El Último Portador - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Mi historia con Eleonor
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4: Mi historia con Eleonor 4: Mi historia con Eleonor Cuando tenía unos cinco años, mis padres comenzaron a llevarme a una academia especial.
No era la típica escuela a la que iban todos los niños de mi edad; en nuestra clase solo éramos diez.
Todos estábamos de alguna forma relacionados: éramos miembros de la familia ÓBroin o hijos de personas de confianza que trabajaban para nuestra familia.
En total, no había más de setenta niños.
Entre ellos estaban mi primo Daniel y mis primas Orla y Eleonor.
Daniel y Orla eran gemelos, hijos de mi tío Dmitri y mi tía Maeve.
Eleonor era la hija de mi tío Vladimir y mi tía Kate.
Un detalle curioso que en aquel entonces no comprendía era que los esposos de mis tías eran rusos, al igual que mi madre; algo más que nos unía sin que lo notáramos.
Desde los primeros días en la academia, se notaba que yo era diferente.
No por mis habilidades, sino por mi cuerpo y mi carácter.
Mientras Daniel y Orla se movían con facilidad, corrían, saltaban y aprendían con rapidez, yo apenas lograba seguirlos.
Eleonor, por su parte, era más callada y observadora, con un talento innato para la magia y con unas capacidades físicas que no eran normales para alguien de nuestra misma edad.
Siempre tuvo una mirada que demostraba seguridad y una disciplina inquebrantable.
Mis primeros días fueron un desafío.
Durante los entrenamientos físicos, siempre quedé atrás.
Mis primos y los otros niños parecían tener fuerza y reflejos sobrenaturales; en cambio, yo me tropezaba con mis propios pies.
Los entrenamientos físicos, de combate y de magia que nuestros instructores nos impartían eran una tortura.
¡Mientras los demás los superaban fácilmente!
Cuando ellos ya lograban crear pequeñas llamas y puntas de hielo, yo apenas podía levantar un poco de aire caliente o un hilo de escarcha.
A pesar de todo, ellos no me dejaron solo.
Daniel, con su carácter protector, me empujaba a intentarlo una y otra vez.
Aunque Orla se reía de mis torpezas, siempre fue sin crueldad.
Eleonor, en cambio, me observaba con una mezcla de desesperación y, a la vez, preocupación.
Cada vez que intentaba imitar sus ejercicios, ella los hacía mejor y más rápido.
Para cuando cumplimos los ocho años, ya podía percibir que Eleonor tenía un temperamento fuerte y un control natural sobre su magia, algo que yo apenas podía soñar.
Con el tiempo, los juegos de nuestra infancia se volvieron ejercicios; eran competencias de habilidad, inteligencia y creatividad.
Pasábamos horas en la academia practicando hechizos, corriendo y entrenando todo tipo de artes de combate.
Cada logro que obtenía se sentía pequeño comparado con la facilidad con la que mis primos destacaban.
Entre los cuatro, Eleonor siempre se mostraba como la líder.
No necesitaba gritar para que todos la siguieran.
Tenía un aire de autoridad natural y, aunque yo intentaba seguirle el ritmo, casi siempre me encontraba detrás; ella sobresalía entre todos.
Ya en esos momentos se estaba formando una brecha que muy pronto nos separaría.
Sin embargo, durante esos años aprendí algo muy importante: ser el más débil no significaba ser inútil.
Aprendí a ser cauteloso, a analizar los movimientos de los demás antes de actuar y a no rendirme, aunque los demás me superaran en fuerza o magia.
Yo, Noah, el más débil de los cuatro, siempre buscaba un espacio para crecer, aunque apenas lograra mantener el ritmo de los demás.
Cuando habíamos cumplido los diez años, éramos en algunas ocasiones rivales, pero inseparables.
Daniel y Orla competían constantemente entre ellos por ver quién era mejor; Eleonor mantenía su posición de liderazgo, y yo… yo seguía aprendiendo y buscando mi lugar.
Era el más débil, sí, y también el más lento, pero me sentía seguro de que podría alcanzarlos con el tiempo; solo debía tener paciencia y determinación.
Y, aunque no lo sabía entonces, aquella infancia marcaría la relación que tendría con Eleonor en los años venideros: una mezcla de respeto, temor y, sobre todo, un sentimiento profundo que aún no podía comprender del todo.
Oh… al menos eso era lo que yo creía, hasta aquella fatídica noche de septiembre del año tres mil cuarenta y dos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Jose_Ch76 Gracias por leer este capítulo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com