propia esencia.
Elena tragó saliva.
—¿Qué dice?
Haruki no respondió de inmediato. Se acercó al pedestal y extendió la mano. La marca en su brazo brilló con una intensidad que iluminó toda la cámara.
Los rollos reaccionaron.
Uno de ellos comenzó a desplegarse lentamente, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para permitir su lectura. Las inscripciones brillaron con una luz dorada, proyectando imágenes en el aire frente a ellos.
Eran imágenes de otro tiempo.
Un hombre, alto, de rasgos que resultaban inquietantemente familiares, estaba de pie frente a una asamblea de figuras luminosas. Los Seres Supremos.
—El primer portador —dijo Haruki en voz baja.
La imagen mostró al hombre recibiendo la marca. Pero no era una ceremonia de elección.
Era algo más.
El primer portador no estaba siendo elegido.
Se estaba ofreciendo voluntariamente.
Y lo que ofrecía no era solo su vida.
Era su identidad. Su memoria. Su esencia completa.
—Para que el sello fuera eterno —tradujo Haruki mientras las imágenes continuaban—, el portador debía fragmentarse. Su cuerpo moriría, pero su esencia quedaría ligada a la marca. Y cada vez que la marca eligiera a un nuevo portador, esa esencia despertaría parcialmente.
Elena sintió que le faltaba el aire.
—Entonces Noah…
—Noah no es solo un portador —confirmó Haruki—. Es el recipiente donde la esencia del primero está despertando por completo.
Kenji dio un paso atrás.
—Eso explica lo de Brasil. Por qué robaron la reliquia. Quieren que despierte.
—¿Para qué? —preguntó Elena—. ¿Para controlarlo?
Haruki negó lentamente.
—Para liberarlo. El primer portador sabía algo que las familias han ocultado durante milenios. Algo sobre los Kartnod. Algo sobre la guerra original.
—¿Qué clase de algo? —insistió Elena.
Haruki la miró.
—La verdadera razón por la que los Seres Supremos se retiraron.
El silencio cayó sobre la cámara como un peso físico.
Nadie habló durante largos segundos.
Fue interrumpido por una alerta en el comunicador de Kenji.
—Tenemos movimiento en superficie —informó una voz desde el exterior—. No son amigos.
Haruki reaccionó al instante.
—Sellen la cámara. Protejan los registros a toda costa.
Los operativos comenzaron a moverse con la precisión de quien ha entrenado para esto toda su vida. Elena activó su arma. Kenji guardó los datos que había podido recopilar.
Pero cuando subieron a la superficie, no encontraron lo que esperaban.
No había enemigos.
Solo un mensaje.
Grabado con magia en el aire frente a ellos, flotando como un recordatorio de que alguien más había estado allí mientras ellos estaban bajo tierra.
Las palabras brillaron con una luz roja, inconfundible:
“El primer portador despertará. Y cuando lo haga, recordará la verdad que ustedes ocultaron. La pregunta no es si estamos listos. La pregunta es si ustedes lo están.”
Haruki observó el mensaje en silencio.
La marca en su brazo seguía brillando.
Y muy lejos de allí, cruzando los cielos de Europa en dirección a Francia, la unidad Eco-55 continuaba su viaje transportando a un portador que aún no sabía que estaba a punto de recordarlo todo.
MANSIÓN ORLEANS — FRANCIA — DOS DÍAS DESPUÉS
La noche caía sobre Marsella cuando la unidad Eco-55 finalmente tocó tierra en la plataforma oculta de la mansión Orleans.
Las compuertas se abrieron y el equipo médico descendió primero, preparando el traslado de Eleonor hacia las instalaciones de recuperación. Sophie bajó detrás, con el rostro marcado por el cansancio y la tensión de los últimos días.
Noah fue el último en salir.
Caminó con paso firme, sin ayuda, a pesar de que los monitores médicos habían recomendado reposo absoluto. Sus ojos recorrieron el entorno con una calma que resultaba inquietante para quienes lo conocían.
Étienne Orleans lo esperaba al pie de la plataforma. A su lado, Elena y Kenji acababan de llegar desde Japón horas antes.
—Bienvenido a Francia, joven portador —dijo Étienne con solemnidad.
Noah lo miró directamente.
—No necesito bienvenidas. Necesito respuestas.
Kenji dio un paso al frente.
—Tenemos mucho que contarle. Sobre la cámara de Japón. Sobre los registros originales. Sobre…
—Sobre el primer portador —lo interrumpió Noah con una calma que heló la sangre de todos los presentes.
El silencio fue absoluto.
Noah sostuvo la mirada de cada uno antes de hablar de nuevo.
—Ya lo sé. Vi todo en la Cámara de la Memoria. Y ahora necesito saber una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Elena con voz apenas un susurro.
Noah respiró hondo.
El viento nocturno agitó su cabello mientras pronunciaba las palabras que cambiarían el curso de todo lo que estaba por venir:
—¿Dónde está la reliquia que robaron en Brasil?
Y en algún lugar del Atlántico, el medallón de piedra verde brilló con más intensidad que nunca.
Como si hubiera escuchado la pregunta.
Como si supiera que su momento estaba cerca.
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