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El Último Portador - Capítulo 40

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Capítulo 40: El rugido del Pacífico

La noticia de la batalla se propagó por el mundo con la velocidad de una tormenta.

Después de la ruptura del velo mágico y la liberación de los Kartnod, el planeta entero se había convertido en un tablero de guerra. Gobiernos, la división Atlas y las familias guardianas intentaban orquestar un plan para contrarrestar a las fuerzas recién liberadas en las costas de China y Japón.

En Francia, dentro de la mansión Orleans, el ambiente era denso.

Las revelaciones recientes habían dejado claro que el tiempo se había agotado. Noah comenzaba a comprender el verdadero peso de la Marca, mientras los miembros de las familias guardianas discutían cómo enfrentar una guerra que ya no podía evitarse.

Pero mientras las palabras llenaban las salas de reuniones…

En el Pacífico, la guerra ya estaba ocurriendo.

Las fuerzas de China habían logrado resistir el primer choque contra la armada Kartnod, pero sabían que aquello solo había sido el inicio. Las naves enemigas se habían retirado para reorganizarse.

Y cuando regresaran, lo harían con todo su poder.

Cinco horas después del primer combate, el océano volvió a rugir.

Las aguas del Pacífico hervían bajo el fuego enemigo cuando la segunda oleada golpeó.

El almirante Li Wei observaba desde el puente de mando del Liaoning cómo las naves Kartnod reorganizaban sus líneas a lo lejos. Habían pasado apenas cinco horas desde que se retiraron la primera vez. Cinco horas de trabajo frenético para reparar lo irremplazable: soldadores fundiendo metal sobre metal, médicos luchando por salvar vidas en enfermerías abarrotadas y estrategas redibujando planes sobre mapas manchados de sangre y sudor.

—Vuelven —dijo la comandante Zhang Rui, con la voz tensa—. Formación de combate. Diecisiete naves confirmadas.

Li Wei asintió sin apartar la mirada del horizonte.

—Que todos tomen posiciones. No los dejaremos pasar.

La flota china se desplegó en formación defensiva, aprovechando las lecciones aprendidas. Los destructores más dañados se colocaron en retaguardia, protegidos por los que aún podían combatir.

Los cazas despegaron en oleadas desde los portaaviones, sus reactores trazando estelas blancas contra el cielo gris.

El capitán Chen Guoxiang se acercó a Li Wei con el rostro marcado por la fatiga.

—Señor, nuestras reservas de misiles antibuque están por debajo del treinta por ciento. La aviación ha perdido diecisiete cazas. Si esto se prolonga…

—No se prolongará —lo interrumpió Li Wei—. Una de dos: o ellos rompen nuestra línea o nosotros los hacemos retroceder para siempre.

—Pero esto se termina aquí.

Las naves Kartnod aparecieron en el horizonte, sus siluetas angulares recortadas contra el sol que comenzaba a ocultarse.

Avanzaban como una maquinaria perfecta diseñada para la destrucción.

El primer disparo llegó a los tres minutos.

Otro destructor chino explotó, partido en dos por un rayo de energía que cruzó el cielo como un látigo de luz azul.

Los tripulantes no tuvieron tiempo de saltar.

—¡Fuego de cobertura! —gritó Li Wei—. ¡Que los cazas saturen sus defensas!

La respuesta fue inmediata.

Escuadrones completos de cazas J-20 y J-15 se lanzaron contra la flota enemiga, disparando misiles en ráfagas continuas.

Buscaban destruir las naves principales.

Desgastar sus escudos.

Encontrar puntos débiles.

Obligarlos a desviar energía de sus sistemas ofensivos.

Y funcionó.

Durante cuarenta minutos, la flota china mantuvo la línea.

Los destructores disparaban sin descanso, los submarinos lanzaban torpedos.

De pronto, una nave Kartnod comenzó a humear.

Una gran explosión iluminó el horizonte.

Otra redujo velocidad, con sus escudos parpadeando.

—¡Lo estamos logrando! —gritó alguien en el puente.

Pero la alegría duró poco.

Kael Draxor, desde su nave insignia, observaba el combate con fría determinación.

Los había subestimado en la primera batalla.

No cometería el mismo error dos veces.

—Que la segunda línea avance —ordenó—. Barrera de saturación.

Cinco naves Kartnod se adelantaron y comenzaron a disparar en ráfagas continuas.

El cielo pareció incendiarse.

Los cazas chinos tuvieron que retirarse.

Ocho fueron destruidos en menos de dos minutos.

La flota china comenzó a perder cohesión.

Un destructor tras otro, los barcos caían.

El Nanchang recibió un impacto directo en su centro. La explosión partió el barco en dos y se hundió en menos de tres minutos.

El Lhasa, intentando cubrir la retirada de los supervivientes, fue alcanzado por tres rayos consecutivos.

Su casco se abrió después del tercer impacto.

—¡Maldición! —gruñó Li Wei—. ¡Que los destructores mantengan la línea!

Pero la línea se rompía.

Tres horas después del inicio del combate, la flota china estaba al borde del colapso.

Las bajas superaban las dos mil.

Once barcos habían sido hundidos.

La aviación había perdido más de treinta cazas.

Y los Kartnod seguían avanzando.

—Señor —dijo Zhang Rui—. Están concentrando fuego sobre nosotros.

—Si destruyen el Liaoning, la flota se rendirá.

Li Wei asintió lentamente.

—Entonces moriremos como debemos.

—De pie.

—Luchando.

El primer impacto sacudió el portaaviones.

Las luces parpadearon.

Las alarmas se activaron.

Un segundo impacto golpeó la cubierta.

Li Wei se sostuvo de la consola.

—¡Fuego de todos los cañones antiaéreos!

Y entonces ocurrió.

El cielo se abrió.

Una distorsión dimensional apareció sobre el océano.

De ella comenzaron a materializarse enormes naves de guerra.

La armada de la familia Minamoto.

Sus acorazados no eran convencionales.

Sus cascos estaban construidos con aleaciones avanzadas y sistemas energéticos desconocidos para cualquier marina moderna.

Los reactores comenzaron a brillar mientras sus sistemas se activaban.

En segundos, los sensores detectaron emisiones de energía jamás registradas.

Haruki Minamoto apareció en el canal de comunicaciones.

—Soy Haruki Minamoto. ¿Me escuchan?

—Aquí el almirante Li Wei. Lo escucho.

—Somos miembros de la familia Minamoto. Hemos llegado para cumplir con nuestro deber. Después nos pondremos al día.

—Estas aguas son nuestra responsabilidad.

Li Wei sonrió.

Las torretas de los acorazados Minamoto giraron.

Rayos concentrados de energía cruzaron el cielo.

Dos cruceros Kartnod fueron atravesados de lado a lado antes de que sus escudos pudieran redistribuir la energía.

Desde las cubiertas despegaron interceptores de combate hipersónicos.

Pequeños, rápidos y casi invisibles al radar.

En segundos se dispersaron entre la flota enemiga.

Destruyendo torretas e inhabilitando sus escudos.

Otros dispararon directamente contra los cascos enemigos.

—¡Todos los buques, fuego sostenido! —gritó Li Wei.

La flota china se unió al ataque.

Misiles.

Torpedos.

Cañones.

El combate cambió de inmediato.

Pero entonces el cielo volvió a abrirse.

Otra flota apareció.

Esta vez desde el sur.

Naves plateadas avanzaban sobre el océano.

—Identificación —ordenó Haruki.

—Señor —respondió un oficial—. Son de la familia Torres-Ventura.

Un canal de comunicación se abrió.

—Almirante Li Wei. Señor Minamoto.

—Soy Alexander Torres-Ventura, cabeza de mi familia.

A su lado estaba su hija Victoria.

—Volamos desde Australia en cuanto el velo se desactivó.

Observó el campo de batalla.

—Llegamos justo a tiempo.

Las compuertas de sus naves se abrieron.

De su interior emergió un enjambre de drones de combate.

Cientos de ellos.

Cada uno equipado con sistemas de ataque hipersónico.

Se dispersaron sobre el campo de batalla como una red invisible.

Los drones analizaban en tiempo real las fluctuaciones de los escudos Kartnod.

Cuando detectaban una caída de energía, atacaban.

Algunos liberaban pulsos electromagnéticos.

Otros disparaban proyectiles hipersónicos.

Otros se estrellaban contra puntos vulnerables del casco enemigo.

Dos naves Kartnod explotaron.

El ataque conjunto comenzó.

Flota china.

Flota Minamoto.

Flota Torres-Ventura.

Tres fuerzas distintas.

Un solo ataque.

La Noche Eterna, nave insignia de Kael Draxor, resistió durante minutos interminables.

Sus escudos parpadearon y comenzaron a sonar alarmas de alerta.

—¡Retirada! —gritó Draxor.

Las naves Kartnod se dispersaron en todas direcciones.

Habían perdido la batalla.

Cinco horas de combate habían terminado.

En el Liaoning, Li Wei se dejó caer de rodillas.

En la nave Minamoto, Haruki cerró los ojos.

Alexander observó el horizonte.

—Esto fue solo el principio —murmuró.

Muy lejos de allí, Kaisel recibió el informe.

—Que se reagrupen.

—Y que se reúnan con los que van hacia el norte.

Miró el mapa.

—Este lugar sigue siendo la clave.

Las naves continuaron su avance hacia el este.

En Francia, dentro de la mansión Orleans, Elena caminaba por los pasillos con los informes de la batalla.

Había mucho que analizar.

Kenji seguía revisando el registro recuperado.

Y en algún lugar del Atlántico norte, el medallón brilló con más intensidad que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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