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El Último Portador - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - Capítulo 39: El peso del silencio
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Capítulo 39: El peso del silencio

La habitación era silenciosa y blanca.

Demasiado silenciosa para alguien que había pasado los últimos días entre explosiones, gritos y el crujir del hielo al romperse.

Noah estaba sentado al borde de una cama que no era suya, en una mansión que no conocía, en un país que apenas había visto desde el aire. La ventana frente a él mostraba los tejados de Marsella bajo una luna pálida, pero su mirada no se fijaba en nada. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, inmóviles. La marca en su espalda había dejado de doler hacía horas, pero su ausencia era casi más inquietante que el dolor mismo.

Tres días.

Eso había pasado desde que despertó en la enfermería de los Sevianko. Tres días desde que supo la verdad sobre sí mismo. Tres días desde que pronunció en voz alta algo que durante milenios había permanecido oculto incluso para los propios portadores.

No era solo Noah.

Nunca lo había sido.

Llevaba dentro de sí fragmentos de una memoria que no le pertenecía, ecos de una vida que había terminado hacía cinco mil años. Y ahora, aquella esencia antigua comenzaba a despertar. No como un invasor, no como una voz extraña en su cabeza, sino como algo más profundo: una certeza que crecía lentamente, como el hielo formándose sobre un lago en invierno.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

Sophie entró con una bandeja en las manos. Sobre ella, una taza humeante y un par de galletas que nadie iba a comer. Lo dejó todo sobre la mesa antes de sentarse en una silla frente a él.

—Llevas así horas —dijo, sin rodeos.

Noah no respondió.

—Eleonor despertó esta mañana —añadió Sophie—. Preguntó por ti.

Eso logró que Noah apartara la mirada de la ventana.

—¿Está bien?

—Viva. Y de mal humor. Lo que significa que se recuperará.

Una sonrisa mínima cruzó el rostro de Noah antes de desvanecerse.

Sophie lo observó en silencio durante unos segundos. Había algo diferente en él. No era solo la gravedad de lo que había descubierto. Era algo en la forma en que se movía, en la pausa entre sus palabras, como si calculara cada gesto con una precisión que antes no tenía.

—En la enfermería —dijo Sophie con cuidado—, antes de que subieras, Kenji me contó lo que encontraron en Japón.

Noah asintió lentamente.

—Los registros originales.

—Sí. Hablan de cosas que ni las familias conocían del todo. Kenji pasó la noche entera traduciendo parte de lo que lograron recuperar.

—¿Y?

Sophie dudó.

—Dicen que los Seres Supremos no se fueron porque quisieran. Dicen que hubo algo más. Algo que ocurrió después de sellar a los Kartnod.

Por primera vez en horas, Noah la miró directamente.

—¿Qué clase de algo?

Sophie negó con la cabeza.

—No lo sé. Los textos están incompletos. Pero hay una frase que se repite varias veces. Kenji cree que es importante.

—¿Cuál?

Sophie respiró hondo antes de responder.

—“Cuando el primero despierte, el silencio terminará.”

La frase quedó flotando entre ellos.

Noah sintió un escalofrío que no venía del exterior. La marca en su espalda respondió con un latido tenue, casi imperceptible, pero suficiente para recordarle que ya nada sería como antes.

—Quieren que despierte —dijo en voz baja—. Quienes robaron la reliquia, quienes atacaron Brasil, quienes liberaron la armada en Japón… todo está conectado. Todo apunta a lo mismo.

—¿A qué?

Noah sostuvo su mirada.

—A que recuerde.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier batalla.

Sophie apartó la vista un momento, procesando. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido parte de su dureza habitual.

—¿Y qué pasa cuando recuerdes?

Noah tardó en responder.

—No lo sé. Pero hay algo que los registros no dicen. Algo que la Cámara de la Memoria me mostró pero que no puedo explicar con claridad.

—¿Qué?

—Los Seres Supremos —dijo Noah—. En las visiones, los vi. No como figuras lejanas, no como observadores neutrales. Los vi discutiendo. Divididos. Algunos querían quedarse. Otros querían irse. Y hubo uno…

Se detuvo.

Sophie se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Uno qué?

Noah cerró los ojos un instante, como si intentara atrapar un recuerdo que se resistía a tomar forma.

—Uno que se quedó.

La revelación cayó como una piedra en agua quieta.

Sophie abrió la boca para preguntar, pero no encontró las palabras. Porque si eso era cierto, si realmente uno de los Seres Supremos permaneció en la Tierra después de la retirada… entonces todo lo que las familias creían saber era una verdad a medias.

Y las verdades a medias, pensó Noah, eran el tipo de mentiras que terminaban costando vidas.

Pasaron varios minutos en silencio.

Sophie finalmente se levantó, caminó hacia la ventana y observó la ciudad dormida más allá de los muros de la mansión.

—Mañana —dijo sin volverse—, Étienne quiere reunir a todos. Hablarán sobre los siguientes pasos. Sobre la guerra. Sobre lo que viene.

Noah asintió, aunque ella no podía verlo.

—Pero tú —continuó Sophie—, tú tienes que decidir algo antes.

—¿El qué?

Sophie se giró para mirarlo.

—Si vas a seguir luchando contra lo que llevas dentro, o si vas a aceptarlo.

Noah sostuvo su mirada.

No respondió.

Porque en el fondo ambos sabían que esa elección ya no era suya. La esencia del primer portador estaba despertando, lenta pero inexorablemente. Y cuando lo hiciera por completo, el Noah que había sido hasta ahora… ¿sobreviviría? ¿O se convertiría en alguien completamente distinto?

Afuera, el viento sopló con fuerza sobre Marsella.

Y en las profundidades de la mansión, en una cámara protegida por los sellos más antiguos de la familia Orleans, los rollos recuperados en Japón aguardaban silenciosos. Sus inscripciones brillaban débilmente, como si supieran que su momento estaba cerca.

Porque lo que contenían no era solo historia.

Era el testimonio de una verdad que durante cinco mil años había permanecido enterrada.

La verdad sobre los Seres Supremos.

Sobre el primer portador.

Sobre lo que realmente ocurrió después de la guerra.

Y sobre algo que ni siquiera las familias guardianas habían osado mencionar en todos esos siglos:

Ellos no se fueron porque quisieran.

Se fueron porque alguien los obligó.

Noah aún no lo sabía, pero esa noche, mientras observaba la luna sobre Marsella, el pasado comenzaba a moverse.

Y pronto, muy pronto, el silencio terminaría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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